Trascender: las Humanidades ante el saber ambiental

Trascender: las Humanidades ante el saber ambiental

 

Guillermo Castro H.

 

“Pues, ¿quién no sabe que la lengua es jinete del pensamiento, y no su caballo? La imperfección de la lengua humana para expresar cabalmente los juicios, afectos y designios del hombre es una prueba perfecta y absoluta de la necesidad de una existencia venidera.”

José Martí: “Prólogo a El Poema del Niágara”.

Nueva York, 1882

 

Desde mediados del siglo XIX, el debate en torno al carácter y el alcance de las relaciones entre la especie humana y su entorno natural ha sido – y es – un rasgo característico de la cultura creada por el desarrollo del moderno sistema mundial. Al presente, lo que antes podía parecer un conjunto más o menos heterogéneo de opiniones tiende a convertirse en un tema cada vez más estructurado debido al impacto de una crisis global en la que se vinculan de modo sinérgico el crecimiento económico sostenido, una inequidad social persistente y una degradación ambiental creciente.

Esta circunstancia plantea desafíos inéditos a nuestras maneras de conocer la realidad, y actuar frente a ella. Así, por ejemplo, si bien las ciencias naturales y sociales pueden demostrar sin lugar a dudas que nos encontramos en una situación de crisis en nuestras relaciones con el medio natural, no están en capacidad de explicar las conductas que han dado origen a esa crisis, ni de establecer por sí mismas las opciones que esta situación plantea a nuestra especie. Esa tarea corresponde sobre todo a las ciencias sociales y a las Humanidades, y en particular a la Historia.

Encarar este desafío, sin embargo, plantea problemas que escapan a las funciones y capacidad de las estructuras de gestión del conocimiento que contribuyeron a crear el sistema mundial que conocemos. La propia organización interna de esas estructuras presenta desde hace tiempo signos de agotamiento. Hoy va siendo evidente, por ejemplo, que el tratamiento de lo natural y lo social como objetos separados de conocimiento enmascara el hecho de que toda ciencia es natural, pues todas construyen su objeto de estudio dentro de la naturaleza, y todas son también sociales, pues ese proceso de construcción siempre está socialmente determinado.

La realidad, siempre superior a la idea, nos revela que hemos trascendido ya los tiempos de las definiciones por exclusión, e ingresado en los de las definiciones por relación. Aquellas definiciones correspondieron a una organización del conocimiento para el crecimiento sostenido; estas otras son el punto de partida en la tarea de poner el conocer al servicio de la sostenibilidad del desarrollo de nuestra especie. El crecimiento sostenido, en efecto, está al servicio de la transformación del patrimonio natural de los humanos en capital natural; la sostenibilidad del desarrollo, en cambio, demanda restituir ese capital espurio a la condición de patrimonio común, restituyéndolo en su servicio a la creación de las condiciones que hacen posible la vida en la Tierra.

La propia crisis ambiental, en su mismo carácter sistémico, general, sinérgico y finalmente civilizatorio, expresa esta necesidad. En efecto, las variaciones en el clima, la destrucción de ecosistemas, la extinción de especies, la contaminación general de la biosfera y las formas aberrantes que adopta el desarrollo de la noosfera cuando ocurre mediante el trabajo contra la naturaleza, y no con ella, nos indican que esta civilización, la creada por el capitalismo entre los siglos XVI y XXI, encara ya una doble contradicción sin solución visible.

Por un lado, enfrenta las formas más extremas de la contradicción entre unas fuerzas productivas desarrolladas a un grado inimaginable una o dos generaciones atrás, y unas relaciones de producción que tornan en descartables a segmentos cada vez mayores de la población mundial, y nutren sin cesar la incertidumbre, la pobreza y la violencia que caracterizan la vida de esa población. Por otro, una contradicción cada vez más evidente entre el sistema socio – productivo que sostiene a la economía global, y las condiciones naturales de producción imprescindibles para su funcionamiento.

Todo esto tiene, a su vez, expresiones en el plano de la cultura con claras incidencias en la política, donde han venido a predominar dos actitudes principales. Una es la del negacionismo, que tanto cuerpo ha ganado en los sectores conservadores de la política norteamericana, por citar un ejemplo especialmente visible. La otra es la del reduccionismo característico del debate sobre el cambio climático. Allí, en efecto, la crisis global se ve reducida al cambio climático; la acción frente al mismo, a la adaptación y la mitigación; estas opciones, al plano tecnológico, y éste al problema de obtener recursos de un sistema financiero cuyas ganancias dependen del sistema que ha entrado en crisis.[1]

Esta circunstancia hace ya evidente la necesidad de una visión que asuma a lo social como la modalidad característica de presencia de la especie humana en la naturaleza; que entienda esa presencia a partir de la interacción entre sistemas naturales y sociales mediante procesos de trabajo socialmente organizados con arreglo a fines colectivos, y que sea capaz de comprender a los problemas ambientales en su historicidad. Esto plantea una dificultad insuperable en el marco de las formas tradicionales de organización del conocer, que Jason Moore sintetiza en los siguientes términos:

 

la realidad de una crisis – entendida como un punto de giro fundamental en la vida de un sistema, de cualquier sistema – resulta a menudo difícil de comprender e interpretar para actuar frente a ella. Las filosofías, conceptos y narrativas que utilizamos para dar sentido a un presente global cada vez más explosivo e incierto son – casi siempre – ideas heredadas de un tiempo y un espacio diferentes. El tipo de pensamiento que creó la turbulencia global de hoy no parece ser el más adecuado para ayudarnos a resolverla.[2]

 

En verdad, nos encontramos (aún) en una circunstancia en la que una

parte sustancial de las premisas que sustentan nuestra gestión del conocimiento proviene del período histórico del que emerge la crisis que encaramos hoy. Al propio tiempo, en esa circunstancia la vieja racionalidad productivista de los siglos XIX y XX empieza a ser desplazada por una racionalidad ambiental de nuevo tipo, gestada desde los movimientos de trabajadores manuales e intelectuales, del campo y de la ciudad, que enfrentan desde abajo los problemas del deterioro ambiental y la lucha por una vida buena. Ese enfrentamiento, en efecto, estimula una revaloración de viejos y nuevos saberes populares (y científicos), y la formación nuevos campos de estudio, impensables ayer apenas, como la ecología política, la economía ecológica y la historia ambiental.

El camino hacia esa nueva racionalidad ambiental, por otra parte, está jalonado de valiosos reencuentros. Algunos de esos reencuentros incluyen los ocurridos con Charles Darwin, que en 1859 reinsertó a los humanos en la biosfera con su teoría evolución de (todas) las especies por selección natural; con Karl Marx, que en 1860 mostró la forma en que el capitalismo en su desarrollo destruye tanto al trabajo como a la naturaleza; con Friedrich Engels, que en 1876 puso en evidencia el papel del trabajo en el desarrollo de la especie humana; con José Martí, que de 1886 en adelante enfatizó el papel de la naturaleza en la historia de los humanos, y de esa historia en la de la naturaleza, y con Vladimir Vernadsky, que para 1926 demostró, a través del concepto de la biosfera, el papel de la materia viviente en el desarrollo geológico de la Tierra, y en 1938 el de la transformación de esa biosfera en una noosfera, a través del desarrollo científico y tecnológico de nuestra especie, y de las formas de organización del trabajo y la vida social correspondientes.

De este modo, vista desde las Humanidades y a la luz de la racionalidad ambiental emergente, resulta evidente que, siendo el ambiente el producto de las formas históricas de relación entre las sociedades humanas y su entorno natural a lo largo del tiempo, si deseamos un ambiente distinto, necesitamos una sociedad diferente. Identificar la diferencia, para hacer posible lo deseable, es el desafío mayor de la gestión del conocimiento para la gestión ambiental a comienzos del siglo XXI.

Para las Humanidades, no existe hoy tarea más urgente que la de colaborar con las ciencias sociales y naturales en la formación del saber ambiental que permita identificar las transformaciones que demanda la sostenibilidad del desarrollo de nuestra especie, y el modo de llevarlas a cabo con las mayorías, y para bien de ellas. Esa tarea común solo será posible si la estructura en cuyo seno tomó cuerpo el trívium positivista que separa esos tres campos del saber es trascendida para dar origen a otra – nueva, y no solo renovada -, organizada en torno al hacer y el conocer de las relaciones entre la biosfera y la noosfera.

Dejar de ser para llegar a ser: tal es el sentido que nos revela el conocimiento que hemos ido ganando del mundo. Tal, también, el alcance de la tarea a que la vida nos convoca.

 

[1] Al respecto, por ejemplo, Mike Hulme – que enfatiza la dimensión epistémica del problema – plantea que “Al privar al futuro de mucho de su dinamismo social, cultural o político, el reduccionismo climático deja al futuro libre de visiones, ideologías y valores. El futuro resulta así sobre-determinado. Con todo, es evidente que el futuro dista mucho de ser una zona libre de ideología. Es precisamente el más importante territorio en el que deben ser libradas las batallas, de creencias, ideologías y valores sociales. Y son precisamente estas visiones del futuro imaginadas y en disputa las que – de múltiples maneras no determinadas – darán forma a los impactos del cambio climático antrópico tanto como lo harán los cambios en el clima mismo. Y así el futuro es reducido al clima. (2010): Reducing the Future to Climate: a Story of Climate Determinism and Reductionism. Osiris, Summer 2011. School of Environmental Sciences. University of East Anglia, United Kingdom.

http://www.mikehulme.org/wp-content/uploads/2010/12/Hulme-Osiris-revised.pdf

[2] Moore, Jason W.:Anthropocene or Capitalocene? Nature, History, and the Crisis of Capitalism.” Introducción al libro del mismo título. Kairos PM Press, 2016. https://www.academia.edu/24341220/Anthropocene_or_Capitalocene_Nature_History_and_the_Crisis_of_Capitalism

 

Laudato Si’ en la cultura latinoamericana de la naturaleza

Laudato Si’ en la cultura latinoamericana de la Naturaleza

Guillermo Castro H.

Para Margarita Marino de Botero,

Maestra emérita del Colegio Verde,

allá en su Villa de Leyva

 

A un año de ser presentada al mundo, Laudato Si’ ha creado ya un fecundo espacio de diálogo para una gama muy diversa de sectores intelectuales y movimientos sociales que desde fines del siglo XX adelantan esfuerzos convergentes en la perspectiva del desarrollo sostenible. Esa apertura es particularmente valiosa en lo que hace a la gran tradición liberal democrática – y anticlerical en sus orígenes – inaugurada por la generación de José Martí a fines del XIX, y a la intelectualidad forjada al calor de la crítica al desarrollismo y el neoliberalismo. Allí convergen, así, los principios fundamentales del ideario político y moral martiano –la fe en el mejoramiento humano, en la utilidad de la virtud y en el poder transformador del amor triunfante – con el llamado constante de Leonardo Boff, de 1996 acá, a la construcción de sociedades capaces de ejercerse desde el cuidado de la casa común, y como parte integrante de ella. Así, al llamado de Laudato Si’ podría responder hoy José Martí diciendo –como lo dijo en 1883 – que “A Dios no hay que defenderlo, lo defiende la naturaleza”, para sumarse de inmediato a la búsqueda de los acuerdos y los medios para contribuir a esa defensa en nuestro tiempo.[1]

En una importante medida, esa defensa ha de entender que su mejor estrategia incluye una ofensiva constante en el terreno cultural y educativo, si desea tener éxito en el político, que es aquel donde finalmente se decide el destino de nuestros sueños. En este plano, la formación de los jóvenes que deberán tomar decisiones mañana ante el agravamiento de la crisis ambiental, como la transformación de las mentalidades de quienes toman decisiones hoy ante los hechos que conducen a ese agravamiento, plantea un problema de singular complejidad. La educación hoy vigente, en efecto, busca formar las mentalidades que demanda el crecimiento sostenido de la economía, como la cultura en que vivimos estimula estimula sin cesar las formas de consumo que mejor favorecen a la acumulación infinita de ganancias. En este marco, puede haber lugar para una educación ambiental paliativa y para iniciativas de conservación de bolsones de biodiversidad, pero no lo hay para el fomento de una cultura organizada en torno a los problemas que ya plantea la sostenibilidad del desarrollo de la especie humana, ni de la educación correspondiente a ese propósito mayor.

Esto puede ser apreciado en la estructura del sistema de gestión del conocimiento que toma forma a mediados del siglo XIX para servir a las necesidades del creccimiento sostenido. En lo más esencial, esa estructura se organiza a partir de los tres ámbitos del trivium positivista, conformado por las ciencias naturales, las ciencias sociales y las Humanidades, que deviene en quatrivium con la adicicón de las ingenierías. La gestión del conocimiento para la sostenibilidad de nuestro desarrollo, en cambio, sólo puede aspirar a ser tan integral como la realidad de la que debe dar cuenta. Esto se aprecia ya en sus primeros campos del saber – como la historia ambiental, la economía ecológica y la ecología política -, construidos a partir del reconocimiento de la interdependencia de saberes que a lo largo de los últimos dos siglos han sido organizados en los ámbitos de aquellas “dos culturas” a que hacía referencia C.P. Snow en su famosa conferencia de 1959. Esa interdependencia, por otra parte, se hace extensiva a todos los campos del saber humano, y en particular, en este momento del desarrollo del campo nuevo, a la geografía, las ciencias de la vida y, en primer término, a la ecología.

Desde esa interdependencia, además, se hace una nueva lectura de los procesos culturales del pasado, que permite recuperar para los desafíos del presente un rico y vasto legado de indagación y saberes sobre el papel de la especie humana en el mundo natural. Ese legado, por ejemplo, alcanza una especial riqueza en la obra de autores como Vladimir Vernadsky, cuyas reflexiones sobre los vínculos entre la biosfera y la noosfera, entendiendo a la primera como aquel espacio de la Tierra en el que la vida crea las condiciones para su propio desarrollo, y la segunda como el resultado de la acción humana en ese espacio – como “naturaleza”, la primera, y “ambiente” la segunda – no han hecho sino ganar en pertinencia desde la década de 1930 a nuestros días.

Aquí, este proceso aún temprano de creación de abordajes nuevos a los problemas de la producción, la aplicación y la difusión del conocimiento, se ve enriquecidos en lo planteado por Laudato Si’ en su párrafo 11, que nos recuerda que una ecología integral “requiere apertura hacia categorías que trascienden el lenguaje de las matemáticas y la biología y nos conecten con la esencia de lo humano”. El párrafo 139, a su vez, amplía el sentido de esa apertura al decirnos que

 

Cuando se habla de «medio ambiente», se indica particularmente una relación, la que existe entre la naturaleza y la sociedad que la habita. Esto nos impide entender la naturaleza como algo separado de nosotros o como un mero marco de nuestra vida. Estamos incluidos en ella, somos parte de ella y estamos interpenetrados.[…] Dada la magnitud de los cambios, ya no es posible encontrar una respuesta específica e independiente para cada parte del problema. Es fundamental buscar soluciones integrales que consideren las interacciones de los sistemas naturales entre sí y con los sistemas sociales. No hay dos crisis separadas, una ambiental y otra social, sino una sola y compleja crisis socio-ambiental. Las líneas para la solución requieren una aproximación integral para combatir la pobreza, para devolver la dignidad a los excluidos y simultáneamente para cuidar la naturaleza.[2]

 

Por otra parte, en el diálogo entre lo raigal del pensamiento ambiental latinoamericano y las preocupaciones del Papa Francisco por el vínculo entre el ambiente y la sociedad, tiene especial significado la importancia que Laudato Si’ otorga al. El lector bien informado encuentra aquí resonancias claras de la cultura martiana de la naturaleza, expresada en aquella observación precisa y afectuosa de mayo de 1883: “El trabajo embellece. Remoza ver a un labriego, a un herrador, o a un marinero. De manejar las fuerzas de la naturaleza, les viene ser hermosos como ellas”[3]. En octubre, amplía ese punto de vista al señalar la necesidad de “abominar a los perezosos, y compelerlos a la vida limpia y útil; mas no se ha de ser injusto con los buenos y silenciosos trabajadores, humildes insectos humanos, que como los verdaderos insectos las capas de la tierra, labran ahora la ciudad venidera del espíritu.”[4]. Y en febrero de 1884 culmina esta fase primera de un proceso de reflexión que lo acompañaría hasta el fin de sus días, al afirmar que

 

El hombre crece con el trabajo que sale de sus manos. Es fácil ver cómo se depaupera, y envilece a las pocas generaciones, la gente ociosa, hasta que son meras vejiguillas de barro, con extremidades finas, que cubren de perfumes suaves y de botines de charol; mientras que el que debe su bienestar a su trabajo, o ha ocupado su vida en crear y transformar fuerzas, y en emplear las propias, tiene el ojo alegre, la palabra pintoresca y profunda, las espaldas anchas, y la mano segura. Se ve que son ésos los que hacen el mundo: y engrandecidos, sin saberlo acaso, por el ejercicio de su poder de creación, tienen cierto aire de gigantes dichosos, e inspiran ternura y respeto. Más, más cien veces que entrar en un templo, mueve el alma el entrar, en una madrugadita de este frío febrero, en uno de los carros que llevan, de los barrios pobres a las fábricas, artesanos de vestidos tiznados, rostro sano y curtido y manos montuosas, – donde, ya a aquella hora brilla un periódico. – He ahí a un gran sacerdote, un sacerdote vivo: el trabajador.[5]

 

Es la capacidad de los humanos para colaborar entre sí en el cuidado y mejora de su entorno, en efecto, la que integra la naturaleza a nuestra vida, y a nuestra vida en ella. Por lo mismo, no cabe sino coincidir con Laudato Si’ cuando nos recuerda que

 

  1. En cualquier planteo sobre una ecología integral, que no excluya al ser humano, es indispensable incorporar el valor del trabajo […]. En realidad, la intervención humana que procura el prudente desarrollo de lo creado es la forma más adecuada de cuidarlo, porque implica situarse como instrumento de Dios para ayudar a brotar las potencialidades que él mismo colocó en las cosas: «Dios puso en la tierra medicinas y el hombre prudente no las desprecia» (Si 38,4).

 

Y esta coincidencia se ve ampliada enseguida, cuando la Encíclica señala que

 

  1. Si intentamos pensar cuáles son las relaciones adecuadas del ser humano con el mundo que lo rodea, emerge la necesidad de una correcta concepción del trabajo porque, si hablamos sobre la relación del ser humano con las cosas, aparece la pregunta por el sentido y la finalidad de la acción humana sobre la realidad. No hablamos sólo del trabajo manual o del trabajo con la tierra, sino de cualquier actividad que implique alguna transformación de lo existente, desde la elaboración de un informe social hasta el diseño de un desarrollo tecnológico. Cualquier forma de trabajo tiene detrás una idea sobre la relación que el ser humano puede o debe establecer con lo otro de sí.[…]

 

Así, la construcción de un programa de trabajo educativo correspondiente a la cultura ambiental que emerge a través del debate sobre el desarrollo sostenible deberá considerar algunos problemas que no tienen cabida sencilla en la educación para el crecimiento sostenido. Uno de ellos, por ejemplo, se refiere al desarrollo mismo como objeto objeto de estudio.

En efecto, el desarrollo ha llegado a la reflexión sobre lo social y lo económico como una metáfora importada del campo de las ciencias de la vida, donde designa el proceso de formación, maduración y muerte de los seres vivientes. Se trata, así, de un concepto clave en la historia natural. El crecimiento sostenido, sin embargo, opera en una aspiración de infinitud, y el modo en que utiliza el concepto de desarrollo oculta, no aclara, el hecho de que esa modalidad de crecimiento ha nacido en un momento determinado de la historia de nuestra especie, y eventualmente inaugurará, con su propia desparición, una etapa enteramente nueva, ojalá organizada en torno a los desafíos de nuestra propia sostenibilidad hoy amenazada.

Esta peculiar distorsión, que alude y elude a un tiempo a la esencia de lo humano a que se refiere Laudato Si’, se aprecia en el hecho de que la gestión del conocimiento para el crecimiento sostenido asume a lo ambiental, lo social y lo político como entidades distintas de lo económico, pero dependientes de éste. En la perspectiva de la sostenibilidad del desarrollo humano, en cambio, lo ambiental es una consecuencia activa de modalidades históricas de relación entre los otros tres factores. En este sentido, y aun cuando puede asumir la primacía de lo económico al interior de lo social, cabe entender que el ambiente – en su evolución como resultado de los interacciones entre sistemas sociales y naturales mediante procesos de trabajo socialmente organizados – determina en última instancia la sustentabilidad de las sociedades que dependen de ellas.

Esto permite entender, por ejemplo, que para la cultura de la sustentabilidad carece de sentido preguntarse si la política económica puede o no ser coherente con las del desarrollo social y ambiental en el marco del crecimiento sostenido. Cada modelo de desarrollo, en efecto, tiene una economía política que organiza, a través de políticas económicas, la asignación de recursos escasos entre fines múltiples y excluyentes, a partir de prioridades que resultan de la correlación de fuerzas existente en la estructura social. Esto resulta aun más evidente en un sistema mundial que permite a las economías más desarrolladas transferir sus costos ambientales a la Humanidad entera, al tiempo que adoptan políticas meticulosas de conservación de la naturaleza y gestión del ambiente en sus propios territorios. La escala del problema, sin embargo, no puede ocultar su esencia, que se expresa por ejemplo en las graves limitaciones que ha sido señaladas a los acuerdos internacionales sobre cambio climático y desarrollo sostenible, que tras el manto de las “responsabilidades comunes pero diferenciadas” terminan promoviendo or otras vías el desarrollo desigual y combinado, con sus graves consecuencias ambientales.

En la perspectiva de la sostenibilidad del desarrollo humano, lo anterior nos lleva a una conclusión cuya misma sencillez revela la complejidad de sus alcances: si deseamos un ambiente distinto, necesitamos crear una sociedad diferente, capaz de organizar de otras maneras las relaciones de sus integrantes entre sí y con los ecosistemas de los que depende para su existencia. Esto no puede hacerse desde arriba. Debe construirse desde abajo, a partir de los ciclos de la materia viviente antes que los de la circulación del capital. Y debe hacerse apoyándose en el diálogo de saberes y el mutuo aprendizaje entre trabajadores manuales e intelectuales comprometidos en tareas que van desde la defensa de formas de vida y ecosistemas amenazados, hasta la forja de una economía política de la sostenibilidad, que tenga como prioridad para la asignación de recursos la construcción de sociedades cuyas relaciones con la naturaleza sean tan armónicas como las de sus integrantes entre sí.

Ante la amplitud de ese “desde abajo”, un proceso así solo podrá tener éxito en la medida en que incluya a la Humanidad entera, en un esfuerzo llevado a cabo por todos y para el bien de todos. Así lo entiende Laudato Si’, cuando nos recuerda que

 

  1. No todos están llamados a trabajar de manera directa en la política, pero en el seno de la sociedad germina una innumerable variedad de asociaciones que intervienen a favor del bien común preservando el ambiente natural y urbano. Por ejemplo, se preocupan por un lugar común (un edificio, una fuente, un monumento abandonado, un paisaje, una plaza), para proteger, sanear, mejorar o embellecer algo que es de todos. A su alrededor se desarrollan o se recuperan vínculos y surge un nuevo tejido social local. Así una comunidad se libera de la indiferencia consumista. Esto incluye el cultivo de una identidad común, de una historia que se conserva y se transmite. De esa manera se cuida el mundo y la calidad de vida de los más pobres, con un sentido solidario que es al mismo tiempo conciencia de habitar una casa común que Dios nos ha prestado. Estas acciones comunitarias, cuando expresan un amor que se entrega, pueden convertirse en intensas experiencias espirituales.

 

Se deja sentir nuevamente, aquí, el eco de la cultura de la naturaleza martiana, cuando en 1891 nos ofrecía una primera aproximación a lo que un siglo después vinimos a llamar desarrollo sostenible:

 

A lo que es, allí donde se gobierna, hay que atender para gobernar bien; y el buen gobernante en América no es el que sabe cómo se gobierna el alemán o el francés, sino el que sabe con qué elementos está hecho su país, y cómo puede ir guiándolos en junto, para llegar, por métodos e instituciones nacidas del país mismo, a aquel estado apetecible donde cada hombre se conoce y ejerce, y disfrutan todos de la abundancia que la Naturaleza puso para todos en el pueblo que fecundan con su trabajo y defienden con sus vidas. El gobierno ha de nacer del país. El espíritu del gobierno ha de ser el del país. La forma del gobierno ha de avenirse a la constitución propia del país. El gobierno no es más que el equilibrio de los elementos naturales del país.[6]

 

Más allá incluso, este encuentro confirma el valor de aquellos cuatro principios que animaron desde sus inicios el pensar y hacer del padre Bergoglio, y que están presentes de manera tan clara en la vida y la obra de José Martí: la superioridad del tiempo sobre el espacio; la capacidad de la unidad para prevalecer sobre el conflicto; el hecho de que la realidad sea más importante que la idea, la superioridad del todo sobre la parte. El camino hacia nosotros mismos, y los sueños que lo animan, han recuperado su comunidad de origen. Laudato Si’, sin duda alguna.

 

Universidad Javeriana, Bogotá / Ciudad del Saber, Panamá,

6 al 8 de junio de 2016

 

 

 

[1] Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales. La Habana, 1975. VII, 326: “Agrupamiento de pueblos”. La América, Nueva York, octubre de 1883.

 

[2] Todas las citas de la Encíclica provienen de Carta Encíclica Laudato Si’ Del Santo Padre Francisco, Sobre el cuidado de la casa común. Vaticano, 2015. http://w2.vatican.va/content/francesco/es/encyclicals/documents/papa-francesco_20150524_enciclica-laudato-si.html

 

[3] Obras Completas, cit.: “Carta de Martí”. La Nación, Buenos Aires, 13 y 16 de mayo de 1883.

 

[4] Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales. La Habana, 1975. VIII, 380: “Inmigración italiana”. La América, Nueva York, octubre de 1883.

 

[5] Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales. La Habana, 1975. VIII, 285: “Trabajo manual en las escuelas”. La América, Nueva York, febrero de 1884.

 

[6] “Nuestra América”. El Partido Liberal, México, 30 de enero de 1891. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales. La Habana, 1975. VI, 17.

 

Nuestra América: sociedad, ambientalismos, cultura

Nuestra América: sociedad, ambientalismos, cultura

Guillermo Castro H.

 

Para Rafael Colmenares, en su Bogotá

 

Nuestra América, junto al resto del Planeta, atraviesa por una crisis prolongada, en la que se combinan una crecimiento económico incierto, una inequidad social persistente, una degradación ambiental constante, y un deterioro sostenido de la institucionalidad de la mayoría de sus Estados nacionales. Esta situación general se expresa en lo particular de nosotros, por las consecuencias devastadoras de economías dependientes de la extracción y exportación masiva de recursos naturales, desde hidrocarburos y metales hasta la fertilidad de sus suelos agrícolas, y aun de sus atractivos naturales y culturales, agravadas por la huella ambiental de procesos de urbanización desordenados en los que hoy se encuentra inmerso el 70% de nuestra población.

En estas circunstancias, nuestra América cuenta hoy en día con el valioso aporte de un ambientalismo socialmente vigoroso y de creciente riqueza teórica, en desarrollo de la década de 1980 – esto es, desde el momento de origen de nuestra crisis- a nuestros días. De esa riqueza da fe lo que va de la publicación de la antología Estilos de Desarrollo y Medio Ambiente en América Latina, editada por los chilenos Osvaldo Sunkel y Nicolo Gligo, a la de la Encíclica Laudato Si’, del Papa Francisco, primer Pontífice latinoamericano, para citar dos ejemplos de especial relevancia.[1]

Hoy, el desarrollo de ese ambientalismo transcurre en una circunstancia que no deja de recordar aquella descrita por José Martí hacia 1881, cuando en el liberalismo hispanoamericano, hecho Estado tras las Guerras de Reforma de mediados del XIX, se enfrentaban ya tendencias democráticas y oligárquicas. “Estamos en tiempos de ebullición”, decía, “no de condensación; de mezcla de elementos, no de obra enérgica de elementos unidos”. Y culminaba así la idea:

 

Están luchando las especies por el dominio en la unidad del género.[…] Las instituciones que nacen de los propios elementos del país, únicas durables, van asentándose, trabajosa pero seguramente, sobre las instituciones importadas, caíbles al menor soplo del viento. Siglos tarda en crearse lo que ha de durar siglos. Las obras magnas de las letras han sido siempre expresión de épocas magnas. Al pueblo indeterminado, ¡literatura indeterminada! Mas apenas se acercan los elementos del pueblo a la unión, acércanse y condénsanse en una gran obra profética los elementos de su Literatura.[2]

 

Tres parecen ser las tendencias que hoy animan el desarrollo de nuestra cultura ambiental. Una, a la que cabe llamar liberal, se orienta sobre todo a tareas de conservación del patrimonio natural en el marco del orden social y económico vigente. En su actividad, presta especial atención al desarrollo y el cumplimiento de las normativas legales y los acuerdos internacionales correspondientes esas tareas; a la educación ambiental y, en una medida creciente, al fomento de los llamados negocios “verdes”.

Su base social fundamental se encuentra en profesionales de capas medias, residentes en áreas urbanas, que a menudo cuentan con una valiosa formación académica y experiencia de trabajo en sus campos de interés. Su forma básica de organización consiste en asociaciones vinculadas a la atención de problemas correspondientes a los intereses de sus integrantes, las cuales mantienen relaciones más o menos laxas entre sí, y con organismos internacionales afines a sus campos de interés. No mantienen relaciones orgánicas con sectores o movimientos populares, y cuando lo hacen éstas suelen tener un carácter vertical, de dirección y acompañamiento antes que de colaboración entre iguales. Sus disciplinas principales de apoyo son la ecología de la conservación y el derecho ambiental, y sus ámbitos mayores de relacionamiento están en las Organizaciones No Gubernamentales de ambiente y desarrollo, y organismos internacionales afines.[3]

Una segunda tendencia procura dar expresión y sistematizar las experiencias que surgen de las luchas de resistencia popular a la transformación del patrimonio natural en capital natural – la llamada “acumulación por desposesión” – que resulta de la expansión de las prácticas extractivistas que sustentan el modelo de desarrollo vigente en la región. Esta tendencia neo populista (en el sentido ruso de neonarodniki, término felizmente creado por Joan Martínez Alier), se orienta sobre todo a tareas de acompañamiento solidario a ese ambientalismo popular. Su base social fundamental se encuentra en sectores intelectuales y estudiantiles que han roto con el liberalismo y con el marxismo leninista.

Su horizonte de referencia se sostiene en la noción de una crisis de civilización que debe ser enfrentada mediante el fomento de comunidades de gran autonomía política, integradas por pequeños propietarios y organizaciones cooperativas dedicados a la producción de valores de uso, de bajo impacto ambiental. Sus disciplinas principales de apoyo son la ecología política, la economía ecológica y la teología de la naturaleza – como tendencia a su vez de la teología de la liberación-, y sus ámbitos mayores de relacionamiento se ubican en movimientos campesinos de resistencia a la acumulación por expropiación, y en comunidades sociales y académicas urbanas de crítica y resistencia al extractivismo.

Cabe mencionar, por último, a una tendencia aún heterogénea que se vincula sobre todo al análisis de la crisis ambiental en nuestra América como expresión y elemento activo de aquella otra, más amplia, que aqueja a lo que algunos llaman la ecología mundo creada por el capitalismo en su desarrollo desde el siglo XVI y, sobre todo, desde el XIX. Esta tendencia – que hasta hoy carece entre nosotros de un término adecuado para designarla – opera en una perspectiva que tiene como referentes a autores como Carlos Marx e Immanuel Wallerstein.[4] Su base social está integrada por académicos e investigadores que a menudo carecen de vinculaciones políticas directas con movimientos sociales, aunque mantienen una presencia creciente en el debate ambiental. Sus disciplinas principales de apoyo son la historia ambiental – que en este caso enfatiza la dimensión ambiental del proceso de desarrollo del moderno sistema mundial – y la economía ambiental, con especial referencia al concepto de metabolismo social en su elaboración marxiana.

No podemos saber aún cómo será la cultura ambiental que resulte de las interacciones y contradicciones entre estas tendencias en los años por venir. Cada una de ellas tiene elementos de gran importancia que aportar a ese resultado. Nuestro ambientalismo liberal, por ejemplo, ha sabido resaltar la importancia de los problemas asociados a la legalidad y la institucionalidad, y al papel de las ciencias naturales en la fundamentación de las políticas ambientales.

El ambientalismo de inspiración popular destaca por su compromiso con una democracia sustentada en la participación organizada de los pobres del campo y de la ciudad; resalta la primacía del valor de uso sobre el valor de cambio, de la solidaridad sobre la competencia entre iguales, y del cuidado de la naturaleza y de nuestros semejantes sobre la explotación y el despilfarro. Y quienes practican un abordaje de nuestros problemas ambientales desde los procesos de formación y las transformaciones del mercado mundial capitalista como ámbito de relación de nuestra especie con la biosfera de la que formamos parte contribuyen sin duda a resaltar la historicidad de la crisis que encaramos y el dilema político mayor que ella nos plantea: la necesidad de construir sociedades distintas si aspiramos a crear un ambiente diferente, capaz de sostener el desarrollo futuro de nuestra especie, hoy amenazada de extinción.

 

Boquete, Panamá, 27 de abril de 2016

 

 

 

[1] Estilos de Desarrollo y Medio Ambiente en América Latina, selección de O. Sunkel y N. Gligo. Fondo de Cultura Económica, El Trimestre Económico, No. 36, 2 tomos. México, 1980.

Carta Encíclica Laudato Si’ del Santo Padre Francisco sobre el cuidado de la casa común. http://w2.vatican.va/content/francesco/es/encyclicals/documents/papa-francesco_20150524_enciclica-laudato-si.html

 

[2] Cuadernos de Apuntes, 5 (1881). Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. XXI, 164.

 

[3] Para Carmelo Ruiz Marrero, por ejemplo, se trataría aquí de “un ambientalismo keynesiano, la idea de que el estado es el garante del desarrollo sustentable y la protección del ambiente y los recursos naturales”, que habría tomado cuerpo desde los Estados Unidos a partir de las manifestaciones del primer Día de la Tierra, en 1970. Para la década de 1990, agrega, “esta doctrina fue empujada a un lado por el ambientalismo neoliberal, el cual postula que el estado no es más que un estorbo y que sólo la empresa privada y mercados libres pueden proteger el ambiente.” “El Día de la Tierra: Entre el ambientalismo keynesiano y la ecología revolucionaria”, http://www.alainet.org/es/articulo/176954, 22 / 04 / 2016

 

[4] Así, por ejemplo: Burkett, Paul (1999): Marx and Nature. Haymarket Books, Chicago, Illinois, 2014; Foster, John Bellamy (2000): La Ecología de Marx. Materialismo y naturaleza. El Viejo Topo, España, 2004, y Moore, James W.(2015): Capitalism in the Web of Life. Ecology and the accmulation of capital. Verso, London, y “La Naturaleza y la Transición del Feudalismo al Capitalismo”. Review, XXVI, 2, 2003, 97-172 . [Traducido de “Nature and the Transition from Feudalism to Capitalism.”]

Panamá, 2015: del conservacionismo de arriba al ambientalismo de abajo

Panamá, 2015: del conservacionismo de arriba al ambientalismo de abajo

Guillermo Castro H.

 

El año 2015 tendrá una importancia excepcional en la historia del ambiente y el ambientalismo en Panamá. Para apreciar esa importancia, sin embargo, será necesario ver en ese año la culminación de procesos que venían incubándose desde mucho antes, expresada en tres hechos mayores. Uno fue la creación de un Ministerio del Ambiente, en respuesta a una antigua demanda del conservacionismo liberal criollo. Otro, la formación de lo que Joan Martínez – Alier llama un “ecologismo de los pobres”, a través de la incorporación de demandas ambientales en las luchas de los movimientos sociales. Y el tercero – estrechamente asociado a los dos anteriores –, consistió en la ampliación de la cultura y el pensamiento ambientales más allá de la disyuntiva entre la conservación y el desarrollo, tan característica de nuestro pasado reciente.

El conservacionismo liberal, estrechamente ligado al norteamericano, tiene una larga trayectoria en nuestro país, asociada tanto a la presencia en Panamá del Instituto Smithsonian desde la década de 1920 como a la experiencia formativa de nuestras elites en los Estados Unidos y la influencia de grandes ONGs internacionales, como la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza. Tiene el mérito indudable de haber encabezado las denuncias contra la destrucción de los bosques en las fronteras interiores de Panamá – eludiendo sin embargo sus raíces sociales y económicas – y la demanda de crear una institucionalidad que responda por la conservación de nuestros recursos naturales, en particular la extraordinaria biodiversidad del Istmo.

El ambientalismo popular tiene un origen más reciente. Quizás – como suele ocurrir – sus primeras manifestaciones pasaron desapercibidas en el clima del conflicto entre conservación y desarrollo, pero sin duda emergió con los preparativos que abrieron camino al proyecto de ampliación del Canal, en 1999. De diciembre de aquel año data, en efecto, la carta que el Obispo de Colón y Kuna Yala, Monseñor Carlos María Ariz, le remitiera a doña Mireya Moscoso, entonces Presidenta de la República, comunicándole que en opinión de campesinos y misioneros de la Diócesis, la Ley 44 de 1999 – que creaba la Cuenca Hidrográfica del Canal incluyendo en ella a los ríos Indio, Caño Sucio y Coclé del Norte -, sentaba las bases para la expropiación de las tierras de los pobladores de sus cuencas, al tiempo que la creación de nuevos embalses afectaría la tierra y su biodiversidad, y destruiría los modos de vida y tradiciones de las personas del área “en nombre del Canal”. Atendiendo a ello, el Obispo solicitaba a la Presidenta garantizar la protección de los campesinos contra los riesgos de una modernización inconsulta, y asegurar que el desarrollo futuro produjera “profunda satisfacción y bienestar social permanente para todos”.

Nunca antes se había escrito un documento así en la historia de cultura ambiental de Panamá. A partir de aquí, resultó evidente que los problemas relativos a las relaciones de la sociedad panameña con su entorno natural —y el manejo de la Cuenca del Canal en primer término— no podrían seguir siendo encarados en una perspectiva puramente técnico-ingenieril y financiera, sino que demandaban un abordaje capaz de incorporar sus dimensiones social, política y ambiental. El país empezó a descubrir, así, la socialidad de sus relaciones con el mundo natural, y el alcance de ese descubrimiento – como el de las contradicciones que alberga – ha sido cada vez mayor.

La resistencia campesina, en efecto, creó una situación que obligó al Gobierno de Martín Torrijos a derogar la ley 144 ocho años después, para proceder a las labores de ampliación del Canal. Para ese momento, se habían multiplicado los focos de resistencia a la expropiación de tierras y aguas en toda la región Sur Occidental del país, y ocurría lo mismo en relación a los proyectos de minería a cielo abierto en Colón y en Azuero. Ese proceso maduró con rapidez en la resistencia del pueblo Gnöbe a la construcción de la hidroeléctrica de Barro Blanco y a la explotación minera de Cerro Colorado, generando un conflicto socio ambiental de una envergadura sin precedentes, como no la tenía tampoco la represión de que fueron objeto quienes protestaban.

La resistencia del pueblo Gnöbe contribuyó a crear una circunstancia moral y política que favoreció su ampliación a otros sectores de la población. En 2015, esa ampliación se expresó tanto en la lucha de la comunidad mestiza de Bugaba, Chiriquí, por su derecho al acceso al agua –amenazada por la construcción de hidroeléctricas -, como por la de pobladores del sector de Juan Díaz, en la Capital, en protesta contra la destrucción de humedales y la construcción de rellenos que generan inundaciones y ponen en riesgo sus vidas y bienes, por empresas inmobiliarias.

Hasta ahora, el desarrollo de la institucionalidad ambiental promovida por el ambientalismo liberal no ha logrado vincularse con las luchas socio ambientales populares: cabría decir, incluso, que ese desarrollo ha generado en esta fase más desencanto que entusiasmo. Más allá de eso, los hechos han desbordado la vieja cultura ambiental liberal, cimentada en el predominio del Derecho Ambiental y la Biología, abriendo espacios inéditos para otros campos del saber como la ecología política y la economía ecológica, para los cuales aún no existe – sin embargo – capacidad de respaldo intelectual local.

La necesidad, en todo caso, creará los órganos necesarios para darle respuesta. En 2015, el ambientalismo panameño pasó de ser local a ser glocal – esto es, a vincularse con la crisis global en términos correspondientes a nuestras realidades locales. Esto se hizo evidente, por ejemplo, en el contraste entre el entusiasmo del ambientalismo liberal y el escepticismo del popular ante los resultados de la Conferencia de Paría sobre cambio climático. Esa tención interna marcará, sin duda, el desarrollo del ambientalismo panameño en el futuro cercano, cuando el proyecto estatal de trasvasar agua del río Indio al lago Gatún nos traiga de regreso – en un escalón superior del proceso – a la temprana advertencia del Obispo Ariz, aún pendiente de verdadera atención por el Estado panameño.

 

Panamá: el agua y la sociedad que somos

Panamá: el agua y la sociedad que somos

Guillermo Castro H.

 

Los problemas asociados al acceso al agua necesaria para el crecimiento económico sostenido y el desarrollo humano sostenible en todas las regiones del Planeta son cada vez más graves. Así, por ejemplo, un documento de la Organización de las Naciones Unidas[1] plantea que unas 1200 millones de personas viven hoy en áreas de escasez física de agua de agua, mientras otros 500 millones se acercan a esa situación. Hacia el año 2025, se agrega, dos tercios de la población mundial vivirá en condiciones de estrés hídrico, como las que ya afectan a los pobres que habitan en las periferias urbanas de países como Panamá.

Esos grandes datos deben ser referidos a un conjunto de situaciones que van desde el crecimiento general de la población mundial – que para fines de siglo superará los 9 mil millones de personas -, hasta la tendencia a la concentración urbana de esa población, que hoy es del orden del 50% (70% en América Latina), y las dificultades que plantea la inequidad global para establecer una gestión eficaz del ciclo integral del agua, a partir de las necesidades y capacidades de cada sociedad. De este modo, si bien se han obtenido importantes logros tanto en la comprensión del problema y su prospectiva como en el desarrollo de tecnologías y el diseño de políticas, persisten en todo el mundo graves problemas relativos al desarrollo institucional, el financiamiento de políticas y la transferencia de tecnologías. [2]

En este panorama, el caso de Panamá alcanza características de especial gravedad. Ocho de cada diez dólares producidas por nuestra economía dependen de la buena salud de la cuenca del río Chagres, que proporciona el agua necesaria para el funcionamiento del Canal de Panamá y para la subsistencia del 50% de la población del país, que reside y trabaja en el entorno de esa cuenca. La gravedad de esta situación ha salido a la luz – una vez más – ante el impacto del prolongado y agresivo evento de El Niño 2015-2016, que ha producido ya un descenso en las precipitaciones en el Istmo, dando lugar a situaciones de sequía en la región Sur Central del país, y limitando la disponibilidad de agua en el Corredor Interoceánico, en coincidencia con la fase terminal de la ampliación del Canal que, si bien prevé el reciclaje de parte del agua utilizada por las nuevas esclusas, incrementará la demanda del recurso para la operación de la vía interoceánica. A esto se agrega el deterioro generalizado de las principales cuencas del país, que se expresa en situaciones que van desde la contaminación por agroquímicos y aguas servidas hasta los crecientes conflictos socio-ambientales por el control del agua entre comunidades y empresas hidroeléctricas en toda la región Sur Occidental.

Esta situación ha puesto en evidencia la obsolescencia y el deterioro de las capacidades institucionales para la gestión del agua en el Istmo y, en particular, en el Corredor Interoceánico. Esta obsolescencia no sólo se refiere a las capacidades de la administración pública: abarca, además, las capacidades científico – tecnológicas, culturales, de política y de prospectiva y planificación del país. Y esto ocurre en momentos en que los problemas asociados al agua en todo el planeta Tierra generan una agenda global que inevitablemente dará lugar a presiones adicionales sobre la situación local.

Así, por ejemplo, la manera usual de abordar los problemas relacionados con la dotación de agua en Panamá consiste en considerar como tema principal el incremento en la demanda. Esto se traduce en la necesidad de incrementar la oferta de agua procesada para uso humano, mejorar la distribución, y hacer más eficiente el consumo, con un enfoque esencialmente tecnológico y financiero. Sin embargo, ya se hace necesario un enfoque distinto, que encare el problema a partir de la oferta natural de agua en el Istmo, estimada en el orden de los 50 millones de litros por personas al año.

Este otro enfoque demandaría, por supuesto, comprender esa oferta natural en el marco del ciclo integral del agua en las condiciones hidro -geográficas de Panamá, que incluyen la existencia de 52 cuencas fluviales distribuidas en 5 regiones hídricas. Y demandaría además conocer las características históricas, culturales, económicas, científicas y tecnológicas de las relaciones entre la sociedad panameña y el agua, desde la gestión de las cuencas que proveen el agua en el Istmo, la extracción y procesamiento del agua para uso humano, y la disposición de las aguas utilizadas, incluyendo – por supuesto – la formación, las transformaciones y la crisis de las entidades estatales a cargo de normar y supervisar esas actividades. Analizar la relación entre la oferta natural y la demanda social y económica en una perspectiva glocal, con un enfoque prospectivo de mediado y largo plazo.

En los hechos, la sociedad panameña ha ingresado a una etapa de su relación con el agua en la que se combinan la necesidad cada vez mayor de un debate nacional que facilite la creación de los consensos necesarios para encarar el problema, y lo limitado de sus capacidades para encarar esa necesidad. Esto demanda la creación de espacios de para un debate bien informado, que facilite la formulación de propuestas innovadoras en lo interno, y facilite aprovechar las iniciativas de política, financiamiento y transferencia de tecnología que se vienen generando a nivel global. Y esto entraña un desafío político, pues ese debate pondrá en evidencia – una vez más – que si deseamos un ambiente distinto tendremos que encarar la necesidad de construir una sociedad diferente, que se caracterice por la abundancia y no por la escasez del agua, para bien de su desarrollo humano sostenible.

 

9-1-16

           

 

[1] http://www.un.org/spanish/waterforlifedecade/waterandsustainabledevelopment2015/pdf/01_impleme_Water_esp_web.pdf

 

[2] Al respecto, por ejemplo: http://www.un.org/spanish/waterforlifedecade/scarcity.shtml y

 

http://www.zaragoza.es/ciudad/medioambiente/onu/es/detallePer_Onu?id=71

 

Desarrollo sostenible: ¿de qué?, ¿para qué?, ¿para cuándo?

Desarrollo sostenible: ¿de qué?, ¿para qué?, ¿para cuándo?

Notas a partir de un debate en la Universidad de Panamá, 19 de noviembre de 2015.

Guillermo Castro H.

El problema de la sostenibilidad del desarrollo tiene ya una larga trayectoria en nuestra cultura. Fue en 1972 cuando el Club de Roma planteó el problema de los límites al crecimiento que podría imponer la capacidad del ecosistema Tierra para procesar los desechos de la actividad productiva de los humanos, y cuando las Naciones Unidas convocaron a su primera reunión sobre el tema. Fue en 1987 cuando la Comisión Brundlandt presentó su definición de desarrollo sostenible como aquel que permite resolver los problemas de hoy sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para resolver sus propios problemas, y fue en 1992 cuando – en la llamada Cumbre de la Tierra, en Rio de Janeiro -, Fidel Castro advirtió que la especie humana se encontraba en riesgo de extinción.

Todo eso suma 20 años – una generación entera -, a lo que habría que agregar los 23 transcurridos desde entonces – otra generación -, cuando las Naciones Unidas convocan a un Pacto Global para alcanzar los llamados 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible, de aquí al 2030. Y cuando se cumpla esa fecha el tema habrá cumplido 52 años de acompañarnos, sin que sepamos con verdadera certeza por cuánto tiempo más estará con nosotros.

En el origen, en todo caso, está el desarrollo. Raúl Prebisch y sus colegas, fundadores de la Comisión Económica de las Naciones Unidas para América Latina – la CEPAL – en 1948 lo asumieron como un círculo virtuoso, en el cual el crecimiento del mercado interno de nuestros países se traduciría en un bienestar social creciente, el cual estimularía una participación política cada vez más amplia, y todo ello crearía un clima cada vez más propicio a nuevas inversiones y mayor crecimiento. Así, nuestros países saldrían del subdesarrollo al que los había condenado el intercambio de materias primas por bienes industriales, y alcanzarían eventualmente las condiciones de ingreso, consumo y servicios públicos de los países que ya eran desarrollados en el punto de partida del proceso.

Todo esto era novedoso entonces, aunque no necesariamente nuevo. En efecto, el binomio desarrollo / subdesarrollo como clave explicativa de la condición de nuestras sociedades había sido precedido por al menos otros dos. Entre 1750 y 1850, ese binomio contrapuesto la civilización a la barbarie – entendidas como la disposición y la resistencia para asumir y ejercer la racionalidad y conductas adecuadas a un mercado mundial en expansión -, en términos admirablemente expuestos por el joven Domingo Faustino Sarmiento en 1845 en su libro Facundo. Entre 1850 y 1950, pasó a ser dominante el binomio progreso – atraso, con un énfasis mayor en la ampliación de los espacios de participación de nuestros países en los beneficios del mercado mundial mediante la aplicación de tecnologías innovadoras y la formación técnica de los jóvenes trabajadores. Y después, como queda dicho, el debate sobre nuestras realidades pasó a organizarse en torno al dilema desarrollo – subdesarrollo, entre las décadas de 1950 y 1980.

De entonces acá, el desarrollo ha pasado a ser el problema, en su contraposición al desarrollo sostenible a partir del llamado Informe Brundlandt de 1987, que definió a este último como la capacidad de utilizar los recursos necesarios para resolver los problemas del presente sin comprometer los recursos que requerirán las generaciones futuras para resolver sus propios problemas. Ese nuevo binomio ha generado al menos tres consecuencias.

Una consiste en poner en evidencia la ambigüedad del propio desarrollo, resaltando su carácter metafórico, derivado de la importación al campo de lo social de un término de claro y preciso en el de las ciencias naturales. En su campo de origen, en efecto, el desarrollo designa el proceso de formación, maduración y muerte de un organismo viviente. En el destino, eludía este último momento de un modo que finalmente desnaturalizaba lo que pretendía presentar como natural. La sostenibilidad, en este sentido, vendría a ser necesaria para prevenir la muerte del desarrollo, poniendo de relieve esa posibilidad de un modo que apuntaba precisamente a la historicidad del fenómeno considerado.

Esto abría paso a la segunda consecuencia. Al verse transformado de fenómeno natural – en sentido metafórico – a histórico, el contenido del proceso pasaba a primer plano y llevaba por necesidad a preguntar sobre el carácter de lo desarrollado. De este modo, redescubríamos todos de pronto que – matices y sutilezas aparte -, lo que se desarrolla es el capitalismo, en un proceso que se inicia en el siglo XVI “largo” que para Fernand Braudel iba de 1450 a 1650, alcanzaba su cúspide entre mediados de los siglos XIX y XX, y entraba en una situación de paroxismo y crisis a fines de este último.

Con esto, y como tercera consencuencia, el problema de la sostenibilidad se traducía en preguntas de un tipo nuevo. Una consiste en saber si es posible el desarrollo sostenible del capitalismo. Otra, en saber si hay otra sostenibilidad en cuestión: la del desarrollo de la propia especie humana en formas históricas distintas a la que ha generado la crisis de ese proceso en este momento de su evolución. Tal es, en verdad, el trasfondo del problema que encaramos: sostener el desarrollo de la especie que somos, o sostener la acumulación incesante de capital que nos ha llevado a esta situación de crecimiento económico incierto, desigualdad social persistente y degradación ambiental constante, en un marco de conflictividad creciente y guerra constante en el sistema mundial.

Esta situación de crisis global tiene una expresión de claridad cada vez mayor en el plano de la cultura. Quienes no son capaces de ver más allá del dilema entre desarrollo y desarrollo sostenible terminan apelando una y otra vez a salidas tecnológicas y financieras que mantengan la viabilidad del sistema mundial sin alterar sus estructuras fundamentales. Quienes ven el dilema en el plano de la contradicción entre el desarrollo de nuestra especie y una forma histórica de organización de ese proceso que muestra signos evidentes de agotamiento, se plantean la necesidad de avanzar hacia una situación nueva, en la que la armonía de la relaciones entre la especie y la biosfera de la que ella forma parte se corresponda con la de las relaciones de los distintos grupos de esa especie entre sí.

Tal, en efecto, es la demanda que subyace tras el sumak kawsay indoamericano: pasar del crecimiento incesante para que unos vivan mejor, al crecimiento necesario para que todos vivamos bien. Y no es de extrañar que esto se exprese en la demanda de un socialismo de base comunitaria, que permita a los humanos alcanzar el control responsable de sus propias vidas a través del control responsable de sus relaciones con su entorno vital.

En la práctica, hemos llegado a una situación en la que – siendo el ambiente el resultado de las intervenciones de la sociedad en su entorno natural – resulta evidente que si deseamos un ambiente distinto tendremos que crear una sociedad diferente. Este es el verdadero desafío que encaran, por ejemplo, los Objetivos de Desarrollo Sostenible 2015 – 2030, proclamados por la Asamblea General de las Naciones Unidas en septiembre de este año. El documento aprobado define en los siguientes términos el propósito mayor de esos Objetivos:

 

«Estamos resueltos a poner fin a la pobreza y el hambre en todo el mundo de aquí a 2030, a combatir las desigualdades dentro de los países y entre ellos, a construir sociedades pacíficas, justas e inclusivas, a proteger los derechos humanos y promover la igualdad entre los géneros y el empoderamiento de las mujeres y las niñas, y a garantizar una protección duradera del planeta y sus recursos naturales”, señalaron los Estados en la resolución.»[1]

Nadie podría estar en contra de algo tan evidentemente positivo. No puede decirse lo mismo, sin embargo, de una de las premisas que sustentan la viabilidad de lo planteado: “puesto que cada país enfrenta retos específicos en su búsqueda del desarrollo sostenible, los Estados tienen soberanía plena sobre su riqueza, recursos y actividad económica”.

Lo deseable se afirma a partir de una formalidad jurídica que, sin embargo, no se corresponde con la realidad de un sistema mundial organizado para garantizar el desarrollo desigual y combinado de sus partes. Pero, aun así, tiene el mérito de resaltar la contradicción entre lo que se quiere lograr y el orden dominante, poniendo así en evidencia el hecho de que la transformación de ese orden es la condición para alcanzar ese objetivo.

Avanzamos, pese a todo.

 

 

 

[1] La nota informativa de la ONU agrega: “La Agenda implica un compromiso común y universal, no obstante, puesto que cada país enfrenta retos específicos en su búsqueda del desarrollo sostenible, los Estados tienen soberanía plena sobre su riqueza, recursos y actividad económica, y cada uno fijará sus propias metas nacionales, apegándose a los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), dispone el texto aprobado por la Asamblea General.

Además de poner fin a la pobreza en el mundo, los ODS incluyen, entre otros puntos, erradicar el hambre y lograr la seguridad alimentaria; garantizar una vida sana y una educación de calidad; lograr la igualdad de género; asegurar el acceso al agua y la energía; promover el crecimiento económico sostenido; adoptar medidas urgentes contra el cambio climático; promover la paz y facilitar el acceso a la justicia.”

http://www.un.org/sustainabledevelopment/es/2015/09/la-asamblea-general-adopta-la-agenda-2030-para-el-desarrollo-sostenible/

 

Nuestra América: todos los tiempos del tiempo

Nuestra América: todos los tiempos del tiempo

Guillermo Castro H.

Conferencia ofrecida en la VII Conferencia Latinoamericana y Caribeña de Ciencias Sociales, del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales. Medellín, Colombia, 12 de noviembre de 2015.

“No hay batalla entre la civilización y la barbarie,

sino entre la falsa erudición y la naturaleza.”

José Martí, Nuestra América, 1891

Del río Bravo a la Patagonia, la América nuestra abarca unos 22 millones de kilómetros cuadrados en los que residen cerca de 600 millones de habitantes. De ellos, alrededor del 80% reside en áreas urbanas, entre las que se cuentan cuatro megaciudades – México, Sao Paulo, Buenos Aires y Rio de Janeiro – en las que residen más de 55 millones de personas. Desde fines del siglo XX, además, nuestra América se ha constituido en la más importante frontera de recursos en la economía global, a través de un proceso masivo de transformación del patrimonio natural de sus poblaciones indígenas y campesinas en capital natural al servicio de la economía global.

Por otra parte, nuestra América ha venido a constituirse en uno de los centros más importantes de desarrollo del nuevo pensamiento ambiental, a partir de tres fuentes principales: la tradición de pensamiento e investigación sobre los problemas económicos y sociales de la región, en desarrollo desde fines del siglo XVIII; la presencia de una intelectualidad de capas medias estrechamente vinculada a la trama cada vez más densa del ambientalismo global, y los nuevos movimientos sociales del campo y de las periferias urbanas, que han conocido un notable desarrollo, sobre todo en la defensa de sus derechos de acceso a recursos naturales y condiciones indispensables para su propia vida. Vistas así las cosas, comprender la crisis ambiental de América Latina implica una doble tarea: por un lado, explicar esa crisis desde sí misma y, por otro, entenderla en su relación con la crisis global. A ese doble propósito apunta esta reflexión.

Los tiempos del tiempo

La historia ambiental, como sabemos, se ocupa de las interacciones entre los sistemas sociales y naturales a lo largo del tiempo, y de las consecuencias que esas interacciones tienen para ambos. Ella se inscribe en la historia ecológica, que se refiere a la historia de los ecosistemas, y que en nuestro caso se remonta a la desintegración de Pangea hace unos 200 millones de años, y el desplazamiento de las masas terrestres que, con la formación del Istmo de Panamá cerca de 194 millones de años después, vendrían a conformar la estructura y distribución de los ecosistemas americanos del pasado que nos interesa aquí.

En este plano, nuestra América se caracteriza por la amplia diversidad de los ecosistemas presentes en su territorio, desde desiertos extremadamente secos hasta bosques tropicales muy húmedos, y desde vastos humedales marino – costeros hasta altiplanos de cuatro mil metros de altura. Así, cabe destacar que nuestra América cuente con 576 millones de hectáreas de reservas cultivables; que en el año 2000 albergara el 25% de las áreas boscosas del mundo; que Brasil, Colombia, Ecuador, México, Perú y Venezuela se cuentan entre las naciones consideradas de megadiversidad biológica, que albergan “entre 60 y 70% de todas las formas de vida del planeta”; que “recibe el 29% de la precipitación mundial y posee una tercera parte de los recursos hídricos renovables del mundo”, y que cuente importantes reservas de combustibles fósiles y de minerales: litio, 65%; plata, 42%; cobre, 38%; estaño, 33%; hierro, 21%; bauxita, 18%; níquel, 14%, y petróleo, 20%.

Al propio tiempo, nuestra América se caracteriza hoy por una persistente combinación de crecimiento económico incierto, inequidad social persistente, y degradación ambiental constante. Así, por ejemplo, encaramos vastos y complejos procesos de degradación de suelos por erosión y contaminación; pérdida de bosques por deforestación; deterioro de la biodiversidad debido a la fragmentación y pérdida de hábitats; deterioro de cuencas y cursos de agua en una circunstancia de incremento de la demanda de ese recurso; deterioro y sobrexplotación de recursos marino costeros, y desarrollo de desordenado de sus ciudades, que da lugar a un incremento de la demanda de servicios básicos – agua, drenaje, energía, recolección de desechos -, y genera una huella ambiental de alcance y complejidad cada vez mayores.

Esta situación no es ni natural ni casual. Hemos llegado a ella – es más, la hemos producido – a lo largo de un proceso histórico que combina al menos tres tiempos distintos, que se subsumen el uno en el otro hasta conformar la circunstancia que nos ocupa, y las tendencias dominantes en su evolución. El primero de esos tiempos corresponde a la larga duración de la presencia humana en el espacio americano. Esa presencia, en efecto, operó a través de una gama muy amplia de modalidades de interacción con el medio natural americano a lo largo de entre 30 y 15,500 años de desarrollo anterior a la Conquista europea de 1500 – 1550, que dieron lugar a importantes procesos civilizatorios, en particular en Mesoamérica y el Altiplano andino.

El segundo tiempo, de mediana duración, corresponde al período de control europeo de la que vendría a ser la América nuestra. Ese control operó hasta mediados del siglo XVIII a partir de la creación de sociedades tributarias sustentadas en formas de organización económica no capitalistas – como la comuna indígena, el mayorazgo feudal y la gran propiedad eclesiástica -, para descomponerse a lo largo del período 1750 – 1850 a partir del interés de las Monarquías española y portuguesa por incrementar la renta colonial de sus posesiones americanas, primero, y por el de los grupos dominantes en esas posesiones por asumir esa renta en su propio beneficio, después.

El tercer tiempo aludido, finalmente – de duración menor pero intensidad mucho mayor en lo que hace a sus consecuencias ambientales-, se extiende a lo largo del período 1870 – 1970, y corresponde al desarrollo de formas capitalistas de relación entre los sistemas sociales y los sistemas naturales de la región, hasta ingresar de 1980 en adelante en un proceso de crisis y transición aún en curso. En el punto de partida de este tercer período se encuentra la Reforma Liberal que siguió a las revoluciones de independencia de 1810, y que para 1875 había conseguido crear los mercados de tierra y de trabajo necesarios para abrir paso a formas capitalistas de organización de las relaciones de las nuevas sociedades nacionales y su entorno natural. Así, la creciente demanda Noratlántica de materias primas pasó a ser satisfecha mediante emprendimientos mineros y agropecuarios de un tipo enteramente nuevo, sobre todo en terrenos que habían tenido hasta entonces una importancia marginal.

El proceso así iniciado, tuvo una expansión sostenida a lo largo de la mayor parte del siglo XX, bajo formas políticas, económicas y tecnológicas de organización muy diversas, desde el peonaje semi servil de las explotaciones oligárquicas hasta la creación de enclaves de capital extranjero, de mercados protegidos y de empresas estatales de apoyo y subsidio a los mismos. Las consecuencias de todo ello fueron sintetizadas en los siguientes términos por el geógrafo chileno Pedro Cunill a mediados de la década de 1990:

Durante el período histórico que va de 1930 a 1990 se hizo evidente un sostenido avance en el poblamiento del espacio geográfico latinoamericano […]. Se nota tanto una persistente tendencia a concentrar paisajes urbanos consolidados y subintegrados como una importante ocupación espontánea de zonas tradicionalmente despobladas, en particular en el interior y el sur de América meridional, transformaciones geohistóricas que han ocasionado como secuela ambiental el fin de la ilusión colectiva de preservar a Latinoamérica como un conjunto territorial con extensos paisajes virtualmente vírgenes y recursos naturales ilimitados.

De entonces data, en efecto, el inicio del doble proceso de crecimiento urbano y transformación de las regiones interiores, que habían tenido hasta entonces una relación apenas marginal con la economía de mercado, en fronteras de recursos cuya apertura a la explotación a partir de las estructuras de poder que hacen persistente la inequidad en el acceso a los frutos del crecimiento económico, se encuentra en el núcleo mismo de la crisis ambiental en nuestra América.

Vistas así las cosas, la mayor dificultad que nos presenta la comprensión de esta crisis radica en el modo en que en ella operan a un tiempo todos los tiempos del proceso histórico que ha conducido al período de transición que la propia crisis expresa. Ninguno de los períodos anteriores, en efecto, se agota en sí mismo. Por el contrario, cada uno aporta premisas y consecuencias que contribuyen a definir el desarrollo del siguiente y las complejidades del presente. Así, por ejemplo, el hecho de que el espacio americano fuese el último en ser ocupado por los humanos en su expansión por el planeta, y que eso hubiera ocurrido cuando nuestra especie aún tenía por delante un camino de 10 mil años antes de transitar hacia el desarrollo de la agricultura, y de 16,000 para ingresar a la edad de los metales, contribuye a a explicar la función de reserva de recursos naturales que nuestra América desempeña en la crisis ambiental global .

En efecto, al ocurrir la Conquista europea, las sociedades aborígenes más avanzadas estaban apenas en los inicios de la transición a la edad de los metales, y los yacimientos minerales del espacio americano estaban virtualmente intactos. Tampoco había ocurrido la domesticación de especies animales mayores, aunque estaba muy avanzada la modificación de los ecosistemas naturales por una agricultura relativamente tardía pero ya muy sofisticada, sobre todo en los núcleos civilizatorios mesoamericano y andino. Por otra parte, todas las modalidades de relación con la naturaleza anteriores a la edad de los metales – salvo el nomadismo pastoril – estaban presentes en el espacio americano, que por lo mismo albergaba una asombrosa diversidad de culturas y regímenes de organización social y política, desde las bandas nómadas dedicadas a la caza y la recolección hasta formaciones estatales sustentadas en el tributo de comunidades agrarias.

La Conquista, como sabemos, tuvo un vasto impacto demográfico, social, político – cultural y ambiental, que se expresó en una radical transformación del ordenamiento territorial y los paisajes de la región. Tras un complejo proceso de transición que para las sociedades aborígenes revisitó un carácter apocalíptico, la nueva Iberoamérica pasó a ser organizada “desde fuera y desde arriba”, en una red de asentamientos humanos organizados en torno a centros de actividad económica – minera, primero, y luego también agropecuaria – dependientes de mano de obra servil en casos como el de Mesoamérica y el altiplano andino, o esclava, sobre todo en el espacio caribeño y el litoral Atlántico. Las nuevas sociedades que emergieron de aquel proceso pueden ser agrupadas en cuatros grandes áreas territoriales.

Una de ellas tuvo y tiene un claro carácter indoamericano, al que contribuyeron tanto la feudalidad de la cultura de los conquistadores como ciertos rasgos “de la organización política prehispánica en las áreas nucleares, así como la estratificación de sus sociedades con marcadas diferencias entre la élite y los gobernados”, que “facilitaron la dominación colonial”, como lo indica el historiador costarricense Julio Solórzano. A esto se sumó el hecho de que gracias a la alta densidad de población en Mesoamérica y el Área Andina se mantuvo allí “un importante remanente demográfico, a partir del cual se inició posteriormente un nuevo incremento poblacional”, mientras “en las regiones habitadas por grupos tribales y cacicazgos,” la combinación de la explotación excesiva, las epidemias y la desorganización de los modos de vida anteriores, condujo a “la casi extinción de la población indígena de la que solo sobrevivieron grupos aislados.”

La importación de cerca de 10 millones de esclavos africanos para compensar la pérdida de la mano de obra indígena – en particular en el espacio caribeño y el Nordeste brasileño -, que se aceleró entre fines del XVIII y mediados del XIX para atender la demanda europea y norteamericana de bienes como el azúcar, el café y el cacao, dio lugar a la formación de un espacio afroamericano con rasgos socioculturales y productivos característicos. Y a este se agregaron otros dos: un espacio mestizo de fuerte presencia europea, en las zonas agroganaderas de la cuenca del Plata y del centro de Chile y, por último, un vasto conjunto de regiones interiores, transformadas en zonas de refugio de población indígena, mestiza y afroamericana que se desligaba del control colonial, que retornaba a formas de producción y consumo no mercantiles.

La cultura

La crisis que hoy enfrentan las sociedades latinoamericanas en sus relaciones con el mundo natural incluye, también, la de sus visiones acerca de ese mundo y esas relaciones. En esa crisis afloran tanto las viejas contradicciones y conflictos entre las culturas de los conquistados y los conquistadores del siglo XVI como aquellas entre expropiadores y expropiados generadas por la Reforma Liberal del XIX, que reemergen hoy con el añadido de la creciente importancia que adquieren las grandes corporaciones Noratlánticas y asiáticas que pasan a ser las principales organizadoras de la explotación de los recursos naturales de la región.

En esta perspectiva, el rasgo dominante en la cultura de la naturaleza en nuestra América ha sido, y en gran medida sigue siendo, el de la fractura evidente entre las visiones de quienes dominan y quienes padecen las formas de organización de las relaciones entre las sociedades de la región y su entorno natural. Esa fractura se expresa en el conflicto, cada vez más evidente, entre una cultura dominante que ha evolucionado en torno a ideales de lucha de evidente filiación Noratlántica – como la civilización contra la barbarie, primero; del progreso contra el atraso, después, y finalmente del desarrollo contra el subdesarrollo-, y un conjunto de culturas subordinadas – sobre todo de origen indo y afroamericano – que se han desarrollado desde otras raíces y en lucha constante contra esas visiones dominantes, cuyo horizonte utópico no se ubica en el crecimiento incesante de Occidente, sino en el buen vivir que resulte de la armonía de las relaciones de los seres humanos entre sí y con su entorno natural.

En nuestra América sólo viene a conformarse una intelectualidad moderna con la expansión industrial y el desarrollo urbano característicos de la segunda mitad del siglo XX. Para la década de 1970, esa intelectualidad había generado una visión del mundo que no reconocía ya el mero crecimiento económico como evidencia de los frutos del progreso y del avance hacia la civilización a través del desarrollo. Por el contrario, expresaban una creciente inquietud por el carácter a todas luces insostenible de ese desarrollo basado en la ampliación constante de la exportación de materias primas para otras economías.

Este proceso de maduración cultural ha experimentado un creciente impulso en el siglo XXI. Desde arriba, por así decirlo, la región ha conocido un notorio crecimiento de la institucionalidad ambiental, que ha trasladado al interior de los Estados – sin resolverlo – el conflicto entre crecimiento económico extractivista y sostenibilidad del desarrollo humano. Desde abajo, la resistencia indígena y campesina a la expropiación de su patrimonio natural y la lucha por sus derechos políticos se combina con la de los sectores urbanos medios y pobres por sus derechos ambientales básicos.

En ese marco, en nuestra América viene ocurriendo un proceso de renovación intelectual en el que coinciden lo mejor de la tradición académica Occidental, los aportes a la comprensión de nuestras razones y nuestro lugar en el mundo de autores como José Martí y José Carlos Mariátegui, y el pensamiento que emerge de los nuevos movimientos sociales de la región. A partir de allí, el ambientalismo de nuestra América participa hoy, junto a los de otras regiones del mundo, en el desarrollo de campos nuevos del conocer – como la historia ambiental, la ecología política y la economía ecológica -, y su producción en todos ellos constituye, ya, parte integrante de la cultura ambiental que emerge de la crisis global.

Crecer con el mundo, para ayudarlo a cambiar

La crisis ambiental, como vemos, hace parte de una circunstancia histórica inédita en el desarrollo del moderno sistema mundial. En el caso de nuestra América, esta crisis hace parte de un período de transición en el que emergen viejos conflictos no resueltos, en el marco de situaciones enteramente nuevas, en cuyo marco todo el pasado actúa en todos los momentos del presente.

De esa síntesis emerge ya una conclusión que puede ser tan estimulante para unos como inquietante para otros, siendo ineludible para todos. En efecto, en la medida en que el ambiente es el resultado de las interacciones entre la sociedad y su entorno natural a lo largo del tiempo, si se desea un ambiente distinto será necesario crear sociedades diferentes. Este es el desafío fundamental que nos plantea la crisis ambiental, en nuestra América como en todas las sociedades del planeta. Precisamente por eso, las transformaciones, conflictos, rupturas y opciones de salida que ocurren en nuestro ordenamiento socio-ambiental en la paso del siglo XX al XXI definen también los términos de la participación de nuestra América en la crisis ambiental global, y plantean problemas que deben ser resueltos desde la región, en diálogo y concertación con el resto de las sociedades del Planeta. Crecemos con el mundo, para ayudarlo a cambiar.