Conversando con Margarita: formación y transformaciones de los ambientalismos latinoamericanos

Conversando con Margarita: formación y transformaciones de los ambientalismos latinoamericanos

Momentos de un diálogo sobre el ambientalismo latinoamericano con Margarita Marino de Botero, una de sus pioneras, en su Colegio Verde de Villa de Leyva, Colombia, hacia mediados de 2015.[1]

 

Guillermo Castro H.

 

Reflexión 1

El siglo XX estuvo lleno de barbarie, de guerras e injusticias, y al propio tiempo vio las más trascendentales revoluciones teóricas, tecnocientíficas y sociales de todos los tiempos. Esto último incluyó el inicio del gran debate global sobre los límites de la biosfera y del desarrollo sostenible. ¿Cuál de las tendencias que han participado de ese debate considera usted tuvo alguna o mucha trascendencia, en que ámbito?  ¿ cual sería para usted la corriente del  pensamiento ambiental más acertada hoy?

 

En mi opinión, uno de los frutos más importantes de ese debate ha sido el desarrollo del nuevo pensamiento ambiental latinoamericanos. No es fácil apreciar esto en toda su dimensión. Hay múltiples circunstancias que llevan a subestimar la trascendencia del ambientalismo latinoamericano en las tareas de investigación, reflexión, conciecianción, educación y movilización que demanda la crisis global de las relaciones de nuestra especie con el entorno natural. La primera y más importante de esas circunstancias consiste en la organización misma del sistema que organiza esas relaciones a escala planetaria.

Como sabemos, los principales centros generadores de información y opinión sobre este tema se concentran en la región Noratlántica desde la cual se constiutyó ese sistema. Los aportes de otras regiones – las llamadas periféricas, o subdesarrolladas, o en vías de desarrollo, si se desea ser más gentil –, como Asia, África y nuestra América tienden a menudo a ser subestimadas en los circuitos internacionales, pese a la enorme diversidad y riqueza de su producción intelectual y sus experiencias.

En este conjunto periférico, nuestra América tanto por la diversidad de sus formaciones económico sociales como por el carácter multicultural de sus sociedades. Además, y en particular, se distingue por lo temprano de la constitución de sus Estados nacionales – culminada hacia 1925, mientras Africa y Asia culminarían ese proceso entre las décadas de 1950 y 1960 -, y del debate en torno a las relaciones entre la sociedad y su entorno natural al interior de los mismos.

Desde la publicación en 1845 del Facundo. Civilización y Barbarie, de Domingo Faustino Sarmiento hasta la de Laudato Si’, de Francisco, el primer Papa latinoamericano, hay una larga acumulación cultural, ideológica y política en la que operan visiones y tendencias antagónicas. Esa acumulación espera por el historiador que la sistematice en una visión de conjunto de la formación y las transformaciones de la cultura de la naturaleza en nuestra América.

Aun así, esa tradición de pensamiento y experiencia ha venido aportando desde mediados del siglo XX ideas, conceptos e iniciativas de política que han enriquecido y enriquecen de manera directa e indirecta el desarrollo del ambientalismo a escala mundial. Conviene recordar que nuestra América fue capaz de abrir a debate los vínculos entre el medio ambiente y los estilos de desarrollo en esta región, con aportes de un importante conjunto de especialistas ya en 1980, siete años antes de que fuera dado a conocer el llamado Informe Brundlandt y la comunidad internacional decidiera que había llegado la hora de acotar el desarrollo con el adjetivo de “sostenible”.

Me aprece lamentable, en todo caso, que no hayan ocurrido nuevas ediciones de aquel libro fundador – Estilos de Desarrollo y Medio Ambiente en América Latina, coordinado por el economista Osvaldo Sunkel y el agrónomo Nicolo Gligo -, y que al día de hoy sea tan poco conocido entre nuestro movimiento ambientalista. Aun así, el desarrollo de nuestra cultura de la naturaleza ha dado de si entre fines del siglo XX y comienzos del XXI un nuevo pensamiento ambiental latinoamericano que trasciende las viejas barreras levantadas por el positivismo liberal entre los distintos campos del saber – ciencias naturales, sociales y Humanidades – para abrir espacio a nuevos abordajes de la realidad, mucho más integrales, como la ecología política, la economía ecológica y la historia ambiental.

 

Reflexión 2

La evidencia científica de que estamos destruyendo la posibilidad de vida en la tierra es muy reciente.  Pasa lo mismo con los riesgos de los cambios climáticos extremos. Hasta ahora no se ha logrado trasmitir esa urgencia a la sociedad. ¿Cual considera usted es el impedimento para popularizar  y generalizar los conocimientos científicos en nuestras sociedades?  ¿De qué depende la conciencia y la responsabilidad ambiental ciudadana, de ver la vida de una manera más ensamblada y dependiente con la suerte del planeta?

 

El problema esencial es muy sencillo, por complejas que sean sus manifestaciones. El ambiente, como sabemos, es el resultado de las intervenciones humanas en el mundo natural mediante procesos de trabajo socialmente organizados. Por lo mismo, si deseamos un ambiente distinto, tendremos que construir sociedades diferentes, en las que el extractivismo y la Raubwirtschaft – la economía de rapiña, caracterizada por el geógrafo francés Jean Brunhes a comienzos del siglo XX – pasen de ser una norma a convertirse en una aberración.

Aquí, el desarrollo del que se trata es el de nuestra especie. Hoy, ese desarrollo se ve amenazado por la primera economía organizada a escala mundial en la historia de nuestra especie, ha cuyo propósito fundamental es garantizar su propio crecimiento sostenido. Así, el conflicto entre el crecimiento sostenido de la acumulación de capital, y desarrollo sostenible de la especie humana, a pasado a ser el aspecto principal de la contradicción entre el capital y el trabajo a escala planetaria.

Es natural, en una situación así, que los sectores que puedan sentirse amenazados por una transformación radical de nuestras formas de relación con la naturaleza generen iniciativas de resistencia que van desde la negación pura y simple del deterioro ambiental, hasta la reducción de la visión de ese deteriorioro a una escala que alimente ilusiones de solcuión sin verdadera transformación. Es el caso de la reducción de la crisis global del ambiente a su dimensión climática; de ésta, asu dimensión tecnológica y ésta, finalmente, a su dimensión financiera. Así, veinte años de negociaciones nos dejan a todos, otra vez, a la puerta del banco y con el sombrero en la mano.

Esa resistencia conservadora es el principal obstáculo para un cambio en la conciencia y la acción ciudadanas. Aun así, esa resistencia puede manipular la realidad, pero no puede cambiarla. La voluntad y la movilización para el cambio social dependerá cada vez más del desarrollo de los nuevos movimientos sociales, rurales y urbanos, que desde su situación local y regional sufren y perciben en la práctica los efectos del vínculo entre el poder y el ambiente. Desde esos movimientos, trabajando con ellos y para ellos, se vienen generando ya espacios nuevos de trabajo intelectual que contribuyen a vincularlos entre sí y con el ambientalismo global. La clave del problema, en este terreno, está en un abordaje desde una ecología política bien sustentada en la historia ambiental de la región, y del sistema mundial del que hacemos parte.

 

Reflexión 3

Los ambientalistas han escrito profusamente sobre el agotamiento del modelo económico actual, que hace insostenible el futuro del mundo. Miles de ejemplos se desarrollan a nivel local, pero las grandes transformaciones económicas, sociales y culturales tendrán que hacerse a escala global. ¿En dónde y por quiénes  se desarrollan modelos de transición deseables y que experiencia puede avizorar en el continente latinoamericano?

 

El agotamiento del modelo económico sustentado por el intercambio desigual a escala mundial, que da lugar a un desarrollo desigual y combinado, se hace evidente una circunstancia global en que se combinan un crecimiento económico incierto, una inequidad social persistente, una degradación ambiental constante y un deterioro institucional creciente, que favorece el recurso a la violencia para dirimir conflictos socioambientales. Esos conflictos surgen del interés de colectivos sociales distintos en hacer usos mutuamente excluyentes de los recursos de un mismo ecosistema.

En su forma más visible, esos conflictos operan a partir de la transformación del patrimonio natural de poblaciones enteras en capital natural al servicio de intereses particulares. A eso se agregan otros factores, como el impacto ecológico del crecimiento urbano desordenado sobre regiones rurales y áreas protegidas distantes, sobre todo en lo relativo al abastecimiento de agua, energía y alimentos, y a la disposición de los desechos humanos e industriales. Por otra parte, esos conflictos se trasladan al interior de las áreas urbanas, en la lucha de las comunidades de trabajadores por tener acceso a los recursos que la ciudad recibe de su entorno, y que se destinan primordialmente a las zonas industriales y comerciales, y a las áreas residenciales de la población de más altos ingresos.

En esta circunstancias, el factor fundamental consiste en la recuperación del control de su propio entorno por parte de las mayorías sociales. Las formas enque eso ocurra no pueden ser descritas de antemano. En algunas sociedades esto opera a partir de la defensa de su patrimonio natural por parte de comunidades indígenas y campesinas. En otros, en el paso a formas cada vez más complejas de auogestión del propio entorno en comunidades urbanas de bajos ingresos, mediante iniciativas de agricultura urbana y de gestión de desechos.

Lo importante, aquí, es entender que un ambiente distinto al que tenemos será el resultado de la creación de sociedades distintas a las que han generado el deterioro ambiental que padecemos. Esas sociedades distintas, por otra parte, no surgirán en virtud de una planificación debidamente ilustrada y a partir de reformas graduales conducidas por los organismos de poder actualmente existentes. Esas sociedades serán forjadas – ya lo están siendo, de hecho – a lo largo del proceso de transición civilizatoria que ya estamos viviendo a escala mundial.

En su momento, sin duda, serán muy posibles conflictos de gran escala e intensidad, habrá enormes dificultades, y será necesario crear las circunstancoas que permitan el desarrollo de formas enteramente nuevas de relacionamiento de los seres humanos entre sí, y con su entorno natural. El mejor estímulo para esto será la otra opción: un retorno a la barbarie, a la pérdida de valores y derechos forjados a lo largo del desarrollo de nuestra especie, y a la explotación más inmisericorde del trabajo humano y del medio natural.

 

Reflexión 4

El movimiento ambientalista enfrenta dificultades para acercarse más a la sociedad. Esto genera una gran frustración  ante la incapacidad pedagógica para difundir una cultura nueva, siendo que la humanidad hace la cultura y la cultura transforma los valores y las conductas. ¿Qué papel desempeña en esto el lenguaje  ambientalista?

 

El ambientalismo contemporáneo tiene muchos rostros, y se expresa en múltiples lenguajes. Hay un ambientalismo tecnocrático de Estado, muy vinculado al capital transnacional, como hay uno liberal de capas medias, y otro de corte popular, vinculado a los nuevos movimientos sociales y a la intelectualidad que ha venido desarrollando el nuevo pensamiento ambiental latinoamericano.

Estos ambientalismos se encuentran en constante cotradicción entre sí, en la medida en que expresan visiones en gran medida antagónicas sobre lo que son y lo que pueden ser las formas dominantes de relación con la naturaleza en nuestras sociedades. Dado que el lenguaje es la forma material de la conciencia, cada uno de ellos tiene también formas de expresión características, asociadas a propuestas políticas específicas.

El lenguaje del ambientalismo tecnocrático está estrechamente asociado al de los Objetivos de Desarrollo Sostenible 2030, y a la promoción de las llamadas “políticas de Estado” como medio de regular las relaciones sociales con el medio natural en el marco de la economía de mercado. El del ambientalismo liberal, por su parte, suele tener un carácter ecologista ilustrado en relación a la naturaleza, y juridicista en relación a los conflcitos ambientales. Estas características se expresan en una rica tradición de educación ambiental de corte normativo y conservacionista, y afectados por conflictos ambientales.

El lenguaje del ambientalismo popular está directamente asociado a las luchas políticas asociadas a los conflictos derivados de la lucha contra la expropiación del patrimonio natural en las zonas rurales y las áreas protegidas, y al acceso a servicios ambientales básicos en las áreas urbanas. Por ello, su lenguaje es más cercano al del nuevo pensamiento ambiental latinoamericano, que se nutre en su desarrollo de las experiencias acumuladas por los sectores populares en sus acticisades de resistencia ambiental y lucha social.

Aquí, en todo caso, no cabe ver exclusiones absolutas. La relación entre estas prácticas y sus lenguajes no escluye el hecho de que lo falso es el resultado de la exageración unilateral de uno de los aspectos de la verdad. Esa relación, por lo mismo, se comprende mejor en la medida en que lo ambiental es asumido como aspecto principal de las contradicciones inherentes al complejo proceso de transición por el que atraviesa el desarrollo de nuestra especie.

Una parte significativa de los ODS 2030 y del derecho ambiental que ha venido siendo creado por los Estados nacionales, por ejemplo, está destinada a asumir y mediatizar demandas y reivindicaciones ambientales de carácter popular cada vez más generalizadas. De tal modo es esto así, que el estricto cumplimiento de esos marcos normativos desde una perspectiva popular y democrática conduciría a la transformación social necesaria para garantizar la sostenibilidad del desarrollo de nuestra especie.

Aun así, el hecho es que estamos ante lenguajes que expresan prácticas y propósitos diferentes y finalmente excluyentes: el de la planifiación tecnocrática, el del derecho ambiental, y el de la ecología política. Los dos primeros buscan contener el cambio social que el tercero promueve en los hechos. De allí la diferencia entre sus audiencias, y su incidencia en los cambios de los valores y conductas relacionados con el ambiente en cada una de esas audiencias.

Lo fundamental, en todo caso, es la renovación de una circunstancia de crisis que, en una de sus primeras manifestaciones, llevó a José Martí a plantear que estábamos “en tiempos de ebullición, no de condensación; de mezcla de elementos, no de obra enérgica de elementos unidos”, y que estaban así “las especies luchando por el dominio en la unidad del género.”[2] Eso, que fue planteado cuando la civilización que conocemos aún estaba en su fase ascendente, ha venido a ser más evidente que nunca cuando esa civilización ha ingresado en una fase descendente, de descomposición y transición hacia múltiples opciones de futuro.

Hoy, cuando el tiempo viene demostrando su superioridad sobre el espacio, y la realidad la suya ante la idea, cabe comprender y ejercer mejor lo que nos advirtiera José Martí en su ensayo Nuestra América, publicado en 1891, y que es como el acta de nacimiento de nuestra contemporaneidad:

 

Se ha de tener fe en lo mejor del hombre y desconfiar de lo peor de él. Hay que dar ocasión a lo mejor para que se revele y prevalezca para lo peor. Si no, lo peor prevalece. Los pueblos han de tener una picota para quien les azuza a odios inútiles; y otra para quien no les dice a tiempo la verdad.[3]

 

 

Mata del Francés, Chiriquí, Panamá. 3 de noviembre de 2017

 

 

 

 

[1] Colombia, 1941. Una de los tres integrantes latinoamericanos de la Comisión Mundial sobre Ambiente y Desarrollo (la Comisión Brundlandt), 1983 – 1987. Fue Directora del Instituto Nacional de Recursos Nacionales y Ambiente (INDERENA). Desde 1972 ha trabajado en defensa del patrimonio público natural, y ha dedicado su vida a la investigación, la investigación y el trabajo comunitarios en este campo.

 

 

[2] Cuadernos de Apuntes, 5 (1881). Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975 XXI.

 

[3] “Nuestra América”. El Partido Liberal, México, 30 de enero de 1891. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, la Habana, 1975. VI, 22.

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Del saber ambiental, y de nuestra historia ambiental

Del saber ambiental, y de nuestra historia ambiental

Guillermo Castro H.

 

En la naturaleza nada ocurre en forma aislada. Cada fenómeno afecta a otro y es, a su vez, influenciado por éste; y es generalmente el olvido de este movimiento y de ésta interacción universal lo que impide a nuestros naturalistas percibir con claridad las cosas más simples.

Federico Engels[1]

 

Nuestra América ha tenido y tiene una participación de especial relevancia en la formación de un saber ambiental en el que confluyen, entre otros, campos como la ecología política, la economía ecológica y la historia ambiental. Ese saber ambiental se desarrolla en el marco de la crisis general de la civilización creada por el capital. En ese marco, el saber ambiental expresa una contradicción de fondo entre la cultura liberal aún dominante en el sistema mundial, organizada para el crecimiento sostenido de la acumulación de capital, y otra, aún emergente, que busca organizarse para el desarrollo sostenible de la especie humana.

Esa contradicción subyace, por ejemplo, tras el debate sobre el carácter de la historia ambiental: ¿es una subdisciplina de otra más amplia – como lo son las historias política, económica, social y cultural-,  o es una forma original de comprender y encarar el desarrollo de la especie que somos? Para James O’Connor, aquellas otras subdisciplinas fueron tomando forma, e interactuando entre sí, a partir de necesidades sucesivas generada por el desarrollo del capitalismo en el mundo Noratlántico. La primera fue la de legitimar el Estado nacional como forma de organización política de la nueva economía y sus sociedades; la segunda, la de legitimar la economía misma en su fase de transición a formas monopólicas; y las últimas dos, para procesar los conflictos sociales e identitarios derivados de la maduración de los dos primeros procesos.[2] Al propio tiempo, en el desarrollo de la historia como disciplina académica del siglo XVIII acá, cada una de aquellas formas sucesivas cuestiona e integra, en un mismo movimiento, a las formas precedentes. Esto da lugar, así, a un campo del saber cada vez más amplio y más complejo, en el que son producidos conocimientos de una gran diversidad, cada vez más difíciles de integrar en verdaderas visiones de conjunto.

En esta lógica, la historia ambiental toma forma para ocuparse de los problemas derivados de las modalidades de interacción entre la especie humana y su entorno, que en esta fase de su desarrollo han pasado a convertirse en el principal factor de riesgo en nuestro futuro. Esta no es una tarea sencilla: por el contrario, supone trascender aquella barrera entre las ciencias naturales y las otras formas del saber, para asumir en cambio la perspectiva planteada ya en 1846 por Carlos Marx y Federico Engels, cuando dijeron conocer

 

sólo una ciencia, la ciencia de la historia. Se puede enfocar la historia desde dos ángulos, se puede dividirla en historia de la naturaleza e historia de los hombres. Sin embargo, las dos son inseparables: mientras existan los hombres, la historia de la naturaleza y la historia de los hombres se condicionan mutuamente.

 

Y añadían enseguida: “La propia ideología” – que en este caso correspondería a la visión de la historia promovida por la organización liberal de la cultura y sus organizaciones a lo largo de los siglos XIX y XX– “no es más que uno de tantos aspectos de esta historia.”[3]

Esta última frase ayuda a comprender las dificultades que encara el liberalismo para ofrecerle un lugar adecuado a la historia ambiental en su organización de la cultura en un ámbito académico estructurado en un trivium positivista, de ciencias naturales, sociales y humanidades, convertido en quatrivium al agregar las ingenierías. Esa estructura enfrenta hoy un proceso de desintegración de sus propias premisas de organización y dirección, que se expresa en dos direcciones. Una, la de una búsqueda incesante de soluciones multidisciplinarias, interdisciplinarias y transdisciplinarias en el abordaje de problemas que ya desbordaron por entero aquellas premisas; otra, el culto a la cienciometría y los controles burocráticos de todo tipo, que finalmente conducen a excluir en medida creciente a las Humanidades y a los estudios histórico – cualitativos de las ciencias sociales del campo del trabajo científico que se estima como realmente productivo.[4]

Todo esto genera un creciente formalismo, que impide apreciar en sus verdaderos términos la interdependencia universal de los fenómenos a que se refiere Engels, en cuanto ve en los objetos de estudio hechos o conjuntos de hechos aislados, antes que síntesis de relaciones multidimensionales que caracterizan a distintos momentos en el desarrollo de procesos a lo largo del tiempo.[5] De tales procesos, ninguno tiene hoy tanta importancia como el de las interacciones entre los sistemas sociales y los sistemas naturales – cuyo desarrollo en el tiempo es el objeto de estudio de la historia ambiental -, que dan lugar tanto a la formación de esa estructura que hemos venido a llamar el ambiente, como a la de nuestra propia especie.

Únicamente en la medida en que reconocemos el carácter interdependiente de esta relación podemos dar cuenta de su desarrollo histórico a cabalidad. Todo intento de eludir esa interdependencia a partir de la supuesta primacía de cualquiera de sus partes – o dicho en otros términos, de eludir el carácter dialéctico de esa relación – transfiere los resultados del estudio histórico fuera del campo de la historia. Tal fue el caso, por ejemplo, del enorme y complejo esfuerzo desplegado por Vladimir Vernadsky para incorporar una dimensión humana a la formación y evolución de la biosfera, a la que llamó noosfera, creada por la aplicación de la ciencia y la técnica para adaptar la naturaleza a nuestras necesidades, sin considerar en su plenitud las transformaciones sociales y culturales que tal proceso entraña, y que finalmente lo hacen posible.

Desde nuestra América, este proceso cultural tiene sus propias equivalencias, sugeridas por José Martí de diveras maneras entre 1875 y 1895, sintetizadas con especial claridad en 1891 al señalar que no había entre nosotros “batalla entre la civilización y la barbarie, sino entre la falsa erudición y la naturaleza”.[6] Desde esa perspectiva, se entiende mejor el alcance que ha de tener para nosotros, hoy, lo que planteara en una fecha indeterminada de sus años de exilio en Nueva York:

 

Cuando se estudia un acto histórico, o un acto individual, cuando se los descomponen en antecedentes, agrupaciones, accesiones, incidentes coadyuvantes e incidentes decisivos, cuando se observa como la idea más simple, o el acto más elemental, se componen de número no menor de elementos, y con no menor lentitud se forman, que una montaña, hecha de partículas de piedra, o un músculo hecho de tejidos menudísimos: cuando se ve que la intervención humana en la Naturaleza acelera, cambia o detiene la obra de ésta, y que toda la Historia es solamente la narración del trabajo de ajuste, y los combates, entre la Naturaleza extrahumana y la Naturaleza humana, parecen pueriles esas generalizaciones pretenciosas, derivadas de leyes absolutas naturales, cuya aplicación soporta constantemente la influencia de agentes inesperados y relativos.[7]

 

Al juzgar esto, importa recordar que Martí sólo fue excepcional en la medida en que fue el primero entre sus pares en la generación de jóvenes liberales radicalmente democráticos que abrieron a cuestión el Estado Liberal Oligárquico dominante en nuestra América a partir de la década de 1875, y con eso abrieron camino, también, al ciclo de rebeliones populares y de capas medias que barrieron de nuestra historia aquel Estado entre la Revolución Mexicana de 1910, y la Boliviana de 1952. De esa tradición viene lo mejor de nuestra cultura: desde ella nos viene también la posibilidad de hacer una historia ambiental latinoamericana, que integre a nuestra América y a la otra, y a Asia, Africa y Europa, en una historia general de la Humanidad elaborada en conjunto con nuestros colegas de esas otras regiones. Ya lo dijo alguien en los años sin cuenta: sólo seremos universales cuando seamos auténticos.

 

Panamá, 1 de marzo de 2017.

 

 

 

[1] El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre. Escrito por Engels en 1876. Publicado por primera vez en la revista “Die Neue Zeit”, Bd. 2, Nº 44, 1895-1896.  Traducido del alemán. https://www.marxists.org/espanol/m-e/1870s/1876trab.htm

 

[2] http://revista.ecaminos.org/article/que-es-la-historia-ambiental-por-que-historia-ambi/

[3] “Feuerbach. Oposición entre las concepciones materialista e idealista.” Primer Capitulo de La Ideología Alemana,1846 (fragmento)

http://www.marxists.org/espanol/m-e/1840s/feuerbach/index.htm. Y lo reiteraría, ya como un problema de ecología política, en su Crítica al Programa de Gotha, donde afirmara: “El trabajo no es la fuente de toda riqueza. La naturaleza es la fuente de los valores de uso (¡que son los que verdaderamente integran la riqueza material!), ni más ni menos que el trabajo, que no es más que la manifestación de una fuerza natural, de la fuerza de trabajo del hombre.” Y añade: “En la medida en que el hombre se sitúa de antemano como propietario frente a la naturaleza, primera fuente de todos los medios y objetos de trabajo, y la trata como posesión suya, su trabajo se convierte en fuente de valores de uso, y, por tanto, en fuente de riqueza.” https://www.marxists.org/espanol/m-e/1870s/gotha/gothai.htm.

 

 

[4] Esto, a partir de supuestos como el de que la llamada “comunidad científica” constituye un grupo anacional, cuyos miembros se vinculan entre sí antes que con sus propias sociedades, y cuya labor más válida es aquella que se traduce en innovaciones tecnológicas que incrementen la productividad del trabajo y contribuyan a acelerar el ciclo de circulación del capital.

[5] Al respecto, por ejemplo: Mészaros, Iván: “El poder de la ideología”. Revista Dialéctica. Escualea de Filosofía y Letras. Universidad Autónoma de Puebla, México. http://www.forocomunista.com/t23393-el-poder-de-la-ideologia-texto-de-istvan-meszaros-publicado-en-la-revista-dialectica-de-puebla-mexico

[6] “Nuestra América”. El Partido Liberal, México, 30 de enero de 1891. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. 1975, VI, 17.

[7] “Serie de artículos para La América”. “Artículos varios”, s.f.. Obras Completas, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975, tomo 23, p. 44.

Trascender: las Humanidades ante el saber ambiental

Trascender: las Humanidades ante el saber ambiental

 

Guillermo Castro H.

 

“Pues, ¿quién no sabe que la lengua es jinete del pensamiento, y no su caballo? La imperfección de la lengua humana para expresar cabalmente los juicios, afectos y designios del hombre es una prueba perfecta y absoluta de la necesidad de una existencia venidera.”

José Martí: “Prólogo a El Poema del Niágara”.

Nueva York, 1882

 

Desde mediados del siglo XIX, el debate en torno al carácter y el alcance de las relaciones entre la especie humana y su entorno natural ha sido – y es – un rasgo característico de la cultura creada por el desarrollo del moderno sistema mundial. Al presente, lo que antes podía parecer un conjunto más o menos heterogéneo de opiniones tiende a convertirse en un tema cada vez más estructurado debido al impacto de una crisis global en la que se vinculan de modo sinérgico el crecimiento económico sostenido, una inequidad social persistente y una degradación ambiental creciente.

Esta circunstancia plantea desafíos inéditos a nuestras maneras de conocer la realidad, y actuar frente a ella. Así, por ejemplo, si bien las ciencias naturales y sociales pueden demostrar sin lugar a dudas que nos encontramos en una situación de crisis en nuestras relaciones con el medio natural, no están en capacidad de explicar las conductas que han dado origen a esa crisis, ni de establecer por sí mismas las opciones que esta situación plantea a nuestra especie. Esa tarea corresponde sobre todo a las ciencias sociales y a las Humanidades, y en particular a la Historia.

Encarar este desafío, sin embargo, plantea problemas que escapan a las funciones y capacidad de las estructuras de gestión del conocimiento que contribuyeron a crear el sistema mundial que conocemos. La propia organización interna de esas estructuras presenta desde hace tiempo signos de agotamiento. Hoy va siendo evidente, por ejemplo, que el tratamiento de lo natural y lo social como objetos separados de conocimiento enmascara el hecho de que toda ciencia es natural, pues todas construyen su objeto de estudio dentro de la naturaleza, y todas son también sociales, pues ese proceso de construcción siempre está socialmente determinado.

La realidad, siempre superior a la idea, nos revela que hemos trascendido ya los tiempos de las definiciones por exclusión, e ingresado en los de las definiciones por relación. Aquellas definiciones correspondieron a una organización del conocimiento para el crecimiento sostenido; estas otras son el punto de partida en la tarea de poner el conocer al servicio de la sostenibilidad del desarrollo de nuestra especie. El crecimiento sostenido, en efecto, está al servicio de la transformación del patrimonio natural de los humanos en capital natural; la sostenibilidad del desarrollo, en cambio, demanda restituir ese capital espurio a la condición de patrimonio común, restituyéndolo en su servicio a la creación de las condiciones que hacen posible la vida en la Tierra.

La propia crisis ambiental, en su mismo carácter sistémico, general, sinérgico y finalmente civilizatorio, expresa esta necesidad. En efecto, las variaciones en el clima, la destrucción de ecosistemas, la extinción de especies, la contaminación general de la biosfera y las formas aberrantes que adopta el desarrollo de la noosfera cuando ocurre mediante el trabajo contra la naturaleza, y no con ella, nos indican que esta civilización, la creada por el capitalismo entre los siglos XVI y XXI, encara ya una doble contradicción sin solución visible.

Por un lado, enfrenta las formas más extremas de la contradicción entre unas fuerzas productivas desarrolladas a un grado inimaginable una o dos generaciones atrás, y unas relaciones de producción que tornan en descartables a segmentos cada vez mayores de la población mundial, y nutren sin cesar la incertidumbre, la pobreza y la violencia que caracterizan la vida de esa población. Por otro, una contradicción cada vez más evidente entre el sistema socio – productivo que sostiene a la economía global, y las condiciones naturales de producción imprescindibles para su funcionamiento.

Todo esto tiene, a su vez, expresiones en el plano de la cultura con claras incidencias en la política, donde han venido a predominar dos actitudes principales. Una es la del negacionismo, que tanto cuerpo ha ganado en los sectores conservadores de la política norteamericana, por citar un ejemplo especialmente visible. La otra es la del reduccionismo característico del debate sobre el cambio climático. Allí, en efecto, la crisis global se ve reducida al cambio climático; la acción frente al mismo, a la adaptación y la mitigación; estas opciones, al plano tecnológico, y éste al problema de obtener recursos de un sistema financiero cuyas ganancias dependen del sistema que ha entrado en crisis.[1]

Esta circunstancia hace ya evidente la necesidad de una visión que asuma a lo social como la modalidad característica de presencia de la especie humana en la naturaleza; que entienda esa presencia a partir de la interacción entre sistemas naturales y sociales mediante procesos de trabajo socialmente organizados con arreglo a fines colectivos, y que sea capaz de comprender a los problemas ambientales en su historicidad. Esto plantea una dificultad insuperable en el marco de las formas tradicionales de organización del conocer, que Jason Moore sintetiza en los siguientes términos:

 

la realidad de una crisis – entendida como un punto de giro fundamental en la vida de un sistema, de cualquier sistema – resulta a menudo difícil de comprender e interpretar para actuar frente a ella. Las filosofías, conceptos y narrativas que utilizamos para dar sentido a un presente global cada vez más explosivo e incierto son – casi siempre – ideas heredadas de un tiempo y un espacio diferentes. El tipo de pensamiento que creó la turbulencia global de hoy no parece ser el más adecuado para ayudarnos a resolverla.[2]

 

En verdad, nos encontramos (aún) en una circunstancia en la que una

parte sustancial de las premisas que sustentan nuestra gestión del conocimiento proviene del período histórico del que emerge la crisis que encaramos hoy. Al propio tiempo, en esa circunstancia la vieja racionalidad productivista de los siglos XIX y XX empieza a ser desplazada por una racionalidad ambiental de nuevo tipo, gestada desde los movimientos de trabajadores manuales e intelectuales, del campo y de la ciudad, que enfrentan desde abajo los problemas del deterioro ambiental y la lucha por una vida buena. Ese enfrentamiento, en efecto, estimula una revaloración de viejos y nuevos saberes populares (y científicos), y la formación nuevos campos de estudio, impensables ayer apenas, como la ecología política, la economía ecológica y la historia ambiental.

El camino hacia esa nueva racionalidad ambiental, por otra parte, está jalonado de valiosos reencuentros. Algunos de esos reencuentros incluyen los ocurridos con Charles Darwin, que en 1859 reinsertó a los humanos en la biosfera con su teoría evolución de (todas) las especies por selección natural; con Karl Marx, que en 1860 mostró la forma en que el capitalismo en su desarrollo destruye tanto al trabajo como a la naturaleza; con Friedrich Engels, que en 1876 puso en evidencia el papel del trabajo en el desarrollo de la especie humana; con José Martí, que de 1886 en adelante enfatizó el papel de la naturaleza en la historia de los humanos, y de esa historia en la de la naturaleza, y con Vladimir Vernadsky, que para 1926 demostró, a través del concepto de la biosfera, el papel de la materia viviente en el desarrollo geológico de la Tierra, y en 1938 el de la transformación de esa biosfera en una noosfera, a través del desarrollo científico y tecnológico de nuestra especie, y de las formas de organización del trabajo y la vida social correspondientes.

De este modo, vista desde las Humanidades y a la luz de la racionalidad ambiental emergente, resulta evidente que, siendo el ambiente el producto de las formas históricas de relación entre las sociedades humanas y su entorno natural a lo largo del tiempo, si deseamos un ambiente distinto, necesitamos una sociedad diferente. Identificar la diferencia, para hacer posible lo deseable, es el desafío mayor de la gestión del conocimiento para la gestión ambiental a comienzos del siglo XXI.

Para las Humanidades, no existe hoy tarea más urgente que la de colaborar con las ciencias sociales y naturales en la formación del saber ambiental que permita identificar las transformaciones que demanda la sostenibilidad del desarrollo de nuestra especie, y el modo de llevarlas a cabo con las mayorías, y para bien de ellas. Esa tarea común solo será posible si la estructura en cuyo seno tomó cuerpo el trívium positivista que separa esos tres campos del saber es trascendida para dar origen a otra – nueva, y no solo renovada -, organizada en torno al hacer y el conocer de las relaciones entre la biosfera y la noosfera.

Dejar de ser para llegar a ser: tal es el sentido que nos revela el conocimiento que hemos ido ganando del mundo. Tal, también, el alcance de la tarea a que la vida nos convoca.

 

[1] Al respecto, por ejemplo, Mike Hulme – que enfatiza la dimensión epistémica del problema – plantea que “Al privar al futuro de mucho de su dinamismo social, cultural o político, el reduccionismo climático deja al futuro libre de visiones, ideologías y valores. El futuro resulta así sobre-determinado. Con todo, es evidente que el futuro dista mucho de ser una zona libre de ideología. Es precisamente el más importante territorio en el que deben ser libradas las batallas, de creencias, ideologías y valores sociales. Y son precisamente estas visiones del futuro imaginadas y en disputa las que – de múltiples maneras no determinadas – darán forma a los impactos del cambio climático antrópico tanto como lo harán los cambios en el clima mismo. Y así el futuro es reducido al clima. (2010): Reducing the Future to Climate: a Story of Climate Determinism and Reductionism. Osiris, Summer 2011. School of Environmental Sciences. University of East Anglia, United Kingdom.

http://www.mikehulme.org/wp-content/uploads/2010/12/Hulme-Osiris-revised.pdf

[2] Moore, Jason W.:Anthropocene or Capitalocene? Nature, History, and the Crisis of Capitalism.” Introducción al libro del mismo título. Kairos PM Press, 2016. https://www.academia.edu/24341220/Anthropocene_or_Capitalocene_Nature_History_and_the_Crisis_of_Capitalism