El ambiente a la hora de Marx

El ambiente a la hora de Marx

Guillermo Castro H.

No es cierto que Marx ya no satisface nuestras necesidades.

Por el contrario, nuestras necesidades aún no se adecúan

a la utilización de las ideas de Marx.

Rosa Luxemburgo, 1903[1]

Para Alejandro Escalera, que pregunta

La crisis ambiental que encaramos ha renovado el debate sobre el papel del capitalismo en el desarrollo de la especie humana. Allí afloran, una vez más, dos posturas básicas: una afirma que el afán de la infinita acumulación de riquezas está en la naturaleza humana, mientras la otra ve en ese afán la expresión ideológica y moral de un momento determinado – y eventualmente pasajero – en el desarrollo de nuestra especie. En ambos casos está en discusión nuestra capacidad para el progreso: para unos, nos lleva por necesidad al borde de la extinción; para otros, puede llevarnos a una circunstancia nueva, en la cual las relaciones entre nuestra especie y su entorno natural puedan ser tan armónicas como las que imperen entre los propios seres humanos.

Ante este debate, adquiere renovada vigencia aquella observación de Rosa Luxemburgo, para quien la más valiosa de las enseñanzas de Marx, “la concepción materialista dialéctica de la historia”, nos permite “entrever un mundo totalmente nuevo”, abre “perspectivas infinitas para el pensamiento independiente”, y ofrece a nuestro espíritu “alas para volar audazmente hacia regiones inexploradas.” Aun así, añadía entonces, la herencia del marxismo “salvo pocas excepciones, no ha sido aprovechada”, y

Esta arma nueva y espléndida se herrumbra por falta de uso; la teoría del materialismo histórico está tan incompleta y fragmentaria como nos la dejaron sus creadores cuando la formularon por primera vez. No puede afirmarse, pues, que la rigidez y el acabado de la estructura marxista sean la explicación de que sus herederos no hayan proseguido la edificación.

Es en esta perspectiva, el problema de la capacidad del marxismo para contribuir a la comprensión de la crisis ambiental tiene sus sutilezas. Quienes se plantean la necesidad de desarrollar un marxismo ecológico, por ejemplo, dan por supuesto que existe otro que no lo es. A partir de allí, suele abrirse un camino a Bizancio que finalmente no lleva a mucho más que la confirmación de sus propios prejuicios por cada una de las partes.

Con todo, y siempre siguiendo a Rosa, este debate – con todas las dificultades que le son propias, incluyendo la de considerar al marxismo como un depósito de la fe[2]-, expresa también aquel proceso mediante el cual “cada época forma su propio material humano”, de modo que “si un periodo realmente exige exponentes teóricos, el periodo mismo creará las fuerzas necesarias para la satisfacción de esa exigencia.”  En ese sentido, si la crisis ambiental plantea problemas que demandan internarse “en el tesoro del pensamiento de Marx para extraer y utilizar nuevos fragmentos de su doctrina”, eso debe hacerse recordando que “nuestro movimiento, como todas las empresas de la vida real, tiende a seguir las viejas rutinas del pensamiento, y aferrarse a principios que han dejado de ser válidos,”, con lo cual “la utilización teórica del sistema marxista avanza muy lentamente.”

Así las cosas, conviene preguntarse por la capacidad del marxismo para articular en su visión del mundo y la historia los distintos saberes del pensamiento ambiental contemporáneo. En este caso, esa visión está referida a una totalidad – que usualmente llamamos “naturaleza”-, en cuyo seno nos hemos formado y desarrollado como una especie que no se limita a utilizar su entorno, sino que lo transforma mediante procesos de trabajo socialmente organizados.  Al respecto, cabe recordar que la obra de los fundadores del marxismo desarrolla de manera constante el principio que ambos formularan en 1846, en La Ideología Alemana:

Conocemos sólo una ciencia, la ciencia de la historia. Se puede enfocar la historia desde dos ángulos, se puede dividirla en historia de la naturaleza e historia de los hombres. Sin embargo, las dos son inseparables: mientras existan los hombres, la historia de la naturaleza y la historia de los hombres se condicionan mutuamente.

Ese principio, en efecto, está presente en el análisis de problemas que van desde lo relativo al metabolismo sociedad -naturaleza en El Capital , hasta la exploración del papel del trabajo en la formación y desarrollo de la especie humana, y el de la relación entre la naturaleza y el trabajo en la producción de la riqueza social.

Dentro de la visión así articulada, el ambiente expresa en sus paisajes el contenido social y tecnológico de la sociedad que lo produjo, tanto en el sentido en que Pierre Gourou se refería a ellos como una síntesis entre las “técnicas de producción” y las “técnicas de encuadramiento” social o, según lo veía Carl Sauer, como el producto de la intersección entre los hábitos y el hábitat de cada agrupamiento humano. Aun así, cada modo de producción genera paisajes muy diversos en las diversas sociedades que participan en su desarrollo. Aquí adquiere especial importancia la categoría de formación económico – social, que nos advierte que

En todas las formas de sociedad existe una determinada producción que asigna a todas las otras su correspondiente rango de influencia, y cuyas relaciones por lo tanto aseguran a todas las otras el rango y la influencia. Es una iluminación general en la que se bañan todos los colores y [que] modifica las particularidades de éstos. Es como un éter particular que determina el peso específico de todas las formas de existencia que allí toman relieve.[3]

Lo esencial, aquí, está en acotar históricamente el debate sobre la crisis ambiental como expresión de las formas de relación con el entorno natural que sostienen el desarrollo del capitalismo a escala mundial. El proceso de globalización, en efecto, no ha eliminado ni las clases sociales ni la lucha de clases como factores de primer orden en la producción de su ambiente por los humanos. Ambas gozan de buena – o mala – salud, a una escala y con una formas que no podremos comprender mientras no las estudiemos en lo que han venido a ser.

Por lo mismo, ninguna combinación de palabras podrá obviar el hecho de que si deseamos un ambiente distinto tendremos que crear una sociedad diferente. Tal es, en lo más breve, la forma en que se expresa la contradicción entre el capitalismo y el socialismo – así, sin más – en esta etapa de la historia de nuestra especie.

Panamá, 22 de mayo de 2018

[1] “Estancamiento y progreso del marxismo”. https://www.marxists.org/espanol/luxem/03Estancamientoyprogresodelmarxismo_0.pdf Todas las referencias al pensamiento de Rosa Luxemburgo en este artículo provienen de ese texto.

 

 

[2] El depósito de la fe es “el tesoro de la Revelación contenido en la Sagrada Escritura y en la Tradición, que fue confiado por Dios a su Iglesia para que, con la asistencia del Espíritu Santo, lo conserve y lo transmita y anuncie a los hombres, como fuente de toda verdad salvadora y de toda norma de conducta.” El depósito “se caracteriza por la inmutabilidad del dogma y el desarrollo homogéneo de la doctrina de la fe.”, el cual “ha sido encomendado únicamente al magisterio vivo de la Iglesia, cuya autoridad se ejerce en nombre de Jesucristo.” Lexicon Canonicum. http://www.lexicon-canonicum.org/materias/derecho-del-munus-docendi/deposito-de-la-fe/

 

[3] Marx, Karl: Elemento Fundamentales para la Crítica de la Economía Política (Grundrisse) 1857 – 1858. I. Siglo XXI Editores, México, 2007 (1971). I, 27 – 28.

 

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Marx, ambiente, sociedad

Marx, ambiente, sociedad.

Nota para una ecología política de nuestro tiempo.

Guillermo Castro Herrera

 

Para Rafael Colmenares,

en sus ríos como en sus páramos

 

El verdadero problema relativo al lugar y la función de la naturaleza en la filosofía de la praxis no consiste tanto en que exista o no una ecología de Marx, como en que su obra ofrezca una teoría y una metodología de la historia que permitan un abordaje integrado del desarrollo de la especie humana. Este es un tema de especial interés político para nuestro tiempo, sobre todo en lo que hace al análisis del origen, el significado histórico y las vías de acción ante la crisis ambiental global.

En esa tarea, resulta útil ubicar el tema en el marco mayor de la visión del mundo elaborada por Marx, y referirlo a sus reflexiones puntuales sobre el papel del trabajo la como forma humana específica del intercambio de materia entre la sociedad y la naturaleza. Con ello emerge de inmediato una constante referencia a la naturaleza los grandes textos que dan cuenta de esa visión del mundo, desde los Manuscritos Económico – Filosóficos de 1844, hasta la Crítica del Programa de Gotha, de 1875, pasando naturalmente por los Grundrisse de 1857-1858, y el primer tomo de El Capital, de 1867.

En esas referencias destaca el papel determinante que se otorga al trabajo – esto es, a la capacidad natural de los humanos para colaborar en la transformación de la naturaleza en función de sus necesidades – como medio de relación entre nuestra especie y su entorno. Esa interdependencia entre los humanos y su entorno, mediada por el el trabajo, es abordada por ejemplo en La Ideología Alemana – un texto de 1846 – a partir de que

 

El primer supuesto de toda historia humana es, naturalmente, la existencia de individuos humanos vivientes. Los primeros hechos comprobables son, por lo tanto, la organización corporal de estos individuos y su relación, dada de ese modo, con el resto de la naturaleza. […] Toda historiografía debe partir de estos fundamentos naturales y de su modificación a lo largo de la historia por la acción de los seres humanos. […] [Los seres humanos] empiezan a diferenciarse de los animales en cuanto empiezan a producir sus subsistencias, un paso que obedece a su organización corporal. Al producir sus subsistencias, los seres humanos producen indirectamente su vida material misma.[1]

 

Veinte años después, esta relación entre la sociedad y la naturaleza mediante el trabajo está admirablemente sintetizada en el primer tomo del Capital, publicado en 1867. Allí dice Marx que el trabajo “es, en primer lugar, un proceso entre el hombre y la naturaleza, un proceso en que el hombre media, regula y controla su metabolismo con la naturaleza.” En ese proceso, añade, el hombre “se enfrenta a la materia natural misma como un poder natural” con el fin de “apoderarse de los materiales de la naturaleza bajo una forma útil para su propia vida” mediante el ejercicio de sus capacidades físicas, mentales y sociales, de un modo en el que, al transformar la naturaleza exterior a él, “transforma a la vez su propia naturaleza”, esto es, se produce a sí mismo como como ser humano.[2]

En la década siguiente, el tema emerge con especial vigor en su Crítica del Programa de Gotha (1875). Allí, ante la declaración del partido socialdemócrata alemán de que el trabajo es la fuente de toda la riqueza, Marx riposta los siguiente:

 

El trabajo no es la fuente de toda riqueza. La naturaleza es la fuente de los valores de uso (¡que son los que verdaderamente integran la riqueza material!), ni más ni menos que el trabajo, que no es más que la manifestación de una fuerza natural, de la fuerza de trabajo del hombre.[…] En la medida en que el hombre se sitúa de antemano como propietario frente a la naturaleza, primera fuente de todos los medios y objetos de trabajo, y la trata como posesión suya, su trabajo se convierte en fuente de valores de uso, y, por tanto, en fuente de riqueza.[3]

 

La perspectiva aportada por Marx nos ofrece tres verdades elementales. Una, que el ambiente hace parte de la naturaleza pero no es idéntico a ella, en cuanto es el resultado de las intervenciones humanas en el medio natural mediante procesos de trabajo socialmente organizados. Otra, que a lo largo de la historia de nuestra especie, la forma en que cada sociedad ha organizado esas intervenciones en el medio natural ha dado lugar a ambientes característicos. Y, por último, que si deseamos un ambiente distinto tendremos que crear una sociedad diferente, que se relacione con su propio entorno con fines distintos a los que determinan los procesos de trabajo dominantes en el mundo que conocemos.

El estudio de los procesos de formación y de las transformaciones de estos ambientes sucesivos, en su relaciones con las sociedades de los que han sido y son expresión, es uno de los grandes temas de la historia ambiental. Al respecto, Marx nos ofrece en El Capital múltiples referencias sobre el origen de la crisis ambiental de nuestro tiempo o, lo que es igual, de la dimensión ambiental de la crisis del capital.

De entre esas referencias, una de las más conocidas es aquella en que describe las consecuencias para la naturaleza y los trabajadores del paso de la producción de bienes para la satisfacción de necesidades humanas, a la de mercancías destinadas a satisfacer la acumulación incesante de capital. Allí nos dice que la consolidación del capitalismo “crea las condiciones materiales para una nueva y más alta síntesis o coordinación de la agricultura y la industria, sobre la base de sus formas desarrolladas en un sentido antagónico”, con lo cual

 

Al crecer de un modo incesante el predominio de la población urbana, aglutinada por ella en grandes centros, la producción capitalista acumula, de una parte, la fuerza histórica motriz de la sociedad, mientras que de otra parte perturba el metabolismo entre el hombre y la tierra; es decir, el retorno a la tierra de los elementos de ésta consumidos por el hombre en la forma de alimento y de vestido, que constituye la condición natural eterna de la fertilidad permanente del suelo. Al mismo tiempo, destruye la salud física de los obreros.

 

Esa transformación capitalista del proceso de producción, que destruye “las bases primitivas y naturales de aquel metabolismo”, ocasiona que tanto en la industria urbana como en la moderna agricultura ”todo progreso, realizado en la agricultura capitalista no es solamente un progreso en el arte de esquilmar al obrero, sino también en el arte de esquilmar la tierra”. De allí resulta que “la producción capitalista sólo sabe desarrollar la técnica y la combinación del proceso social de producción socavando al mismo tiempo las dos fuentes originales de toda riqueza: la tierra y el hombre.”[4]

Las luchas de los ambientalistas de nuestro tiempo en defensa de la agricultura indígena y campesina, de la preservación de su patrimonio natural frente a la presión por convertirlo en capital natural al servicio de la inversión pública y privada, y del acceso de los trabajadores del campo y de la ciudad a condiciones dignas de vida y de trabajo, son también luchas por la preservación de esas “dos fuentes originales de toda riqueza: la tierra y el hombre.” Vivimos en el ambiente creado por un sistema mundial que solo puede garantizar su reproducción en la medida en que socava, en cada una de sus sociedades, las condiciones fundamentales de vida y desarrollo de la especie que somos. Trascender la lógica inmanente de ese sistema, para transformarlo, es ya el mayor desafío político del movimiento ambientalista mundial, y sólo podrá contribuir a hacerlo en la medida en que se vincule de manera cada vez más rica con todos los movimientos sociales y todas las corrientes políticas que, desde muy diversos puntos de origen, se orientan en la misma dirección.

 

Panamá, 29 de diciembre de 2017

 

[1] Marx, Karl y Engels, Friedrich (2005, 35-36): La Ideología Alemana y Otros Escritos Filosóficos. Editorial Losada, Buenos Aires, 2005.

 

[2] Capital. Sección Tercera. Producción del plusvalor absoluto. Capítulo V. Proceso de trabajo y proceso de valorización.

 

[3] Glosas marginales al programa de Partido Obrero Alemán (1875). https://www.marxists.org/espanol/m-e/1870s/gotha/gothai.htm

 

 

[4] Marx, Karl: El Capital, I. Sección Cuarta. La producción de la plusvalía relativa. Capítulo XIII. Maquinaria y gran industria. 10. La gran industria y la agricultura. Fondo de Cultura Económica, México, 2010, p. 422 – 424.

Conversando con Margarita: formación y transformaciones de los ambientalismos latinoamericanos

Conversando con Margarita: formación y transformaciones de los ambientalismos latinoamericanos

Momentos de un diálogo sobre el ambientalismo latinoamericano con Margarita Marino de Botero, una de sus pioneras, en su Colegio Verde de Villa de Leyva, Colombia, hacia mediados de 2015.[1]

 

Guillermo Castro H.

 

Reflexión 1

El siglo XX estuvo lleno de barbarie, de guerras e injusticias, y al propio tiempo vio las más trascendentales revoluciones teóricas, tecnocientíficas y sociales de todos los tiempos. Esto último incluyó el inicio del gran debate global sobre los límites de la biosfera y del desarrollo sostenible. ¿Cuál de las tendencias que han participado de ese debate considera usted tuvo alguna o mucha trascendencia, en que ámbito?  ¿ cual sería para usted la corriente del  pensamiento ambiental más acertada hoy?

 

En mi opinión, uno de los frutos más importantes de ese debate ha sido el desarrollo del nuevo pensamiento ambiental latinoamericanos. No es fácil apreciar esto en toda su dimensión. Hay múltiples circunstancias que llevan a subestimar la trascendencia del ambientalismo latinoamericano en las tareas de investigación, reflexión, conciecianción, educación y movilización que demanda la crisis global de las relaciones de nuestra especie con el entorno natural. La primera y más importante de esas circunstancias consiste en la organización misma del sistema que organiza esas relaciones a escala planetaria.

Como sabemos, los principales centros generadores de información y opinión sobre este tema se concentran en la región Noratlántica desde la cual se constiutyó ese sistema. Los aportes de otras regiones – las llamadas periféricas, o subdesarrolladas, o en vías de desarrollo, si se desea ser más gentil –, como Asia, África y nuestra América tienden a menudo a ser subestimadas en los circuitos internacionales, pese a la enorme diversidad y riqueza de su producción intelectual y sus experiencias.

En este conjunto periférico, nuestra América tanto por la diversidad de sus formaciones económico sociales como por el carácter multicultural de sus sociedades. Además, y en particular, se distingue por lo temprano de la constitución de sus Estados nacionales – culminada hacia 1925, mientras Africa y Asia culminarían ese proceso entre las décadas de 1950 y 1960 -, y del debate en torno a las relaciones entre la sociedad y su entorno natural al interior de los mismos.

Desde la publicación en 1845 del Facundo. Civilización y Barbarie, de Domingo Faustino Sarmiento hasta la de Laudato Si’, de Francisco, el primer Papa latinoamericano, hay una larga acumulación cultural, ideológica y política en la que operan visiones y tendencias antagónicas. Esa acumulación espera por el historiador que la sistematice en una visión de conjunto de la formación y las transformaciones de la cultura de la naturaleza en nuestra América.

Aun así, esa tradición de pensamiento y experiencia ha venido aportando desde mediados del siglo XX ideas, conceptos e iniciativas de política que han enriquecido y enriquecen de manera directa e indirecta el desarrollo del ambientalismo a escala mundial. Conviene recordar que nuestra América fue capaz de abrir a debate los vínculos entre el medio ambiente y los estilos de desarrollo en esta región, con aportes de un importante conjunto de especialistas ya en 1980, siete años antes de que fuera dado a conocer el llamado Informe Brundlandt y la comunidad internacional decidiera que había llegado la hora de acotar el desarrollo con el adjetivo de “sostenible”.

Me aprece lamentable, en todo caso, que no hayan ocurrido nuevas ediciones de aquel libro fundador – Estilos de Desarrollo y Medio Ambiente en América Latina, coordinado por el economista Osvaldo Sunkel y el agrónomo Nicolo Gligo -, y que al día de hoy sea tan poco conocido entre nuestro movimiento ambientalista. Aun así, el desarrollo de nuestra cultura de la naturaleza ha dado de si entre fines del siglo XX y comienzos del XXI un nuevo pensamiento ambiental latinoamericano que trasciende las viejas barreras levantadas por el positivismo liberal entre los distintos campos del saber – ciencias naturales, sociales y Humanidades – para abrir espacio a nuevos abordajes de la realidad, mucho más integrales, como la ecología política, la economía ecológica y la historia ambiental.

 

Reflexión 2

La evidencia científica de que estamos destruyendo la posibilidad de vida en la tierra es muy reciente.  Pasa lo mismo con los riesgos de los cambios climáticos extremos. Hasta ahora no se ha logrado trasmitir esa urgencia a la sociedad. ¿Cual considera usted es el impedimento para popularizar  y generalizar los conocimientos científicos en nuestras sociedades?  ¿De qué depende la conciencia y la responsabilidad ambiental ciudadana, de ver la vida de una manera más ensamblada y dependiente con la suerte del planeta?

 

El problema esencial es muy sencillo, por complejas que sean sus manifestaciones. El ambiente, como sabemos, es el resultado de las intervenciones humanas en el mundo natural mediante procesos de trabajo socialmente organizados. Por lo mismo, si deseamos un ambiente distinto, tendremos que construir sociedades diferentes, en las que el extractivismo y la Raubwirtschaft – la economía de rapiña, caracterizada por el geógrafo francés Jean Brunhes a comienzos del siglo XX – pasen de ser una norma a convertirse en una aberración.

Aquí, el desarrollo del que se trata es el de nuestra especie. Hoy, ese desarrollo se ve amenazado por la primera economía organizada a escala mundial en la historia de nuestra especie, ha cuyo propósito fundamental es garantizar su propio crecimiento sostenido. Así, el conflicto entre el crecimiento sostenido de la acumulación de capital, y desarrollo sostenible de la especie humana, a pasado a ser el aspecto principal de la contradicción entre el capital y el trabajo a escala planetaria.

Es natural, en una situación así, que los sectores que puedan sentirse amenazados por una transformación radical de nuestras formas de relación con la naturaleza generen iniciativas de resistencia que van desde la negación pura y simple del deterioro ambiental, hasta la reducción de la visión de ese deteriorioro a una escala que alimente ilusiones de solcuión sin verdadera transformación. Es el caso de la reducción de la crisis global del ambiente a su dimensión climática; de ésta, asu dimensión tecnológica y ésta, finalmente, a su dimensión financiera. Así, veinte años de negociaciones nos dejan a todos, otra vez, a la puerta del banco y con el sombrero en la mano.

Esa resistencia conservadora es el principal obstáculo para un cambio en la conciencia y la acción ciudadanas. Aun así, esa resistencia puede manipular la realidad, pero no puede cambiarla. La voluntad y la movilización para el cambio social dependerá cada vez más del desarrollo de los nuevos movimientos sociales, rurales y urbanos, que desde su situación local y regional sufren y perciben en la práctica los efectos del vínculo entre el poder y el ambiente. Desde esos movimientos, trabajando con ellos y para ellos, se vienen generando ya espacios nuevos de trabajo intelectual que contribuyen a vincularlos entre sí y con el ambientalismo global. La clave del problema, en este terreno, está en un abordaje desde una ecología política bien sustentada en la historia ambiental de la región, y del sistema mundial del que hacemos parte.

 

Reflexión 3

Los ambientalistas han escrito profusamente sobre el agotamiento del modelo económico actual, que hace insostenible el futuro del mundo. Miles de ejemplos se desarrollan a nivel local, pero las grandes transformaciones económicas, sociales y culturales tendrán que hacerse a escala global. ¿En dónde y por quiénes  se desarrollan modelos de transición deseables y que experiencia puede avizorar en el continente latinoamericano?

 

El agotamiento del modelo económico sustentado por el intercambio desigual a escala mundial, que da lugar a un desarrollo desigual y combinado, se hace evidente una circunstancia global en que se combinan un crecimiento económico incierto, una inequidad social persistente, una degradación ambiental constante y un deterioro institucional creciente, que favorece el recurso a la violencia para dirimir conflictos socioambientales. Esos conflictos surgen del interés de colectivos sociales distintos en hacer usos mutuamente excluyentes de los recursos de un mismo ecosistema.

En su forma más visible, esos conflictos operan a partir de la transformación del patrimonio natural de poblaciones enteras en capital natural al servicio de intereses particulares. A eso se agregan otros factores, como el impacto ecológico del crecimiento urbano desordenado sobre regiones rurales y áreas protegidas distantes, sobre todo en lo relativo al abastecimiento de agua, energía y alimentos, y a la disposición de los desechos humanos e industriales. Por otra parte, esos conflictos se trasladan al interior de las áreas urbanas, en la lucha de las comunidades de trabajadores por tener acceso a los recursos que la ciudad recibe de su entorno, y que se destinan primordialmente a las zonas industriales y comerciales, y a las áreas residenciales de la población de más altos ingresos.

En esta circunstancias, el factor fundamental consiste en la recuperación del control de su propio entorno por parte de las mayorías sociales. Las formas enque eso ocurra no pueden ser descritas de antemano. En algunas sociedades esto opera a partir de la defensa de su patrimonio natural por parte de comunidades indígenas y campesinas. En otros, en el paso a formas cada vez más complejas de auogestión del propio entorno en comunidades urbanas de bajos ingresos, mediante iniciativas de agricultura urbana y de gestión de desechos.

Lo importante, aquí, es entender que un ambiente distinto al que tenemos será el resultado de la creación de sociedades distintas a las que han generado el deterioro ambiental que padecemos. Esas sociedades distintas, por otra parte, no surgirán en virtud de una planificación debidamente ilustrada y a partir de reformas graduales conducidas por los organismos de poder actualmente existentes. Esas sociedades serán forjadas – ya lo están siendo, de hecho – a lo largo del proceso de transición civilizatoria que ya estamos viviendo a escala mundial.

En su momento, sin duda, serán muy posibles conflictos de gran escala e intensidad, habrá enormes dificultades, y será necesario crear las circunstancoas que permitan el desarrollo de formas enteramente nuevas de relacionamiento de los seres humanos entre sí, y con su entorno natural. El mejor estímulo para esto será la otra opción: un retorno a la barbarie, a la pérdida de valores y derechos forjados a lo largo del desarrollo de nuestra especie, y a la explotación más inmisericorde del trabajo humano y del medio natural.

 

Reflexión 4

El movimiento ambientalista enfrenta dificultades para acercarse más a la sociedad. Esto genera una gran frustración  ante la incapacidad pedagógica para difundir una cultura nueva, siendo que la humanidad hace la cultura y la cultura transforma los valores y las conductas. ¿Qué papel desempeña en esto el lenguaje  ambientalista?

 

El ambientalismo contemporáneo tiene muchos rostros, y se expresa en múltiples lenguajes. Hay un ambientalismo tecnocrático de Estado, muy vinculado al capital transnacional, como hay uno liberal de capas medias, y otro de corte popular, vinculado a los nuevos movimientos sociales y a la intelectualidad que ha venido desarrollando el nuevo pensamiento ambiental latinoamericano.

Estos ambientalismos se encuentran en constante cotradicción entre sí, en la medida en que expresan visiones en gran medida antagónicas sobre lo que son y lo que pueden ser las formas dominantes de relación con la naturaleza en nuestras sociedades. Dado que el lenguaje es la forma material de la conciencia, cada uno de ellos tiene también formas de expresión características, asociadas a propuestas políticas específicas.

El lenguaje del ambientalismo tecnocrático está estrechamente asociado al de los Objetivos de Desarrollo Sostenible 2030, y a la promoción de las llamadas “políticas de Estado” como medio de regular las relaciones sociales con el medio natural en el marco de la economía de mercado. El del ambientalismo liberal, por su parte, suele tener un carácter ecologista ilustrado en relación a la naturaleza, y juridicista en relación a los conflcitos ambientales. Estas características se expresan en una rica tradición de educación ambiental de corte normativo y conservacionista, y afectados por conflictos ambientales.

El lenguaje del ambientalismo popular está directamente asociado a las luchas políticas asociadas a los conflictos derivados de la lucha contra la expropiación del patrimonio natural en las zonas rurales y las áreas protegidas, y al acceso a servicios ambientales básicos en las áreas urbanas. Por ello, su lenguaje es más cercano al del nuevo pensamiento ambiental latinoamericano, que se nutre en su desarrollo de las experiencias acumuladas por los sectores populares en sus acticisades de resistencia ambiental y lucha social.

Aquí, en todo caso, no cabe ver exclusiones absolutas. La relación entre estas prácticas y sus lenguajes no escluye el hecho de que lo falso es el resultado de la exageración unilateral de uno de los aspectos de la verdad. Esa relación, por lo mismo, se comprende mejor en la medida en que lo ambiental es asumido como aspecto principal de las contradicciones inherentes al complejo proceso de transición por el que atraviesa el desarrollo de nuestra especie.

Una parte significativa de los ODS 2030 y del derecho ambiental que ha venido siendo creado por los Estados nacionales, por ejemplo, está destinada a asumir y mediatizar demandas y reivindicaciones ambientales de carácter popular cada vez más generalizadas. De tal modo es esto así, que el estricto cumplimiento de esos marcos normativos desde una perspectiva popular y democrática conduciría a la transformación social necesaria para garantizar la sostenibilidad del desarrollo de nuestra especie.

Aun así, el hecho es que estamos ante lenguajes que expresan prácticas y propósitos diferentes y finalmente excluyentes: el de la planifiación tecnocrática, el del derecho ambiental, y el de la ecología política. Los dos primeros buscan contener el cambio social que el tercero promueve en los hechos. De allí la diferencia entre sus audiencias, y su incidencia en los cambios de los valores y conductas relacionados con el ambiente en cada una de esas audiencias.

Lo fundamental, en todo caso, es la renovación de una circunstancia de crisis que, en una de sus primeras manifestaciones, llevó a José Martí a plantear que estábamos “en tiempos de ebullición, no de condensación; de mezcla de elementos, no de obra enérgica de elementos unidos”, y que estaban así “las especies luchando por el dominio en la unidad del género.”[2] Eso, que fue planteado cuando la civilización que conocemos aún estaba en su fase ascendente, ha venido a ser más evidente que nunca cuando esa civilización ha ingresado en una fase descendente, de descomposición y transición hacia múltiples opciones de futuro.

Hoy, cuando el tiempo viene demostrando su superioridad sobre el espacio, y la realidad la suya ante la idea, cabe comprender y ejercer mejor lo que nos advirtiera José Martí en su ensayo Nuestra América, publicado en 1891, y que es como el acta de nacimiento de nuestra contemporaneidad:

 

Se ha de tener fe en lo mejor del hombre y desconfiar de lo peor de él. Hay que dar ocasión a lo mejor para que se revele y prevalezca para lo peor. Si no, lo peor prevalece. Los pueblos han de tener una picota para quien les azuza a odios inútiles; y otra para quien no les dice a tiempo la verdad.[3]

 

 

Mata del Francés, Chiriquí, Panamá. 3 de noviembre de 2017

 

 

 

 

[1] Colombia, 1941. Una de los tres integrantes latinoamericanos de la Comisión Mundial sobre Ambiente y Desarrollo (la Comisión Brundlandt), 1983 – 1987. Fue Directora del Instituto Nacional de Recursos Nacionales y Ambiente (INDERENA). Desde 1972 ha trabajado en defensa del patrimonio público natural, y ha dedicado su vida a la investigación, la investigación y el trabajo comunitarios en este campo.

 

 

[2] Cuadernos de Apuntes, 5 (1881). Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975 XXI.

 

[3] “Nuestra América”. El Partido Liberal, México, 30 de enero de 1891. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, la Habana, 1975. VI, 22.