Vladimir Vernadsky: biosfera, noosfera, nosotros

Vladimir Vernadsky: biosfera, noosfera, nosotros

Guillermo Castro H.

“Donde yo encuentro poesía mayor es en los libros de ciencia, en la vida del mundo, en el orden del mundo, en el fondo del mar, en la verdad y música del árbol, y su fuerza y amores, en lo alto del cielo, con sus familias de estrellas, – y en la unidad del universo, que encierra tantas cosas diferentes, y es todo uno, y reposa en la luz de la noche del trabajo productivo del día.”

José Martí: carta a María Mantilla, 1895.[1]

Vladimir Vernadsky nació en la Ucrania zarista en 1863, y murió en la Rusia soviética, en 1945. Su vida transcurrió en un periodo especialmente convulso de la historia contemporánea, que comprendió dos guerra mundiales y dos grandes procesos revolucionarios en su tierra natal: el de la revolución liberal democrática de 1905 – 1907, y el de la revolución bolchevique de 1918 – 1924, que condujo a la creación de la Unión Soviética. Esa vida, al propio tiempo, transcurrió también en lo que fue de la publicación de El Origen de las Especies, de Charles Darwin, en 1859, y la del primer tomo de El Capital, de Carlos Marx, en 1867, a la de la Teoría General de la Relatividad, de Albert Einstein, en 1915, por sólo mencionar algunos de los logros más relevantes que abrieron paso al desarrollo de la moderna producción científica.

De esa época, también, datan algunos aporte que confirma aquel veritas filia temporis – la verdad es hija del tiempo (que la confirma o la niega en la práctica, agregaríamos), tan característico del quehacer científico. Eduard Suess y Alfred Wegener, por ejemplo, propusieron en 1885 y 1915, respectivamente, que la forma y distribución de las grandes masas terrestres en la superficie del planeta Tierra podía ser explicada a través del desplazamiento continental, una propuesta rechazada por la mayor parte de la comunidad científica, que solo vino a quedar demostrada en la década de 1960. El propio Suess adelantó en 1875 la primera aproximación al concepto de biosfera –en su sentido más sencillo de ámbito del planeta en que es posible la existencia de la vida -, que Vernadsky elaboraría en la década de 1920 hasta llevarlo a definir el lugar que ocupaba la materia viviente en la producción de las condiciones que hacen posible la vida en la Tierra, y el papel de la materia así evolucionada en la formación y las transformaciones de la propia corteza terrestre.[2]

Vernadsky, geoquímico de formación convertido en biogeoquímico por su labor científica, desarrolló el concepto de biosfera, complementado en la década de 1930 por el de noosfera – que designa el proceso de transformación de la biosfera por la actividad productiva de los humanos, en particular a partir del dominio del fuego por éstos en aquella primera instancia en la que un organismo viviente se apropia de una de las fuerzas de la naturaleza, y la domina”- cuando aún se carecía de datos precisos sobre la antigüedad de la Tierra.[3] Entre fines del siglo XIX y comienzos del XX, en efecto, las estimaciones sobre el origen y desarrollo de nuestro planeta no excedían los 800 millones de años, mientras los datos disponibles hoy nos remiten a unos 4500 millones de años. Tampoco se contaba entonces con una estimación bien fundamentada de la antigüedad de la vida – calculada hoy en unos 3500 millones de años -, y persistían las dudas y debates en torno a su origen y los mecanismos de su evolución.

Aún transcurriría más de medio siglo tras la muerte de Vernadsky para despejar lo esencial de esos debates. Eso ocurrió a lo largo del camino que fue de la llamada síntesis darwiniana – elaborada en lo fundamental por los zoólogos Julian Huxley y Ernst Mayr; el genetista Theodosius Dobzhansky; el paleontólogo George Simpson y el botanico George Stebbins, a fines de la década de 1940 -; el anuncio del descubrimiento de la estructura del ADN por James Watson y Francis Crick en 1953, y el desarrollo del concepto de simbiogénesis por biólogos como Lynn Margulis en las últimas décadas del siglo XX.

Esos logros científicos, aunados a la creciente preocupación por los problemas generados por la crisis ambiental global, crearon una circunstancia en la que los temores por el futuro de la especie humana renovaron el interés por la obra de pioneros en el tratamiento de las relaciones entre nuestra especie y su entorno natural. De entre ellos, Vladimir Vernadsky destaca de manera creciente. Su manera de definir a la biosfera y abordar su formación y sus transformaciones hace de ésta, como lo dijera él mismo, el equivalente “a la “naturaleza” en el sentido común del término”, al tiempo que amplía significativamente su alcance. La noosfera, por su parte, se presenta de igual manera en relación a lo que usualmente llamamos el “ambiente”.

Se ha insistido mucho en la necesidad de un diálogo entre las ciencias naturales, las ciencias sociales y las Humanidades que permita sustentar el desarrollo de un nuevo pensamiento ambiental que trascienda las definiciones por exclusión propias del viejo pensamiento positivista. Ese pensamiento ambiental, por su parte, será nuevo en la medida en que lo sea su capacidad para hacer suya interdependencia universal de los fenómenos a que se refería Engels en su borrador de 1876, al recordarnos que

En la naturaleza nada ocurre en forma aislada. Cada fenómeno afecta a otro y es, a su vez, influenciado por éste; y es generalmente el olvido de este movimiento y de ésta interacción universal lo que impide a nuestros naturalistas percibir con claridad las cosas más simples.[4]

Dentro del nuevo pensamiento ambiental ocupa un lugar de creciente importancia el estudio de las interacciones entre los sistemas naturales y los sistemas sociales a lo largo del tiempo, y de las consecuencias de esas interacciones para ambos. A ese campo del saber se le llama historia ambiental. Al proponernos los conceptos de biosfera y noosfera, en sí mismos y en su fecunda vinculación, Vernadsky nos ofrece nuevas posibilidades para comprender de manera más integral la historia ambiental como historia general (natural y social) de la especie humana. O, si se quiere, de comprender a la historia ambiental como historia de la noosfera, y a ésta como fase superior y más compleja del desarrollo de la bisofera.

El lector bien informado encontrará, sin duda, afirmaciones de Vernadsky con las que no es posible estar de acuerdo hoy, sea porque el progreso de la ciencia ha venido acotando y negando algunas de sus ideas, sea porque el desarrollo de la sociedad en que vivimos ha venido a desembocar en una situación que bloquea el potencial que él veía en la ciencia para mejorar por sí misma la vida de nuestra especie y contribuir al desarrollo de nuestras mejores cualidades. Lo fundamental, sin embargo, es que los conceptos de biosfera y noosfera desbordan las limitaciones que los azares de su tiempo le hubieran podido imponer a Vernadsky, y comprueban hoy mejor que nunca que una verdad, una vez puesta en movimiento, sigue avanzando hasta que deja de serlo.

Ciudad del Saber, Panamá, mayo de 2015.

[1] Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales. La Habana, 1975. XX, 218 – 219

[2] “Vernadsky”, nos dicen Lynn Margulis y Dorion Sagan, “presentó a la materia viviente como una fuerza geológica – de hecho, como la mayor de las fuerzas geológicas. La vida mueve y transforma la materia a través de los continentes y los océanos.[…] Al percibir la vida no como tal, sino como “materia viviente”, estaba en libertad de ampliar el estudio de la vida más allá de la biología o cualquier otra disciplina tradicional.” De este modo, “contrastó a la gravedad, que empuja verticalmente a la materia hacia el centro de la Tierra, con la vida que crece, corre, nada y vuela. La vida, desafiando a la gravedad, mueve horizontalmente a la materia a lo largo y ancho de la superficie.” Así, dicen, “Vernadsky hizo por el espacio lo que Darwin había hecho por el tiempo: tal como Darwin mostró al conjunto de la vida como descendiente de un ancestro remotro, Vernadsky mostró que toda la vida habitaba un lugar materialmente unificado, la biosfera. La vida era una misma entidad, que transformaba en materia terrestre las energía cósmicas del sol. Vernadsky presentó a la vida como un fenómeno global en el que la energía del sol era transformada.” Margulis, Lynn y Sagan, Dorion (1995): What is Life? University of California Press, 2000, pp. 48 – 52. Traducción de Guillermo Castro H.

Al respecto, por ejemplo: Vernadsky, V.I. (1998)(1926): The Biosphere. Complete annotated edition. Copernicus, New York; (1997) (1938): Scientific Thought as a Planetary Phenomenon. Nongovernmental Ecological V.I.. Vernadsky Foundation. Moscow. De allí fue tomado y traducido el fragmento “La transición de la Biosfera a la Noosfera”, publicado por 21st Century Science & Technology. Special Anthology. 150 Years of Vernadsky: The Noösphere (Volume 2). 2014. www.21stcenturysciencetech.com . Traducción: gch

[3] Para Vernadsky, dicen Lynn Margulis y Dorion Sagan, “una capa especial de materia organizada pensante, asociada a los humanos y a la tecnología, crece y cambia la superficie terrestre. Para describirla, adoptó el término noosfera, del griego noos, mente.” Con ello, añaden, “la noosfera se refería a la Humanidad y la tecnología como partes integrantes de la biosfera planetaria.”

[4] “El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre”. C. Marx y F. Engels: Obras Escogidas (1 tomo). Editorial Progreso, Moscú, 1964, p. p. 385.

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Natura desde Marx

Natura desde Marx

Guillermo Castro H.

“El objeto a considerar es en primer término la producción material.

Individuos que producen en sociedad,

o sea la producción de los individuos socialmente determinada:

este es naturalmente el punto de partida.”

Carlos Marx, Grundrisse[1]

El tratamiento usual de los problemas relacionados con el lugar y la función de la naturaleza en la obra de Marx por parte del marxismo canónico – Hobsbawm dixit – ha estado asociado a problemas como los del dominio de la naturaleza por el hombre, y a la búsqueda de ideas que hoy podamos considerar ecológicas en el marxismo clásico, vinculadas al debate en torno a las relaciones entre nuestra especie y su entorno natural. Eso ha venido cambiando, sin embargo, a partir de una lectura nueva de textos del propio Marx – como los Grundrisse -, o de la labor de marxistas como John Bellamy Foster, autor de La Ecología de Marx, y Alfred Schmidt, cuyo libro El Concepto de Naturaleza en Marx merecería ser más y mejor conocido entre los ambientalistas latinoamericanos.[2]

Federico Engels, por su parte, captó el problema en sus términos de época, complementando la discusión del dominio del entorno natural con la de las contradicciones del desarrollo social en el tránsito de la prehistoria a la historia de la Humanidad, en particular en su texto inconcluso de 1876 sobre el papel del trabajo en el desarrollo de la especie humana. En Engels, como en Marx, el factor fundamental –de una sorprendente contemporaneidad – es precisamente el del papel del trabajo socialmente organizado en ese proceso de desarrollo de los humanos.[3]

Ese papel del trabajo en el proceso de desarrollo de las características que nos distinguen como especie es, justamente, la clave que permite plantear el paso de la búsqueda del dominio de la naturaleza mediante el fomento incesante de las fuerzas productivas para trabajar contra ella, a la búsqueda de sostenibilidad en el desarrollo humano trabajando con ella mediante la transformación de las relaciones de producción. El resultado es, justamente, la naturalización de la historia humana y, con ello, la humanización de la historia natural.

Hoy, también, cabe coincidir con Bellamy Foster en cuanto a que no hay en Marx “ideas ecológicas” importadas de uno u otro sistema filosófico, sino una ecología correspondiente a su visión de la historia como expresión de la práctica social. Esa ecología, naturalmente, puede y debe ser desarrollada mucho más allá de donde la dejó la obra viva de Marx, particularmente en lo que hace a la capacidad de los humanos para crear y modificar constantemente un ambiente propio dentro de la naturaleza mediante la acción racional con arreglo a fines, que incluso sugiere que nuestra especie es la única capaz de crear su propio nicho ecológico en los más diversos ecosistemas terrestres.[4]

Ese desarrollo, por otra parte, puede y debe desplegarse en dos direcciones principales. Por un lado, la correspondiente a la capacidad de la ecología de Marx para contribuir al abordaje de los problemas ambientales de nuestro tiempo. Por el otro, aquella que corresponde al debate entre la ecología de Marx y otras – como las del anarquismo y el neoliberalismo, por ejemplo -, en cuanto a la capacidad de éstas para participar de manera productiva en el debate de esos problemas.

En la obra de Marx, el nexo de los humanos con su entorno natural emerge con gran fuerza en sus textos de mayor densidad reflexiva, desde los Manuscritos Económico Filosóficos de 1844 hasta los Grundrisse de 1856 – 1857 y, por supuesto, El Capital. Allí, la importancia concedida a la interacción entre los sistemas naturales y los sistemas sociales mediante el trabajo socialmente organizado hace evidente la posibilidad de que el desarrollo de la ecología de Marx se despliegue en otros campos, como los de la historia ambiental, la ecología política y la economía ambiental.

En ese despliegue emerge con singular claridad el problema de la producción de una relación de unidad entre la Humanidad y la naturaleza, a través de la creación de las condiciones que garanticen la sostenibilidad del desarrollo de nuestra especie en una relación de interdependencia con la vida en todas sus manifestaciones, y la construcción de una noosfera desde la biosfera en que han transcurrido – y habrán de transcurrir, en lo que reste de nuestra historia natural – la existencia y la evolución de la especie que somos.

Al respecto, por ejemplo, tiene el mayor interés la observación que hace Marx respecto al hecho de que

El simple material natural, por cuanto no hay en él ningún trabajo humano objetivado, por cuanto es por ende mera materia y existe independientemente del trabajo humano, no tiene valor alguno, ya que el valor es únicamente trabajo objetivado; tan poco valor como los elementos universales en general.[5]

Así planteadas las cosas, cabe preguntarse si los recursos naturales tales, o deben ser producidos mediante la aplicación del trabajo humano, que de ese modo los vincula como materia prima a otros procesos de trabajo. El agua del Chagres – el río cuya cuenca provee desde 1914 el agua necesaria para el funcionamiento del Canal de Panamá -, sería en este sentido “simple material natural”, pero el agua de los lagos artificiales de Gatún y Alajuela constituye un recurso con valor de uso – y con un valor de cambio que podría ser calculado – en cuanto se trata de agua acumulada y puesta a disposición de otros procesos productivos en reservorios creados y mantenidos mediante la aplicación de trabajo a la materia natural.

Esto, a su vez, tiene implicaciones de otro orden. Cada sociedad organiza sus procesos de trabajo a partir de fines colectivos que le son característicos, y esa organización determina a su vez las modalidades de desarrollo de la fuerzas productivas en esa sociedad. El uso del agua para el regadío en las culturas prehispánicas y en las plantaciones bananeras, en este sentido, no sólo presenta diferencias de monto y tecnología, sino y sobre todo de propósito, y de organización social del trabajo para el logro de ese propósito.

Comprender esta diferencia, proyectarla hacia el pasado y hacia sus posibilidades de futuro, permite empezar a comprender la especificidad de la especie humana en su relación con el entorno natural. A diferencia de los demás animales, que se limitan a “utilizar utilizar la naturaleza exterior y modificarla por el mero hecho de su presencia en ella”, los seres humanos la modifican mediante el trabajo socialmente organizado, para ponerla al servicio de los fines que animan esa organización social. Y añadía:

Sin embargo, no nos dejemos llevar del entusiasmo ante nuestras victorias sobre la naturaleza. Después de cada una de estas victorias, la naturaleza toma su venganza. Bien es verdad que las primeras consecuencias de estas victorias son las previstas por nosotros, pero en segundo y en tercer lugar aparecen unas consecuencias muy distintas, totalmente imprevistas y que, a menudo, anulan las primeras. […] Así, a cada paso, los hechos nos recuerdan que nuestro dominio sobre la naturaleza no se parece en nada al dominio de un conquistador sobre el pueblo conquistado, que no es el dominio de alguien situado fuera de la naturaleza, sino que nosotros, por nuestra carne, nuestra sangre y nuestro cerebro, pertenecemos a la naturaleza, nos encontramos en su seno, y todo nuestro dominio sobre ella consiste en que, a diferencia de los demás seres, somos capaces de conocer sus leyes y de aplicarlas adecuadamente.[6]

“Adecuadamente” es aquí la palabra clave. En nuestro tiempo haría alusión a la sostenibilidad del desarrollo de nuestra especie, en una época en que la venganza de la naturaleza a que se refería Engels se expresa ya en una crisis ambiental global. En efecto, decía Engels,

si han sido precisos miles de años para que el hombre aprendiera en cierto grado a prever las remotas consecuencias naturales de sus actos dirigidos a la producción, mucho más le costó aprender a calcular las remotas consecuencias sociales de esos mismos actos. […] Pero también aquí, aprovechando una experiencia larga, y a veces cruel, confrontando y analizando los materiales proporcionados por la historia, vamos aprendiendo poco a poco a conocer las consecuencias sociales indirectas y más remotas de nuestros actos en la producción, lo que nos permite extender también a estas consecuencias nuestro dominio y nuestro control.[7]

La sociedad que pueda hacerse cargo de esa labor de previsión y control, sin embargo, no existe aún. La que existe, como las que la precedieron, sólo busca “el efecto útil del trabajo en su forma más directa e inmediata”, sin hacer verdadero caso “de las consecuencias remotas, que sólo aparecen más tarde y cuyo efecto se manifiesta únicamente gracias a un proceso de repetición y acumulación gradual.”[8]

Ese proceso de acumulación es el que se expresa hoy, 139 años después de aquellas reflexiones. Y la lección mayor que se desprende del mismo no puede ser más sencilla, ni más compleja a la vez: si deseamos un ambiente distinto, tendremos que crear una sociedad diferente, cuyo desarrollo sea sostenible por lo humano que llegue a ser. Allí radica el verdadero desafío político que nos plantea la crisis ambiental, en torno al cual se habrá de definir la posibilidad de que nuestra especie sobreviva al peligro de degradación y extinción que hoy nos amenaza.

Panamá, mayo de 2015.

[1] Marx, Carlos: Elementos Fundamentales para la Crítica de la Economía Política (Grundrisse) 1856 – 1857. Siglo XXI Editores, 2007. Tomo I, p. 3.

[2] Esa lectura nueva, por otra parte, se vería enriquecida además por la de otros autores no marxistas, como el geógrafo Carl Sauer y el historiador de la cultura de la naturaleza Clarence Glacken. De este modo, por ejemplo, en lo que se refiere al dominio del hombre sobre la naturaleza hoy cabe coincidir con Glacken en que esa expresión designa un lugar privilegiado – y ya anticuado en 1964 -, del imaginario liberal – positivista, estrechamente asociado a la noción decimonónica de progreso.

[3] Al respecto, tienen el mayor interés las referencias del paleontólogo norteamericano Stephen Jay Gould al razonar de Federico Engels y de Carlos Marx en el campo de la historia natural y de los debates en torno a la evolución en el último cuarto del siglo XIX, donde resalta la deuda del primero con el naturalista alemán Ernst Haeckel, darwinista convencido y padre del moderno concepto de ecología. Al respecto, por ejemplo, el artículo “La postura hace al hombre”, en Desde Darwin, Editorial Crítica, Barcelona, pp. 229-235.

[4] Esta capacidad fue abordada con especial detalle por el biogeoquímico ruso Vladimir Vernadsky en su elaboración de los conceptos de biosfera – como el segmento de la corteza terrestre donde la vida crea las condiciones para la vida, y actúa como una fuera gelológica que modifica la faz de la Tierra – y de noosfera, entendida como el producto de la intervención de la especie humana en la biosfera a partir de la conquista del fuego, que abre paso a lo que algunos han llamado el periodo Antropoceno. Al respecto, por ejemplo, “La transición de la Biosfera a la Noosfera”, en El Pensamiento Científico como un Fenómeno Planetario (1938), 21st Century Science & Technology. Special Anthology. 150 Years of Vernadsky: The Noösphere (Volume 2). 2014. www.21stcenturysciencetech.com. Traducción: gch.

[5] Marx, Carlos. Elementos Fundamentales para la Crítica de la Economía Política (Grundrisse) 1856 – 1857. Siglo XXI Editores, 2007. I, 312.

[6] Engels, Federico: “El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre” (1876). En C. Marx, F. Engels: Obras Escogidas. Editorial Progreso. Moscú, 1969, p. 387.

[7] Ibid., 388.

[8] Ibid., 389.

Panamá: naturaleza y mercado

Escogiendo entre inconvenientes.

Naturaleza, mercado y servicios ambientales.

Guillermo Castro H.

I

La naturaleza no es en sí misma capital natural. Su aprovechamiento por parte de los humanos sólo ha estado dedicado a la producción de ganancias y la acumulación de capital en un sistema histórico específico: aquel creado a lo largo de los últimos cinco siglos, a partir del desarrollo del capitalismo como sistema de escala planetaria, mediante la formación y las transformaciones del primer y único mercado mundial que ha conocido la Humanidad. En esta perspectiva, iniciativas como el Pago por Servicios Ambientales, por ejemplo, constituyen herramientas que la sociedad capitalista contemporánea – esto es, aquella que enfrenta hoy en la crisis ambiental las consecuencias de sus intervenciones en los ecosistemas de ayer – utiliza para la transformación de la naturaleza en capital natural mediante la organización de mercados de bienes y servicios naturales, que pasan a constituirse a su vez en un subsistema del mercado mundial.

El subsistema ambiental del mercado mundial, sin embargo, se distingue de todos los demás – extractivo, agrícola, industrial, comercial y financiero – en tanto que su función fundamental consiste en poner a la disposición de aquellos otros condiciones que son imprescindibles para su funcionamiento. Esas condiciones de producción – para designarlas como lo hiciera el antropólogo Karl Polanyi en su obra clásica La Gran Transformación – incluyen, además del acceso a los elementos naturales imprescindibles para cualquier actividad productiva – agua, aire, tierra y energía -, la producción de la fuerza de trabajo capaz de transformar esos elementos en recursos para otras actividades productivas, y la organización del espacio en que esas actividades tienen lugar – esto es, la gestión integrada del ambiente y el territorio.

La organización de los procesos necesarios para la producción de esas condiciones de producción es una responsabilidad fundamental del Estado, y la forma en que cada Estado la ejerce expresa con especial claridad el carácter de sus relaciones con su propia sociedad. En cada sociedad, la organización de tales procesos abre todo un abanico de opciones. En un extremo de ese abanico, el Estado puede asumir el monopolio de todas las funciones relacionadas con la producción de esas condiciones y con el acceso a las mismas de otros productores. Tal fue, y es, el caso de la provisión de los servicios ambientales que ofrece la Cuenca del Canal de Panamá. En el otro extremo, el Estado puede transferir por completo esas funciones a operadores privados, reteniendo para sí algunas tareas de regulación y control del cumplimiento de las mismas. Tal ha sido, hasta ahora, el caso de la gestión de esos servicios en el resto del territorio de Panamá.

Entre ambos extremos, naturalmente, hay múltiples combinaciones intermedias. Sin embargo, en todos los casos el Estado conserva una función de intermediación política entre todas las partes involucradas, la cual puede ir desde la gestión de conflictos por vía de la negociación, hasta la represión de expresiones de descontento asociadas a tales conflictos. Lo esencial, en todo caso, es que el éxito o el fracaso del Estado en el cumplimiento de esa función dependerá de la relación general de fuerzas – o debilidades – que se derive del grado de desarrollo cultural y organizativo de todas las partes involucradas, incluyendo por supuesto a las agencias gubernamentales directamente implicadas. Dado que todos estos elementos son el producto de complejos procesos de formación y transformación a lo largo del tiempo, su análisis en perspectiva histórica puede aportar valiosos elementos de juicio respecto a la viabilidad y la eficacia de las diversas opciones para la creación de mercados de bienes y servicios ambientales en nuestros países.

II

Aquí conviene empezar con una precisión. Mientras en el resto de Occidente las abreviaturas AC y DC sirven para ordenar el tiempo en un antes y un después del nacimiento de Cristo, entre nosotros sirven además para ordenar nuestra propia historia en sus dos momentos fundamentales: antes y después de la Conquista europea. Así, la extraordinaria complejidad ecosistémica, social y cultural de América Latina tiene su origen en el período 1500 – 1550, cuando la región se vio incorporada al proceso de formación del moderno sistema mundial como proveedora de alimentos y materias primas y como espacio de reserva de recursos. Esa modalidad de inserción definió, a su vez, una estructura de larga duración que opera con tiempos y modalidades distintas en tres sub regiones diferentes – que a menudo se sobreimponen a las estructuras político – administrativas de los Estados de la región – , y en todos los planos de la interacción entre los sistemas sociales y naturales presentes en cada una de ellas.

Las subregiones a que hacemos referencia se despliegan entre los siglos XVI y XIX, de acuerdo a la forma fundamental de organización de las interacciones entre los sistemas sociales y naturales en el espacio americano. Una se articula a partir del trabajo esclavo, asociado sobre todo – pero no exclusivamente – a actividades de plantación. Otra se constituye a partir de distintas modalidades de trabajo servil – desde la encomienda al peonaje -, destinado sobre todo a la producción de alimentos y a la explotación minera. Y otra más toma forma a partir de una amplia modalidad de actividades de subsistencia en las áreas de la región que escapan a la articulación directa en el mercado mundial durante un período más o menos prolongado. La primera de esas regiones tiene, así, un claro carácter afroamericano, asociado con frecuencia a una gran debilidad organizativa de los sectores más pobres. La segunda tiene un carácter indoamericano, en el que persisten a menudo importantes tradiciones de organización campesina y comunitaria. La última, de carácter indígena y mestizo, sin tradiciones relevantes de producción para un mercado que en el mejor de los casos sólo ha tenido una importancia complementaria, nunca central, en sus actividades económicas y sociales, pasó a constituirse así en una frontera interior de recursos sometida a una constante presión por parte de las otras dos.

Esas regiones, ciertamente, constituyen una realidad en constante transformación. Así, el tránsito del siglo XIX al XX es testigo de la formación de mercados de trabajo y de tierra constituidos mediante procesos masivos de expropiación de territorios sometidos a formas no capitalistas de producción, para crear las premisas indispensables a la apertura de la región a la inversión directa extranjera y la creación de economías de enclave en el marco del llamado Estado Liberal Oligárquico. Los ciclos posteriores – populista, desarrollista y neoliberal – marcarán el camino hacia el siglo XXI entre las décadas de 1930 y 1990.

Hoy, asistimos a lo que bien podría ser la incorporación de las últimas fronteras de recursos a la economía global. Esto explica la creciente importancia que adquieren en nuestras sociedades los conflictos de origen ambiental – esto es, aquellos que surgen del interés de grupos sociales distintos en hacer usos excluyentes de los ecosistemas que comparten –. Y esto hace necesario, también, entender que esos conflictos no se reducen al enfrentamiento entre ricos y pobres, mestizos e indígenas, grupos rurales y urbanos, o capitalistas nacionales y extranjeros, sino que expresan todo eso y mucho más. La ampliación de las últimas fronteras de recursos de América Latina, asociada a menudo a la inversión masiva en megaproyectos de infraestructura, no es tanto el resultado del desarrollo interno de nuestras propias sociedades sino, y sobre todo, del fomento de procesos de producción de condiciones de producción de alcance global con apoyo técnico, financiero y político de instituciones financieras internacionales. Dicho proceso – que incluye la formación de una fracción “verde” del capital transnacional y nacional – opera a menudo en contradicción, y a veces en conflicto, con las fracciones extractiva, agraria, industrial y financiera, más tradicionales en nuestros países.

III

El panorama descrito se expresa con especial claridad en el caso de Panamá. Aquí, a lo largo de diez mil años, la gestión del ambiente y el territorio ha concedido una importancia de primer orden al tránsito interoceánico como elemento articulador de la actividad humana en el Istmo. Así, en el momento de la Conquista europea el territorio panameño estaba organizado en cacicazgos en constante confrontación entre sí por el control de fajas paralelas de orientación Sur – Norte. Esas fajas de territorio discurrían a lo largo de grandes cuencas – como las de los ríos Santa María, Coclé, Bayano y el sistema Chucunaque – Tuira – que facilitaban en su parte alta el tránsito interoceánico, y ofrecían tanto el acceso tanto a una multiplicidad de ecosistemas y recursos – desde los manglares de las zonas de grandes mareas del Pacífico, hasta el bosque tropical húmedo y los yacimientos de oro aluvial del Atlántico -, como a rutas de intercambio comercial entre los mundos chibcha y maya, por las que circulaba una abundante riqueza.

Tras la Conquista, en cambio, fue establecido un eje central de organización orientado en dirección Este – Oeste, a partir de una faja ganadera y agrícola extendida a lo largo de las sabanas antrópicas ya existentes entre Chepo y Natá, con prolongaciones posteriores en dirección a la Península de Azuero y a Centroamérica, a lo largo de la región Sur del país. Al propio tiempo, el establecimiento del monopolio del tránsito por el valle del Chagres llevó a la clausura de las demás rutas anteriormente en uso, y a la creación de una extensa frontera interior que segregó la mayor parte del litoral Atlántico y del Darién del territorio considerado “útil” en el nuevo ordenamiento así creado. Esa utilidad, por otra parte, era percibida a partir de una nueva cultura de la naturaleza, que privilegiaba la sabana ganadera por sobre el manglar y el bosque húmedo, promovía la explotación extensiva de un número mucho más reducido de recursos específicos por sobre el manejo de ecosistemas complejos, y valoraba esos recursos por su demanda en la zona de tránsito y en el mercado exterior.

El principal centro de población pasó a estar ubicado en la zona articulada por la ciudad de Panamá, conectada al Este y el Oeste con su nuevo hinterland. La población indígena que sobrevivió a la Conquista o que migró al Istmo después fue desplazada a tierras marginales, o contenida más allá de la frontera interior, y la fuerza de trabajo fundamental pasó a estar constituida por esclavos africanos, primero, y por sus descendientes y la población mestiza del siglo XVIII en adelante. De este modo, el contraste contemporáneo entre los paisajes sociales y naturales del corredor interoceánico y los del interior del país no se debe a que haya en el Istmo varios países en uno. Se trata, por el contrario, de la expresión territorial de una de una misma sociedad integrada por grupos sociales que organizan sus relaciones con la naturaleza en el marco de una estructura de poder tan contradictoria y conflictiva como para generar y sostener el proceso de crecimiento económico con deterioro social y degradación ambiental que hoy conoce el país. Estamos, en suma, ante un extraordinario ejemplo de una estructura que genera procesos de larga duración.

Para comienzos del siglo XXI, sin embargo, la creciente escasez relativa de tierra y agua en Panamá genera tensiones sociales que tienden a encarecer los costos económicos, sociales, políticos y ambientales de la actividad de tránsito, bloquean el fomento de nuevas ventajas competitivas, e impiden un aprovechamiento integral y sostenido de los recursos humanos y naturales del país. En ese marco, la operación sostenida del Canal demanda hoy el desarrollo sostenible del país. Y esto, a su vez, supone la necesidad de encarar las dificultades inherentes al hecho de que solo puede ser sostenible una sociedad democrática; que solo puede ser democrática una sociedad culta, y que solo puede llegar a ser plenamente culta y democrática una sociedad que sea a la vez próspera y equitativa. Hoy, una mirada al país desde el futuro que deseamos para nuestra gente revela ya posibilidades y capacidades para construir una sociedad así mediante el fomento de los recursos humanos y naturales que la sociedad insostenible que tenemos ha despilfarrado por más de cuatro siglos. Nuestra propia gente, el agua y la biodiversidad de los ecosistemas que garantizan su presencia en el Istmo son los principales recursos de Panamá. Y la unidad fundamental de interacción de esos recursos está constituida por cada una de las 52 cuencas hidrográficas que organizan desde sí mismo el territorio de la nación.

La resistencia al cambio, en este plano, hunde sus raíces tanto en las estructuras de relación con la naturaleza gestadas por el transitismo, como en las estructuras de gestión pública asociadas a esa relación. Así, por ejemplo, la estructura político – administrativa vigente en el país da lugar a que en la Cuenca del Canal – la de más urgente necesidad de una gestión territorial y ambiental integrada – coincidan 3 provincias (Coclé, Panamá y Colón), una decena de Distritos y unos 48 Corregimientos. Y a ello se agrega que todos los Distritos y corregimientos ubicados en el perímetro de la Cuenca incluyan territorio situado fuera de ésta. Las dificultades que esto supone – complicadas por el hecho de que el 60% de la población de la Cuenca vive en condiciones de pobreza – son fáciles de imaginar.

Todo esto nos dice que ha llegado la hora de empezar a discutir la transformación del Estado panameño, para ponerlo en condiciones de contribuir realmente a la transformación de la sociedad a la que debe servir. Si quiere ser eficaz, esa transformación deberá encarar las afinidades y contradicciones entre las estructuras naturales del país y la de las regiones geo económicas presentes en el territorio nacional. Y esto, en lo más esencial, supone que ambas estructuras – las naturales y las históricas – pueden converger o divergir en el proceso de reordenamiento del territorio para su gestión integrada, pero que en última instancia serán las naturales las que predominen. El país que emerja de una transformación semejante será sin duda muy distinto al del transitismo, pero sin duda será también mucho más semejante a sí mismo y mucho más capaz, por eso, de conocerse, ejercerse y crecer desde sí.

Es bajo esa luz que cabe considerar el papel que viene desempeñando la Autoridad Nacional del Ambiente en la gestión del proceso de organización del mercado de bienes y servicios ambientales en nuestro país. Aquí no sólo se trata de que el Estado apenas ha iniciado el esfuerzo de deslinde de la trama – cada vez más complicada – de sus propias estructuras de gestión en la materia, incluyendo la creación de las capacidades técnicas y culturales necesarias para una gestión integrada del territorio y el ambiente en Panamá. Se trata, sobre todo, de que esas tareas son más importantes y complejas que nunca, dado el hecho de que las principales áreas de provisión de los servicios ambientales de los que depende la sostenibilidad del desarrollo en Panamá se ubican en las regiones de menor nivel de desarrollo del país, en las que la pobreza afecta a entre el 60 y el 90 por ciento de la población, y coinciden los más altos niveles de incultura con los más bajos niveles de organización social.

Precisamente por esto, la comprensión de los riesgos y las oportunidades que se abren ante nosotros en esta circunstancia exige pasar de un enfoque estructural, referido a modelos de gestión más o menos bien definidos a priori, a otro de carácter sistémico, referido a relaciones de interdependencia entre factores múltiples en cambio constante, en el análisis de los problemas ambientales. Y dado que toda nuestra educación ha tendido a formarnos en torno a una concepción estructural y funcionalista de la realidad, el hecho de reconocer y enfrentar esta necesidad representa ya un importante logro cultural y político. Cultural, porque dispondremos de mejores respuestas en la medida en que seamos capaces de producir mejores preguntas. Y político, porque empezamos a entender que si queremos un ambiente distinto necesitamos crear una sociedad diferente.

En política, a fin de cuentas, sólo podemos escoger entre inconvenientes. En este caso, se trata de optar entre los problemas que origina la ausencia de un mercado de bienes y servicios ambientales bien regulado y equitativo, y los que inevitablemente acarreará la organización de ese mercado. A fin de cuentas, la libertad consiste en poder decidir con qué problemas queremos vivir, y con cuáles no estamos dispuestos a hacerlo, y en atenernos a las consecuencias de lo que decidamos al respecto.

Fundación Ciudad del Saber, Panamá, Julio 2008