Con Eric Hobsbawm, en Labana

Con Eric Hobsbawm, en Labana

 
Guillermo Castro H.
Ponencia presentada en el I Coloquio Internacional en Homenaje a Eric Hobsbawm / Cambiar la Historia, Transformar el Mundo. Instituto de Investigación Cultural Juan Marinello, La Habana, 20 y 21 de marzo de 2013.
 
La historia ambiental, 1970 acá
La historia ambiental constituye una entre las muchas expresiones de la crisis en curso en el moderno sistema mundial. Empieza a tomar cuerpo en el mundo Noratlántico, al calor de las movimientos sociales y culturales que acompañaron al ciclo revolucionario de 1968 – 1972.
El objeto de estudio de la historia ambiental está constituido por los procesos de interacción entre sistemas naturales y sistemas sociales, mediante el trabajo socialmente organizado, y sus consecuencias para ambos a lo largo del tiempo. En este sentido, la historia ambiental distingue a la naturaleza, en tanto objeto de trabajo, del ambiente, en tanto que entorno resultante de ese trabajo.
En esta perspectiva, la historia ambiental se vincula por un lado con la historia natural – en su sentido tradicional de historia de las especies -, y la historia ecológica – o historia de los ecosistemas, con o sin presencia humana en ellos -, para venir a ser una historia de las relaciones de la especie humana con los ecosistemas de cuya transformación depende su existencia. Pero, además – como lo señalara James O’Connor[1] – la historia ambiental culmina, sintetiza y trasciende el ciclo de desarrollo de la historia misma como práctica cultural en nuestra civilización, que previamente ha tenido sus áreas de énfasis en lo político, primero; lo económico, después, y lo sociocultural.
 
La historia ambiental en América Latina
En Nuestramérica, el origen formal de la historia ambiental puede ser ubicado en 1980, en un artículo dedicado al tema en la antología Medio Ambiente y Estilos de Desarrollo en América, coordinado por Osvaldo Sunkel y Nicolo Gligo[2]. Esto es relevante, porque esa antología recoge lo mejor del pensamiento ambiental latinoamericano siete años antes de la publicación del Informe Brundland – con su conocida definición del desarrollo sostenible como aquel que permite resolver los problemas del presente sin comprometer la solución de los problemas futuros, etc. -, y doce antes de la Cumbre Mundial sobre Ambiente y Desarrollo Rio 92, en la que Fidel Castro planteó como problema de primer orden del presente el riesgo de extinción de la especie humana.
En ese proceso de ampliación y fortalecimiento de la cultura ambiental latinoamericana tuvo lugar la formación – en 2003, en Santiago de Chile -, de la Sociedad Latinoamericana y Caribeña de Historia Ambiental, que hoy cuenta con unos 300 integrantes, y se prepara a realizar su Séptimo Simposio en la Universidad de Quilmes, Argentina, en 2014.[3]
El desarrollo de la historia ambiental latinoamericana – esto es, correspondiente a nuestra cultura, y distinta a la de América Latina, construida en un diálogo entre culturas – ha permitido definir una agenda común, que abarca desde la construcción del campo de estudio hasta establecer su propia periodización, y correlacionarla en su fundamento y sus duraciones con las de otros campos más maduros (historia política, historia económica, historia social), hasta definir sus modalidades de interacción con otros campos emergentes (ecología política, economía ambiental, economía ecológica, estudios de género, etc.), negando y recuperando así, en un mismo movimiento, los aportes de otros campos del saber.
En lo que hace al marxismo – en el que el vínculo entre la especie humana y la naturaleza mediante el trabajo, y la escala planetaria que alcanza esa relación con el desarrollo del mercado mundial desempeñan un papel de primer orden-, esa tarea de negación y recuperación ha encontrado y encuentra las dificultades inherentes al desconocimiento de la obra de Marx entre los académicos de la región, asociado en primer término al descrédito del marxismo soviético, y generalizado como prejuicio, sobre todo a partir del derrumbe del campo socialista en Europa Oriental. Tales son las referencias desde las que cabe juzgar el aporte de Hobsbawn al pensamiento ambiental contemporáneo de Nuestramérica en lo general, y a la historia ambiental latinoamericana en particular.
 
Hobsbawm: 3 aportes al desarrollo de la historia ambiental
Lo ambiental como objeto de estudio no tiene una presencia relevante en la obra de Hobsbawn, aunque sin duda se encuentran en ella referencias a la crisis global ambiental desde fines de la década de 1990. De ese período parecen datar, también, sus referencias más ricas al papel de la ciencia en el desarrollo de las sociedades humanas.
Estas preocupaciones alcanzan una síntesis de especial riqueza en su discurso de cierre del coloquio de la Academia británica sobre historiografía marxista, pronunciado el 13 de noviembre de 2004 y difundido con el título El desafío de la razón. Manifiesto para la renovación de la historia[4]. Esa síntesis, a su vez, se compagina de manera especialmente estimulante con las reflexiones sobre las historia de las ciencias naturales que nos ofrece en su Era de los Extremos,[5][FALTA REFERENCIA BIBILIOGRÁFICA] dedicada a la historia del siglo XX, y aquella sobre el marxismo que nos presenta en su obra póstuma Cómo Cambiar el Mundo.[6]
Encarados esos textos desde las necesidades de desarrollo de nuestro campo, cabe decir que Hobsbawn nos ofrece tres aportes de la mayor importancia. El primero consiste en la demostración de la viabilidad y la necesidad de una lectura no canónica ni eurocéntrica de la obra de Marx. Ese carácter canónico y eurocéntrico – presente ya en la obra de Aníbal Ponce a principios del siglo XX, por ejemplo -, contribuyó a un prolongado hábito de lectura de América Latina desde la obra de Marx, derivada a menudo en la búsqueda de formaciones socioeconómicas, sujetos históricos y hábitos de pensamiento de equivalencia imposible entre ambas regiones del sistema mundial. La perspectiva que nos ofrece Hobsbawm confirma, en cambio, la viabilidad y la utilidad de una lectura de Marx desde América Latina, confirmada ya en la década de 1920 por la obra de José Carlos Mariátegui, como en la de 1970 por la de nuestros teóricos de la dependencia.
Con ello, la obra de Hobsbawm confirma además aquella advertencia que – en Nuestra América, el acta de nacimiento de nuestra contemporaneidad – hiciera José Martí al decirnos que emergía entre nosotros una intelectualidad nueva, que se definía como tal al entender
 
que las formas de gobierno de un país han de acomodarse a sus elementos naturales;que las ideas absolutas, para no caer por un yerro de forma, han de ponerse en formas relativas; que la libertad, para ser viable, tiene que ser sincera y plena; que si la república no abre los brazos a todos y adelanta con todos, muere la república.”[7]
 
            En segundo lugar, Hobsbawm confirma, desde la vastedad de su obra y su experiencia, la necesidad de encarar la historia como “una investigación racional sobre el curso de las transformaciones humanas, indagando acerca del conflicto entre “las fuerzas responsables de la transformación del homo sapiens” y aquella otras – sociales también – “que mantienen inmutables la reproducción y la estabilidad de las colectividades humanas… y que durante la mayor parte de la historia … han contrarrestado eficazmente a las primeras.” Esto tiene especial importancia – por ejemplo – con respecto a los procesos que en el pasado llevaron a tantos pueblos originarios a desarrollar múltiples estrategias de adaptación y resistencia para sobrevivir tanto a los desastres de la Conquista como a los de la Reforma Liberal, preservando al propio tiempo un patrimonio cultural y de relacionamiento con la naturaleza cuya importancia crece en la búsqueda de opciones para encarar la crisis ambiental. Para un futuro inmediato, esto facilita por ejemplo la tarea de plantear en una perspectiva distinta a la de civilización o barbarie – bajo sus formas trasmutadas de progreso o atraso, de desarrollo o subdesarrollo, o de globalización o suicidio -, los conflictos que emergen ya del proceso de transformación del patrimonio natural remanente en la región en capital natural para el crecimiento sostenido, y que amenazan con reproducir la tragedia de los bienes comunes a escala de la Amazonía entera.
            En tercer lugar, Hobsbawm nos ofrece la posibilidad – y confirma la necesidad – de llevar a cabo esta indagación racional de nuestro pasado desde una visión integrada del devenir humano, a partir de nuevas posibilidades de interacción entre múltiples campos del saber, más allá del trívium positivista de las ciencias naturales, las ciencias sociales y las Humanidades, y del quadrivium resultante de la adición a éstas de las ingenierías. Este abordaje integrado nos permite entender a la historia como “la continuación de la evolución biológica del homo sapiens por otros medios”, a partir de tres aportes provenientes de las ciencias naturales – y en particular de la genética – cuya importancia resalta Hobsbawn.
El primero de esos aportes consiste en la posibilidad de hacer una historia “que considere al planeta en toda su complejidad como unidad de los estudios históricos, y no un entorno particular o una región determinada”. El segundo, en la posibilidad de trascender “la estricta diferenciación entre historia y ciencias naturales”, historizando – por decirlo así – el proceso de integración iniciado en la década de 1920 por el geoquímico ruso Konstantin Vernadsky y el antropólogo jesuita francés Pierre Teilhard de Chardin, que llevó a la elaboración de los conceptos de biosfera y noosfera, o biosfera transformada por la acción racional con arreglo a fines característica de nuestra especie. Y el tercero facilita la ampliación de la base de conocimiento y comprensión que sustenta el estudio de “los modos de interacción entre nuestra especie y su medio ambiente, y el creciente control que ejerce sobre el mismo”, recuperando así para la historia ambiental, también, el hecho de que
 
las fuerzas materiales y culturales y las relaciones de producción son inseparables; son las actividades de los hombres y mujeres que construyen su propia historia, pero no en el “vacío”, no afuera de la vida material, ni afuera de su pasado histórico.
 
Hobsbawm y nosotros
La visión del quehacer de la historia que nos aportara Hobsbawm facilita y sustenta, como hemos visto, el desarrollo de la historia ambiental en el marco del proceso mayor de creación de aquella “historia total”, que él no entendía ciertamente como “la historia de todo”, sino como la historia humana encarada “como un tejido indivisible donde se interconectan todas las actividades humanas.” Esto es especialmente importante en una circunstancia de crisis de civilización, que no demanda de nosotros estudiar el pasado con el propósito de demostrar que estamos condenados a la salvación o a la perdición, sino indagar sobre nuestras opciones de futuro – en sí mismas y en lo que cada una demanda, y entraña – para proporcionarnos un marco de referencia bien informado que nos facilite asumir y ejercer las responsabilidades que nos corresponden como miembros de la especie que somos.
Como nos lo ha advertido con insistencia Immanuel Wallerstein, nos encontramos en un momento de bifurcación en el desarrollo histórico del sistema mundial en el que nos hemos formado y forjado a lo largo de cinco siglos. Esto tiene una clara relevancia política (y no meramente teórica), en cuanto nos remite a optar por una u otra de las múltiples alternativas que emergen en el momento en que la crisis de ese sistema se va tornando revolucionaria. En lo que hace a la dimensión ambiental de esa crisis – esto es, al factor que la hace irreversible – no cabe ya la demanda imposible de hacer sostenibles las modalidades de relación con la naturaleza que están en el origen de la crisis misma, ni diluir el problema en un universo potencialmente infinito de opciones de cultura y auto marginación.
Aquí, lo único que cabe es entender que el ambiente que tenemos es el producto de la forma en que la sociedad que somos interactúa con la naturaleza y que, por lo mismo, si deseamos un ambiente distinto debemos construir una sociedad diferente. Establecer esta diferencia, caracterizarla, y plantear su construcción como un problema práctico, tiene ya la mayor importancia para la supervivencia de nuestra especie. Esto demanda plantear ese problema no sólo como el producto de un proceso de desarrollo previo de cinco siglos de duración, sino además en su circunstancia específica: aquella en que, por un lado, Nuestramérica emerge como la portadora de las ventajas invaluables de una población joven y una dotación abundante de recursos naturales, mientras por otro consolida su identidad cultural y política mientras se agota la hegemonía de la geocultura liberal en el sistema mundial.
Dicho con Hobsbawm, y desde él, la crisis del moderno sistema mundial coincide con la culminación del siglo XX largo de América Latina, que se inicia en 1891 con la publicación deNuestra América, donde Martí sintetiza la nueva agenda regional que empezaría a desplegarse a partir de la Revolución Mexicana de 1910 – 1917, como empieza a concluir en 2012, cuando Cuba se hace cargo de la presidencia Pro Témpore de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños. Ahora sí, sin duda alguna, ha llegado para nosotros la hora de crear.
 
La Habana, Centro Juan Marinello de Investigaciones Culturales, 21 de marzo de 2013.
Panamá, 19 de abril de 2013.
 


[1] “¿Qué es la historia ambiental?¿Por qué historia ambiental?”, en Causas Naturales. Ensayos de marxismo ecológico. Siglo XXI, México, 2001.
 
[2] Gligo, Nicolo y Morello,  Jorge: “Notas sobre la historia ecológica de América Latina”. Estilos de Desarrollo y Medio Ambiente en América Latina. Fondo de Cultura Económica, México. Dos tomos.
[3] Los anteriores tuvieron lugar, después de Santiago de Chile, en La Habana, Sevilla, Belho Horizonte, La Paz (Baja California Sur, México), y Villa de Leyva (Colombia).
[5] Historia del siglo XX,  Capítulo XVIII, “Brujos y aprendices: las ciencias naturales”. Crítica. Grijalbo Mondadori, Buenos Aires, 1998.
[6] Cómo Cambiar el Mundo. Marx y el marxismo 1840 – 2011. Traducción de Silvia Furió. Crítica, Barcelona, 2011.
[7] “Nuestra América”. El Partido Liberal, México, 30 de enero de 1891. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. VI, 20 – 21.

Cultura de la naturaleza y naturaleza de la cultura.

Cultura de la naturaleza y naturaleza de la cultura.
Una aproximación a la crisis ambiental desde José Martí
Guillermo Castro H.
 
Para Lupe y Antonio Núñez Jiménez – Velis,
con nosotros.
 
“[…] el buen gobernante en América[…] sabe con qué elementos está hecho su país, y cómo puede ir guiándolos en junto, para llegar, por métodos e instituciones nacidas del país mismo, a aquel estado apetecible donde cada hombre se conoce y ejerce, y disfrutan todos de la abundancia que la Naturaleza puso para todos en el pueblo que fecundan con su trabajo y defienden con sus vidas.
El gobierno ha de nacer del país.
El espíritu del gobierno ha de ser el del país.
La forma del gobierno ha de avenirse a la constitución propia del país.
El gobierno no es más que el equilibrio de los elementos naturales del país.”
 
José Martí, Nuestra América, 1891
 
La expresión cultura de la naturaleza fue utilizada originalmente para designar en lo general aquel conocimiento de nuestro entorno que fomentara su comprensión, su valoración y su conservación. Con el tiempo, ha venido a expresar, además, los valores y las normas que definen la interacción entre los sistemas sociales y los sistemas naturales en una sociedad determinada.En ese sentido, a su vez, la cultura de la naturaleza expresa también la naturaleza de la culturade la que ella hace parte, sobre todo en lo que hace al lugar que ocupan las relaciones con el entorno natural en la visión del mundo dominante en esa sociedad, y en los hábitos de conducta y pensamiento correspondientes a la misma.
En el José Martí de la década de 1880, por ejemplo, la naturaleza es percibida como un entorno que nos transforma en la medida en que lo transformamos. La “intervención humana en la Naturaleza”, dice, “acelera, cambia o detiene la obra de ésta, y […] toda la Historia es solamente la narración del trabajo de ajuste, y los combates, entre la Naturaleza extrahumana y la Naturaleza humana”. Esa no era, sin embargo, la naturaleza de la cultura dominante en su tiempo en la América que él llamaría “nuestra”, y que convocaría a crear en nombre de su generación, de jóvenes intelectuales liberales de vocación radicalmente democrática.
La naturaleza de la cultura dominante entonces – y aun hoy – correspondía a un liberalismo autoritario que, por el contrario, llamaba a re – crear en la América que consideraba suya un mundo a imagen y semejanza del que se consolidaba lo que era entonces el centro Nor Atlántico del moderno sistema mundial. Aquel liberalismo oligárquico, triunfante y en vías de construir su Estado, tuvo – y en importante medida tiene – su vocero más carácterístico en el argentino Domingo Faustino Sarmiento, que en 1845 definió de la más precisa manera posible su proyecto histórico
“De eso se trata” dijo Sarmiento en su obra más conocida y trascendente – el Facundo. Civilización o barbarie -: “de ser o no ser salvajes.” Desde esa perspectiva, la naturaleza era percibida como una frontera de recursos para el crecimiento económico y el acceso a la civilización. Desde ella, también, era inevitable la exclusión de visiones de relación entre la sociedad y la naturaleza que no correspondieran al objetivo mayor de establecer en nuestra América aquella civilización Noratlántica “que es el nombre vulgar con que corre el estado actual del hombre europeo,” al que se atribuye el “derecho natural de apoderarse de la tierra ajena perteneciente a la barbarie, que es el nombre que los que desean la tierra ajena dan al estado actual de todo hombre que no es de Europa o de la América europea.”[1]
Tanto la cultura de la naturaleza de Martí, como la naturaleza de su cultura, vendrían a encontrar su más plena expresión en el ensayo Nuestra América, publicado por primera vez en México, en enero de 1891, y que constituye en verdad el actas de nacimiento de nuestra contemporaneidad. Allí planteó Martí que no había entre nosotros “entre la civilización y la barbarie, sino entre la falsa erudición y la naturaleza”, y que debía sin duda injertarse “en nuestra repúblicas el mundo, pero que el tronco sea el de nuestras repúblicas.”[2]
La cultura de la naturaleza en nuestra América empezó a cambiar hacia 1980, tras el agotamiento del ciclo oligárquico de 1870 – 1930, y la crisis del desarrollismo liberal dominante en la región entre 1950 y 1980. Ambos había compartido una visión semejante del mundo natural como una reserva inagotable de recursos para el crecimiento sostenido, complementada con otra vasta reserva de mano de obra barata, proveniente de la descomposición de la agricultura indígena y campesina. Esas dos premisas se vieron cuestionadas por el propio desarrollo del modelo de sociedad que sustentaban.
Hacia fines de la década de 1970 se inicia un giro en la cultura de la naturaleza en nuestra América, que expresa – justamente – las consecuencias de un cambio en la naturaleza de esa cultura. Sarmiento entra en retirada, y Martí emerge de nuevo con un ímpetu singular. El injerto del mundo que descubría su propia crisis ambiental en el tronco de nuestras repúblicas tiene una primera gran expresión en la antología en dos tomos Medio Ambiente y Estilos de Desarrollo en América Latina, publicada en 1980 por el Fondo de Cultura Económica y la CEPAL.
Allí, sus editores – Osvaldo Sunkel y Nicolo Gligo – supieron reunir a una cohorte de científicos de lo natural y de lo social, que se adelantaron a sentar las bases de lo que, para fines de la década, vendría a ser el debate sobre la sostenibilidad del desarrollo realmente existente. Allí, también, cabe encontrar una parte sustancial de la simiente de capacidades que, de la década de 1990 acá, ha llevado a la cultura de la naturaleza de nuestra América a fundirse con la de otras regiones del planeta en la tarea de formar y desarrollar un pensamiento ambiental nuevo, que se expresa en nuevos saberes que desbordan las fronteras disciplinarias de la vieja cultura, en campos como la ecología política, la historia ambiental, y la economía ecológica
            Esa cultura latinoamericana de la naturaleza encara hoy nuevos desafíos. Nuestra América, en efecto, participa hoy de la crisis ambiental global a partir de dos grandes ventajas estratégicas: una de orden ecosistémico – que constituyen a la región en la última gran reserva de recursos naturales en el Planeta -, y otra de orden demográfico. Así, por ejemplo, de acuerdo a datos proporcionados por el Fondo de las Naciones Unidas para Actividades de Población, nuestra América cuenta con 576 millones de hectáreas en reservas cultivables; el 25% de las áreas boscosas del mundo, “el 92% localizadas en Brasil y Perú”; una megadiversidad biológica concentrada sobre todo en “Brasil, Colombia, Ecuador, México, Perú y Venezuela”, que albergan entre 60 y 70% de todas las formas de vida del planeta; “el 29% de la precipitación [pluvial] mundial” y “una tercera parte de los recursos hídricos renovables del mundo.”
            La segunda gran ventaja consiste en el bono demográfico que representa una población activa de entre 20 y 59 años de edad, que actualmente “es más numerosa que sus dependientes, proporcionando una gran oportunidad para el crecimiento económico”. Al respecto, incluso, cabría decir que aun cuando es población joven dispone de una educación deficiente, cuenta con servicios educativos que los disponibles en la mayor parte de las sociedades asiáticas – exceptuando aquellas que hoy constituyen economías emergentes – y africanas, y puede mejorar significativamente con mayor rapidez, sobre todo si esa mejora es encarada mediante un vínculo mucho rico y estrecho entre los procesos de formación y los de producción, a todos los niveles y en todos los ámbitos del sistema educativo. [3] 
Al propio tiempo, nuestra América encara complejos desafíos ambientales en su ingreso al siglo XXI. El 70% de su población reside en áreas urbanas, con graves desigualdades sociales y vasta huella ecológica. Los bosques y tierras agrícolas enfrentan graves problemas de deforestación, degradación de suelos, deterioro hídrico y pérdida de biodiversidad. Se agudizan cada vez más las contradicciones entre la organización natural del territorio en cuencas y bio regiones, que constituye el marco de una gestión sostenible del desarrollo, y la organización territorial del Estado, gestada a partir de las necesidades y consecuencias de un desarrollo depredador.
            Estos desafíos ambientales, por su parte, están íntimamente vinculados con otros procesos de orden económico y social en curso en nuestra América, con claras expresiones políticas. De entre ellos destaca, en particular, la transformación masiva del patrimonio natural en capital natural mediante procesos de expropiación de facto o de jure, que fomentan sin cesar los conflictos entre grupos sociales distintos que aspiran a hacer usos excluyentes de una misma biorregión. Y todo ello se complica, además, por el incremento en la demanda de servicios ambientales – sobre todo aquellos relativos a la dotación de agua y energía, y la recolección de desechos-, generadas por áreas urbanas cada vez más pobladas y más de mayor desigualdad social.
Todo esto hace evidente la bancarrota cultural y moral del crecimiento económico sustentado en el despilfarro de recursos humanos y naturales de nuestra América. De allí la tanto la creciente presencia política de lo ambiental en las demandas sociales, como la creciente relevancia cultural del aporte de sectores antes excluidos del imaginario del desarrollo, visible por ejemplo en la demanda de un crecimiento que sustente una vida buena para todos antes que una vida cada vez mejor para pocos.
La naturaleza de la cultura nueva se define, así, a partir de tres lecciones que nos deja el análisis del desarrollo de la cultura de la naturaleza entre nosotros. En primer lugar, que el ambiente es el resultado de las intervenciones humanas en la naturaleza, mediante procesos de trabajo socialmente organizados. En segundo, y por lo mismo, que quien desea un ambiente distinto debe contribuir a la creación de una sociedad diferente. Y, finalmente, que la cultura de la naturaleza constituye una fuerza cada vez más poderosa en ese proceso de construcción que, si tiene éxito, culminará en un mundo en el que quepan todos los mundos, creado con todos y para el bien de todos los que entienden que su patria es la Humanidad.
 
Tercera Conferencia Internacional Por el Equilibrio del Mundo.
La Habana, Cuba, 30 de enero de 2013.
 
 


[1] Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. VIII, 442: “Una distribución de diplomas en un colegio de los Estados Unidos”. La América, Nueva York, junio de 1884.
 
[2] 1975, cit. VI, 17, 18
 

LAS CUENCAS, LA GENTE Y EL PAÍS QUE SOMOS

Panamá: nota sobre las cuencas, la gente y el país que somos

Guillermo Castro H.
 
Hace poco, el Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales informó del hallazgo de un pequeño alijo de instrumentos rituales de uso chamánico en el sitio conocido como Casita de Piedra, en las tierras altas de la provincia de Chiriquí, cerca de nuestra frontera con Costa Rica. El alijo, con una antigüedad estimada en 4 mil años, venía a sumarse a descubrimientos anteriores, que remontaban a 9 mil años la presencia humana en el sitio, un punto de descanso en una vieja ruta de tránsito a lo largo de las cuencas de ríos que vierten sus aguas en los océanos Pacífico y Atlántico.
La noticia podrá parecer a algunos un hecho de mera curiosidad, con algún interés turístico, ahora que las tierras altas de Chiriquí se han convertido en sitio preferido de retiro para adultos mayores provenientes de Norteamérica y Europa. Sin embargo, y sobre todo, el hallazgo vuelve a poner en el tapete la calidad de la educación que se ofrece en nuestro país, medida por dos preguntas sencillas que muy pocos panameños están en capacidad de responder: ¿desde cuándo hay presencia humana en nuestra tierra?, y ¿en qué cuenca reside usted?
            La necesidad de saber estas cosas debería ser evidente en un país cuyo mayor y más importante recurso natural es el agua – asociada a los ecosistemas que la proveen-, y en el que la posibilidad del aprovechamiento sostenido de ese recurso depende cada vez más del desarrollo sostenible del conjunto del territorio nacional. El problema, aquí, consiste en que la cultura y la educación que realmente tenemos no son de gran ayuda ni para ver lo evidente, ni para entender lo que esa evidencia implica.
Sin duda, hay individuos y pequeñas organizaciones sociales y estatales donde esa capacidad existe. Sin embargo, enfrentamos problemas que se agravan sin cesar debido a la actividad de grandes masas humanas, y sólo podrán ser resueltos con la participación de esas mismas masas en actividades – y con actitudes – muy distintas a las que llevan a cabo en la actualidad.
Esa participación y esas actitudes, por supuesto, no podrán ser establecidas por decreto. Sólo podrán ser el producto de una educación capaz de expresarse en una transformación de nuestras estructuras de organización social, en el marco de un Estado nacional nuevo. Así que, una vez más, nos encontramos con el hecho de que la transformación de la educación que tenemos tendrá que ser parte de la transformación de la sociedad en que nos hemos formado, o no será.
Así, por ejemplo, al hablar de desarrollo sostenible nos referimos – aun sin saberlo – a los problemas que plantea la necesidad de preservar la viabilidad del desarrollo de la especie humana a escala global y glocal. Para entender y encarar esa necesidad, es necesario comprender que nuestra especie no habita en la naturaleza, sino en el ambiente que ella misma crea en su interacción con los ecosistemas de los que depende su vida, mediante el trabajo socialmente organizado.
Los resultados de esa interacción, por otra parte, se acumulan en el tiempo, de manera que la naturaleza nunca regresa a su condición anterior a la presencia humana. Así, por ejemplo, la selva del Darién no es “natural” en el sentido usual del término, pues una parte sustancial de la actual provincia de ese nombre estaba ya deforestada al momento de la Conquista europea – por no mencionar que en aquella época esa región sostenía, con la tecnología productiva del neolítico, una población mayor que la de nuestros tiempos de revolución verde.
Aquella presencia humana, por otra parte, se organizaba en correspondencia con la organización natural del territorio. Las cuencas constituyen, en efecto, la unidad básica de organización natural de cualquier territorio y, por eso mismo, constituyen también la unidad básica de organización de las relaciones entre los seres humanos y la naturaleza en ese espacio. Así, por ejemplo, si en el Perú prehispánico eran utilizadas para establecer “aldeas verticales” que permitían a una misma tribu utilizar ecosistemas de muy diferentes alturas, desde la costa a los Andes, en Panamá permitieron establecer “aldeas interoceánicas” para aprovechar tanto los recursos de un Atlántico muy húmedo como los de una Pacífico con una estación seca relativamente prolongada.
El reciente descubrimiento arqueológico en Casita de Piedra, Boquete, sólo manifiesta su verdadera importancia en este contexto. Por un lado, indica que ya entonces existía tránsito interoceánico entre lo que hoy llamamos Chiriquí y Bocas del Toro. Por otro, la nueva evidencia está asociada a la minería de oro aluvial, que a su vez se vincula al desarrollo de la metalurgia en las zonas litorales de la vertiente Pacífica del Istmo, las más pobladas en el momento de la Conquista.
De este modo, con respecto a la primera pregunta podemos decir que, hasta donde sabemos, hay presencia humana en el Istmo desde hace unos 12 mil años; que esa presencia ya incluía el intercambio interoceánico hace al menos 9 mil años, y que ese intercambio ya incluía el oro hace al menos 4 mil. La cuenca en que cada uno reside, cada quien deberá averiguarlo.

NOTA SOBRE HISTORIA AMBIENTAL Y DESARROLLO SOSTENIBLE

Nota sobre historia ambiental y desarrollo sostenible

Guillermo Castro H.
Centro Internacional de Desarrollo Sostenible
Ciudad del Saber, Panamá
 
A Patricia Clare, en Costa Rica
 
El desarrollo de la historia ambiental, como ocurre en todo campo de conocimiento en  formación, se nutre de un constante debate sobre su contenido, sus propósitos y sus métodos. En este debate, por ejemplo, ha tenido especial fortuna la definición propuesta por Elinor Melville, que concibe a la historia ambiental como el estudio de las interacciones entre los sistemas sociales y los sistemas naturales. En él, también, ocupa un importante papel la atención a los vínculos entre la historia ambiental y la historia ecológica, y entre ambas y la historia natural, una categoría más antigua, con clara referencia al mundo que produjo figuras de la talla de Linneo y Humboldt, y abrió el camino que eventualmente recorrería Darwin para proponer un lugar para la especie humana en la historia de la naturaleza.
Así, en su forma más sencilla, el concepto de historia natural hace referencia en nuestra cultura a la historia de las especies, como el de historia ecológica lo hace a la formación y las transformaciones de los ecosistemas. En ambos casos, la historia de que se trate puede incluir a la especie humana, o no hacerlo, si los problemas y períodos sometidos a estudio son anteriores a la formación de nuestros antecesores directos. Ese no es, sin embargo, el caso de la historia ambiental.
Si nos atenemos a la definición propuesta por Elinor Melville, y encaramos a un tiempo el estudio de las interacciones entre los sistemas sociales y los sistemas naturales y el de las consecuencias de esas interacciones para ambas partes a lo largo del tiempo nos encontraremos, de hecho, ante la historia natural de la especie humana o, si se quiere, ante la historia ecológica de la sociedad como nicho específico de la especie humana. Con ello, la historia ambiental vendría a ser una nueva Historia general de la Humanidad, con tiempos y espacios correspondientes a la vastedad de su objeto.
 
En esa historia, el proceso clave  sería el de la producción de su propio nicho por nuestra especie, mediante la transformación de los elementos naturales en recursos a través del trabajo socialmente organizado
. Esas formas de organización social de la producción guardan a su vez relaciones contradictorias con las tecnologías que utilizan para intervenir en los ecosistemas. Algunas formas de organización del trabajo, como la esclavitud, tienden a inhibir el desarrollo de esas tecnologías, mientras que otras – como el trabajo asalariado – tienden a estimular ese desarrollo. No en balde dijo alguien que nunca se había inventado nada para que la gente trabajara menos, porque todo invento tenía el propósito de que los trabajadores  produjeran  más.
            Esas contradicciones internas de los sistemas sociales determinan en una importante medida sus relaciones con los sistemas naturales, las cuales contribuyen a su vez a impulsar la transformación de las relaciones sociales. Así ocurre, por ejemplo, en el caso de los conflictos que genera el choque de intereses entre grupos sociales que aspiran a hacer usos excluyentes de un mismo conjunto de ecosistemas, sea a la escala de sociedades específicas, sea a la del sistema mundial. De estos procesos de tan singular complejidad resultan, finalmente, tanto los paisajes que característicos del ambiente creado por cada sociedad en cada etapa de su desarrollo, como las formas de valoración cultural y de gestión social de esos paisajes. Baste ver, por ejemplo, el contraste entre la valoración del bosque tropical húmedo por parte de la oligarquía ganadera o de las corporaciones transnacionales vinculadas a la agricultura de plantación en Mesoamérica, y el de las comunidades indígenas y campesinas vinculadas a tradiciones de agrosilvicultura, y las formas en que la legislación y la práctica política tienden a promover u obstaculizar los intereses de cada una de esas partes enfrentadas.
Este tipo de conflicto, por otra parte, subyace a los conceptos que de una u otra manera han procurado legitimar en el imaginario colectivo la solución de esos conflictos en términos correspondientes a los intereses de los grupos dominantes en cada sociedad. Ese carácter legitimador, por otra parte, incluye siempre una referencia des legitimadora a aquellos factores que ofrecen resistencia al tipo de cambio que esos intereses demandan. Así, por ejemplo, del siglo XVIII a nuestros días tres formas de ese imaginario colectivo han tenido un destacado papel en la formación y las transformaciones del moderno sistema mundial.
La primera contrapuso la civilización a la barbarie, entre 1750 y 1850. A ella debe nuestra cultura uno de sus textos más vigorosos, el Facundo. Civilización y Barbarie, del argentino Domingo Faustino Sarmiento, publicado en Santiago de Chile en 1845, apenas tres años antes de que Marx y Engels publicaran en Londres su Manifiesto Comunista. De mediados del siglo XIX hasta la década de 1950, pasó a predominar entre nosotros la dicotomía progreso – atraso, que tuvo en Herbert Spencer uno de sus promotores más y mejor conocido en la América Latina del Estado Liberal Oligárquico, como en la crítica a ese Estado por parte de autores como José Martí, que en 1889 – en un discurso a los delegados de los gobiernos latinoamericanos a una Conferencia Internacional Americana convocada por los Estados Unidos – planteó que “ nuestra América de hoy, heroica y trabajadora a la vez, y franca y vigilante, con Bolívar de un brazo y Herbert Spencer del otro; una América sin suspicacias pueriles, ni confianzas cándidas, que convida sin miedo a la fortuna de su hogar a las razas todas […]”[1]
Para la década de 1950, por último, el mito fundamental del imaginario colectivo pasó a expresarse en la dicotomía desarrollo – subdesarrollo, a partir de una metáfora importada al campo de las ciencias sociales desde el de las ciencias naturales. En su medio de origen, en efecto, el concepto de desarrollo expresa el proceso de formación, maduración y muerte de un organismo, en interdependencia con sus semejantes y las demás especies de su ecosistema. Su apropiación por las ciencias sociales excluyó este último componente, y generalizó además una forma específica de desarrollo – la de las sociedades capitalistas maduras, que hegemonizan el moderno sistema mundial – a todas las sociedades que forman parte de ese sistema.
Esto incluyó relegar a un segundo plano, en el mejor de los casos, las relaciones de interdependencia asimétrica entre las sociedades que integran dicho sistema – y que se expresan en lo ambiental, por ejemplo, a través de conceptos como el de huella ecológica -, para optar en cambio por la búsqueda de definiciones y soluciones para el desarrollo utilizando como unidad fundamental de análisis el Estado – nación y, en las formas más complejas de planteamiento del tema – sobre todo desde América Latina – las relaciones de intercambio desigual entre economías nacionales. Por esta vía, el planteamiento del desarrollo progresó desde su definición más sencilla como “el progreso técnico y sus frutos”, utilizada por Raúl Prebisch a principios de la década de 1950, hasta la más rica y compleja que, en 1980, lo concebía como
[…] un proceso de transformación de la sociedad caracterizado por una expansión de su capacidad productiva, la elevación de los promedios de productividad por trabajador y de ingresos por persona, cambios en la estructura de clases y grupos y en la organización social, transformaciones culturales y de valores, y cambios en las estructuras políticas y de poder, todo lo cual conduce a una elevación de los niveles medios de vida.[2]
 
Esta definición tiene otro mérito: ella forma parte de un primer y formidable esfuerzo latinoamericano por poner en relación los vínculos entre el desarrollo así concebido y los sistemas naturales de América Latina, siete años antes de que fuera presentado el Informe Brundland, y doce antes de la Cumbre Mundial sobre Ambiente y Desarrollo celebrada en Rio de Janeiro en 1992. En efecto, los dos tomos de Estilos de Desarrollo y Medio Ambiente en América Latina sintetizan un estado de conocimiento y reflexión sobre el tema que hoy podría resultar sorprendente para quien no conozca al menos en líneas generales la historia ambiental latinoamericana, que tiene allí uno de sus textos fundadores: las “Notas sobre la historia ecológica de América Latina”, de Nicolo Gligo y Jorge Morello.
Lo que aquí nos importa, en todo caso, es que de entonces acá el mito del desarrollo ha venido a des-integrarse en múltiples direcciones. Hoy, sobrevive sobre todo – en forma por demás vergonzante, si lo juzgamos en el marco de la retórica de las relaciones internacionales – en su versión de desarrollo sostenible, que en lo más usual puede ser definido como la vieja
 Teoría del Desarrollo con las preocupaciones ambientales necesarias para garantizar la sostenibilidad de la sociedad que le dio origen. Y, sin embargo, si observamos este fenómeno cultural desde la perspectiva de la historia ambiental, podremos comprobar una vez más el viejo adagio que nos dice que lo falso no se define como lo opuesto a lo cierto, sino como el resultado de la exageración unilateral de uno de los aspectos de la verdad.
            En este sentido, el concepto de desarrollo sostenible no designa una solución capaz de legitimar las formas dominantes de relación entre nuestra especie y su entorno, sino un problema: el de la incapacidad del mito del desarrollo para dar cuenta de la crisis en que han venido a desembocar esas relaciones. De este modo, se hace evidente que tras la discusión sobre el desarrollo sostenible subyace en realidad el problema de forjar y legitimar las nuevas formas  de gestión de las relaciones entre sistemas naturales y sociales que demanda la supervivencia de la especie humana ante la crisis de sus relaciones con el mundo natural en que ha venido a desembocar el desarrollo del moderno sistema mundial. De su capacidad para contribuir a la solución de este problema decisivo dependerá que la historia ambiental se constituya en la gran conquista cultural que puede llegar a ser, o permanezca como la mera crónica del desastre que bien puede conducirnos a nuestra extinción.
 
Panamá, 28 de octubre de 2007
 
 


[1] Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. Tomo VI, 138 – 139: “Discurso pronunciado en la velada artístico – literaria de la Sociedad Literaria Hispanoamericana, el 19 de diciembre de 1889, a la que asistieron los delegados a la Conferencia Internacional Americana”. Cursiva: gch
[2] Sunkel, Osvaldo: “Introducción. La interacción entre los estilos de desarrollo y el medio ambiente en la América Latina”. Estilos de Desarrollo y Medio Ambiente en la América Latina. El Trimestre Económico, número 36, 2 tomos. Fondo de Cultura Económica, México, 1980. Selección de Osvaldo Sunkel y Nicolo Gligo. Cursiva: gch. Hemos destacado en negrita aquellos componentes de la definición que resaltan su carácter dinámico, expansivo y sobre todo, sistémico.

NATURALEZA, TRABAJO, HISTORIA.

Naturaleza, trabajo, historia.

Nota sobre la historia ambiental como historia natural de la especie humana
Guillermo Castro H.
 
La historia ambiental se ocupa de las relaciones entre nuestra especie y su(s) entorno(s) a lo largo del tiempo, incluyendo en ello, por supuesto, las consecuencias de esas relaciones para cada una de las partes involucradas. El mérito mérito principal de esta definición, como sabemos, corresponde a Elinor Melville. Desde ella, interesa resaltar aquí que esas relaciones operan a partir de procesos de trabajo socialmente organizados y que, por ello, el trabajo – en cuanto acción racional con arreglo a fines, que demanda procesos de cooperación entre múltiples individuos – constituye el factor fundamental que nos define como especie en nuestra relación con la naturaleza de la que somos parte.
Somos, en efecto, la única especie que trabaja en el sentido indicado, y el ambiente es uno de los productos de ese trabajo en lo que hace a sus efectos sobre la naturaleza en la que habitamos, y de la cual vivimos. Esta idea ha sido expresada de múltiples maneras a lo largo del desarrollo de la civilización que hoy está en crisis. Vladimir Vernadsky y Teilhard de Chardin, por ejemplo, la elaboraron en el plano teórico en la década de 1920, al vincular entre sí los conceptos de biosfera y noosfera (que, en el caso del jesuita Teilhard, fue ampliado incluso en dirección al de Cristosfera como culminación del proceso de encuentro entre las criaturas y su creador).
Así, el objeto de estudio de la historia ambiental es un producto de nuestra especie, obtenido mediante el trabajo, entendido – por ejemplo – como “un proceso entre la naturaleza y el hombre, proceso en que éste realiza, regula y controla mediante su propia acción su intercambio de materias con la naturaleza”, al decir de Carlos Marx en 1867, en el segmento que dedica a esa forma peculiar de la actividad humana en el Tomo I de El Capital.[1] Ese proceso, añade Marx, “es la actividad racional encaminada a la producción de valores de uso, la asimilación de las materias naturales al servicio de las necesidades humanas, la condición general del intercambio de materias entre la naturaleza y el hombre, la condición natural eterna de la vida humana, y por tanto, independiente de las formas y modalidades de esta vida y común a todas las formas sociales por igual.”[2] Para agregar enseguida que lo que distingue “a las épocas económicas unas de otras no es lo que se hace, sino el cómo se hace”.[3]
Vista así, la historia ambiental es la historia, precisamente en cuanto es la historia natural de nuestra especie. Como tal, necesita apropiarse de todo el legado cultural anterior y someterlo a crítica en la perspectiva que demanda al problema mayor de nuestro tiempo, que es el de sobrevivir como especie al tipo de ambiente global que como especie hemos creado – sobre todo a lo largo de los últimos dos siglos de nuestros cien mil años de existencia y desarrollo.  Y esto no sólo un sentido físico, sino y sobre todo enfrentando la generalización de las formas más bárbaras de organización de nuestra convivencia, que retornan a la vida diaria de millones de seres humanos en todos los rincones de una biosfera a la que hemos llevado al límite de sus capacidades para sostenerse, y sostenernos.
Allí está, en lo más abstracto, una de las claves del problema del problema más concreto a cuya solución debe contribuir la historia ambiental: el de caracterizar, en su origen como en sus consecuencias, los fines a los que responde la racionalidad de nuestras acciones de relacionamiento con el entorno que nos sostiene, que ha venido a ser (¿no lo fue siempre?) el planeta entero. Y si esto nos lleva una vez más a entender que si el ambiente es el producto de la intervención de nuestras sociedades en su entorno natural, la necesidad de un crear un ambiente distinto nos llevará una y otra vez a la de establecer una sociedad diferente, bienvenido sea. Aquí, como nunca antes, la crítica ha de ser el ejercicio del criterio, si es que aspira a ser fecunda.
 
Panamá, 13 de noviembre de 2012
 


[1] Y agrega: “En este proceso, el hombre se enfrenta como un poder natural con la materia prima de la naturaleza. Pone en acción las fuerzas naturales que forman su corporeidad, los brazos y las piernas, la cabeza y la mano, para de ese modo asimilarse, bajo una forma útil para su propia vida, las materias que la naturaleza le brinda. Y a la par que de ese modo actúa sobre la naturaleza exterior a él y la transforma, transforma su propia naturaleza, desarrollando las potencias que dormitan en él y sometiendo el juego de sus fuerzas a su propia disciplina.”
Todas las citas corresponden a Marx, Carlos: El Capital. Crítica de la economía política. Traducción de Wenceslao Roces. Fondo de Cultura Económica, México, 2010. Tres tomos. Sección Tercera. La producción de la plusvalía absoluta. Capítulo V. Proceso de trabajo y proceso de valorización. Tomo I (1867). P. 130.
 
[2] Ibid., 136.  En esta perspectiva, dice, “Los animales y las plantas que solemos considerar como productos naturales, no son solamente productos del año anterior, supongamos, sino que son, bajo su forma actual, el fruto de un proceso de transformación desarrollado a lo largo de las generaciones, controlado por le hombre y encauzado por el trabajo humano.”
 
[3] Ibid., 132. Y añade: “Los instrumentos de trabajo no son solamente el barómetro indicador del desarrollo de la fuerza de trabajo del hombre, sino también el exponente de las condiciones sociales en que se trabaja.”

NATURALEZA, TRABAJO, HISTORIA. NOTA A MIS COLEGAS DE LA SOLCHA

Naturaleza, trabajo, historia.

Nota a mis colegas de la Sociedad Latinoamericana y Caribeña de Historia Ambiental.
 
Panamá, 11 de noviembre de 2012.
 
Colegas:
Como saben, he sostenido a lo largo del tiempo la necesidad de encarar a la historia ambiental como la de las relaciones entre nuestra especie y su(s) entorno(s) a lo largo del tiempo, incluyendo en ello, por supuesto, las consecuencias de esas relaciones para cada una de las partes involucradas. La idea básica no es mía, ciertamente. Fue Elinor Melville, hasta donde recuerdo, quien abordó nuestro campo desde esa perspectiva, definiéndolo como el estudio de la historia las interacciones entre los sistemas naturales y los sistemas sociales, en el sentido indicado.
 
Aquello en lo he intentado hacer énfasis consiste en que esas interacciones ocurren a partir del procesos de trabajo socialmente organizados y que, por lo mismo, el trabajo – en el sentido de acción racional con arreglo a fines, que demanda procesos de cooperación entre múltiples individuos – constituye, desde el punto de vista histórico, el factor realmente fundamental de esta relación. Somos, en efecto, la única especie que trabaja, en el sentido indicado, y el ambiente es justamente el producto de ese trabajo en lo que hace a sus efectos sobre la naturaleza en la que habitamos, y de la cual vivimos.
 
Esta idea tampoco es original (¿hay alguna que realmente lo sea?). Vladimir Vernadsky y Teilhard de Chardin la elaboraron en el plano teórico ya en la década de 1920, al vincular entre sí los conceptos de biosfera y noosfera (que, en el caso del jesuíta Teilhard, fue ampliado incluso en dirección al de Cristosfera como culminación del proceso de encuentro entre las criaturas y su creador). Lo esencial en todo caso es que nuestro objeto de estudio es un producto de nuestra especie, obtenido mediante el trabajo, entendido justamente como “un proceso entre la naturaleza y el hombre, proceso en que éste realiza, regula y controla mediante su propia acción su intercambio de materias con la naturaleza”, al decir de Carlos Marx en el segmento que dedica a esa forma peculiar de la actividad humana en el Tomo I de El Capital.
 
Hoy quisiera invitar a la discusión del planteamiento que hiciera Marx del tema ya en 1867. Con ese propósito, me permito compartir con ustedes mis notas de lectura de aquel acápite, en ese texto. Estoy convencido de que la historia ambiental es la historia. Como tal, está en la necesidad de apropiarse de todo el legado cultural anterior y someterlo a crítica en la perspectiva que demanda al problema mayor de nuestro tiempo, que es el de sobrevivir como especie al tipo de ambiente global que como especie hemos creado – sobre todo a lo largo de los últimos dos siglos de nuestros cien mil años de existencia y desarrollo.
 
Sobrevivir, en este caso, no tiene tan sólo un sentido físico. Además, implica evitar la generalización de las formas más bárbaras y brutales de organización de nuestra convivencia, que retornan a la vida diaria de millones de seres humanos en los más diversos rincones de una biosfera a la que hemos llevado al límite de sus capacidades para sostenerse, y sostenernos.
 
“Lo que distingue a las épocas económicas unas de otras”, plantea Marx en estas notas, “no es lo que se hace, sino el cómo se hace”. Allí está, en lo más abstracto, una de las claves del problema a cuya solución aspiramos a contribuir: el de los fines a los que responde la racionalidad de nuestras acciones de relacionamiento con el entorno que nos sostiene, que ha venido a ser (¿no lo fue siempre?) el planeta entero. Que es como decir, una vez más, que si el ambiente es el producto de la intervención de nuestras sociedades en su entorno natural, la necesidad de un crear un ambiente distinto nos llevará una y otra vez a la de establecer una sociedad diferente.
Y me despido, con un saludo cordial desde este rincón del neotrópico,
Guillermo Castro H.
 
Marx, Carlos: El Capital. Crítica de la economía política. Traducción de Wenceslao Roces. Fondo de Cultura Económica, México, 2010. Tres tomos.
 
Sección Tercera. La producción de la plusvalía absoluta. Capítulo V. Proceso de trabajo y proceso de valorización. Tomo I (1867).
 
1.El proceso de trabajo
 
Trabajo
“El trabajo es, en primer término, un proceso entre la naturaleza y el hombre, proceso en que éste realiza, regula y controla mediante su propia acción su intercambio de materias con la naturaleza. En este proceso, el hombre se enfrenta como un poder natural con la materia prima de la naturaleza. Pone en acción las fuerzas naturales que forman su corporeidad, los brazos y las piernas, la cabeza y la mano, para de ese modo asimilarse, bajo una forma útil para su propia vida, las materias que la naturaleza le brinda. Y a la par que de ese modo actúa sobre la naturaleza exterior a él y la transforma, transforma su propia naturaleza, desarrollando las potencias que dormitan en él y sometiendo el juego de sus fuerzas a su propia disciplina.” / 130
 
El trabajo como acción racional con arreglo a fines
“Detrás de la fase en que el obrero se presenta en el mercado de mercancías como vendedor de su propia fuerza de trabajo, aparece, en un fondo prehistórico, la fase en que el trabajo humano no se ha desprendido aún de su primera forma instintiva. Aquí, partimos del supuesto del trabajo plasmado ya bajo una forma que le pertenece exclusivamente al hombre. Una araña ejecuta operaciones que asemejan a las manipulaciones del tejedor, y la construcción de los panales de las abejas podría avergonzar, por su perfección, a más de un maestro de obras. Pero, hay algo en que el peor maestro de obras aventaja, desde luego, a la mejor abeja, y es el hecho de que, antes de ejecutar la construcción, la proyecta en su propio cerebro. Al final del proceso de trabajo, brota un resultado que antes de comenzar el proceso existía ya en la mente del obrero; es decir, un resultado que tenía ya existencia idealEl obrero no se limita a cambiar de forma la materia que le brinda la naturaleza, sino que, al mismo tiempo, realiza en ella su fin, fin que él sabe que rige como una ley las modalidades de su actuación y al que tiene necesariamente que supeditar su voluntad. Y esta supeditación no constituye un acto aislado. Mientras permanezca trabajando, además de esforzar los órganos que trabajan, el obrero ha de aportar esa voluntad consciente del fin a que llamamos atención, atención que deberá ser tanto más reconcentrada cuanto menos atractivo sea el trabajo, por su carácter o por su ejecución, para quien lo realiza, es decir, cuanto menos disfrute de él el obrero como de un juego de sus fuerzas físicas y espirituales.” / 130 – 131
 
Factores del proceso de trabajo
Los factores simples que intervienen en el proceso de trabajo son: la actividad adecuada a un fin, o sea, el propio trabajo, su objeto y sus medios.” / 131
 
Objeto de trabajo
“El hombre se encuentra, sin que él intervenga para nada en ello, con la tierra (concepto que incluye también, económicamente, el del agua) […], como el objeto general sobre el que versa el trabajo humano. Todas aquellas cosas que el trabajo no hace más que desprender de su contacto directo con la tierra son objetos de trabajo que la naturaleza brinda al hombre.” /131
 
Materia prima
“[…] cuando el objeto sobre que versa el trabajo ha sido ya […] filtrado por un trabajo anterior, lo llamamos materia prima. Es el caso, por ejemplo, del cobre ya arrancado del filón para ser lavado. Toda materia prima es objeto de trabajo, pero no todo objeto de trabajo es materia prima. Para ello es necesario que haya experimentado, por medio del trabajo, una cierta transformación.” / 131
 
Medio de trabajo
El medio de trabajo es aquel objeto o conjunto de objetos que el obrero interpone entre él y el objeto que trabaja y que le sirve para encauzar su actividad sobre este objeto. El hombre se sirve de las cualidades mecánicas, físicas y químicas de las cosas para utilizarlas, conforme al fin perseguido, como instrumentos de actuación sobre otras cosas. El objeto que el obrero empuña directamente […] no es el objeto sobre el que trabaja, sino el instrumento de trabajo. De este modo, los productos de la naturaleza se convierten directamente en órganos de la actividad del obrero, órganos que él incorpora a sus propios órganos corporales, prolongando así, a pesar de la Biblia, su estatura natural. La tierra es su despensa primitiva y es, al mismo tiempo, su primitivo arsenal de medios de trabajo”. / 131 – 132
 
Herramientas, instrumentos
“Tan pronto como el proceso de trabajo se desarrolla un poco, reclama instrumentos de trabajo fabricados. En las cuevas humanas más antiguas se descubren instrumentos y armas de piedra. Y en los orígenes de la historia humana, los animales domesticados, es decir, adaptados, transformados ya por el trabajo, desempeñan un papel primordial como instrumentos de trabajo, al lado de la piedra y la maderatalladas, los huesos y las conchas. El uso y la fabricación de medios de trabajo de trabajo, aunque en germen se presenten ya en ciertas especies, caracterizan el proceso de trabajo específicamente humano,razón por la cual Franklin define al hombre como “a toolmaking animal”, o sea, como un animal que fabrica instrumentos. Y así como la estructura y armazón de los restos de huesos tienen una gran importancia para reconstituir la organización de especies animales desaparecidas, los vestigios de instrumentos de trabajo nos sirven para apreciar antiguas formaciones económicas de la sociedad ya sepultadas.” / 132
 
Modo de producir, modo de producción
Lo que distingue a las épocas económicas unas de otras no es lo que se hace, sino el cómo se hace. Los instrumentos de trabajo no son solamente el barómetro indicador del desarrollo de la fuerza de trabajo del hombre, sino también el exponente de las condiciones sociales en que se trabaja. Y, dentro de la categoría de los instrumentos de trabajo, los instrumentos mecánicos, cuyo conjunto forma lo que podríamos llamar el sistema óseo y muscular de la producción, acusan las características esenciales de una época social de la producción de un modo mucho más definido que esos instrumentos cuya función se limita a servir de receptáculos de los objetos de trabajo y a los que en conjunto podríamos designar, de un modo muy genérico, como el sistema vascular de la producción […].” / 132
 
 
Condiciones materiales de producción
“Entre los objetos que sirven de medios para el proceso de trabajo cuéntanse […] todas aquellascondiciones materiales que han de concurrir para que el proceso de trabajo se efectúe. Trátase de condiciones que no se identifican directamente con dicho proceso, pero sin las cuales éste no podría ejecutarse, o sólo podría ejecutarse de un modo imperfecto. Y aquí, volvemos a encontrarnos, como medio general de trabajo de esta especie, con la tierra misma, que es la que brinda al obrero el locus standi y a su actividad el campo de acción […]. Otros medios de trabajo de este género, pero debidos ya al trabajo del hombre, son, por ejemplo, los locales en que se trabaja, los canales, las calles, etc.” / 133
 
Trabajo, producción, producto
“[…] en el proceso de trabajo la actividad del hombre consigue, valiéndose del instrumento correspondiente, transformar el objeto sobre el que versa el trabajo con arreglo al fin perseguido. Este proceso desemboca y se extingue en el producto. Su producto es un valor de uso, una materia dispuesta por la naturaleza y adaptada a las necesidades humanas mediante un cambio de forma. El trabajo se compenetra y confunde con su objeto. Se materializa en el objeto, al paso que éste se elabora. Y lo que en el trabajador era dinamismo, es ahora en el producto, plasmado en lo que es, quietud. El obrero es el tejedor, y el producto el tejido.” / 133
 
Trabajo productivo
“Si analizamos todo este proceso desde el punto de vista de su resultado, del producto, vemos que ambos factores, los medios de trabajo y el objeto sobre el que éste recae, son los medios de producción y el trabajo un trabajo productivo.” / 133
 
Producto, producción, trabajo
“Para engendrar un valor de uso como producto, el proceso de trabajo absorbe, en concepto de medios de producción, otros valores de uso, producto a su vez de procesos de trabajo anteriores. Y el mismo valor de uso que forma el producto de este trabajo, constituye el medio de producción de aquel. Es decir, que los productos no son solamente el resultado, sino que son, al mismo tiempo, la condición del proceso de trabajo.” / 133
 
Producción, producto, materias primas [historia ambiental]
“Excepción hecha de la industria extractiva, aquella a la que la naturaleza brinda el objeto sobre que trabaja, v. gr. la minería, la caza, la pesca, etc. (la agricultura sólo entra en esta categoría cuando se trata de la roturación y cultivo de tierras vírgenes), todas las ramas industriales recaen sobre objetos que tienen el carácter de materias primas, es decir, sobre materiales ya filtrados por un trabajo anterior, sobre objetos que son ya, a su vez, productos del trabajo. Tal ocurre, por ejemplo, con la simiente, en la agricultura. Los animales y las plantas que solemos considerar como productos naturales, no son solamente productos del año anterior, supongamos, sino que son, bajo su forma actual, el fruto de un proceso de transformación desarrollado a lo largo de las generaciones, controlado por le hombre y encauzado por el trabajo humano. Por lo que se refiere a los instrumentos de trabajo, la inmensa mayoría de éstos muestran aún a la mirada superficial las huellas de un trabajo anterior.” / 133 – 134
 
 
 
Valor de uso y proceso de trabajo
“[…] el que un valor de uso represente el papel de materia prima, medio de trabajo o producto, depende única y exclusivamente de las funciones concretas que ese valor de uso desempeña en el proceso de trabajo, del lugar que en él ocupa; al cambiar este lugar, cambian su destino y su función.” / 135
 
Calidad
“En el producto bien elaborado se borran las huellas del trabajo anterior al que debe sus cualidades útiles.” / 135
 
Producto y producción, proceso
“Una máquina que no presta servicio en el proceso de trabajo es una máquina inútil. Y no sólo es inútil, sino que además cae bajo la acción destructora del intercambio natural de materias. El hierro se oxida, la madera se pudre. La hebra no tejida o devanada es algodón echado a perder. El trabajo vivo tiene que hacerse cargo de estas cosas, resucitarlas de entre los muertos, convertirlas en valores de uso potenciales en valores de uso reales y activos. Lamidos por el fuego del trabajo, devorados por éste como cuerpos suyos, fecundados en el proceso de trabajo con arreglos a sus funciones profesionales y a su destino, estos valores de uso son absorbidos de un modo provechoso y racional, como elementos de creación de nuevos valores de uso, de nuevos productos, aptos para ser absorbidos a su vez como medios de vida por el consumo individual o por otro nuevo proceso de trabajo, si se trata de medios de producción. / Por tanto, los productos existentes no son solamente resultados del proceso de trabajo, sino también condiciones de existencia de este; además, su incorporación al proceso de trabajo, es decir, su contacto con el trabajo vivo es el único medio de conservar y realizar como valores de uso estos productos de un trabajo anterior.” / 135
 
Consumo productivo, consumo individual
“El trabajo devora sus elementos naturales, su objeto y sus instrumentos, se alimenta de ellos; es, por tanto, su proceso de consumo. Este consumo productivo se distingue del consumo individual en que éste devora los productos como medios de vida del ser viviente, mientras que aquél los absorbe como medios de vida del trabajo, de la fuerza de trabajo del individuo, puesta en acción. El producto del consumo individual, es, por tanto, el consumidor mismo; el fruto del consumo productivo es un producto distinto del consumidor.” / 135-136
 
Proceso de trabajo, producto, naturaleza
“En todos aquellos casos en que recae sobre productos y se ejecuta por medio de ellos, el trabajo devora productos para crear productos, o desgasta productos como medios de producción de otros nuevosPero, si en un principio el proceso de trabajo se entablaba solamente entre el hombre y la tierra, es decir, entre el hombre y algo que existía sin su cooperación, hoy intervienen todavía en él medios de producción creados directamente por la naturaleza y que no presentan la menor huella de trabajo humano.” / 136
 
Trabajo, proceso de trabajo, sociedad
“El proceso de trabajo, tal como lo hemos estudiado, fijándonos solamente en sus elementos simples yabstractos, es la actividad racional encaminada a la producción de valores de uso, la asimilación de las materias naturales al servicio de las necesidades humanas, la condición general del intercambio de materias entre la naturaleza y el hombre, la condición natural eterna de la vida humana, y por tanto, independiente de las formas y modalidades de esta vida y común a todas las formas sociales por igual. Por eso, para exponerla, no hemos tenido necesidad de presentar al trabajador en su relación con otros. Nos bastaba con presentar al hombre y su trabajo de una parte, y de otra la naturaleza y sus materias. Del mismo modo que el sabor del pan no nos dice quién ha cultivado el trigo, este proceso no nos revela tampoco las condiciones bajo las cuales se ejecutó, no nos descubre si se ha desarrollado bajo el látigo brutal del capataz de esclavos o bajo la mirada medrosa del capitalista, si ha sido Cincinato quien lo ha ejecutado, labrando su par de jugera, o ha sido el salvaje que derriba a una bestia de una pedrada.” / 136
 
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RODRIGO CON NOSOTROS

 

Rodrigo con nosotros.
Guillermo Castro H.
Intervención en la mesa redonda organizada por el Instituto de Investigaciones Científicas Avanzadas y Servicios de Alta Tecnología, en la Ciudad del Saber, para debatir el libro Analfabetismo Ecológico. El conocimiento en tiempos de crisis, del científico y ambientalista panameño Rodrigo Tarté (1936 – 2012).
 
Para los colaboradores científicos de INDICASAT,
en la Ciudad del Saber.
 
Es justo y necesario – y grato, por lo mismo – que los colaboradores científicos de este Instituto hayan convocado a la discusión del último libro de Rodrigo Tarté, que no en balde lleva por títuloAnalfabetismo Ecológico. El conocimiento en tiempos de crisis. Lamed Mendoza y Luis De León, que me han precedido en el uso de la palabra, han presentado aquí comentarios muy valiosos sobre la estructura y el alcance de lo planteado por Rodrigo. Apoyándome en lo que han dicho, yo quisiera referirme más bien a la circunstancia y el significado de su aporte al ambientalismo en Panamá.
Al respecto, empezaría por decir que este libro tiene el mérito indudable de haber llevado hasta su límite más extremo las posibilidades explicativas de una perspectiva analítica de la crisis ambiental global sustentada en las ciencias naturales, y de haberlo hecho manteniendo esa perspectiva abierta al dialogo con otros campos del saber. Y ese mérito resalta aún más si se lo considera tanto en las posibilidades que abre para una participación aún más productiva de la comunidad científica en la forja de una cultura y una práctica nuevas en el movimiento ambientalista, como en lo que implicó de lucha tenaz contra la tendencia a la especialización y el aislamiento, tan comunes en la formación científica que recibió el autor.
Tres factores al menos contribuyeron a forjar este logro. Uno fue, sin duda, el legado de la militancia social y política de Rodrigo en su juventud, en lucha siempre contra las manifestaciones más tempranas de muchos de los problemas que hoy se exacerban en nuestra sociedad. Otro fue su labor al frente del Instituto de Investigaciones Agropecuarias de Panamá, del Centro Agronómico Tropical de Investigación y Enseñanza, de la Fundación Natura, de la Dirección Académica de la Fundación Ciudad del Saber, y del Centro Internacional de Desarrollo Sostenible de la Ciudad del Saber, que supo ejercer siempre en contacto cercano con los problemas concretos de la gestión de la producción de ambientes concretos en circunstancias concretas. Y otro, quizás de una importancia que no alcanzamos a comprender en todo su alcance, fue su ejercicio constante, casi renacentista, de su curiosidad científica y de su vocación artística. Porque Rodrigo, en efecto, tuvo más de Galileo Galilei que de Louis Pasteur.
El límite al que arriba el libro en su planteamiento de la crisis global, por otra parte, no deriva ni de su fundamentación en las ciencias naturales, ni de las carencias que pueda tenido la formación de Rodrigo en el campo de las Humanidades y las ciencias sociales. Ese límite emerge más del marco de referencia histórico y filosófico que sustenta el conjunto de una reflexión tan bien documentada como fecunda. Me refiero aquí, por supuesto, a la geocultura liberal dominante en el sistema mundial entre 1850 y 1950, en la cual tuvo lugar la formación profesional y cultural del autor.
En este sentido, al crisis a que se refiere el libro – y el modo en que se refiere a ella – hace parte de la crisis del propio marco de referencia que sustenta el análisis. Y eso se expresa, a su vez, en la dificultad para integrar en un mismo conjunto explicativo los distintos aspectos de la crisis global y, en particular, las interacciones de esos aspectos entre si. Así, por ejemplo, desde otra perspectiva – más y menos reciente que la de Rodrigo, por cierto – no existen tres crisis distintas, y ni siquiera tres crisis en una.
Lo que encaramos hoy, en efecto, es una crisis ambiental global, que ella expresa el agotamiento de una modalidad de relacionamiento de los seres humanos entre si y con su entorno natural en desarrollo desde fines del siglo XVIII. Esta crisis es la de la única economía global creada por la especie humana en su historia, que enfrenta hoy la disyuntiva de organizar sus relaciones con la naturaleza en torno a economía distinta, o encarar el riesgo cierto de su propia extinción.
Lo planteado por Rodrigo no cuestiona esta otra visión. Por el contrario, le ofrece valiosos elementos de fundamentación. La diferencia mayor entre ambas visiones corresponde, quizás, a la distinta valoración de lo político como factor en el desarrollo y en las posibilidades de solución de los problemas creados por el desarrollo desigual y combinado de la economía global realmente existente.
Rodrigo fue un intelectual por demás consecuente con lo mejor de su propia formación. Y esto incluyó, siempre, una lealtad ejemplar a las grandes conquistas logradas por la Humanidad tras la Segunda Guerra Mundial. Una de esas conquistas, de enorme peso en la geocultura global, correspondió al potencial de la ciencia y la tecnología para identificar, caracterizar y proponer medios para encarar los grandes problemas que emergían del desarrollo del sistema mundial, desde la crisis de contaminación develada por el Club de Roma en la década de 1960, hasta la necesidad de hacer sostenible el desarrollo, planteada por la Organización de las Naciones Unidas en la de 1980. Otra fue la de la existencia misma de un sistema internacional, forjado a partir de la organización de todas las sociedades humanas en Estados nacionales, un fenómeno inédito en la historia de nuestra especie antes de la década de 1950.
Ese sistema esta en crisis hoy, y difícilmente puede ser la fuente de la solución a problemas que el mismo a contribuido a crear. Y sin embargo, tampoco podemos prescindir de él. Al respecto, aun si no se compartiera la esperanza de Rodrigo en la capacidad del sistema internacional para generar las iniciativas de salida a la crisis que él caracteriza con tanta claridad, tampoco cabe dudar de que su libro deja planteada una agenda clara y bien sustentada de tareas ante las cuales se definirá la viabilidad futura – o la ausencia de esa viabilidad – del sistema internacional realmente existente.
Desde la perspectiva de las Humanidades, y en particular desde la historia ambiental, el ambiente es el producto de las intervenciones humanas en los sistemas naturales, mediante procesos de trabajo socialmente organizados. En este sentido, cada sociedad tiene un ambiente que le es característico y, por lo mismo, si deseamos un ambiente distinto tendremos que encarar la tarea de forjar una sociedad diferente.
Vistas las cosas así, la crisis ambiental global se nos presenta no sólo como una circunstancia de riesgo, sino y sobre todo – gracias al enorme progreso del conocimiento en todos los ámbitos del saber humano -, como una oportunidad para trascender y superar las formas de organización social que nos han llevado a esta situación, y establecer aquellas otras que nos permitan aplicar el conocimiento a la solución de las amenazas a la sostenibilidad del desarrollo de la especie que somos.  Entender aquel riesgo, y percibir y comprender esa oportunidad para encararla con todo el poder del conocimiento, será mucho mas sencillo gracias al aporte de Rodrigo.
Quisiera concluir con una reflexión de otro orden. En su Dialéctica de la Naturaleza, un libro tan obsoleto en tantos sentidos debido no sólo al progreso de la ciencia, sino además al compromiso subyacente de su autor con la racionalidad entonces novedosa del positivismo, Federico Engels se refiere al proceso de evolución como uno que se despliega en formas cada vez mas complejas de organización de la materia. En ese proceso, dice, la materia alcanza en el cerebro humano la complejidad que le permite pensarse a si misma, y permite con ello a la Humanidad el acceso a una situación de conciencia de la naturaleza.
Esa posibilidad alcanzó una expresión magnifica justamente aquí, en la comunidad científica panameña, en la obra última, mayor y más trascendente de nuestro colega y compatriota Rodrigo Tarté. Aquí, todos estamos en deuda impagable con él, y el modo en que asumamos esa deuda definirá en una medida decisiva lo que la ciencia pueda hacer por Panamá en los años por venir.
 
Ciudad del Saber, Panamá, 31 de octubre de 2012.