Nuestra América: todos los tiempos del tiempo

Nuestra América: todos los tiempos del tiempo

Guillermo Castro H.

Conferencia ofrecida en la VII Conferencia Latinoamericana y Caribeña de Ciencias Sociales, del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales. Medellín, Colombia, 12 de noviembre de 2015.

“No hay batalla entre la civilización y la barbarie,

sino entre la falsa erudición y la naturaleza.”

José Martí, Nuestra América, 1891

Del río Bravo a la Patagonia, la América nuestra abarca unos 22 millones de kilómetros cuadrados en los que residen cerca de 600 millones de habitantes. De ellos, alrededor del 80% reside en áreas urbanas, entre las que se cuentan cuatro megaciudades – México, Sao Paulo, Buenos Aires y Rio de Janeiro – en las que residen más de 55 millones de personas. Desde fines del siglo XX, además, nuestra América se ha constituido en la más importante frontera de recursos en la economía global, a través de un proceso masivo de transformación del patrimonio natural de sus poblaciones indígenas y campesinas en capital natural al servicio de la economía global.

Por otra parte, nuestra América ha venido a constituirse en uno de los centros más importantes de desarrollo del nuevo pensamiento ambiental, a partir de tres fuentes principales: la tradición de pensamiento e investigación sobre los problemas económicos y sociales de la región, en desarrollo desde fines del siglo XVIII; la presencia de una intelectualidad de capas medias estrechamente vinculada a la trama cada vez más densa del ambientalismo global, y los nuevos movimientos sociales del campo y de las periferias urbanas, que han conocido un notable desarrollo, sobre todo en la defensa de sus derechos de acceso a recursos naturales y condiciones indispensables para su propia vida. Vistas así las cosas, comprender la crisis ambiental de América Latina implica una doble tarea: por un lado, explicar esa crisis desde sí misma y, por otro, entenderla en su relación con la crisis global. A ese doble propósito apunta esta reflexión.

Los tiempos del tiempo

La historia ambiental, como sabemos, se ocupa de las interacciones entre los sistemas sociales y naturales a lo largo del tiempo, y de las consecuencias que esas interacciones tienen para ambos. Ella se inscribe en la historia ecológica, que se refiere a la historia de los ecosistemas, y que en nuestro caso se remonta a la desintegración de Pangea hace unos 200 millones de años, y el desplazamiento de las masas terrestres que, con la formación del Istmo de Panamá cerca de 194 millones de años después, vendrían a conformar la estructura y distribución de los ecosistemas americanos del pasado que nos interesa aquí.

En este plano, nuestra América se caracteriza por la amplia diversidad de los ecosistemas presentes en su territorio, desde desiertos extremadamente secos hasta bosques tropicales muy húmedos, y desde vastos humedales marino – costeros hasta altiplanos de cuatro mil metros de altura. Así, cabe destacar que nuestra América cuente con 576 millones de hectáreas de reservas cultivables; que en el año 2000 albergara el 25% de las áreas boscosas del mundo; que Brasil, Colombia, Ecuador, México, Perú y Venezuela se cuentan entre las naciones consideradas de megadiversidad biológica, que albergan “entre 60 y 70% de todas las formas de vida del planeta”; que “recibe el 29% de la precipitación mundial y posee una tercera parte de los recursos hídricos renovables del mundo”, y que cuente importantes reservas de combustibles fósiles y de minerales: litio, 65%; plata, 42%; cobre, 38%; estaño, 33%; hierro, 21%; bauxita, 18%; níquel, 14%, y petróleo, 20%.

Al propio tiempo, nuestra América se caracteriza hoy por una persistente combinación de crecimiento económico incierto, inequidad social persistente, y degradación ambiental constante. Así, por ejemplo, encaramos vastos y complejos procesos de degradación de suelos por erosión y contaminación; pérdida de bosques por deforestación; deterioro de la biodiversidad debido a la fragmentación y pérdida de hábitats; deterioro de cuencas y cursos de agua en una circunstancia de incremento de la demanda de ese recurso; deterioro y sobrexplotación de recursos marino costeros, y desarrollo de desordenado de sus ciudades, que da lugar a un incremento de la demanda de servicios básicos – agua, drenaje, energía, recolección de desechos -, y genera una huella ambiental de alcance y complejidad cada vez mayores.

Esta situación no es ni natural ni casual. Hemos llegado a ella – es más, la hemos producido – a lo largo de un proceso histórico que combina al menos tres tiempos distintos, que se subsumen el uno en el otro hasta conformar la circunstancia que nos ocupa, y las tendencias dominantes en su evolución. El primero de esos tiempos corresponde a la larga duración de la presencia humana en el espacio americano. Esa presencia, en efecto, operó a través de una gama muy amplia de modalidades de interacción con el medio natural americano a lo largo de entre 30 y 15,500 años de desarrollo anterior a la Conquista europea de 1500 – 1550, que dieron lugar a importantes procesos civilizatorios, en particular en Mesoamérica y el Altiplano andino.

El segundo tiempo, de mediana duración, corresponde al período de control europeo de la que vendría a ser la América nuestra. Ese control operó hasta mediados del siglo XVIII a partir de la creación de sociedades tributarias sustentadas en formas de organización económica no capitalistas – como la comuna indígena, el mayorazgo feudal y la gran propiedad eclesiástica -, para descomponerse a lo largo del período 1750 – 1850 a partir del interés de las Monarquías española y portuguesa por incrementar la renta colonial de sus posesiones americanas, primero, y por el de los grupos dominantes en esas posesiones por asumir esa renta en su propio beneficio, después.

El tercer tiempo aludido, finalmente – de duración menor pero intensidad mucho mayor en lo que hace a sus consecuencias ambientales-, se extiende a lo largo del período 1870 – 1970, y corresponde al desarrollo de formas capitalistas de relación entre los sistemas sociales y los sistemas naturales de la región, hasta ingresar de 1980 en adelante en un proceso de crisis y transición aún en curso. En el punto de partida de este tercer período se encuentra la Reforma Liberal que siguió a las revoluciones de independencia de 1810, y que para 1875 había conseguido crear los mercados de tierra y de trabajo necesarios para abrir paso a formas capitalistas de organización de las relaciones de las nuevas sociedades nacionales y su entorno natural. Así, la creciente demanda Noratlántica de materias primas pasó a ser satisfecha mediante emprendimientos mineros y agropecuarios de un tipo enteramente nuevo, sobre todo en terrenos que habían tenido hasta entonces una importancia marginal.

El proceso así iniciado, tuvo una expansión sostenida a lo largo de la mayor parte del siglo XX, bajo formas políticas, económicas y tecnológicas de organización muy diversas, desde el peonaje semi servil de las explotaciones oligárquicas hasta la creación de enclaves de capital extranjero, de mercados protegidos y de empresas estatales de apoyo y subsidio a los mismos. Las consecuencias de todo ello fueron sintetizadas en los siguientes términos por el geógrafo chileno Pedro Cunill a mediados de la década de 1990:

Durante el período histórico que va de 1930 a 1990 se hizo evidente un sostenido avance en el poblamiento del espacio geográfico latinoamericano […]. Se nota tanto una persistente tendencia a concentrar paisajes urbanos consolidados y subintegrados como una importante ocupación espontánea de zonas tradicionalmente despobladas, en particular en el interior y el sur de América meridional, transformaciones geohistóricas que han ocasionado como secuela ambiental el fin de la ilusión colectiva de preservar a Latinoamérica como un conjunto territorial con extensos paisajes virtualmente vírgenes y recursos naturales ilimitados.

De entonces data, en efecto, el inicio del doble proceso de crecimiento urbano y transformación de las regiones interiores, que habían tenido hasta entonces una relación apenas marginal con la economía de mercado, en fronteras de recursos cuya apertura a la explotación a partir de las estructuras de poder que hacen persistente la inequidad en el acceso a los frutos del crecimiento económico, se encuentra en el núcleo mismo de la crisis ambiental en nuestra América.

Vistas así las cosas, la mayor dificultad que nos presenta la comprensión de esta crisis radica en el modo en que en ella operan a un tiempo todos los tiempos del proceso histórico que ha conducido al período de transición que la propia crisis expresa. Ninguno de los períodos anteriores, en efecto, se agota en sí mismo. Por el contrario, cada uno aporta premisas y consecuencias que contribuyen a definir el desarrollo del siguiente y las complejidades del presente. Así, por ejemplo, el hecho de que el espacio americano fuese el último en ser ocupado por los humanos en su expansión por el planeta, y que eso hubiera ocurrido cuando nuestra especie aún tenía por delante un camino de 10 mil años antes de transitar hacia el desarrollo de la agricultura, y de 16,000 para ingresar a la edad de los metales, contribuye a a explicar la función de reserva de recursos naturales que nuestra América desempeña en la crisis ambiental global .

En efecto, al ocurrir la Conquista europea, las sociedades aborígenes más avanzadas estaban apenas en los inicios de la transición a la edad de los metales, y los yacimientos minerales del espacio americano estaban virtualmente intactos. Tampoco había ocurrido la domesticación de especies animales mayores, aunque estaba muy avanzada la modificación de los ecosistemas naturales por una agricultura relativamente tardía pero ya muy sofisticada, sobre todo en los núcleos civilizatorios mesoamericano y andino. Por otra parte, todas las modalidades de relación con la naturaleza anteriores a la edad de los metales – salvo el nomadismo pastoril – estaban presentes en el espacio americano, que por lo mismo albergaba una asombrosa diversidad de culturas y regímenes de organización social y política, desde las bandas nómadas dedicadas a la caza y la recolección hasta formaciones estatales sustentadas en el tributo de comunidades agrarias.

La Conquista, como sabemos, tuvo un vasto impacto demográfico, social, político – cultural y ambiental, que se expresó en una radical transformación del ordenamiento territorial y los paisajes de la región. Tras un complejo proceso de transición que para las sociedades aborígenes revisitó un carácter apocalíptico, la nueva Iberoamérica pasó a ser organizada “desde fuera y desde arriba”, en una red de asentamientos humanos organizados en torno a centros de actividad económica – minera, primero, y luego también agropecuaria – dependientes de mano de obra servil en casos como el de Mesoamérica y el altiplano andino, o esclava, sobre todo en el espacio caribeño y el litoral Atlántico. Las nuevas sociedades que emergieron de aquel proceso pueden ser agrupadas en cuatros grandes áreas territoriales.

Una de ellas tuvo y tiene un claro carácter indoamericano, al que contribuyeron tanto la feudalidad de la cultura de los conquistadores como ciertos rasgos “de la organización política prehispánica en las áreas nucleares, así como la estratificación de sus sociedades con marcadas diferencias entre la élite y los gobernados”, que “facilitaron la dominación colonial”, como lo indica el historiador costarricense Julio Solórzano. A esto se sumó el hecho de que gracias a la alta densidad de población en Mesoamérica y el Área Andina se mantuvo allí “un importante remanente demográfico, a partir del cual se inició posteriormente un nuevo incremento poblacional”, mientras “en las regiones habitadas por grupos tribales y cacicazgos,” la combinación de la explotación excesiva, las epidemias y la desorganización de los modos de vida anteriores, condujo a “la casi extinción de la población indígena de la que solo sobrevivieron grupos aislados.”

La importación de cerca de 10 millones de esclavos africanos para compensar la pérdida de la mano de obra indígena – en particular en el espacio caribeño y el Nordeste brasileño -, que se aceleró entre fines del XVIII y mediados del XIX para atender la demanda europea y norteamericana de bienes como el azúcar, el café y el cacao, dio lugar a la formación de un espacio afroamericano con rasgos socioculturales y productivos característicos. Y a este se agregaron otros dos: un espacio mestizo de fuerte presencia europea, en las zonas agroganaderas de la cuenca del Plata y del centro de Chile y, por último, un vasto conjunto de regiones interiores, transformadas en zonas de refugio de población indígena, mestiza y afroamericana que se desligaba del control colonial, que retornaba a formas de producción y consumo no mercantiles.

La cultura

La crisis que hoy enfrentan las sociedades latinoamericanas en sus relaciones con el mundo natural incluye, también, la de sus visiones acerca de ese mundo y esas relaciones. En esa crisis afloran tanto las viejas contradicciones y conflictos entre las culturas de los conquistados y los conquistadores del siglo XVI como aquellas entre expropiadores y expropiados generadas por la Reforma Liberal del XIX, que reemergen hoy con el añadido de la creciente importancia que adquieren las grandes corporaciones Noratlánticas y asiáticas que pasan a ser las principales organizadoras de la explotación de los recursos naturales de la región.

En esta perspectiva, el rasgo dominante en la cultura de la naturaleza en nuestra América ha sido, y en gran medida sigue siendo, el de la fractura evidente entre las visiones de quienes dominan y quienes padecen las formas de organización de las relaciones entre las sociedades de la región y su entorno natural. Esa fractura se expresa en el conflicto, cada vez más evidente, entre una cultura dominante que ha evolucionado en torno a ideales de lucha de evidente filiación Noratlántica – como la civilización contra la barbarie, primero; del progreso contra el atraso, después, y finalmente del desarrollo contra el subdesarrollo-, y un conjunto de culturas subordinadas – sobre todo de origen indo y afroamericano – que se han desarrollado desde otras raíces y en lucha constante contra esas visiones dominantes, cuyo horizonte utópico no se ubica en el crecimiento incesante de Occidente, sino en el buen vivir que resulte de la armonía de las relaciones de los seres humanos entre sí y con su entorno natural.

En nuestra América sólo viene a conformarse una intelectualidad moderna con la expansión industrial y el desarrollo urbano característicos de la segunda mitad del siglo XX. Para la década de 1970, esa intelectualidad había generado una visión del mundo que no reconocía ya el mero crecimiento económico como evidencia de los frutos del progreso y del avance hacia la civilización a través del desarrollo. Por el contrario, expresaban una creciente inquietud por el carácter a todas luces insostenible de ese desarrollo basado en la ampliación constante de la exportación de materias primas para otras economías.

Este proceso de maduración cultural ha experimentado un creciente impulso en el siglo XXI. Desde arriba, por así decirlo, la región ha conocido un notorio crecimiento de la institucionalidad ambiental, que ha trasladado al interior de los Estados – sin resolverlo – el conflicto entre crecimiento económico extractivista y sostenibilidad del desarrollo humano. Desde abajo, la resistencia indígena y campesina a la expropiación de su patrimonio natural y la lucha por sus derechos políticos se combina con la de los sectores urbanos medios y pobres por sus derechos ambientales básicos.

En ese marco, en nuestra América viene ocurriendo un proceso de renovación intelectual en el que coinciden lo mejor de la tradición académica Occidental, los aportes a la comprensión de nuestras razones y nuestro lugar en el mundo de autores como José Martí y José Carlos Mariátegui, y el pensamiento que emerge de los nuevos movimientos sociales de la región. A partir de allí, el ambientalismo de nuestra América participa hoy, junto a los de otras regiones del mundo, en el desarrollo de campos nuevos del conocer – como la historia ambiental, la ecología política y la economía ecológica -, y su producción en todos ellos constituye, ya, parte integrante de la cultura ambiental que emerge de la crisis global.

Crecer con el mundo, para ayudarlo a cambiar

La crisis ambiental, como vemos, hace parte de una circunstancia histórica inédita en el desarrollo del moderno sistema mundial. En el caso de nuestra América, esta crisis hace parte de un período de transición en el que emergen viejos conflictos no resueltos, en el marco de situaciones enteramente nuevas, en cuyo marco todo el pasado actúa en todos los momentos del presente.

De esa síntesis emerge ya una conclusión que puede ser tan estimulante para unos como inquietante para otros, siendo ineludible para todos. En efecto, en la medida en que el ambiente es el resultado de las interacciones entre la sociedad y su entorno natural a lo largo del tiempo, si se desea un ambiente distinto será necesario crear sociedades diferentes. Este es el desafío fundamental que nos plantea la crisis ambiental, en nuestra América como en todas las sociedades del planeta. Precisamente por eso, las transformaciones, conflictos, rupturas y opciones de salida que ocurren en nuestro ordenamiento socio-ambiental en la paso del siglo XX al XXI definen también los términos de la participación de nuestra América en la crisis ambiental global, y plantean problemas que deben ser resueltos desde la región, en diálogo y concertación con el resto de las sociedades del Planeta. Crecemos con el mundo, para ayudarlo a cambiar.

 

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Socialidad y colonialidad en la cultura de la naturaleza en nuestra América

Socialidad y colonialidad en la cultura de la naturaleza en nuestra América

Guillermo Castro H.

La colonialidad – en tanto que visión del mundo dotada de un sistema de conductas acorde a su estructura – opera a través de modalidades históricas de organización de la cultura y del trabajo intelectual. En lo que hace al vínculo entre la colonialidad y el extractivismo caraterístico de las economía de nuestra América, cabe plantear dos cosas.

Una, que ese vínculo se ha expresado en nuestra cultura a través de la aceptación de una incapacidad – asumida como natural – para pensarnos, imaginarnos incluso, fuera del lugar y las funciones que nos fueron impuestos a partir de nuestra incorporaciónal proceso de formación, y las transformaciones, del mercado mundial, del siglo XVI a nuestros días. La otra, que la cultura de la naturaleza en nuestra América expresa hoy la crisis que enfrentan las sociedades latinoamericanas en sus relaciones con el mundo natural, en la medida en que el deterioro de ese sistema mundial favorece que afloren con renovada energía las viejas contradicciones y conflictos no resueltos entre las culturas de los conquistados y los conquistadores del siglo XVI; las de los expropiadores y los expropiados de la Reforma Liberal del XIX, y las que hoy enfrentan a quienes promueven la transformación del patrimonio natural de nuestras fronteras interiores en capital natural, y los que se resisten a esa transformación.

Al propio tiempo, la crisis de las visiones acerca de ese mundo y esas relaciones es, también, la de las formas de la organización de la cultura y del trabajo intelectual que permitían su reproducción constante. Y en primer lugar en esa crisis está la fractura entre las formas de organización de la cultura entre quienes dominan y quienes padecen las formas de organización de las relaciones entre nuestras sociedades y su entorno natural. Esta fractura se expresa en la coexistencia a veces pasiva, a veces antagónica, entre una cultura dominante que ha evolucionado en torno a ideales de lucha de evidente filiación Noratlántica – como la de la civilización contra la barbarie, primero; del progreso contra el atraso, después, y finalmente del desarrollo contra el subdesarrollo-, y un conjunto de culturas subordinadas – sobre todo de origen indo y afroamericano – que han desarrollado desde otras raíces visiones del un mundo en las que las relaciones de los seres humanos con la naturaleza lleguen a ser tan armónicas como las de los seres humanos entre sí.

En el origen de esta fractura se encuentra el hecho – señalado por Antonio Gramsci a comienzos de la década de 1930 -, de que las estructuras fundamentales de organización de la cultura en nuestras sociedades hasta fines del siglo XX fueron las correspondientes a “la civilización española y portuguesa de los siglos XVI y XVII caracterizada por la Contrarreforma y el militarismo”, cuyas categorías de intelectuales dominantes fueron “el clero y el ejército” – y, cabría agregar, la de los letrados al servicio de la administración colonial. Esto ayuda a entender la ausencia en nuestra América, a lo largo de los siglos XVIII y XIX, de una intelectualidad de capas medias vigorosa y bien educada, capaz de expresar el interés general de sus sociedades. Aquí, en efecto, no existieron las condiciones que permitieron en el mundo Noratlántico la actividad de pensadores como Henry David Thoreau y Ralph Waldo Emerson, o de científicos de extracción modesta como Alfred Russell Wallace que actuaran por derecho propio como interlocutores con sus pares de origen social más elevado, como Charles Darwin.

Por el contrario, nuestra cultura de la naturaleza nació y se desarrolló escindida hasta bien entrado el siglo XIX. De aquí por ejemplo, que en las grandes obras de la narrativa culta que expresan el proceso de formación de nuestras modernas identidades nacionales – desde La Vorágine, de José Eustacio Rivera y Doña Bárbara, de Rómulo Gallegos, hasta Cien Años de Soledad, de Gabriel García Márquez y La Casa Verde de Mario Vargas Llosa -, la naturaleza figura como un elemento amenazante, que finalmente escapa a todo control racional, mientras la cultura popular tiende a un tono de celebración y coexistencia respetuosa que llega a alcanzar una dramática delicadeza en lo que va de los Versos Sencillos, de José Martí, a Los Ríos Profundos, de José María Arguedas, por mencionar algunos ejemplos.

La obra de José Martí, en particular, expresa su empeño en crear las formas de organización de la cultura que demandaba la formación de un nuevo bloque histórico – en Cuba como en nuestra América -, capaz de vincular entre sí al campesinado, la población indígena, los trabajadores urbanos, los sectores emergentes de capas medias y aquellas fracciones de una vieja oligarquía en proceso de aburguesamiento que se interesaban en promover el desarrollo de mercados internos vigorosos en nuestros países. En ese empeño destaca, por ejemplo, el ensayo Nuestra América, de 1891, verdadera acta de nacimiento de nuestra contemporaneidad, en el que la naturaleza adquiere un claro carácter de categoría cultural y política, a ser construida desde la realidad que expresa.

En Martí, esa construcción tiene tres vertientes de especial importancia. Una es la crisis del liberalismo latinoamericano del último cuarto del siglo XIX, que desembocaría en el ciclo revolucionario que recorrería nuestra región entre las décadas de 1910 y 1930. La otra, el diálogo constante con la obra de autores autores como Ralph Waldo Emerson y Walt Whitman, vinculados a las mejores tradiciones democráticas de la sociedad norteamericana, durante su exilio en Nueva York entre 1881 y 1895. Y la tercera, y más importante, radica en su voluntad de trascender los límites de la racionalidad colonial, como lo expresa de manera tajante al decir que no hay entre nosotros “batalla entre la civilización y la barbarie, sino entre la falsa erudición y la naturaleza”.

En nuestra América, la intelectualidad moderna que anuncia Martí sólo viene a formarse con la expansión industrial y el desarrollo urbano característicos de la segunda mitad del siglo XX. De la década de 1970 en adelante, ya alentaban en ella visiones del mundo del mundo que no reconocían el mero crecimiento económico como evidencia de los frutos del progreso y del avance hacia la civilización a través del desarrollo. Por el contrario, expresaban una creciente inquietud por el carácter a todas luces insostenible de ese desarrollo basado en la ampliación constante de la exportación de materias primas para otras economías.

Este proceso de maduración cultural ha experimentado un creciente impulso en el siglo XXI. Desde arriba, la región ha conocido un notorio crecimiento de la institucionalidad ambiental, que ha trasladado al interior de los Estados – sin resolverlo – el conflicto entre crecimiento económico extractivista y sostenibilidad del desarrollo humano. Desde abajo, la resistencia indígena y campesina a la expropiación de su patrimonio natural y la lucha por sus derechos políticos se combina con la lucha de los sectores urbanos medios y pobres por sus derechos ambientales básicos. Esto anima el desarrollo de un ambientalismo contestatario, en el que ha ido tomando cuerpo una corriente de actividad intelectual que, desde las Humanidades como desde las ciencias y las artes, expresa lo que Enrique Leff ha llamado el “nuevo pensamiento ambiental” de la región.

Formada en lo mejor de la tradición académica Occidental, y en estrecho contacto con los nuevos movimientos sociales de la región, esa corriente ha conseguido articular el ambientalismo latinoamericano con el global por un lado, mientras por el otro lo ha hecho con los procesos de transformación política, social, cultural, ambiental y económico que están en curso en toda la región. De este modo participa hoy, junto a colegas de todo el mundo, en el desarrollo de campos y estructuras nuevos del conocer – como la historia ambiental, la ecología política y la economía ecológica -, y su producción en todos ellos constituye, ya, parte integrante de la cultura ambiental que surge de la crisis global.

En nuestra América, como vemos, la crisis ambiental hace parte de un período de transición en el que emergen nuevamente viejos conflictos no resueltos en el marco de situaciones enteramente nuevas, y va tomando forma una cultura de la naturaleza que combina reivindicaciones democráticas de orden general con valores y visiones provenientes de las culturas indígenas, afroamericanas y mestizas. Esa cultura toma forma desde el diálogo y la confrontación entre sus propios componentes, y en su enfrentamiento con políticas y visiones de fuerte impronta colonial y utilitaria. Aquí, todo el pasado actúa en todos los momentos del presente, dando lugar a un proceso de de extraordinario vigor y diversidad en la creación de opciones para garantizar la sostnibilidad del desarrollo humano en nuestra América.

En esta perspectiva, la dimensión cultural de la crisis – esto es, aquélla en que se formulan las preguntas nuevas que estimulan el desarrollo de respuestas innovadoras – no es un mero añadido a sus dimensiones ecológica, económica, tecnológica, social y política, sino la expresión más acabada de las interacciones entre todas ellas. De ella emerge ya en nuestra cultura de la naturaleza una conclusión política que puede ser tan estimulante para unos como inquietante para otros, pero que es ineludible para todos: en la medida en que el ambiente es el resultado de las interacciones entre la sociedad y su entorno natural a lo largo del tiempo, si se desea un ambiente distinto es necesario crear sociedades diferentes.

Este es el desafío fundamental que nos plantea la crisis ambiental, en nuestra América como en cada una de las sociedades del planeta. Precisamente por eso, las transformaciones, conflictos, rupturas y opciones de salida que ocurren en el ordenamiento socio-ambiental de nuestra América en la transición del siglo XX al XXI definen también los términos de la participación de nuestra América en la crisis ambiental global, y plantean problemas que deben ser resueltos desde la región, en diálogo y concertación con el resto de las sociedades del Planeta. Cambiamos con el mundo, para ayudarlo a cambiar.

Extractivismo y desarrollo (sostenible, y del otro): el caso de Panamá

Extractivismo y desarrollo (sostenible, y del otro): el caso de Panamá

Guillermo Castro H.

 

Todo proceso de trabajo tiene su origen, por remoto que sea, en la extracción y transformación de elementos naturales en recursos que puedan ser incorporados a una cadena productiva. En ese sentido, la creación de recursos mediante actividades extractivas es inherente a todo proceso productivo. Dichas actividades, por otra parte, expresan una acción racional con arreglo a fines que se lleva a cabo mediante procesos de trabajo socialmente organizados, en los que se expresa a su vez el carácter de las relaciones sociales de producción dominantes en la sociedad que los lleva a cabo. Con ello, la extracción hace parte de los procesos de interacción entre sistemas sociales y sistemas naturales, y de las consecuencias para ambos a lo largo del tiempo, que constituyen el objeto de estudio de la historia ambiental.

En esta perspectiva, aquello que hoy denominamos extractivismo designa la organización, la escala y las consecuencias que adquiere la extracción de recursos naturales en la época del desarrollo de nuestra especie en que nuestras relaciones de producción se estructuran para la acumulación incesante de capital a escala planetaria. El extractivismo, en efecto, no es un modo de producción, sino una forma de participación en el desarrollo del capitalismo correspondiente al periodo en que éste consigue operar como un mercado mundial que funciona en tiempo real, a través de una concentración y centralización del capital sin precedentes en la historia del capital. De allí que, grosso modo, el extractivismo emerja como un problema relevante en lo que algunos han venido a llamar el antropoceno, esto es, aquella época en que la acción humana sobre la naturaleza alcanza las dimensiones de una fuerza geológica.

Cabe entender, así, que el extractivismo desempeñe un papel de primer orden en el desarrollo de sociedades ubicadas en las periferias y semiperiferias del sistema mundial, en las que contribuye a generar y sostener una modalidad peculiar de formación económico social. Esa modalidad, sin embargo, no se define únicamente por su forma. Por el contrario, esa forma expresa su contenido destructivo de las relaciones socio – ambientales precedentes – de un modo que trae a memoria aquella economía de rapiña que el geógrafo francés Jean Brunhes describiera en las posesiones coloniales de su país a principios del siglo XX -, y expresa, también, su carácter de fenómeno estructurante del propio sistema mundial, a cuya formación viene contribuyendo desde el siglo XVIII al menos.

Atendiendo a lo anterior – y para utilizar una expresión de moda – el extractivismo constituye un fenómeno de orden glocal, cuya expansión tiene consecuencias que hacen parte de la crisis ambiental global. Así, cabe decir que, si bien el extractivismo no ha sido un factor relevante en el desarrollo histórico de la sociedad panameña, si ha incidido en su desarrollo dentro del marco más amplio del sistema mundial, en la medida en que el Corredor Interoceánico de Panamá ha desempeñado y desempeña un importante papel en la circulación del capital en el mercado mundial desde fines del siglo XVI.

El cumplimiento de ese papel a lo largo de cuatro siglos llevó al desarrollo de una formación económico social que el historiado panameño Alfredo Castillero Calvo llamó “transitista” en la década de 1973. Ella se caracteriza por cuatro rasgos principales: el monopolio del tránsito interoceánico por una sola ruta – a diferencia de lo ocurrido en el Istmo antes de la Conquista europea, cuando ese tránsito discurría por media docena de rutas -; el control de esa ruta por una autoridad estatal, extranjera o nacional; la organización territorial del Estado y la economía en función de las necesidades del tránsito, y la concentración de los beneficios del tránsito así organizado por la clase que controla el Estado que así lo gestiona.

La profundidad y solidez de las bases que sostienen a la formación transitista se expresa en el hecho de que sus características fundamentales no variaron con la transferencia del control del tránsito interoceánico del Estado norteamericano al Estado nacional panameño. Hoy, sin duda, ese Estado controla el Canal: lo que cabe indagar es quién controla al Estado, y cuál es la racionalidad que orienta el ejercicio de ese control.

La respuesta a esa pregunta puede ser simple, pero no sencilla. En efecto, a lo largo del siglo XX el Canal operó en Panamá como un dispositivo de la economía interna de los Estados Unidos. La transferencia de la vía al Estado panameño significó, también, la inserción de la misma en la economía interna del país, con dos consecuencias especialmente relevantes. La primera consistió en una aceleración sin precedentes del desarrollo del capitalismo en Panamá; la segunda, en la formación de un importante complejo de servicios globales en torno al Canal, que a su vez incrementó la demanda de agua, energía, materiales de construcción y otros recursos provenientes del resto del país, ampliando y profundizando la huella ambiental del Corredor Interoceánico sobre el conjunto del territorio nacional.

En ese marco, la administración estatal panameña de la vía interoceánica se ha caracterizado por dos propósitos principales. El primero ha consistido en incrementar la eficiencia en la operación de la vía interoceánica para incrementar su productividad y generar ingresos al Estado por el orden de un billón de dólares por año. El segundo, en incrementar esa capacidad de operación mediante la construcción de nuevas esclusas de dimensiones mucho mayores que las heredadas de la administración norteamericana, mediante una inversión que ronda los cinco billones de dólares.

La decisión de ampliar el Canal coincidió con la fase ascendente del tránsito de alimentos y materias primas asociado a la expansión del extractivismo en nuestra América, y lo hizo en más de un sentido. La ampliación, en efecto, incrementará la demanda de agua para el funcionamiento del Canal en una escala que amenaza con entrar en contradicción con la demanda para consumo humano del 50% de la población del país, que reside en las ciudades terminales del Corredor Interoceánico y depende del mismo sistema hídrico para su abastecimiento.

La solución prevista por el Estado consiste en extraer agua de otros ríos para trasvasarla a la Cuenca del Canal, ampliando la huella ambiental de la vía interoceánica y generando conflictos socio ambientales de consecuencias imprevisibles entre la población de las cuencas que se verán afectadas. Nos aproximamos, así, al momento en que un extractivismo sui generis obligue a la sociedad panameña a reconocer los límites de la capacidad de los ecosistemas del Istmo para sostener la expansión del transistismo.

El extractivismo creó el tránsito, y bien podría ocurrir que devore finalmente a su criatura. El caso de Panamá – un país sin tradición minera ni petrolera, en el que la economía de plantación ha tenido una importancia marginal – comprueba, así, el carácter sistémico del transitismo.

Dado ese carácter, ya resulta evidente que la operación sostenida del Canal dependerá cada vez más de la creación de las condiciones indispensables para la sostenibilidad del desarrollo de la especie humana en Panamá, y en el mundo entero. Encarar esto demandará, en términos políticos, reconocer que – siendo el ambiente el resultado de las intervenciones humanas en la naturaleza -, la creación de un ambiente distinto requerirá de la creación de una sociedad diferente, si de la sostenibilidad del desarrollo de la especie humana en el Istmo se trata.

Identificar los términos de esa diferencia, y los modos de construirla, representa el mayor desafío cultural y político que enfrenta la sociedad panameña en su historia. No estará sola, pues este es también el desafío mayor de nuestra especie en el planeta entero si desea sobrevivir. Para nosotros, para todos, el tiempo de cambiar o perecer llega ya, está llegando.