Ignacio y Francisco en un mundo en transformación

Guillermo Castro H.

 

La lectura de las declaraciones que viene haciendo el Papa Francisco sugiere un elemento de continuidad histórica entre su visión de la realidad contemporánea, y las de sus antecesores: Francisco de Asís, cuyo nombre adoptó, e Ignacio de Loyola, de quien es discípulo. En lo que hace a Francisco, ese vínculo tiene su expresión más visible en las continuas referencias del Papa a la pobreza – y su consecuencia social, la desigualdad – como un mal mayor de nuestro tiempo. En cuanto a Ignacio de Loyola, se trata sobre todo de los deberes y tareas de la propia Iglesia en un mundo en transformación, en el que esa desigualdad fomenta el enfrentamiento de los seres humanos entre sí.

La pobreza no era una cosa nueva en la historia humana cuando Francisco de Asís hizo de ella un objeto de tan especial preocupación, en la transición entre los siglos XII y XIII. Aun así, la pobreza que movió a Francisco tenía dos rasgos distintivos. Uno era su carácter urbano, masivo y visible, como resultado de la migración del campo – donde existía dispersa, y contaba con el amparo de la vida familiar en comunidad – a las primeras ciudades manufactureras. Otro, el hecho de que esa pobreza urbana se asentara allí donde era mayor su contraste con la nueva y creciente riqueza que caracterizó a la sociedad feudal en el momento en que alcanzaba su mayor grado de desarrollo, y empezaba a dar de sí la simiente de la germinaría el capitalismo ya en el transcurso del siglo XVI “largo” (1450 – 1650), que sería también el de la fundación y primer ascenso de la Compañía de Jesús.

Francisco e Ignacio simbolizan, así, el inicio del largo camino de ingreso de la Iglesia al mundo moderno. Al respecto, para comprender mejor la dimensión ignaciana del Papa Francisco, tiene el mayor interés lo observado por Perry Anderson sobre la Iglesia en su pequeña gran obra clásica Transiciones de la Antigüedad al Feudalismo:

 

Una sola institución, sin embargo, abarcó todo el período de transición de la Antigüedad a la Edad Media en una esencial continuidad: la Iglesia cristiana. La Iglesia fue, desde luego, el principal y frágil acueducto a través del cual las reservas culturales del mundo clásico pasaron al nuevo universo de la Europa feudal, cuya cultura se había hecho clerical. La Iglesia, extraño objeto histórico par excellence, cuya peculiar temporalidad nunca ha coincidido con la de una simple secuencia de un sistema económico o político a otro, sino que sea superpuesto y sobrevivido a muchos en un ritmo propio, nunca ha recibido un tratamiento teórico en el marco del materialismo histórico.[1]

 

En esa perspectiva, agregaba, no había que buscar la razón de tal eficacia autónoma de la Iglesia “en el ámbito de las relaciones económicas o de las estructuras sociales – donde a veces se ha buscado equivocadamente -,”

 

sino en toda la limitación y la inmensidad de la esfera cultural situada por encima de aquéllas. La civilización de la Antigüedad clásica se definía por el desarrollo de unas superestructuras de una complejidad y sofisticación sin igual, situadas sobre unas infraestructuras materiales de una tosquedad y simplicidad relativamente invariantes: en el mundo grecorromano siempre existió una dramática desproporción entre la bóveda del cielo intelectual y político y la estrechez del suelo económico. Cuando llegó su colapso final, nada era menos obvio que el hecho de que su legado superestructural – ahora inmensamente distante de las inmediatas relaciones sociales – habría de sobrevivirle, por muy suavizada que fuera su forma. Para ello era necesaria una vasija específica, suficientemente alejada de las instituciones clásicas de la Antigüedad y, sin embargo, moldeada en su seno y, por tanto, capaz de librarse de la hecatombe general para transmitir los misteriosos mensajes del pasado a un futuro menos avanzado. La Iglesia cumplió objetivamente esa función.[…]Ninguna otra transición dinámica de un modo de producción a otro revela la misma difusión en el desarrollo superestructural; ninguna otra contiene tampoco una institución de tanta envergadura.[2] 

 

En otro pequeño gran texto clásico[3], Sergio Bagú insistía en su tiempo en que el cristianismo había aportado a Occidente una visión de la igualdad – de todos los pueblos, de todas las clases sociales, y de todos los humanos entre sí -, que le había otorgado una capacidad de persistencia ante el cambio más allá de toda desviación doctrinal y política. Ese derecho original a la salvación igual para todos – convertido después en el derecho igual para todos a buscar en el mercado la libertad y la felicidad -, es una de las grandes víctimas de la desintegración en curso de la civilización creada a escala mundial por el capital.

No sólo se trata de que nunca antes hubiera existido tal cantidad de pobres en el mundo, ni que la desigualdad en la concentración de la riqueza hubiera alcanzado nunca los extremos que conoce hoy. Se trata, sobre todo, de que nunca había llegado a ser tan evidente como hoy el carácter ilusorio de la esperanza de encontrar remedio a esos males en un orden construido – precisamente – a partir de ellos. La implosión en curso del moderno sistema mundial va precedida, cada vez más, de la bancarrota de la geocultura liberal que una vez lo legitimó e hizo deseable su expansión. Su viabilidad depende hoy de que no exista con qué sustituirlo: no persiste ya porque sea el mejor de los mundos posibles, sino por ser el único que tenemos, por ahora.

En esa circunstancia de crisis civilizatoria, todo sugiere que el Papa Francisco intenta renovar hoy la capacidad de la Iglesia para persistir en la tarea de mantener ante nuestra mirada la necesidad de dar una respuesta clara y tajante a la pregunta de Caín, desde la cual se estableció hace cinco mil años el cimiento más profundo de nuestra eticidad: “¿acaso soy yo el guardián de mi hermano?”. Una respuesta positiva implica el riesgo de sacrificios como el que, en su forma más extrema, debió afrontar Ignacio Ellacuría. Una negativa – que empieza por el acto más simple de indiferencia frente al sufrimiento ajeno: mirar para otro lado -, implica a su vez el riesgo – más terrible – de poner en peligro por nuestros propios actos todo el proceso de formación y desarrollo de la vida en la Tierra – y en el cosmos, hasta donde sabemos – del cual somos la única especie consciente.

¿Podrá la Iglesia afrontar esta nueva transición? Las posibilidades pueden ser buenas, si la necesidad es reconocida y ejercida a tiempo. Como observa Anderson en otro momento de su texto,

 

Procedente de una minoría étnica postribal, triunfante en la Antigüedad tardía, dominante en el feudalismo, decadente y renaciente bajo el capitalismo, la Iglesia romana ha sobrevivido a cualquier otra institución – cultural, política, jurídica o lingüística – históricamente coetánea suya. […] Su específica autonomía y adaptabilidad regional – extraordinaria desde cualquier perspectiva que se adopte – todavía tienen que ser seriamente exploradas.[4]

 

            Para la Iglesia ha llegado, en efecto, el momento de una nueva transición. Supo hacerse imperial en el Imperio romano, como supo sobrevivir a la descomposición de éste, y constituirse en “el puente indispensable entre dos épocas en una transición “catastrófica” y no “acumulativa” entre dos modos de producción (cuya estructura divergió necesariamente in toto de la transición entre el feudalismo y el capitalismo”)[5]. Supo encontrar términos de convivencia con la geocultura liberal y, dentro de ésta, mantenerse abierta a los conflictos del mundo y sus expresiones en el terreno de las ideas, abriendo paso al desarrollo de una Teología de la Liberación que, desde América Latina, ha venido renovando de la década de 1960 a nuestros días el compromiso de origen del cristianismo con la igualdad, la libertad y la fraternidad humanas, trayéndolo a las realidades del reino de este mundo.

            Más allá de las que sean sus intenciones, el Papa Francisco parece haber optado de lleno por los riesgos de la transición, como optaron de lleno sus predecesores inmediatos por los de la resistencia al cambio. De esos riesgos, el mayor no consiste en que cambie el mundo: este es un proceso que ya está en marcha, más allá de cualquier voluntad individual. El riesgo mayor consiste en cambiar con el mundo, si de lo que se trata es de contribuir a que ese cambio se encamine a una verdadera transformación del orden creado por el capital y para el capital a partir de aquel siglo XVI “largo” que dio de sí tanto al moderno sistema mundial, como a Ignacio de Loyola y su Compañía de Jesús.

 

Panamá, 21 de septiembre de 2013  


[1] Siglo XXI, México: (1979) 2007, p. 130 – 131.

[2] Ibid., p. 136.

 

[3] La Idea de Dios en la Sociedad de los Hombres. Siglo XXI, México, 1989.

[4] Ídem, 131.

[5] Anderson, op. cit., 136.

Ambiente, sociedad y gestión del conocimiento

Ambiente, sociedad y gestión del conocimiento

Guillermo Castro Herrera[1] 

I

Como lo indica la convocatoria a esta reunión, el conocimiento puede ser definido como “la comprensión y entendimiento de una situación o condición que se logra al obtener y organizar la información generada por la experiencia.” En este sentido, la gestión de la información para la gestión del conocimiento consiste en la aplicación de la información, su interpretación y  aplicación para mejorar el entendimiento de un campo de la experiencia humana, o emprender una tarea en ese campo.

Atendiendo a lo anterior, la gestión de la información estaría determinada por los fines a los que sirve la gestión del conocimiento, e implica por eso mismo – como también lo indica la convocatoria – organizar y llevar a cabo aquellas actividades que resulten necesarias para determinar la información necesaria a esos fines; ubicar esa información; obtenerla y almacenarla, y definir el método más adecuado para su distribución y uso.  Todo esto implica, como se ve, la necesidad de considerar a la información como un recurso estratégico para alcanzar metas, apoyar la toma de decisiones, aprender y crear nuevos conocimientos.

II

Para cumplir esas tareas y servir a esos propósitos, conviene poner en perspectiva histórica la gestión de que se trata. La gestión del conocimiento, en efecto, ha venido a emerger como un área específica de actividad social – esto es, de actividad racional con arreglo a fines – en el marco más amplio del proceso de transformación del mercado mundial en una unidad que funciona en tiempo real. A este proceso de transformación, cuyas raíces se remontan al llamado siglo XVI “largo” (1450 – 1650) se le conoce usualmente como proceso de globalización, y a su resultado mayor, como mercado global.

Esto no equivale a decir, de ninguna manera, que la gestión del conocimiento sea un producto de la globalización. En lo más esencial, esa gestión se refiere a una dimensión esencial del desarrollo humano a todo lo largo de su historia: la organización y dirección de producción, aplicación y difusión del conocimiento. Esta actividad ha estado presente en toda sociedad, desde las más primitivas a las más modernas, y en cada una de ellas ha encontrado formas de organización características, correspondientes a sus formas de vida y propósito.

Así, por ejemplo, en la Grecia clásica coexistieron formas extraordinariamente refinadas de producción de conocimiento con otras particularmente toscas de aplicación del conocimiento a la producción material, y una difusión limitada a las formas más abstractas del conocimiento restringida a los estratos superiores de aquella sociedad. El paso de la Academia clásica al monasterio de la Alta Edad Media y a la Universidad del otoño del feudalismo constituye un proceso relativamente bien conocido de sucesión de estructuras de gestión del conocimiento correspondientes a sociedades rurales, rígidamente estratificadas y organizadas en lo esencial – al decir de Immanuel Wallerstein – como economías mundo, mas no como elementos de una economía mundial.

El período que va de 1450 a 1550 es, a un tiempo, el del nacimiento de lo que vendría a ser la moderna sociedad capitalista – cuya primera madurez se ubica hacia 1850 -, y el de la desintegración de las estructuras de gestión del conocimiento precedentes, y la formación de las premisas sobre las que llegarían a integrarse estructuras nuevas. Ambos procesos están íntimamente vinculados entre sí, y se asocian  por ejemplo en el desarrollo y difusión de lenguas nacionales cultas, que se expresa en lenguas nacionales distintas al latín clerical hasta entonces dominante en la difusión del conocimiento. Ese proceso alcanza su primer momento climático entre 1534 y 1611, en lo que va de la publicación de la Biblia traducida al alemán por Martín Lutero a la de la traducida a lengua inglesa por iniciativa de la casa reinante en Inglaterra.[2]

Ese período es, también, el de la formación de una cultura laica, en cuyo marco se desarrollan actividades de investigación que hoy llamaríamos “científica”, surgen demandas de un tipo nuevo de producción de conocimiento para la producción material – como en el caso del control de la energía hidráulica, y empiezan a formarse especialistas laicos en la aplicación del conocimiento a las actividades productivas. Al propio tiempo, las viejas estructuras de gestión del conocimiento se van viendo marginadas de ese proceso de transformación de los vínculos entre el conocimiento, la producción material y la vida espiritual, para especializarse en la formación de los tres tipos básicos de la intelectualidad bajo medieval: el teólogo, el abogado y el médico.

Esta transformación se hace evidente, por ejemplo, en hechos como la escasa – si alguna – participación de las viejas universidades en la revolución industrial de fines del XVIII y principios del XIX, y el florecimiento – paralelo a esa revolución – de organizaciones laicas estatales de promoción del conocimiento científico que adoptaron el nombre de Academias o Colegios Reales. La importancia de estas entidades se expresa, por ejemplo, en que ni Adam Smith estudiara economía ni Charles Darwin biología en el sentido en que entendemos hoy esas disciplinas, ni en el tipo de entidades en que vino a practicarse ese estudio de mediados del XIX en adelante. Ninguno de los dos, por otra parte, desempeñó su labor de investigación en entidades universitarias.

Aquel proceso de transición vino a culminar en ese período, cuando el cascarón de la vieja universidad medieval, con su carga de añejo prestigio, fue convertido en el andamio adecuado para crear una entidad de nuevo tipo, destinada a vincularse de manera cada vez más estrecha a la producción material y espiritual de una sociedad que entonces alcanzaba su primera madurez. Así, el viejo trívium medieval cedió lugar al positivista – ciencias naturales, ciencias sociales, Humanidades -, y al nuevo quadrivium tecnológico, con la incorporación de las ingenierías a la tríada anterior.[3]

Con todo, lo fundamental consistió aquí en un cambio en la función a cumplir por la gestión del conocimiento. En efecto, si en el medioevo esa gestión se organizaba en torno al problema de la salvación del alma – y de la Teología como disciplina especializada en el tema -, en el mundo moderno esa organización pasó a girar en torno al problema de la ganancia, a la luz de la economía como disciplina dominante.

Esta transición vino a culminar hacia fines del siglo XIX y comienzos del XX. El desarrollo de las nuevas estructuras de gestión del conocimiento, acelerado por las demandas siempre crecientes del Estado y del nuevo sector empresarial dominante – industrial primero, financiero después -, vino a generar contradicciones cada vez más agudas desde mediados del siglo XX. Es en ese marco, desde fines del siglo XX y a lo largo del XXI se ha iniciado un nuevo proceso de transición en cuyo marco ha emergido, como se dijo, la gestión del conocimiento como campo específico del saber.

III

Para comienzos del siglo XXI la gestión del conocimiento tiende a organizarse en torno al problema de la sustentabilidad del desarrollo de la especie humana, y asume como su eje de racionalidad a la ecología. Esta transición surge del proceso de desarrollo y maduración de la primera cultura universal en la historia humana – aquella creada por la generalización de los intercambios entre todos los pueblos y todas las economías del planeta, de mediados del siglo XVIII en adelante -, y de la crisis ecológica global surgida asociada a la organización de dichos intercambios en torno al propósito de la acumulación incesante de ganancias.

En el plano del conocimiento, este proceso está asociado a dos fenómenos de especial importancia. Uno consistió en el extraordinario volumen y diversidad de la información generada por dichos intercambios. Así, para 1876 ya era posible afirmar que en la naturaleza

“nada ocurre en forma aislada. Cada fenómeno afecta a otro y es, a su vez, influenciado por éste; y es generalmente el olvido de este movimiento y de esta interacción universal lo que impide a nuestros naturalistas percibir con claridad las cosas más simples”.[4]

 

La percepción de esa interrelación universal de los fenómenos naturales y sociales se vio favorecida, además, por el extraordinario desarrollo de las tecnologías de la información y las comunicaciones desde fines del siglo XIX y, sobre todo, desde fines del XX. De allí ha resultado que la gestión de la información para la gestión del conocimiento disponga hoy de capacidades tecnológicas que le permiten operar con enormes volúmenes de datos de las procedencias y calidades más diversas.

La combinación de estos factores crea el conocido riesgo de disponer cada vez más de mayor información y menor conocimiento. De allí la especial relevancia del problema de la construcción de marcos de referencia que permitan cumplir con tres propósitos básicos:

  • Convertir experiencias diversas en un conocimiento que pueda ser compartido por actores muy diferentes.
  • Facilitar a cada uno de esos actores la tarea de adecuar ese conocimiento a sus propios intereses, y
  • Fomentar la interacción entre esos actores para encarar riesgos y aprovechar oportunidades de interés común.

En relación a problemas como los que plantea la sostenibilidad del desarrollo de nuestra especie, nos encontramos ante desafíos de especial complejidad. En lo que hace a la crisis ambiental global, por ejemplo, el sistema interestatal tiende a privilegiar el tratamiento de los problemas asociados al cambio climático. Por contraste, organizaciones como la Alianza del Milenio por la Humanidad y la Biosfera, en su documento Consenso de los científicos sobre la necesidad de Conservar los Sistemas Vitales de la Humanidad en el Siglo XXI[5], resalta que el estudio de “la interacción de la gente con el resto de la biosfera desde una amplia gama de perspectivas”, indica “que la evidencia de que los humanos están dañando sus sistemas ecológicos vitales es abrumadora” y que “la calidad de la vida humana sufrirá un deterioro sustancial hacia el año 2050, si persistimos en seguir por la senda que venimos recorriendo.”

Para la Alianza, en efecto, la crisis ambiental global se expresa – en el plano de las relaciones entre la especie humana y la naturaleza – en cinco órdenes de problemas principales, estrechamente relacionados entre sí: la alteración del clima, las extinciones, la pérdida generalizada de diversos ecosistemas, la contaminación y el crecimiento de la población humana y de los patrones de consumo. Por contraste, el sistema interestatal tiende a un enfoque reduccionista que concentra la atención en el cambio climático, en la dimensión tecnológica – incluyendo aquí las técnicas de encuadramiento social, así sea en forma subordinada -, y en el acceso a financiamiento.[6]

Atendiendo a este tipo de situaciones, se hace evidente que la construcción de nuevos marcos de referencia destinados a facilitar el entendimiento y la colaboración entre organizaciones de tipo muy diverso no puede limitarse a ejercicios de reordenamiento en el marco del trívium y el quadrivium positivistas. En ese marco, por ejemplo, se asume que existe una diferencia – antes que una relación – entre lo social y lo natural, y se da por supuesto que corresponde a las ciencias naturales explicar los procesos, y a las sociales describir las estructuras de acción colectiva y proponer las modificaciones que puedan ser necesarias para que las mismas permitan enfrentar problemas de nuevo tipo en la relación entre la sociedad y la naturaleza. De ese esquema básico de acción cognitiva quedan excluidas, así, las Humanidades por un lado, mientras se privilegia por el otro el vínculo entre ciencias naturales y tecnología en el marco de sociedades que cambian, pero no se transforman.

Un marco nuevo de referencia tendría que trascender la mayor parte de los supuestos que sustentan la gestión del conocimiento para el desarrollo sostenible en la vieja perspectiva positivista – progresista. En efecto, nos encontramos en una situación en la cual una parte sustancial de las premisas que sustentan nuestro pensar y nuestro actuar frente al conocimiento provienen del período histórico anterior a la crisis ambiental global. Esto abarca desde los modelos de organización del conocer arriba indicados hasta los marcos conceptuales con que actuamos al interior de esos modelos mediante categorías como – por ejemplo – las de desarrollo, desarrollo sostenible, ambiente, naturaleza, y sus derivados.

Esa creciente desencuentro entre la cultura de ayer y los cambios que van definiendo nuestras opciones ante la crisis ambiental global se expresa de múltiples maneras. Una, por ejemplo, se hace sentir en la formación de campos de estudio nuevos, como los de la ecología política, la economía ecológica y la historia ambiental. Otra emerge en la revaloración de los saberes populares, y la búsqueda de mecanismos de diálogo entre éstos y los de tipo técnico y universitario, todos ellos vinculados entre sí por su común origen en el trabajo humano. Y otra manera más emerge en la revaloración de que vienen siendo objeto las Humanidades en su capacidad de aportar tanto a la mejor comprensión de los procesos de larga y mediana duración, como a la de los lenguajes – y en particular las metáforas – que nos permiten construir el conocimiento común que vamos adquiriendo a partir de la infinita diversidad de la actividad humana.


[1] Contribución al conversatorio Gestión [de la información para la gestión] del conocimiento sobre desarrollo sostenible y cambio climático. PNUMA/ REGATTA, Ciudad del Saber, 24 de septiembre de 2013.

 

[2] “Cuando Lutero tradujo la Biblia al idioma alemán, la mayoría de la sociedad era analfabeta. La Iglesia tenía el control del conocimiento, sus miembros eran estudiosos y educados, en contraste con la sociedad analfabeta que adquiría sus conocimientos a través de la transmisión oral, la memorización y la repetición de los textos bíblicos. Lutero hizo posible el acceso al conocimiento, la información y la educación, desmitificando la Biblia con el fin de lograr la búsqueda de la verdad. Lutero facilitó la propagación del protestantismo, siendo la primera persona que imprimió un libro, – la Biblia alemana – la cual tradujo de un manuscrito sagrado a la lengua materna de esa nación. […] La intención de Lutero era que el pueblo tuviera acceso directo a la fuente sin la necesidad de intermediarios, haciendo posible la interpretación libre de los textos sagrados y la erradicación del analfabetismo en la sociedad alemana.” http://es.wikipedia.org/wiki/Mart%C3%ADn_Lutero#La_Biblia_alemana_de_Lutero

 

[3] Es bueno recordar que en la universidad medieval el trívium incluía el aprendizaje de la gramática, la lógica y la retórica, complementadas por el quadrivium de la aritmética, la geometría, la astronomía y la música, antes de pasar a estudios más especializados.

[4] Engels, Federico: “El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre”. Marx, Carlos y Engels, Federico: Obras Escogidas en tres tomos. Editorial Progreso, Moscú, 1976. III, 74.

[6] Con ello, todo el proceso conduce de vuelta a la puerta de las agencias que tienen a su cargo financiar la acumulación incesante de ganancias a escala mundial y, ahora, proveer servicios financieros para encarar algunos de los problemas generados por esa acumulación en campos como el de la variabilidad climática.

 

Panamá. Escogiendo entre inconvenientes: naturaleza, mercado y servicios ambientales.

Guillermo Castro H.
I
La naturaleza no es en sí misma capital natural. Su aprovechamiento por parte de los humanos sólo ha estado dedicado a la producción de ganancias y la acumulación de capital en un sistema histórico específico: aquel creado a lo largo de los últimos cinco siglos, a partir del desarrollo del capitalismo como sistema de escala planetaria, mediante la formación del primer y único mercado mundial que ha conocido la Humanidad. En esta perspectiva, iniciativas como el Pago por Servicios Ambientales constituyen herramientas que la sociedad capitalista contemporánea – esto es, aquella que enfrenta hoy en la crisis ambiental las consecuencias de sus intervenciones en los ecosistemas de ayer – utiliza para culminar el proceso de transformar el patrimonio natural de la Humanidad en capital natural mediante la organización de mercados de bienes y servicios ambientales, que pasan a constituirse a su vez en un subsistema del mercado mundial.
El subsistema ambiental del mercado mundial, sin embargo, se distingue de todos los demás – extractivo, agrícola, industrial, comercial y financiero – en cuanto su función fundamental consiste en poner a la disposición de aquellos otros condiciones que son imprescindibles para su funcionamiento. Esas condiciones de producción – para designarlas como lo hiciera el antropólogo Karl Polanyi en su obra clásica La Gran Transformación – incluyen, además del acceso a los elementos naturales imprescindibles para cualquier actividad productiva – agua, aire, tierra y energía -, la producción de la fuerza de trabajo capaz de transformar esos elementos en recursos para otras actividades productivas, y la organización del espacio en que esas actividades tienen lugar – esto es, la gestión integrada del ambiente y el territorio.
La organización de los procesos necesarios para la producción de esas condiciones de producción es una responsabilidad fundamental del Estado, y la forma en que cada uno la ejerce expresa con especial claridad el carácter social de ese Estado, esto es, los intereses y valores que rigen sus relaciones con su propia sociedad. La organización de tales procesos, en efecto, abre todo un abanico de opciones. En un extremo de ese abanico, el Estado puede asumir el monopolio de todas las funciones relacionadas con la producción de esas condiciones y con el acceso a las mismas de otros productores. Tal fue el caso del Estado soviético. En el otro extremo, el Estado puede transferir la mayor parte de esas funciones a operadores privados, reteniendo para sí algunas tareas de regulación y control del cumplimiento de las mismas. Tal ha sido, hasta ahora, el caso de la gestión de esos servicios en el caso de los Estados neoliberales.
Entre ambos extremos, naturalmente, hay múltiples combinaciones intermedias. En todas ellas, sin embargo, el Estado conserva una función de intermediación política entre todas las partes involucradas, la cual puede ir desde la gestión de conflictos por vía de la negociación, hasta la represión de expresiones de descontento asociadas a tales conflictos. Lo esencial, en todo caso, es que el éxito o el fracaso del Estado en el cumplimiento de esa función dependerá de la relación general de fuerzas – o debilidades – que se derive del grado de desarrollo cultural y organizativo de cada una de las partes involucradas, incluyendo por supuesto a las agencias gubernamentales directamente implicadas. Dado que todos estos elementos son el producto de complejos procesos de formación y transformación a lo largo del tiempo, su análisis en perspectiva histórica puede aportar valiosos elementos de juicio respecto a la viabilidad y la eficacia de las diversas opciones para la creación de mercados de bienes y servicios ambientales en nuestros países.
II
Aquí conviene empezar con una precisión. Mientras en el resto de Occidente las abreviaturas AC y DC sirven para ordenar el tiempo en un antes y un después del nacimiento de Cristo, entre nosotros sirven además para ordenar nuestra propia historia en sus dos momentos fundamentales: antes y después de la Conquista europea. Así, la extraordinaria complejidad ecosistémica, social y cultural de América Latina tiene su origen en el período 1500 – 1550, cuando la región se vio incorporada – mediante la violencia ejercida por los últimos grandes enclaves de poder feudal en Europa -, al proceso de formación del moderno sistema mundial, como proveedora de alimentos y materias primas y como espacio de reserva de recursos. Esa modalidad de inserción definió, a su vez, una estructura de larga duración que opera con tiempos y modalidades distintas en tres sub regiones diferentes – que a menudo se sobreimponen a las estructuras político – administrativas de los Estados de la región – , y en todos los planos de la interacción entre los sistemas sociales y naturales presentes en cada una de ellas.
Las subregiones a que hacemos referencia se despliegan entre los siglos XVI y XIX, de acuerdo a la forma fundamental de organización de las interacciones entre los sistemas sociales y naturales en el espacio americano. Una se articula a partir del trabajo esclavo, asociado sobre todo – pero no exclusivamente – a actividades de plantación. Otra se constituye a partir de distintas modalidades de trabajo servil – desde la encomienda al peonaje -, destinado sobre todo a la producción de alimentos y a la explotación minera. Y otra más toma forma a partir de  una amplia modalidad de actividades de subsistencia en los inmensos espacios de la región que escapan a la articulación directa en el mercado mundial durante un período más o menos prolongado, como la Amazonía, la Orinoquia y el litoral Caribe mesoamericano.
La primera de esas regiones tiene, así, un claro carácter afroamericano, asociado con frecuencia a una gran debilidad organizativa de los sectores más pobres. La segunda tiene un carácter indoamericano, en el que persisten a menudo importantes tradiciones de organización campesina y comunitaria. La última, de carácter indígena y mestizo, sin tradiciones relevantes de producción para un mercado que en el mejor de los casos sólo ha tenido una importancia complementaria, nunca central, en sus actividades económicas y sociales, pasó a constituirse así en una frontera interior de recursos sometida a una constante presión por parte de las otras dos.
Esas regiones, ciertamente, constituyen una realidad en constante transformación. Así, el tránsito del siglo XIX al XX es testigo de la formación de mercados de trabajo y de tierra constituidos mediante procesos masivos de expropiación de territorios sometidos a formas no capitalistas de producción, para  crear las premisas indispensables a la apertura de la región a la inversión directa extranjera y la creación de economías de enclave en el marco del llamado Estado Liberal Oligárquico. Los ciclos posteriores – populista, desarrollista y neoliberal – marcarán el camino hacia el siglo XXI entre las décadas de 1930 y 1990.
Hoy, asistimos a lo que bien podría ser la incorporación de las últimas fronteras de recursos a la economía global. Esto explica la creciente importancia que adquieren en nuestras sociedades los conflictos de origen ambiental – esto es, aquellos que surgen del interés de grupos sociales distintos en hacer usos excluyentes de los ecosistemas que comparten –.  Y esto hace necesario, también, entender que esos conflictos no se reducen al enfrentamiento entre ricos y pobres, mestizos e indígenas, grupos rurales y urbanos, o capitalistas nacionales y extranjeros, sino que expresan todo eso y mucho más.
La transformación de las fronteras de exclusión de anteayer en las últimas fronteras de recursos de hoy, asociada a menudo a la inversión masiva en megaproyectos de infraestructura, no es tanto el resultado del desarrollo interno de nuestras propias sociedades sino, y sobre todo, del fomento de procesos de producción de condiciones de producción de alcance global con apoyo técnico, financiero y político de instituciones financieras internacionales. Dicho proceso – que incluye la formación de una fracción “verde” del capital transnacional y nacional – opera a menudo en contradicción, y a veces en conflicto, con las fracciones extractiva, agraria, industrial y financiera, más tradicionales en nuestros países.
III
El panorama descrito se expresa con especial claridad en el caso de Panamá. Aquí, a lo largo de diez mil años, la gestión del ambiente y el territorio ha concedido una importancia de primer orden al tránsito interoceánico como elemento articulador de la actividad humana en el Istmo. Así, en el momento de la Conquista europea el territorio panameño estaba organizado en cacicazgos asociados al control de corredores interoceánicos de orientación Sur – Norte. Esos corredores definían territorios estrcuturados a lo largo de grandes cuencas – como las de los ríos Santa María, Coclé, Bayano y el sistema Chucunaque – Tuira – que facilitaban en su parte alta el tránsito interoceánico, y ofrecían tanto el acceso tanto a una multiplicidad de ecosistemas y recursos – desde los manglares de las zonas de grandes mareas del Pacífico, hasta el bosque tropical húmedo y los yacimientos de oro aluvial del Atlántico -, como a rutas de intercambio comercial entre los mundos chibcha y maya, por las que circulaba una abundante riqueza.
Tras la Conquista, en cambio, fue establecido un eje central de organización orientado en dirección Este – Oeste, a partir de un corredor agroganadero a lo largo de las sabanas antrópicas ya existentes entre Chepo y Natá, con prolongaciones posteriores en dirección a la Península de Azuero y a Centroamérica, en la región Sur – Occidental del país. Al propio tiempo, el establecimiento del monopolio del tránsito por el valle del Chagres llevó a la clausura de las demás rutas anteriormente en uso, y a la creación de una extensa frontera interior que segregó la mayor parte del litoral Atlántico y del Darién del territorio considerado “útil” en el nuevo ordenamiento creado por la Conquista. Esa utilidad, por otra parte, era percibida a partir de una nueva cultura de la naturaleza, que privilegiaba la sabana ganadera por sobre el manglar y el bosque húmedo, promovía la explotación extensiva de un número mucho más reducido de recursos específicos por sobre el manejo de ecosistemas complejos, y valoraba esos recursos por su demanda en la zona de tránsito y en el mercado exterior.
El principal centro de población pasó a estar ubicado en la zona articulada por la ciudad de Panamá, conectada al Este y el Oeste con su nuevo hinterland. La población indígena que sobrevivió a la Conquista o que migró al Istmo después fue desplazada a tierras marginales, o contenida más allá de la frontera interior, y la fuerza de trabajo fundamental pasó a estar constituida por esclavos africanos, primero, y por sus descendientes y la población mestiza del siglo XVIII en adelante. De este modo, el contraste contemporáneo entre los paisajes sociales y naturales del corredor interoceánico y los del interior del país no se debe a que haya en el Istmo varios países en uno. Se trata, por el contrario, de la expresión territorial de una de una misma sociedad integrada por grupos sociales que organizan sus relaciones con la naturaleza en el marco de una estructura de poder tan contradictoria y conflictiva como para generar y sostener el proceso de crecimiento económico con deterioro social y degradación ambiental que hoy conoce el país.  Estamos, en suma, ante un extraordinario ejemplo de una estructura que genera procesos de larga duración.
Para comienzos del siglo XXI, sin embargo, la creciente escasez relativa de tierra y agua en Panamá genera tensiones sociales que tienden a encarecer los costos económicos, sociales, políticos y ambientales de la actividad de tránsito, bloquean el fomento de nuevas ventajas competitivas, e impiden un aprovechamiento integral y sostenido de los recursos humanos y naturales del país. En ese marco, la operación sostenida del Canal demanda hoy el desarrollo sostenible del país. Y esto, a su vez, supone la necesidad de encarar las dificultades inherentes al hecho de que solo puede ser sostenible una sociedad democrática; que solo puede ser democrática una sociedad culta, y que solo puede llegar a ser plenamente culta y democrática una sociedad que sea a la vez próspera y equitativa.
Hoy, una mirada al país desde el futuro que deseamos para nuestra gente revela ya posibilidades y capacidades para construir una sociedad así mediante el fomento de los recursos humanos y naturales que la sociedad insostenible que tenemos ha  despilfarrado por más de cuatro siglos. Nuestra propia gente, el agua y la biodiversidad de los ecosistemas que garantizan su presencia en el Istmo son los principales recursos de Panamá. Y la unidad fundamental de interacción de esos recursos está constituida por cada una de las 52 cuencas hidrográficas que organizan desde sí mismo el territorio de la nación.
La resistencia al cambio, en este plano, hunde sus raíces tanto en las estructuras de relación con la naturaleza gestadas por la orgaización del tránsito interoceánico vigente desde el siglo XVI, y sustentadas por las estructuras de gestión pública asociadas a esa relación. Así, por ejemplo, la estructura político – administrativa vigente en el país da lugar a que en la Cuenca del Canal – la de más urgente necesidad de una gestión territorial y ambiental integrada – coincidan 3 provincias (Coclé, Panamá y Colón), una decena de Distritos y unos 48 Corregimientos. Y a ello se agrega que todos los Distritos y corregimientos ubicados en el perímetro de la Cuenca incluyan territorio situado fuera de ésta. Las dificultades que esto supone son fáciles de imaginar.
Todo esto nos dice que ha llegado ya la hora de empezar a discutir la transformación del Estado panameño, para ponerlo en condiciones de contribuir realmente a la transformación de la sociedad a la que debe servir. Si quiere ser eficaz, esa transformación deberá encarar las afinidades y contradicciones entre las estructuras naturales del país y la de las regiones geo económicas presentes en el territorio nacional. Y esto, en lo más esencial, supone que ambas estructuras – las naturales y las históricas – pueden converger o divergir en el proceso de reordenamiento del territorio para su gestión integrada, pero que en última instancia serán las naturales las que predominen. El país que emerja de una transformación semejante será sin duda muy distinto al que nos legara la Conquista, pero sin duda será también mucho más semejante a sí mismo y mucho más capaz, por eso, de conocerse, ejercerse y crecer desde sí.
Es bajo esa luz que cabe considerar el papel que viene desempeñando el Estado panameños en la gestión del proceso de organización del mercado de bienes y servicios ambientales en nuestro país. Aquí no sólo se trata de que el Estado apenas ha iniciado el esfuerzo de deslinde de la trama – cada vez más complicada – de sus propias estructuras de administración en la materia, incluyendo la creación de las capacidades técnicas y culturales necesarias para una gestión integrada del territorio y el ambiente. Se trata, sobre todo, de que esas tareas son más importantes y complejas que nunca, dado el hecho de que las principales áreas de provisión de los servicios ambientales de los que depende la sostenibilidad del desarrollo en Panamá se ubican en las regiones de menor nivel de desarrollo del país, en las que la pobreza afecta a entre el 60 y el 90 por ciento de la población, y coinciden los más altos niveles de incultura con los más bajos niveles de organización social.
Precisamente por esto, la comprensión de los riesgos y las oportunidades que se abren ante nosotros en esta circunstancia exige pasar de un enfoque estructural, referido a modelos de gestión más o menos bien definidos a priori, a otro de carácter sistémico, referido a relaciones de interdependencia entre factores múltiples en cambio constante, en el análisis de los problemas ambientales. Y dado que toda nuestra educación ha tendido a formarnos en torno a una concepción estructural y funcionalista de la realidad, el hecho de reconocer y enfrentar esta necesidad representa ya un importante logro cultural y político. Cultural, porque dispondremos de mejores respuestas en la medida en que seamos capaces de producir mejores preguntas. Y político, porque empezamos a entender que si queremos un ambiente distinto necesitamos crear una sociedad diferente.
En política, a fin de cuentas, sólo podemos escoger entre inconvenientes. En este caso, se trata de optar entre los problemas que origina la ausencia de un mercado de bienes y servicios ambientales bien regulado y equitativo, y los que inevitablemente acarreará la organización de ese mercado. A fin de cuentas, la libertad consiste en poder decidir con qué problemas queremos vivir, y con cuáles no estamos dispuestos a hacerlo, y en atenernos a las consecuencias de lo que decidamos al respecto.
Fundación Ciudad del Saber, Panamá
Julio 2008 – agosto 2013

Ambiente: aprender educando

Guillermo Castro H.
Un colectivo de ONGs de Panamá ha emprendido, con el apoyo de la Fundación Friedrich Ebert, la tarea de elaborar – una vez más – una agenda que contribuya a orientar la discusión pública en torno a los graves problemas ambientales que enfrenta nuestro país. Esta iniciativa renueva el esfuerzo de promoción del diálogo y la colaboración en torno a estos problemas en los términos propuestos por la Carta de la Tierraemitida una generación atrás por las organizaciones sociales que participaron en la Cumbre de la Tierra realizada en Rio de Janeiro en 1992.
El abordaje del problema por las ONGs panameñas, además, no se reduce al plano técnico y de propuestas de política pública. Por el contrario, además y más allá de esa importante dimensión del problema, los ambientalistas del Istmo procuran relevar la dimensión ética del problema, que renueva el dilema de origen de toda la tradición ética judeocristiana: aquel expresado por Caín cuando Jehová le pregunta por su hermano Abel.
La respuesta evasiva de Caín – “¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?” -, en efecto, resalta la dificultad ética que plantea la pregunta de Jehová, la cual demanda un sí o un no, aunque pueda admitir la consideración de circunstancias específicas en casos puntuales. Porque, en efecto, si de lo que se trata es de la sostenibilidad del desarrollo de nuestra especie, quien no se considera a sí mismo guardián de su hermano no puede ser tampoco guardián de los ecosistemas de los que depende la vida de toda la familia humana.
El tiempo transcurrido desde Rio 92, por otra parte, ha sido uno de conflicto y renovación constantes. Lo que empezó pareciendo ser un problema de los ambientalistas, antes que del ambiente, se transformó para fines de la década de 1990 en un problema de tecnócratas y organismos financieros internacionales, para convertirse ahora en uno de ecología política, en la medida en que se amplía sin cesar la dimensión ambiental de las luchas de los nuevos movimientos sociales. En el proceso, la relación entre esas partes ha ganado se ha tornado cada vez más compleja. Lo que parecía ser una voluntad de armonía en Rio 92 se convirtió en una confrontación abierta en los debates sobre cambio climático en Copenhague, y discurre desde entonces por cauces distintos, que parecen divergir cada vez más.
Pero esto es apenas una reflexión de orden general. Las ONGs ambientalistas panameñas aún deben encarar la tarea de referir su iniciativa a nuestra circunstancia nacional, que tiene sus propias complejidades. Aquí, en efecto, está ocurriendo un proceso de formación de una economía, una sociedad y un Estado nuevos, marcado por toda suerte de contradicciones y conflictos, al calor de debates fragmentarios y a menudo poco informados. Esta circunstancia exige sobre todo concreción, precisión, concisión y fundamentación en datos y hechos comprobables en todo planteamiento que se haga. Y esto es tanto más difícil, cuanto
venimos de una cultura de la denuncia inmediata, y debemos pasar a una del análisis crítico basado en tendencias de largo plazo.
En este sentido, la iniciativa misma de formular una agenda colectiva puede y debe ser asumida como un proceso de aprendizaje y desarrollo para las propias ONGs, en el paso a una fase superior y más compleja en la historia de la ecología política en Panamá. De ese aprendizaje forma parte la presentación de la agenda a los políticos en campaña – aunque lo que podamos aprender aquí sea realmente poco, considerando las experiencias de toda la primera década del siglo XXI. Pero, y sobre todo, ese aprendizaje resultará ser de gran riqueza en cuanto incluya lo que resulte de la presentación de la agenda a los movimientos sociales, en particular indígenas, pobres de la ciudad y del campo, y organizaciones obreras y empresariales.
Si la elaboración de la agenda contribuye a hacer del ambiente y sus problemas un tema de interés general para todos los sectores de la sociedad, se habrá obtenido un logro de enorme trascendencia, por pobres que puedan parecer sus frutos inmediatos. Porque, en el fondo, resaltará cada vez más que, siendo el ambiente el producto de la acción social sobre el mundo natural, si deseamos un ambiente distinto será necesario crear una sociedad diferente.
Todo fluye, de todos modos, en esa dirección. Lo que empieza a faltar es tiempo para culminar la tarea antes de que se empiecen a sentir, en toda su inexorabilidad irreversible, las consecuencias del colapso en curso de los sistemas vitales del Planeta, y emerjan con ellas la degradación de la vida que conocemos, primero, y el riesgo cierto de nuestra extinción como especie, después.