Bugaba, Panamá: conflicto ambiental y ecología política

Bugaba: conflicto ambiental y ecología política

Guillermo Castro H.

En Panamá, la población de Bugaba, en Chiriquí – camino a la frontera con Costa Rica – se ha movilizado en protesta por la concesión de aguas para una hidroeléctrica, que podría amenazar el abastecimiento de la nueva planta potabilizadora que está siendo construida para esa comunidad a un costo de 46 millones de Balboas, y tiene ya un 90% de adelanto. Estamos aquí frente a un caso típico de conflicto ambiental. Dos actores sociales distintos (la comunidad y una empresa hidroeléctrica) aspiran a hacer usos distintos y potencialmente excluyentes del agua que provee una misma cuenca.

Este ya no es un problema meramente técnico. Es un problema de ecología política, en el que está involucrado directamente un tercer actor clave, el Estado, que hasta ahora se ha entendido por separado con las dos partes interesadas, a traves de agencias distintas.

Aquí, la política hidroenergética estatal efectivamente existente favorece a la empresa. La política de salud y la ambiental, que no están formuladas con igual claridad, ni cuentan con promotores de la capacidad la Secretaría de Energía, debe favorecer a la comunidad.

Favorecer no significa excluir, sino otorgar prioridad al interés de una parte sobre el de la otra. En este caso, lo justo y sensato sería limitar el acceso de la empresa al agua, salvaguardando en primer término los intereses de la comunidad y la demanda de los ecosistemas de la cuenca.
Si una vez restados esos caudales el agua no alcanza para hacer rentable a la hidroeléctrica, no debería haber lugar para ella en la cuenca.

Estas conflictos podrían ser evitados si se contara con un plan de manejo integrado de cada cuenca, formulado por las propias comunidades con apoyo técnico del Estado. Nada más son 52 cuencas, y los recursos necesarios para elaborar esos planes son mucho menores que los despilfarrados en la politiquería electoral.

La participación de todos en las cosas de todos es la clave de la democracia. ¿De qué sirve una Junta Comunal que no esté en capacidad de planificar el uso de los recursos que la propia comunidad requiere, y de supervisar en serio el uso de esos recursos? Cada vez hace más falta desarrollar nuestras capacidades para someter la gestión pública al control social. Ese es, sin duda, un factor clave para crear un ambiente distinto mediante la construcción de una sociedad diferente.

Y esto es más importante que nunca para el país. Al cabo de 15 años de crecimiento económico con inequidad social y degradación ambiental, estamos llegando al momento de plantear la necesidad de iniciar la transición hacia el desarrollo sostenible. El principal factor de impulso a esa transición, por ahora, son las luchas de las comunidades de todo el país por el acceso a condiciones ambientales básicas para una vida digna: agua, saneamiento, ausencia de contaminación, seguridad. Gracias a los bugabeños por su aporte a esa lucha, que aclara las cosas y alienta a otros a sumarse a difícil transición desde el crecimiento económico hacia un desarrollo que merezca ser llamado sostenible por lo humano que llegue a ser.

Educación ambiental comunitaria: algunas ambigüedades, algunas precisiones

Educación ambiental comunitaria: algunas ambigüedades, algunas precisiones

Guillermo Castro H.

A Eloísa Tréllez, al Sur, y a Isabelita Martínez, al centro de nuestra América

Hay términos cuya ambigüedad los hace especialmente apreciados en el ámbito de los organismos internacionales. Uno de ellos es el de “comunidad”, que ahora ingresa al debate sobre el desarrollo sostenible proclamando las virtudes de la educación ambiental comunitaria. Eso es bueno, en cuanto indica la necesidad de acercar la educación ambiental a las realidades y necesidades de quienes deben encararlas cada día. Aun así, para que eso contribuya a resolver los problemas que intenta ayudar a resolver, siempre será útil comprender el alcance del término “comunidad” en nuestras sociedades, y el lugar que esas estructuras sociales ocupan en el proceso de desarrollo del capitalismo en nuestros países.

Asumiendo el término en su acepción más frecuente, el planteamiento puede referirse, por ejemplo, a comunidades indígenas y campesinas que están en riesgo de perder el control sobre su entorno debido a la expansión de empresas extractivistas; a comunidades recientes o ya consolidadas de pobres urbanos que demandan condiciones básicas de vida, como agua, saneamiento y energía; a comunidades de capas medias urbanas que buscan preservar y valorizar su patrimonio amenazado por la especulación inmobiliaria, o a comunidades empresariales que aspiran a ampliar y consolidar su dominio sobre los recursos naturales y los servicios ambientales de una región determinada. Por diferentes que puedan parecer, todos estos casos se relacionan entre sí en cuanto expresan la aspiración de cada uno al control de lo que percibe como su entorno vital.

Verlo así ayuda a entender que la educación ambiental comunitaria emerge como necesidad ante la expansión y el incremento – en el marco del proceso de crecimiento económico sostenido con inequidad creciente y degradación ambiental – de los conflictos que surgen cuando sectores sociales distintos aspiran a hacer usos excluyentes de los recursos de un mismo ecosistema. En esa circunstancia, la educación ambiental debe asumir el conflicto como objeto de análisis, y encarar la necesidad de vincularse al mismo como elemento que facilite la mutua comprensión entre las partes, sea para descubrir juntos la posibilidad de un acuerdo, sea para entender que no hay acuerdo posible.

Vista así, la educación ambiental más eficaz es la que consigue operar a través de las redes y organizaciones sociales ya existentes en la comunidad, haciendo de lo ambiental parte de una agenda colectiva más amplia. En efecto, la complejidad del problema demanda fomentar el diálogo y el intercambio de experiencias entre todas las partes involucradas, en busca de identificar elementos de interés general para todos, más allá del conflicto inmediato que los ha puesto en confrontación.

La formación de redes de educadores o de organizaciones dedicadas a la educación tiene una indudable utilidad para este propósito, en cuanto contribuye a vincular a las propias comunidades entre sí para el intercambio de experiencias, la identificación de necesidades, aspiraciones y objetivos comunes, y el fomento de actividades que permitan transformar experiencias diversas en conocimiento colectivo. Aquí, por ejemplo, tiene gran importancia estimular el diálogo de saberes, que vincule a las experiencias comunitarias con las de la comunidad científica, en un proceso de aprendizaje compartido.

Con una salvedad: siempre será útil recordar que una educación para el desarrollo sostenible, como la ambiental, entrará en contradicción más temprano o más tarde con la educación para el crecimiento económico sostenido dominante en nuestros países. En ese sentido, quienes se dediquen a la educación ambiental debe estar preparados para enfrentar el dilema político que subyace a esa actividad: que, siendo el ambiente el producto de una modalidad socialmente determinada de relación de la sociedad con la naturaleza, si se desea un ambiente distinto será necesario crear una sociedad diferente. Porque aquí, a fin de cuentas, está la divisoria entre las comodidades de la ambigüedad, y las dificultades de la lucha por transformar la realidad.

Del óptimo ambiental y el ambiente como objeto de política

Del óptimo ambiental y el ambiente como objeto de política

Guillermo Castro H.

El ambiente es el producto – previsto o imprevisto – de las interacciones entre sistemas naturales y sistemas sociales. Esas interacciones ocurren mediante procesos de trabajo organizados con arreglo a propósitos socialmente determinados. De aquí cabe afirmar que cada sociedad produce un ambiente que les característico, en cuanto expresa las relaciones sociales y las aspiraciones culturales que han normado su producción. Esto incluye, también, a la visión de la propia naturaleza dominante en esa sociedad, en los términos planteados por Donald Worster al señalar que “aquello que entendemos como naturaleza es un espejo ineludible que la cultura sostiene ante su medio ambiente, y en el que se refleja ella misma.”[1]

Lo esencial, aquí, consiste en que la historia de cada sociedad está íntimamente asociada a la formación y las transformaciones del ambiente que crea para su propio desarrollo. Al respecto – y asumiendo el término “desarrollo” en su sentido de proceso de formación, transformaciones y muerte de todo organismo viviviente – cabe señalar también que, a lo largo de tal proceso, cada sociedad alcanza en un determinado momento un óptimo ambiental, de equilibrio inestable entre sus demandas y las capacidades del medio natural para satisfacerlas. La ruptura de ese equilibrio, por necesidad transitorio, liquida el óptimo ambiental e inaugura una época de crisis y transición hacia formas nuevas de interacción entre la especie humana y su entorno.

Desde la perspectiva de la historia ambiental, el concepto de óptimo ambiental puede constituirse en una valiosa herramienta de periodización. Todo sugiere que el haber rebasado ese óptimo contribuyó, por ejemplo, al hundimiento de la civilización teotihuacana, como al de la medieval europea en el curso del siglo XIV. Todo indica, también, que la civilización contemporánea ya rebasó su propio óptimo, al imponer a la biosfera una demanda de recursos superior a la capacidad de renovación de los ecosistemas de cuya salud depende la de la economía que se sustenta en ella.

El concepto tiene que ser elaborado con mayor riqueza, sin duda, vinculando entre sí – por ejemplo – los aportes de la historia ambiental, la economía ecológica, la ecología política y, sin duda, la ecología moral que nos proponen autores como Leonardo Boff. Esa es una tarea que ya está de hecho en la agenda del nuevo pensamiento ambiental latinoamericano. Y siendo una tarea cultural, tiene la mayor importancia política.

La humanidad entera se encuentra ante la necesidad de pasar del crecimiento sostenido al desarrollo sostenible. El problema que esa transición plantea, sin embargo, no consiste en hacer sostenible una modalidad de desarrollo económico que ya ha superado su óptimo ambiental, sino en garantizar la sostenibilidad del desarrollo de la especie que somos mediante el paso a una relación de los seres humanos con la biosfera que sea tan armónica como las que guarden los diferentes grupos humanos entre sí.

El problema de la sostenibilidad del desarrollo de la especie humana, en efecto, sólo encontrará solución en la medida en que se entienda que si deseamos un ambiente distinto debemos crear una sociedad diferente. Si la política, como dicen algunos, es el arte de lo posible, conceptos como el de óptimo ambiental nos ayudan a entender que el papel de la cultura consiste en contribuir a hacer posible lo que la biosfera nos impone como necesario. El cambio de la imagen que nos devuelva el espejo de Worster nos dirá si hemos logrado hacer lo que realmente hace falta hacer.

Panamá, abril de 2015.

[1] “The Two Cultures Revisited: Environmental History and the Environmental Sciences”, en Environment and History 2 (1996), 3 – 14, The White Horse Press, Cambridge, UK. Traducción de Guillermo Castro H.

Crisis, ambiente, cultura. Nota sobre los desafíos de la sostenibilidad para las ciencias sociales y las Humanidades.

Crisis, ambiente, cultura. Nota sobre los desafíos de la sostenibilidad para las ciencias sociales y las Humanidades. [i]

Guillermo Castro H.

Para Bárbara Göbel, en Berlín

Suele decirse que las comparaciones son odiosas. Esto carece de sentido, si el tema del que se trata es el de los estudios culturales. Aquí, como en toda ciencia, la comparación es un procedimiento elemental de indagación y aprendizaje. Si es utilizada de manera adecuada, puede conducir a valiosas generalizaciones que nos permitan comprender cada vez mejor los procesos de formación y transformación del mundo en que vivimos. Lo que sin duda es odioso es la generalización sin fundamento, del tipo “todos los panameños son irresponsables”, o “todos los norteamericanos (o europeos) son racistas”, etc.

Como procedimiento de indagación, la comparación funciona a partir de valores culturales que son por necesidad distintos en distintas sociedades. En ese sentido, por ejemplo, cabe distinguir la historial ambiental latinoamericana de la historia ambiental de América Latina. La historia ambiental de América Latina puede y debe ser objeto de comparaciones construidas a partir de todas las culturas que puedan interesarse en ella, incluidas por supuesto las de nuestra región. La historia ambiental latinoamericana estudia, desde nuestra cultura, la historia de los ambientes creados por nuestras sociedades, o por las de otras regiones del mundo. Así como se hace historia ambiental de América Latina desde la cultura Noratlántica, se puede y se debe hacer historia ambiental latinoamericana de los ambientes Noratlánticos, o asiáticos, o africanos.

Aquí, el problema fundamental para la colaboración entre investigadores de distintas culturas consiste en la construcción conjunta de problemas comunes. Esto implica, por supuesto, asumir y trascender la influencia – formal y no formal – de las asimetrías inherentes a la formación misma del moderno sistema mundial en las prácticas culturales. Se trata de un problema cuya complejidad apenas empezamos a entrever a partir de los procesos de sustitución de los antiguos sistemas coloniales por Estados nacionales, y la inserción de éstos en el (entonces) novedoso sistema internacional, en pie de igualdad con las metrópolis de su pasado inmediato, entre las décadas de 1950 y 1970. Esos procesos abrieron un complejo – y finalmente inconcluso – proceso de transición entre la dominación sin más entre el liberalismo colonial y sus posesiones, y nuevas formas de hegemonía en las que una parte relevante de aquellas tareas de dominación y control pasó a ser ejercida por las élites de los nuevos Estados emergentes, en estrecha asociación con los nuevos organismos del sistema internacional – desde el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, hasta la UNESCO, la FAO y finalmente el PNUD.

Hoy, como se ha dicho reiteradamente en nuestra región desde mediados de la década de 1990, nos encontramos inmersos en un cambio de épocas, que a primera vista se expresa como una época de cambios. Ese cambio de épocas – al que algunos llaman una crisis de civilización – opera a través de un proceso de transición iniciado formalmente a partir de la estructura básica de organización política del statu quo ante, la Guerra Fría, y prolongado hasta nuestros días a través de una crisis cada vez más vasta y compleja del sistema internacional en su capacidad para convencer, y de los propios Estados nacionales para encara mediante el consenso sus propias dificultades en todas las regiones del planeta.

Ese proceso de transición no sólo se expresa en la formación de problemas de un tipo nuevo y más complejo. Además, genera nuevas posibilidades de traer de vuelta al análisis de esos problemas ideas y propuestas de interpretación elaboradas cuando la época que está en proceso de cambio estaba aún en proceso de formación. Tal es el caso, por ejemplo, de los aportes de quienes formularon los primeros llamados de alerta ante los resultados no deseados del incremento en la capacidad humana para intervenir en los sistemas naturales entre las décadas de 1850 y 1879, desde George Perkins Marsh hasta Federico Engels. Tal, también, el de quienes buscaron formular de manera nueva el planteamiento de los problemas de orden teórico derivados de esa nueva complejidad en la relación de los humanos con su entorno a lo largo de las primeras décadas del siglo XX, como el geoquímico Vladimir Vernadsky con su aporte a los conceptos de biosfera y noosfera, y los geógrafos Jean Brunhes y Carl Sauer, con su exploración del impacto social de las formas más brutales de intervención humana en la naturaleza a través de una “economía de rapiña”, y del vínculo entre lo social y lo natural – entre los hábitos y el hábitat – en la producción de su ambiente por los humanos, y la formación de sus paisajes característicos.

La recuperación de esos aportes en el marco de los problemas históricos – esto es, económicos, sociales, políticos, culturales y ambientales –de nuestro tiempo, nos lleva hoy a trascender el viejo marco liberal de análisis centrado en formaciones estatales nacionales, para encarar de lleno al sistema mundial en su etapa global como una red de nodos regionales y locales que interactúan entre sí de un modo que confirma, en el plano de las Humanidades, la ley de la interdependencia universal de los fenómenos formulada en la segunda mitad del siglo XIX. Hoy, por ejemplo, la historia ambiental puede ser entendida como la historia general de la Humanidad, que asume como su objeto mayor el vínculo entre la biosfera y la noosfera como nicho producido por nuestra especie para su desarrollo. Hoy, también, se hace posible una nueva exploración de nuestros pasados recientes, que desborda y desafía las viejas periodizaciones construidas por el liberalismo a partir de la secuencia Estado – Economía – Sociedad – Cultura, para construir otras, a partir de los vínculos entre las distintas modalidades de participación de las diversas sociedades humanas en el proceso de formación – y en las transformaciones – del moderno sistema mundial.

Desde la perspectiva que así emerge, la crisis ambiental global es más que la suma de las crisis regionales y locales, del mismo modo que éstas no se reducen a las expresiones en un nivel inferior de los problemas que aquejan a la Humanidad en su conjunto en un plano superior. Al respecto, siempre cabe recordar que, como observara Carlos Marx en una carta a Federico Engels en 1858, la “misión particular de la sociedad burguesa es el establecimiento del mercado mundial, al menos en esbozo, y de la producción basada sobre el mercado mundial”, añadiendo enseguida que en lo fundamental esa tarea había sido completada con la colonización de California y Australia, y la incorporación a dicho mercado de China y Japón.[ii] Cada una de las zonas y regiones incorporadas a ese nuevo mercado mundial – empezando por las propias sociedades Noratlánticas que constituyeron su núcleo de origen -, contaba ya en el siglo XVI con un pasado que operaba en su presente y contribuía a modelar sus opciones de futuro en todos los planos de la vida social.

Así, las modalidades de participación de nuestra América en la crisis ambiental global expresa el resultado de modalidades de desarrollo humano que se remontan al menos por 12 mil años, aunque haya sido a partir de la incorporación del Nuevo Mundo a la formación del mercado mundial en el siglo XVI que vinieron a producirse las circunstancias específicas de esa participación. Esto se expresa tanto en la presencia de estructuras socioculturales de muy larga duración en el espacio indoamericano, como en la formación de espacios nuevos, afroamericanos y mestizos, en otros ámbitos de la región. Y se expresa también en la creación de las vastas fronteras interiores de regiones como la Amazonía, la Orinoquia, el Atlántico Mesoamericano y el Chocó biogeográfico, convertidas hoy en fronteras de recursos sometidas a complejos y a menudo violentos procesos de transformación de su patrimonio natural en capital natural.

Como vemos, el desafío que la crisis contemporánea plantea a las ciencias sociales y las Humanidades en nuestras sociedades va mucho más allá de reproducir en la periferia las agendas y las normas de calidad propias de las culturas del centro del sistema mundial. En aquel centro como en esta periferia, por el contrario, ese desafío consiste en superar el viejo trívium positivista de organización del conocimiento en ciencias naturales, ciencias sociales y Humanidades – gestado entre 1850 y 1950 al decir de Immanuel Wallerstein – si deseamos ofrecer a la cultura contemporánea la capacidad de dar cuenta del desarrollo integral de nuestra especie en su interacción con el conjunto de la biosfera. En las primeras fases de este proceso, el viejo trívium positivista se descompone a través de la formación de campos nuevos del saber como la historia ambiental, la ecología política y la economía ecológica, que sin embargo son apenas tanteos en el vasto campo de indagación que se abre con la transición entre épocas en que estamos inmersos.

En esa transición, de lo que se trata es de pasar de una cultura construida en torno al ideal del crecimiento económico incesante – como lo estuvo la Medieval en torno al ideal de la Salvación-, a otra organizada en torno a las necesidades que plantea el desarrollo de la especie que somos, que sólo será sostenible por lo humano que llegue a ser. Esto no es poca cosa, en cuanto implica ir más allá del marco conceptual y de valores en que nos hemos formado, en busca de otro en el que llegue a ser evidente hasta para un niño que toda ciencia es natural, como toda ciencia natural es una construcción social. Y debemos encarar este desafío, en cuanto la otra opción consiste en ver incrementarse el riesgo de nuestra extinción, que prive otra vez al Universo de la presencia de aquella forma suprema de organización de la materia, que le permitió una vez pensarse a sí misma.

[i] Texto elaborado a partir de una conversación con Bárbara Göbel, del Ibero Amerikanisches Institut de Berlín. Ciudad del Saber, Panamá, 9 de febrero 2015.

[ii] Y agregaba: “Lo difícil para nosotros es esto: en el continente [europeo] la revolución es inminente y asumirá también de inmediato un carácter socialista. ¿No estará destinada a ser aplastada en este pequeño rincón, teniendo en cuenta que en un territorio mucho mayor el movimiento de la sociedad burguesa está todavía en ascenso?” Marx a Engels. Londres, [8 de octubre de] 1858. Apud. Dobb, Maurice (1977): Marx como Economista. Editorial Nuestro Tiempo, México, p. 106. Fuente original: Marx, Engels (1957): Correspondencia. Editorial Cartago, Buenos Aires.

Todo el pasado. Nota sobre el alcance histórico de la crisis ambiental en nuestra América.

Todo el pasado. Nota sobre el alcance histórico de la crisis ambiental en nuestra América.

Guillermo Castro H.

La crisis ambiental que hoy encara nuestra América hace parte, sin duda, de la que aqueja a todo el moderno sistema mundial, anunciando su transición a otro que será por necesidad distinto, para mejor o para peor. En nuestra América, esa transición general adopta modalidades específicas, que resultan de la interacción de tres procesos históricos distintos, estrechamente vinculados entre sí.

Uno, de muy larga duración, corresponde al legado de las modalidades de interacción con el medio natural desarrolladas por los humanos en el espacio americano – en particular en Mesoamérica, el Altiplano andino y la Amazonía – a lo largo de al menos 15,000 años anteriores a la Conquista europea de 1500 – 1550. Otro, de duración media, corresponde al control europeo del espacio latinoamericano entre los siglos XVI y XVIII, mediante la creación de sociedades tributarias sustentadas en formas de organización no capitalistas – como la comuna indígena, el mayorazgo feudal y la gran propiedad eclesiástica -, que ingresaron en un proceso de descomposición a lo largo del período 1750 – 1850. Y el tercero, de corta duración, corresponde al desarrollo de formas capitalistas de relación entre los sistemas sociales y los sistemas naturales entre 1870 – 1970, hasta ingresar desde 1980 a un proceso de crisis aún en curso, en la que emergen viejos conflictos no resueltos, en el marco de situaciones enteramente nuevas.

Tal es el caso de la resistencia indígena y campesina a la incorporación a la economía de mercado del patrimonio natural existente en las regiones interiores de nuestra América, que hasta hace poco han tenido relaciones marginales con la economía de mercado, y que albergan enormes reservas de recursos minerales, forestales, hídricos, energéticos y de tierras aptas para la agricultura. Y tal es, también, el caso de la lucha de los nuevos habitantes urbanos – que constituyen el 80% de la población total – por el acceso a condiciones ambientales básicas para la vida, como el agua potable, la disposición de desechos, la energía y el aire libre de contaminación.

Cabe decir, atendiendo a lo anterior, que la mayor dificultad para comprender el carácter y el alcance de la crisis ambiental que encara nuestra América radica en el modo en que en ella operan todos los tiempos del proceso histórico que la ha generado, como en el período de transición que esa crisis inaugura. Aquí, en efecto, todo el pasado actúa en todos los momentos del presente, de un modo que no puede sino recordar lo planteado por Antonio Gramsci en cuanto a que

toda fase histórica real deja huella de sí en las fases posteriores, que en cierto sentido llegan a ser su mejor documento. El proceso de desarrollo histórico es una unidad en el tiempo, por el cual el presente contiene todo el pasado, y en el presente se realiza del pasado todo lo que es “esencial”, sin residuo “incognoscible” que sea la verdadera “esencia”.[1]

En este panorama va tomando forma una cultura de la naturaleza que combina reivindicaciones democráticas de orden general con valores y visiones provenientes de las culturas indígenas, las afroamericanas, y las de una intelectualidad de capas medias cada vez más vinculada al ambientalismo global. Esa cultura, en lo más elaborado de sí, se expresa en campos del saber como la ecología política, la economía ecológica, la historia ambiental y la ecología moral, desde los cuales enfrenta a políticas estatales a menudo asociadas a los intereses de organismos financieros internacionales, y a complejos procesos de búsqueda de acuerdos sobre problemas ambientales globales en el sistema interestatal. Aquí, la razón técnica que alegan las políticas estatales se enfrenta a la legitimidad histórica y cultural de los movimientos que las confrontan, hasta dejar en evidencia que, siendo ambiente es el resultado de las interacciones entre la sociedad y su entorno natural a lo largo del tiempo, si se desea un ambiente distinto es necesario crear sociedades diferentes. Este es el desafío fundamental que nos plantea la crisis ambiental, en América Latina como en cada una de las sociedades del planeta.

[1] “Economía e ideología.” Textos de los Cuadernos de 1929, 1930 y 1931. En Antología. Selección, traducción y notas de Manuel Sacristán. Siglo XXI Editores, 1999 (1970), 278.

Nota sobre el ambientalismo panameño

Nota sobre el ambientalismo panameño en el segundo decenio del siglo XXI

Guillermo Castro Herrera

Para Francisco Herrera, que entiende de estas cosas, y las dice

El movimiento ambientalista panameño inició su proceso de formación a mediados de la década de 1980, asociado tanto a la formación de una agenda ambiental global – que tendría su primera expresión en el Informe Brundlandt y su demanda de un desarrollo que fuera sostenible, en 1987 – como a las responsabilidades ambientales que se derivaban del Tratado Torrijos Carter, sobre todo en lo relativo a la gestión de la cuenca del Canal. En lo más general, ese movimiento ha tenido una diversidad de virtudes en nuestro país: ha insistido en llamar la atención sobre cosas realmente importantes, que van más allá del mezquino interés cotidiano propio de nuestra vida política; ha logrado conectar nuestros problemas locales con los que afectan a la Humanidad entera; ha contribuido a enriquecer nuestra identidad nacional, resaltando la importancia de nuestros ecosistemas para nosotros mismos y para la biosfera; ha enriquecido la agenda social, resaltando el componente ambiental de las luchas reivindicativas de los pobres del campo y de la ciudad, y ha ido dando forma, así sea primaria, a una cultura ambiental nacional.

Con todo ello, también, nuestro ambientalismo ha aportado un importante respaldo cultural y moral a la formación de una institucionalidad ambiental, y a la demanda de que los responsables de la misma rindan cuenta a la sociedad sobre el desempeño de sus funciones. Por otra parte, ese movimiento ha tenido algunas limitaciones propias de la sociedad de la que emergió. Así, por ejemplo, ha tendido a ser legalista, en correspondencia con el carácter leguleyo de nuestra cultura; ha tendido a ser cientificista, en correspondencia con el legado positivista del liberalismo criollo, y ha tendido a buscar legitimidad y amparo en acuerdos y organizaciones internacionales, en correspondencia con la debilidad de su incidencia en la cultura política nacional. Todo esto se expresa en algunos rasgos característicos de nuestros debates sobre problemas ambientales, que suelen carecer de profundidad histórica y de una base

científica realmente sólida – tanto en lo que hace a las ciencias naturales como, sobre todo, a las que se ocupan del papel de la naturaleza en el desarrollo económico. Así, mientras tienden con frecuencia a idealizar un pasado inmóvil, no les resulta sencillo proponer futuros alternativos viables.

Con todo, esta caracterización se refiere a una fase inicial – que quizás, por cierto, culminó ya, sin que nos hallamos percatado de ello -. En efecto, el ambientalismo que describimos tomó forma a lo largo del proceso de incorporación del Canal de Panamá a la economía interna del país. Ese proceso tuvo dos consecuencias mayores. Por un lado, catapultó al país en la economía global, sobre todo en su función de plataforma de servicios para la circulación del capital en el mercado mundial. Por el otro, aceleró y diversificó de manera casi súbita el desarrollo del capitalismo en Panamá, generando una creciente contradicción entre un crecimiento económico depredador y un mercado emergente de servicios ambientales – en particular aquellos relacionados con el agua, la biodiversidad y la provisión de energía.

Esa contradicción, a su vez, adquirió una primera expresión política en la resistencia de las comunidades indígenas y campesinas a la incorporación forzada de sus área de patrimonio natural a las demandas del crecimiento depredador, así como en las crecientes demandas de condiciones ambientales indispensables para una vida digna – como el acceso al agua y al saneamiento – por parte de las comunidades urbanas pobres, con lo cual las luchas sociales pasaron a incorporar demandas ambientales, y a traducirse en conflictos socio-ambientales.

El programa original del Estado para organizar y ordenar el mercado de servicios ambientales mediante la creación de una Autoridad Nacional del Ambiente y la elaboración de las dos primeras Estrategias Nacionales Ambientales, durante las Administraciones de Ernesto Pérez Balladares, Mireya Moscoso y Martín Torrijos, se vio paralizado por el predominio del crecimiento depredador como política de Estado durante la Administración de Ricardo Martinelli.

El intento de recuperar aquella iniciativa mediante un esfuerzo renovado de institucionalización y profesionalización de la Autoridad Nacional de Ambiente ocurre, sin embargo, en una circunstancia en la que los conflictos socio – ambientales tienden a agudizarse y generalizarse cada vez más, ganando en complejidad y desbordando los marcos de referencia para su manejo diseñados a lo largo de la primera década del siglo XXI.

En el plano global, por su parte, el incremento de los problemas ambientales a escala planetaria coincide con la decreciente capacidad del sistema internacional para la construcción de consensos útiles, al tiempo que los nuevos movimientos sociales estimulan con sus luchas una renovación del pensamiento y la política ambientales, que cuestiona en la teoría como en la práctica lo que ese sistema representa y postula. En esta compleja circunstancia, nuestro ambientalismo original de capas medias deberá encarar – debe hacerlo, lo está haciendo – los desafíos de su propia politización, incluyendo el de los límites de sus tradiciones legalista y cientificista. No le queda otra opción, pues tiene tanto el deber de preservar sus logros y sus aportes de ayer, como el de crecer con los nuevos movimientos sociales, para ayudarlos a crecer en su capacidad para conocerse y ejercerse en los marcos más amplios de su sociedad, y del mundo.

Se ha repetido mucho ya que no estamos en una época de cambios, sino en un cambio de épocas. En una circunstancia así, es bueno tener presente que, siendo el ambiente el resultado de las intervenciones de las sociedades humanas en la naturaleza, si deseamos un ambiente distinto tendremos que construir una sociedad diferente. Comprender, asumir y ejercer las responsabilidades que un problema así planteado implica es, hoy por hoy, la tarea mayor del ambientalismo panameño.

 

La educación ambiental, y la otra educación

La educación ambiental, y la otra educación

Guillermo Castro Herrera

 En su momento, el educador ambiental panameño Kleber De Lora lo expresó con la mayor de las claridades: la educación ambiental, dijo, es la educación. Y al escucharlo, se oía en el fondo el ruido, pequeño pero constante, de los guijarros que iban cayendo del muro de la modernidad.

De eso se trata, a fin de cuentas: de que no vivimos en una época de cambios, en la que se puede añadir lo ambiental como una materia más a la educación existente, sino en un cambio de épocas, donde la incorporación de lo ambiental como problema fundamental para el desarrollo de nuestra especie pone en cuestión a toda la educación que ha contribuido – y contribuye – a la creación de ese problema.

De la cristiandad acá – o de la Conquista acá, que es lo mismo si el asunto lo vemos desde nuestra América – hemos vivido otros cambios de época, y de la educación que había ayudado a crear aquellas épocas. En la Edad Media, por ejemplo, toda la cultura y buena parte de la vida se organizaba en torno a los problemas de la salvación del alma, en sociedades que tenían más fe en la llegada del Juicio Final de la que algunos tienen hoy en la existencia del cambio climático. En esas sociedades, por lo mismo, toda la educación se organizaba en torno a la disciplina que se ocupa del problema de la salvación, que es la teología. Aquella educación, como se recuerda, se estructuró en dos componentes fundamentales: el trívium – integrado por las ciencias de la razón: gramática, dialéctica y retórica -, y el quatrivium, que reunía a las ciencias que hacía uso de la razón así educada: aritmética, geometría, astronomía y música.

Entre 1450 y 1650 – el siglo XVI “largo” de que hablara Fernand Braudel -, se produjo un cambio de época, en el que el problema de la salvación fue desplazado por el de la ganancia como objetivo fundamental de la existencia y de la vida en sociedad. En el mismo proceso, la teología fue siendo desplazada de su lugar central en la organización de la cultura por otra disciplina, la economía, que se ocupa de los problemas de la ganancia a través de la promoción del crecimiento económico sostenido. Al ocurrir esto, fue la idea de que se vivía en la naturaleza, como parte de una misma Creación – y de la observación y reflexión sobre la naturaleza en el intento de comprender nuestro lugar y nuestras funciones en esa Creación-, fue desplazada por otra: la de que era justo y necesario vivir de la naturaleza, como lo era prosperar a cuenta del trabajo de otros seres humanos.

            Y en el mismo proceso, también, se produjo una vasta reorganización de los campos y las formas del saber, que para mediados del siglo XIX daba lugar a la creación de un trívium positivista, integrado por las ciencias naturales, las sociales y las Humanidad, que se convirtió rápidamente en quatrivium con la adición de las ingenierías. A lo largo de esa reorganización, la naturaleza resultó expulsada de los ámbitos de las ciencias sociales y las Humanidades, para quedar constreñida al de las ciencias naturales, donde se la estudiaba para conocerla de un modo que permitirá a las ingenierías dominarla de manera cada vez más completa y productiva.

Desde sus orígenes, por otra parte, ese proceso ha tenido lugar a través del diálogo y la interacción entre los ámbitos del Estado – incluyendo el sistema interestatal -, de la empresa capitalista, y de los trabajadores intelectuales directa e indirectamente ligados al quehacer educativo. La comunidad – sea lo que se entienda por tal – nunca ha tenido un papel relevante en ese diálogo, ni una interacción relevante con ninguna de sus partes en materia educativa, salvo en lo que hace al derecho de recibir servicios de la educación así concebida y organizada desde arriba, cuando no desde afuera, a través de las agencias internacionales de financiamiento del desarrollo.

El orden mundial que generó para sí ese sistema educativo es el que está en crisis en el marco del cambio de épocas que atravesamos hoy. El destino a que nos conduce ese cambio aún es sin duda incierto, pero el problema fundamental que nos plantea se define con claridad cada vez mayor. Ese problema es el de la sostenibilidad del desarrollo de la especie humana, ante los riesgos evidentes que se derivan de las modalidades de organización de ese proceso que han sido dominantes del siglo XVI acá, y que ha llegado a extremos particularmente destructivos en la transición del XX al XXI.

Aquí es necesaria una precisión. Los problemas ambientales que padece hoy nuestra especie no son de origen natural, sino cultural. Ellos resultan de las modalidades de relación con el mundo natural que han caracterizado y caracterizan a las modalidades de desarrollo adoptadas por nuestra especie del siglo XVI a nuestros días. Esas modalidades, en efecto, conducen inevitablemente a una combinación de crecimiento económico con deterioro social y degradación ambiental que alcanza grados extremos en la crisis actual, sociedad por sociedad, región por región, cada una en sus propios términos, pero sin excepciones en un sistema mundial que vincula inexorablemente el destino de todas.

La lección que se deriva de esto no puede ser más sencilla: siendo el ambiente el resultado de las modalidades de interacción entre los sistemas sociales y los sistemas naturales que caracterizan a una determinada época histórica, si deseamos un ambiente distinto debemos crear una sociedad diferente. Desde esa disyuntiva se definen todo el potencial y todos los desafíos que encara la educación ambiental en todas sus expresiones.

En efecto, sólo merecerá su nombre en la medida en que sea una educación para la sostenibilidad del desarrollo de la especie humana, organizada a partir de una visión integrada de las relaciones entre los sistemas sociales y los sistemas naturales, mediante formas de interacción entre ambos correspondientes al potencial de armonía de cada uno. Pero deberá ganarse ese derecho actuando en el marco de sistemas educativos que no están diseñados para cambiar el mundo, sino para conservarlo organizado como está. Para decirlo con palabras del Papa Francisco, se trata de un conflicto entre el tiempo que anuncia la educación ambiental, y el espacio que modela la otra educación.

En una situación así, la idea de vincular la educación ambiental a los procesos de formación y desarrollo de comunidades humanas – vecinales, laborales, sociales, culturales – conscientes de sí mismas y del interés general de sus integrantes, y capaces de ejercerse como interlocutores del Estado y de las comunidades que expresan los intereses de los sectores dominantes tiene la mayor importancia. La educación ambiental, en efecto, tiene un importante papel que cumplir en la tarea de dotar a las comunidades del conocimiento necesario para comprender mucho mejor sus propios entornos, y ganar el control sobre esos entornos el control del que hoy carecen.

Por otra parte, el cumplimiento de esa tarea, desde adentro y desde abajo, permitirá a la educación ambiental renovarse y forjarse en el diálogo con los protagonistas de la realidad que ella debe contribuir a transformar. De ella ha de resultar que se acelere el avance en la creación de formas nuevas de organización del saber y de la cultura, que sinteticen y trasciendan lo que el trívium y el quatrivium positivistas fragmentaron.

En esta labor, los latinoamericanos hemos venido aportes de importancia cada vez mayor desde fines del siglo XX. La conciencia de la necesidad de un abordaje interdisciplinario de los problemas de nuestra realidad, tal como la expresara Rolando García, se traduce en logros de creciente relevancia en el fomento de campos nuevos del saber como la historia ambiental, la ecología política y la economía ecológica que, a la luz de los aportes de Paulo Freire y la Teología de la Liberación, facilitan el encuentro y el diálogo entre los trabajadores manuales e intelectuales de nuestra América, que entienden que no hay ya entre nosotros batalla entre la civilización y la barbarie sino “entre la falsa erudición y la naturaleza”, como lo advirtiera José Martí en 1891.

Es en el marco de esa batalla, en efecto, donde se aprecia mejor el vínculo mayor entre la educación ambiental y el contexto de crisis en que ella encuentra su razón de ser en nuestra América Latina a comienzos del siglo XXI. En ese vínculo encuentra la educación ambiental, también, los medios de que dispone para ejercer esa razón, y enriquecerla. Porque no estamos a fin de cuentas ante un problema técnico, sino ante uno claramente político, como es el de encontrar los medios y los modos de avanzar con los cambios de la época, para guiarlos hacia objetivos superiores de desarrollo humano y alejar y neutralizar los riesgos terribles que esos cambios, librados a la espontaneidad de la crisis que expresan, pueden plantear a la sobrevivencia misma de nuestra especie.

 

América Latina: cultura, ambiente y sociedad en una época de transición

América Latina: cultura, sociedad y ambiente en una época de transición

Guillermo Castro H.

Fundación Ciudad del Saber, Panamá.

Conferencia ofrecida en el Congreso Anual 2014 de la Asociación Alemana de Investigación sobre América Latina, 2014, dedicada al tema Naturalezas Globalizadas – perspectivas latinoamericanas.

Berlín, 26 al 28 de junio de 2014

 

Quisiera expresar en primer término mi aprecio a la Fundación Konrad Adenauer y a ADLAF por la oportunidad que me ofrecen de participar en este encuentro, que aborda un tema de tanta importancia como es la valoración de la naturaleza de nuestra América en el marco de la crisis ambiental que hoy aqueja al sistema mundial. Quisiera, también, agradecer a Susanne Klengel por la paciente y oportuna orientación que supo brindarme para el planteamiento que quiero compartir con ustedes hoy.

En lo más esencial, deseo referirme al papel que desempeña en la crisis ambiental aquello que en nuestra América llamamos la cultura de la naturaleza, esto es, las formas en que los conflictos y las afinidades que definen la identidad de nuestras sociedades se expresan en la valoración que hacemos de nuestro entorno natural, en los modos de conocerlo, y en el papel del mismo en nuestra historia y nuestras vidas. Deseo hacerlo, además, desde la perspectiva de la historia ambiental, que se dedica al estudio de las interacciones entre los sistemas sociales y los sistemas naturales a lo largo del tiempo, mediante procesos de trabajo socialmente organizados, y de las consecuencias que esa interacción tiene para ambos.

La historia ambiental aborda esas interacciones a partir detres niveles de análisis interdependientes entre sí. El primero se refiere a los procesos de formación y las transformaciones del medio biogeofísico; el segundo, a la tecnología productiva y sus condiciones sociales de uso para la reorganización de ese medio, y el tercero, al papel de la cultura y las instituciones en la definición de nuestras formas de relación con la naturaleza.

Este abordaje, en apariencia sencillo si su objeto de análisis es una comunidad campesina, plantea singulares problemas cuando se trata es de una región de 22 millones de kilómetros cuadrados, poblados por unos 600 millones de habitantes, de los cuales cerca del 80% reside en áreas urbanas – que incluyen megaciudades como México, Sao Paulo, Buenos Aires y Rio de Janeiro -, y que desde mediados de la década de 1990 se ha constituido en la más importante frontera de recursos en la economía global. En esa región coinciden hoy una circunstancia perversa de crecimiento económico con degradación ambiental y una persistente inequidad social, junto al vigoroso desarrollo de un pensamiento ambiental nuevo, vinculado a tres fuentes principales: la tradición de reflexión sobre los problemas económicos y sociales de la región, en desarrollo desde fines del siglo XVIII, que anima hoy a entidades como la Comisión Económica para América Latina y el Caribe; la presencia de una intelectualidad estrechamente vinculada a la trama cada vez más densa del ambientalismo global, y los nuevos movimientos sociales del campo y de las periferias urbanas, que despliegan una lucha tenaz en la defensa de sus derechos de acceso a recursos naturales y a un ambiente sano y digno, que les permita vivir bien.

La historia ecológica de América se remonta a la formación del istmo de Panamá hace unos cuatro millones de años, que vinculó físicamente a las grandes masas que hoy conocemos como Norte y Suramérica, separadas de Pangea 200 millones de años antes. Ese espacio alberga una vasta y compleja diversidad de ecosistemas, que van desde desiertos extremadamente secos hasta bosques tropicales muy húmedos, y desde humedales marino – costeros hasta altiplanos de cuatro mil metros de altura, que albergan enormes reservas de recursos hídricos, minerales, energéticos, forestales, de biodiversidad y de tierra cultivable.

Dentro de ese tiempo mayor y esos espacios mayores, nuestra historia ambiental opera a partir de la presencia humana en el espacio americano, a lo largo de tres tiempos distintos, que se subsumen el uno en el otro hasta conformar el proceso mayor que nos ocupa. El primero corresponde a la larga duración de la presencia humana en el espacio americano, que se remonta a entre 30 y 15000 años, en cuyo marco, antes de la Conquista europea del siglo XVI, nuestra especie conoció un proceso de desarrollo aislado del resto de sus semejantes en Eurasia y África, que dio lugar a una amplia diversidad de experiencia culturales, desde las formas más elementales de organización social primitiva hasta la creación de complejos núcleos civilizatorios en Mesoamérica y el Altiplano andino.

El segundo tiempo, de mediana duración, corresponde al período de desarrollo integrado con el del resto de la especie humana, que se inicia con el control europeo del espacio latinoamericano a partir del siglo XVI. Ese control operó hasta mediados del siglo XIX a partir de la creación de sociedades tributarias sustentadas en formas de organización económica no capitalistas – como la comuna indígena, el mayorazgo feudal y la gran propiedad eclesiástica -, para desintegrarse entre 1750 y 1850, a partir de los conflictos generados por el interés de las Monarquías española y portuguesa en incrementar la renta colonial de sus posesiones americanas, primero, y después por el de los grupos dominantes en esas posesiones por asumir esa tarea en su propio beneficio mediante la Reforma Liberal, que creó los mercados de tierra y de trabajo necesarios para abrir paso a formas capitalistas de organización de las relaciones de las nuevas sociedades nacionales con su entorno natural.

El tercer tiempo, finalmente – de duración menor pero intensidad mucho mayor en lo que hace a sus consecuencias ambientales-, se extiende entre 1870 – 1970, y corresponde al proceso de plena integración de la región al moderno mercado mundial. Ese proceso tuvo una expansión sostenida a lo largo de la mayor parte del siglo XX, bajo formas de organización muy diversas, desde el peonaje semi servil de las explotaciones oligárquicas hasta la creación de enclaves de capital extranjero y de mercados protegidos para empresas estatales, hasta desembocar en el agotamiento de lo que el geógrafo chileno Pedro Cunill llamó ”la ilusión colectiva de preservar a Latinoamérica como un conjunto territorial con extensos paisajes virtualmente vírgenes y recursos naturales ilimitados”.

Ninguno de estos procesos se agota en sí mismo.Por el contrario, cada uno aporta premisas y consecuencias que contribuyen a definir el desarrollo del siguiente. Así, la interacción entre el tiempo anterior a la Conquista europea y el tiempo creado por ésta a partir de su vasto impacto demográfico, social, político – cultural y ambiental, dio lugar a la formación de cuatro cuatros grandes áreas etnoculturales, de significativa importancia en la crisis actual.

Una de ellas tiene un claro carácter indoamericano, al que contribuyeron tanto la feudalidad de la cultura de los conquistadores como aquellos rasgos de la organización política prehispánica en las áreas nucleares de Mesoamérica y los Andes que facilitaron la dominación colonial.La importación de esclavos africanos para el desarrollo de economías de plantación en el espacio caribeño y el Nordeste brasileño , por su parte, dio lugar a la formación de un espacio afroamericano con rasgos socioculturales y productivos característicos. Y a este se agregaron un espacio mestizo de fuerte presencia europea, en las zonas agroganaderas de la cuenca baja del Plata y del centro de Chile, y un vasto conjunto de regiones interiores que sirvieron como zonas de refugio de población indígena, mestiza y afroamericana que se desligaba del control colonial y retornaba a formas de producción y consumo no mercantiles.

 

La cultura

La crisis que hoy enfrentan las sociedades latinoamericanas en sus relaciones con el mundo natural incluye, también, la de sus visiones acerca de ese mundo y esas relaciones. Aquí, el rasgo dominante en la cultura latinoamericana de la naturaleza ha sido, y en gran medida sigue siendo, el de la fractura entre las visiones de quienes dominan y quienes padecen las formas de organización de las relaciones entre las sociedades de la región y su entorno natural.

Esta contradicción se expresa en la coexistencia usualmente pasiva, a veces antagónica, entre una cultura dominante que ha evolucionado en torno a ideales como la lucha de la civilización contra la barbarie, primero; del progreso contra el atraso, después, y finalmente del desarrollo contra el subdesarrollo, y un conjunto de culturas subordinadas que coinciden en una visión animista del mundo natural, y se han desarrollado en lucha constante contra esas visiones dominantes. Así, en las grandes obras de la narrativa culta que expresan el proceso de formación de las modernas identidades nacionales – desde La Vorágine y Doña Bárbara, hasta Cien Años de Soledad y La Casa Verde -, la naturaleza figura como un elemento amenazante, que finalmente escapa a todo control racional. Por contraste, la cultura popular tiende a encarar las relaciones con la naturaleza desde un tono de celebración, de gran delicadeza en la música de autores como el dominicano Juan Luis Guerra, o de comunión con ella en escritores como el peruano José María Arguedas.

La gran excepción en este panorama escindido se encuentra, sin duda alguna, en la obra de José Martí, en cuyas expresiones más acabadas – sobre todo en el ensayo Nuestra América, de 1891, verdadera acta de nacimiento de nuestra contemporaneidad – la naturaleza adquiere un claro carácter de categoría cultural y política, a ser construida desde la realidad que expresa. Aun así, la obra de Martí está estrechamente asociada a su diálogo con la cultura norteamericana de la naturaleza, expresada en autores como Ralph Waldo Emerson y Walt Whitman, durante su exilio en Nueva York entre 1881 y 1895.

Al respecto, aquí ha desempeñado un importante papel el hecho de que las estructuras fundamentales de organización cultural en las sociedades latinoamericanas hasta comienzos del siglo XX fueron las correspondientes a la Contrarreforma y el militarismo español y portugués de los siglos XVI y XVII, cuyas categorías de intelectuales dominantes fueron las del clero, el ejército y los letrados vinculados al servicio de la administración estatal y la gran propiedad terrateniente. Así, durante los siglos XVIII y XIX resalta en nuestra América la ausencia de una intelectualidad de capas medias vigorosa y bien educada, capaz de expresar el interés general de sus sociedades, del tipo de la que conocieran las sociedades Noratlánticas, y que permitiera a a científicos de extracción modesta como Alfred Russell Wallace actuar por derecho propio como interlocutores con pares de origen social más elevado, como Charles Darwin.

La moderna intelectualidad latinoamericana viene a conformarse con la expansión industrial y el desarrollo urbano característicos de la segunda mitad del siglo XX. Para la década de 1980, su visión del mundo no reconocía ya el mero crecimiento económico como evidencia de los frutos del progreso y del avance hacia la civilización a través del desarrollo, y expresaba una creciente inquietud por el carácter a todas luces insostenible de ese desarrollo basado en la ampliación constante de la exportación de materias primas para otras economías.

Este proceso de maduración cultural ha experimentado un creciente impulso en el siglo XXI. Desde arriba, la región ha conocido un notorio crecimiento de la institucionalidad ambiental, que ha trasladado al interior de los Estados – sin resolverlo – el conflicto entre crecimiento económico extractivista y sostenibilidad del desarrollo humano. Desde abajo, la resistencia indígena y campesina a la expropiación de su patrimonio natural y la lucha por sus derechos políticos se combina con la de los sectores urbanos medios y pobres por sus derechos ambientales básicos.

En ese marco, ha ido tomando cuerpo en América Latina una corriente de actividad intelectual que, desde las Humanidades como desde las ciencias y las artes, expresa lo que Enrique Leff ha llamado el “nuevo pensamiento ambiental” de la región. Formada en lo mejor de la tradición académica Occidental, y en estrecho contacto con los nuevos movimientos sociales de la región, esa intelectualidad ha conseguido articular el ambientalismo latinoamericano con el ambientalismo global, y con los procesos de transformación política, social, cultural, ambiental y económico que están en curso en toda la región.

Uno de sus voceros más característicos, el teólogo brasileño Leonardo Boff, ha expresado así la sustancia fundamental de esa relación:

“Hasta el momento presente, el sueño del hombre occidental y blanco, universalizado por la globalización, era dominar la Tierra y someter a todos los demás seres para así obtener beneficios de forma ilimitada. Ese sueño, cuatro siglos después, se ha transformado en una pesadilla.[…]Por eso, se impone reconstruir nuestra humanidad y nuestra civilización mediante otro tipo de relación con la Tierra […] para conseguir que perduren las condiciones de mantenimiento y de reproducción que sustentan la vida en el planeta. Eso solo ocurrirá si rehacemos el pacto natural con la Tierra y si consideramos que todos los seres vivos, portadores del mismo código genético de base, forman la gran comunidad de vida. Todos ellos tienen valor intrínseco y son por eso sujetos de derechos.”

Y añade enseguida la siguiente enumeración de lo que llama “los derechos de la Madre Tierra”:

“el derecho de regeneración de la biocapacidad de la Madre Tierra;el derecho a la vida de todos los seres vivos, especialmente de aquellos amenazados de extinción; el derecho a una vida pura, porque la Madre Tierra tiene el derecho de vivir libre de contaminación y de polución; el derecho al vivir bien de todos los ciudadanos; el derecho a la armonía y al equilibrio con todas las cosas; el derecho a la conexión con el Todo del que somos parte.”

 Esta intelectualidad participa hoy en el desarrollo de campos nuevos del conocimiento – como la historia ambiental, la ecología política y la economía ecológica -, y su producción en todos ellos constituye, ya, parte integrante de la cultura ambiental que surge de la crisis global.

 Crecer con el mundo, para ayudarlo a cambiar

La crisis ambiental hace parte de una circunstancia inédita en el desarrollo del moderno sistema mundial, que expresa un cambio de época antes que una época de cambios. En nuestra América, esto da lugar a un período de transición en el que emergen nuevamente viejos conflictos no resueltos, en el marco de situaciones enteramente nuevas, y emerge una cultura de la naturaleza que combina reivindicaciones democráticas de orden general con valores y visiones provenientes de las culturas indígenas, afroamericanas y mestizas, y de una intelectualidad de capas medias cada vez más estrechamente vinculada al ambientalismo global.

Esa cultura toma forma tanto desde el diálogo y la confrontación entre sus propios componentes, como en su contraposición a políticas estatales a menudo estrechamente asociadas a los intereses de organismos financieros internacionales, y a complejos procesos de búsqueda de acuerdos sobre temas ambientales en el sistema interestatal. En este proceso de transición, todo el pasado actúa en todos los momentos del presente, de modo que la legitimidad técnica que alegan las políticas estatales se enfrenta a la legitimidad histórica y cultural de los movimientos que las confrontan, dando lugar a un proceso de creación de opciones de desarrollo de gran vigor y diversidad.

En esta perspectiva, la dimensión cultural de la crisis no es un mero añadido a sus dimensiones ecológica, económica, tecnológica, social y política, sino la expresión más acabada de las interacciones entre todas ellas. De esas interacciones aflora ya en nuestra cultura de la naturaleza una conclusión que puede ser tan estimulante para unos como inquietante para otros, pero que es ineludible para todos: que siendo el ambiente el resultado de las interacciones entre la sociedad y su entorno natural a lo largo del tiempo, si se desea un ambiente distinto es necesario crear sociedades diferentes.

Identificar esa diferencia, y los modos de ejercerla, es el desafío fundamental que nos plantea la crisis ambiental, en América Latina como en cada una de las sociedades del planeta. Precisamente por eso, las transformaciones, conflictos, rupturas y opciones de salida que emergen en el ordenamiento socio-ambiental latinoamericano en la transición del siglo XX al XXI definen también los términos de la participación de nuestra América en la crisis ambiental global, y plantean problemas que deben ser resueltos desde la región, en diálogo y concertación con el resto de las sociedades del Planeta.

Crecemos con el mundo, para ayudarlo a cambiar en dirección a la utopía de Boff, que nos define.

 

Muchas gracias

 

América Latina: una crisis en tres tiempos

América Latina: una crisis en tres tiempos

Guillermo Castro H.

A primera vista, la crisis ambiental que encara hoy América Latina recuerda a la que conoció la Europa Noratlántica a comienzos del siglo XIX, como consecuencia de la primera Revolución Industrial: una combinación de crecimiento económico con deterioro social y degradación ambiental, expresada en la sobrexplotación de recursos naturales, la expansión urbana desordenada y la contaminación masiva del aire, el agua y los suelos. Hay, sin embargo, diferencias evidentes de escala, tiempo, cultura y función en el desarrollo del moderno sistema mundial que desbordan esta comparación.

Aquella Europa tenía en su núcleo fundamental – conformado por Inglaterra, Francia y Alemania – una población de unos 60 millones de personas, que habitaban un territorio de algo más de un millón y cuarto de kilómetros cuadrados. Esa Revolución Industrial, además, se concentraba en aquel núcleo europeo – desde donde se expandiría a la América Noratlántica -, y desde allí contribuía a acelerar el proceso de organización del primer mercado de escala mundial en la historia de la especie humana, estructurado en una relación de centro – periferia con respecto a la América Latina, África y Asia. Nuestra región cuenta hoy con casi 600 millones he habitantes – de los cuales cerca del 80% reside en áreas rurales -, distribuidos en una superficie de algo más de 21 millones de kilómetros cuadrados.

Aun así, existen vinculaciones de origen y destino entre aquel ayer y nuestro presente, en cuanto ambos forman parte del camino que condujo a la creación del primer mercado mundial en el historia de nuestra especie, y a la primera crisis ambiental global, directamente asociada a las formas de organización de los intercambios de los seres humanos entre sí y con su entorno natural común, en el marco de ese mercado. En lo que respecta a la América Latina, esa vinculación está asociada a un presente en el que interactúan los aporte de tres procesos históricos distintos, interdependientes entre sí:

 

  • Uno, de muy larga duración, que expresa las modalidades de interacción con el medio natural desarrolladas a lo largo de la ocupación humana del espacio americano – en particular en Mesoamérica, el Altiplano andino y la Amazonía – a lo largo de al menos 15,500 años de desarrollo anterior a la Conquista europea de 1500 – 1550.
  • Otro, de mediana duración, corresponde al período de control europeo del espacio latinoamericano, que opera hasta el siglo XVIII a partir de la creación de sociedades tributarias sustentadas en formas de organización económica no capitalistas – como la comuna indígena, el mayorazgo feudal y la gran propiedad eclesiástica -, que se descompone a lo largo del período 1750 – 1850.
  • El tercer período, de corta duración, se extiende a lo largo del período 1870 – 1970, y corresponde al desarrollo de formas capitalistas de relación entre los sistemas sociales y los sistemas naturales de la región, hasta ingresar de 1980 en adelante en un proceso de crisis y transición aún en curso.

 

En esta transición emergen nuevamente viejos conflictos no resueltos, en el marco de situaciones enteramente nuevas. Tal es el caso, por ejemplo, de la resistencia indígena y campesina a la incorporación a la economía de mercado del enorme patrimonio natural existente en las regiones interiores que sólo conocieron en forma nominal el control europeo de la región, y que hoy albergan enormes reservas de recursos minerales, forestales, hídricos, energéticos y de tierras aptas para la agricultura. Tal es también, el de la lucha constante de los nuevos habitantes urbanos – sobre todo de origen indígena y campesino – por el acceso a condiciones ambientales básicas para la vida, como el agua potable, la disposición de desechos y el aire libre de contaminación.

En este panorama, a su vez, va tomando forma una cultura de la naturaleza que combina reivindicaciones democráticas de orden general con valores y visiones provenientes de las culturas indígenas, las afroamericanas, y de una intelectualidad de capas medias cada vez más estrechamente vinculada al ambientalismo global. Esa cultura toma forma tanto desde el diálogo y la confrontación entre sus propios componentes, como en su enfrentamiento con políticas estatales a menudo estrechamente asociadas a los intereses de organismos financieros internacionales, y de complejos procesos de búsqueda de acuerdos sobre temas ambientales en el sistema interestatal.

En este doble proceso de transición, todo el pasado actúa en todos los momentos del presente. La legitimidad técnica que alegan las políticas estatales se enfrenta a la legitimidad histórica y cultural de los movimientos que las confrontan, dando lugar a un proceso de creación de opciones de desarrollo de extraordinario vigor y diversidad. La mejor conclusión que se puede adelantar en este momento consiste en lo siguiente: en la medida en que el ambiente es el resultado de las interacciones entre la sociedad y su entorno natural a lo largo del tiempo, si se desea un ambiente distinto es necesario crear sociedades diferentes. Este es el desafío fundamental que nos plantea la crisis ambiental, en América Latina como en cada una de las sociedades del planeta.

 

 

Del desarrollo como metáfora, y la sostenibilidad como problema.

Del desarrollo como metáfora, y la sostenibilidad como problema.

Guillermo Castro H.

 

Cuando de una concepción se pasa a otra, el lenguaje precedente permanece,

pero se usa metafóricamente. Todo el lenguaje se ha convertido en una metáfora

y la historia de la semántica es también un aspecto de la historia de la cultura:

el lenguaje es una cosa viva y al mismo tiempo un museo de fósiles de una vida pasada.

Antonio Gramsci, Cuadernos de la Cárcel, 2 (1930 – 1932), p. 150.

Ediciones ERA, México, 1984.

 

Poco se dice del desarrollo sostenible que vaya mucho más allá de la necesidad de encontrar alguna solución duradera a los graves conflictos que hoy aquejan a las relaciones de las sociedades humanas entre sí, con sus propios integrantes, y con su entorno natural. Y es que, en efecto, el mayor de los desafíos que encara el desarrollo sostenible sigue siendo de orden conceptual. En este terreno, las Humanidades nos ayudan a comprender mejor el lugar que ocupa este desafío en el proceso mayor que algunos han llamado “la historia natural de la especie humana”, a partir del importante papel que desempeñan las metáforas en la formación del conocimiento científico.

La metáfora, en efecto, posee la capacidad de combinar simultáneamente a múltiples significados no excluyentes entre sí, como lo hace José Martí al decir de su verso que es “como un puñal / que por el puño echa flor” y al mismo tiempo “un surtidor / que da un agua de coral”. Esto permite a la metáfora aludir a aquellos factores de incertidumbre que nutren las situaciones de malestar en la cultura, facilitando así el paso de la intuición a la certeza, y de ésta a la acción humana. 

En esta tarea, la metáfora suele operar mediante intercambios de muy diverso orden entre campos distintos de la cultura y el conocimiento. Así, por ejemplo, la comprensión básica de nuestras relaciones de el mundo natural se ve facilitada cuando tomamos en préstamo una relación sociocultural para aludir a la naturaleza como una madre generosa que trabaja para sostener a sus hijos, pero que puede también someterlos a duro castigo si éstos abusan de ella. Y, a la inversa, la noción de desarrollo – heredera de las de civilización y progreso, y de los fósiles correspondientes a la vida pasada de la que surgieron – opera a partir de una apropiación metafórica, por parte de las ciencias sociales, de un concepto proveniente de la biología, que designa el proceso de formación, maduración y muerte de los organismos vivientes.

La metáfora, sin embargo, alude y elude a un tiempo el sentido más profundo de aquello que señala. Así, al atribuir a la naturaleza en su conjunto la capacidad de trabajar que caracteriza nuestra especie puede distorsionar nuestro conocimiento del mundo natural. Igualmente, al excluir del desarrollo como categoría social y económica la muerte del organismo que se desarrolla, puede llevarnos a atribuir un carácter natural a hechos que en realidad corresponden a creaciones culturales, limitando la posibilidad de comprender las contradicciones que los animan. De hecho, el desarrollo sostenible alude al agotamiento de aquella visión del mundo que, entre las década de 1950 y 1970, sintetizó en el desarrollo (sin adjetivos) la esperanza de que el progreso técnico y sus frutos llegaran a toda la Humanidad, de modo que el crecimiento económico sostenido garantizara bienestar social y participación política crecientes para todos, pero elude al mismo tiempo referir ese concepto particular a las condiciones históricas específicas que le dieron forma.

En verdad, el desarrollo del que se trata es el de nuestra especie a lo largo de los últimos cien mil años en su doble y simultánea dimensión biológica y sociocultural. Sus problemas incluyen, por supuesto, aquellos que se derivan de las condiciones creadas por ese proceso en el curso de los últimos cinco siglos – y del XX en particular –, desde el extraordinario crecimiento de nuestro número hasta la formación de una primera comunidad mundial de los humanos, el despliegue de formas masivas de intervención en la naturaleza y de niveles de producción material y contaminación sin precedentes, y el hecho de que las modalidades de relación social y de organización de la cultura que hicieron posible todo esto han venido a entrar en contradicción creciente con las necesidades y demandas – humanas justamente – que se derivan de esos resultados.

Lo ilegítimo aquí – esto es, lo eludido en la metáfora – consiste en confundir ese proceso general con cualquiera de las formas históricas puntuales que han contribuido a su despliegue, o han terminado por distorsionarlo y aun bloquearlo. Visto así, todo apunta al problema político de decidir si aún cabe subordinar el desarrollo humano a la preservación del capitalismo – una forma histórica de organización de las relaciones sociales que ya conspira incluso contra sus bases naturales de sustentación -, o si por el contrario ha llegado la hora de encarar de la manera más decidida la construcción de aquellas formas nuevas de socialidad que mejor se correspondan con el pleno aprovechamiento de las enormes conquistas que ha logrado nuestra especie en materia de ciencia y tecnología.

Asumir esta disyuntiva obliga a trascender la metáfora del desarrollo sostenible, para pasar del problema sin solución de preservar una forma histórica particular del desarrollo humano, a encarar la necesidad de encontrar y construir las formas nuevas que hagan viable ese desarrollo en el futuro. Hoy, en suma, ya resulta evidente que nuestro desarrollo será sostenible por lo humano que sea, o no será, y que ese carácter tiene y tendrá su expresión más clara en nuestras capacidades para la cooperación solidaria. Haber llegado a esta disyuntiva constituye quizás el mayor de nuestros logros como especie. La forma en que la encaremos definirá no solo nuestro destino, sino además el del Planeta en que ha tenido lugar nuestra existencia.

 

Panamá, noviembre 2014