El ambiente a la hora de Marx

El ambiente a la hora de Marx

Guillermo Castro H.

No es cierto que Marx ya no satisface nuestras necesidades.

Por el contrario, nuestras necesidades aún no se adecúan

a la utilización de las ideas de Marx.

Rosa Luxemburgo, 1903[1]

Para Alejandro Escalera, que pregunta

La crisis ambiental que encaramos ha renovado el debate sobre el papel del capitalismo en el desarrollo de la especie humana. Allí afloran, una vez más, dos posturas básicas: una afirma que el afán de la infinita acumulación de riquezas está en la naturaleza humana, mientras la otra ve en ese afán la expresión ideológica y moral de un momento determinado – y eventualmente pasajero – en el desarrollo de nuestra especie. En ambos casos está en discusión nuestra capacidad para el progreso: para unos, nos lleva por necesidad al borde de la extinción; para otros, puede llevarnos a una circunstancia nueva, en la cual las relaciones entre nuestra especie y su entorno natural puedan ser tan armónicas como las que imperen entre los propios seres humanos.

Ante este debate, adquiere renovada vigencia aquella observación de Rosa Luxemburgo, para quien la más valiosa de las enseñanzas de Marx, “la concepción materialista dialéctica de la historia”, nos permite “entrever un mundo totalmente nuevo”, abre “perspectivas infinitas para el pensamiento independiente”, y ofrece a nuestro espíritu “alas para volar audazmente hacia regiones inexploradas.” Aun así, añadía entonces, la herencia del marxismo “salvo pocas excepciones, no ha sido aprovechada”, y

Esta arma nueva y espléndida se herrumbra por falta de uso; la teoría del materialismo histórico está tan incompleta y fragmentaria como nos la dejaron sus creadores cuando la formularon por primera vez. No puede afirmarse, pues, que la rigidez y el acabado de la estructura marxista sean la explicación de que sus herederos no hayan proseguido la edificación.

Es en esta perspectiva, el problema de la capacidad del marxismo para contribuir a la comprensión de la crisis ambiental tiene sus sutilezas. Quienes se plantean la necesidad de desarrollar un marxismo ecológico, por ejemplo, dan por supuesto que existe otro que no lo es. A partir de allí, suele abrirse un camino a Bizancio que finalmente no lleva a mucho más que la confirmación de sus propios prejuicios por cada una de las partes.

Con todo, y siempre siguiendo a Rosa, este debate – con todas las dificultades que le son propias, incluyendo la de considerar al marxismo como un depósito de la fe[2]-, expresa también aquel proceso mediante el cual “cada época forma su propio material humano”, de modo que “si un periodo realmente exige exponentes teóricos, el periodo mismo creará las fuerzas necesarias para la satisfacción de esa exigencia.”  En ese sentido, si la crisis ambiental plantea problemas que demandan internarse “en el tesoro del pensamiento de Marx para extraer y utilizar nuevos fragmentos de su doctrina”, eso debe hacerse recordando que “nuestro movimiento, como todas las empresas de la vida real, tiende a seguir las viejas rutinas del pensamiento, y aferrarse a principios que han dejado de ser válidos,”, con lo cual “la utilización teórica del sistema marxista avanza muy lentamente.”

Así las cosas, conviene preguntarse por la capacidad del marxismo para articular en su visión del mundo y la historia los distintos saberes del pensamiento ambiental contemporáneo. En este caso, esa visión está referida a una totalidad – que usualmente llamamos “naturaleza”-, en cuyo seno nos hemos formado y desarrollado como una especie que no se limita a utilizar su entorno, sino que lo transforma mediante procesos de trabajo socialmente organizados.  Al respecto, cabe recordar que la obra de los fundadores del marxismo desarrolla de manera constante el principio que ambos formularan en 1846, en La Ideología Alemana:

Conocemos sólo una ciencia, la ciencia de la historia. Se puede enfocar la historia desde dos ángulos, se puede dividirla en historia de la naturaleza e historia de los hombres. Sin embargo, las dos son inseparables: mientras existan los hombres, la historia de la naturaleza y la historia de los hombres se condicionan mutuamente.

Ese principio, en efecto, está presente en el análisis de problemas que van desde lo relativo al metabolismo sociedad -naturaleza en El Capital , hasta la exploración del papel del trabajo en la formación y desarrollo de la especie humana, y el de la relación entre la naturaleza y el trabajo en la producción de la riqueza social.

Dentro de la visión así articulada, el ambiente expresa en sus paisajes el contenido social y tecnológico de la sociedad que lo produjo, tanto en el sentido en que Pierre Gourou se refería a ellos como una síntesis entre las “técnicas de producción” y las “técnicas de encuadramiento” social o, según lo veía Carl Sauer, como el producto de la intersección entre los hábitos y el hábitat de cada agrupamiento humano. Aun así, cada modo de producción genera paisajes muy diversos en las diversas sociedades que participan en su desarrollo. Aquí adquiere especial importancia la categoría de formación económico – social, que nos advierte que

En todas las formas de sociedad existe una determinada producción que asigna a todas las otras su correspondiente rango de influencia, y cuyas relaciones por lo tanto aseguran a todas las otras el rango y la influencia. Es una iluminación general en la que se bañan todos los colores y [que] modifica las particularidades de éstos. Es como un éter particular que determina el peso específico de todas las formas de existencia que allí toman relieve.[3]

Lo esencial, aquí, está en acotar históricamente el debate sobre la crisis ambiental como expresión de las formas de relación con el entorno natural que sostienen el desarrollo del capitalismo a escala mundial. El proceso de globalización, en efecto, no ha eliminado ni las clases sociales ni la lucha de clases como factores de primer orden en la producción de su ambiente por los humanos. Ambas gozan de buena – o mala – salud, a una escala y con una formas que no podremos comprender mientras no las estudiemos en lo que han venido a ser.

Por lo mismo, ninguna combinación de palabras podrá obviar el hecho de que si deseamos un ambiente distinto tendremos que crear una sociedad diferente. Tal es, en lo más breve, la forma en que se expresa la contradicción entre el capitalismo y el socialismo – así, sin más – en esta etapa de la historia de nuestra especie.

Panamá, 22 de mayo de 2018

[1] “Estancamiento y progreso del marxismo”. https://www.marxists.org/espanol/luxem/03Estancamientoyprogresodelmarxismo_0.pdf Todas las referencias al pensamiento de Rosa Luxemburgo en este artículo provienen de ese texto.

 

 

[2] El depósito de la fe es “el tesoro de la Revelación contenido en la Sagrada Escritura y en la Tradición, que fue confiado por Dios a su Iglesia para que, con la asistencia del Espíritu Santo, lo conserve y lo transmita y anuncie a los hombres, como fuente de toda verdad salvadora y de toda norma de conducta.” El depósito “se caracteriza por la inmutabilidad del dogma y el desarrollo homogéneo de la doctrina de la fe.”, el cual “ha sido encomendado únicamente al magisterio vivo de la Iglesia, cuya autoridad se ejerce en nombre de Jesucristo.” Lexicon Canonicum. http://www.lexicon-canonicum.org/materias/derecho-del-munus-docendi/deposito-de-la-fe/

 

[3] Marx, Karl: Elemento Fundamentales para la Crítica de la Economía Política (Grundrisse) 1857 – 1858. I. Siglo XXI Editores, México, 2007 (1971). I, 27 – 28.

 

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Marx, ambiente, sociedad

Marx, ambiente, sociedad.

Nota para una ecología política de nuestro tiempo.

Guillermo Castro Herrera

 

Para Rafael Colmenares,

en sus ríos como en sus páramos

 

El verdadero problema relativo al lugar y la función de la naturaleza en la filosofía de la praxis no consiste tanto en que exista o no una ecología de Marx, como en que su obra ofrezca una teoría y una metodología de la historia que permitan un abordaje integrado del desarrollo de la especie humana. Este es un tema de especial interés político para nuestro tiempo, sobre todo en lo que hace al análisis del origen, el significado histórico y las vías de acción ante la crisis ambiental global.

En esa tarea, resulta útil ubicar el tema en el marco mayor de la visión del mundo elaborada por Marx, y referirlo a sus reflexiones puntuales sobre el papel del trabajo la como forma humana específica del intercambio de materia entre la sociedad y la naturaleza. Con ello emerge de inmediato una constante referencia a la naturaleza los grandes textos que dan cuenta de esa visión del mundo, desde los Manuscritos Económico – Filosóficos de 1844, hasta la Crítica del Programa de Gotha, de 1875, pasando naturalmente por los Grundrisse de 1857-1858, y el primer tomo de El Capital, de 1867.

En esas referencias destaca el papel determinante que se otorga al trabajo – esto es, a la capacidad natural de los humanos para colaborar en la transformación de la naturaleza en función de sus necesidades – como medio de relación entre nuestra especie y su entorno. Esa interdependencia entre los humanos y su entorno, mediada por el el trabajo, es abordada por ejemplo en La Ideología Alemana – un texto de 1846 – a partir de que

 

El primer supuesto de toda historia humana es, naturalmente, la existencia de individuos humanos vivientes. Los primeros hechos comprobables son, por lo tanto, la organización corporal de estos individuos y su relación, dada de ese modo, con el resto de la naturaleza. […] Toda historiografía debe partir de estos fundamentos naturales y de su modificación a lo largo de la historia por la acción de los seres humanos. […] [Los seres humanos] empiezan a diferenciarse de los animales en cuanto empiezan a producir sus subsistencias, un paso que obedece a su organización corporal. Al producir sus subsistencias, los seres humanos producen indirectamente su vida material misma.[1]

 

Veinte años después, esta relación entre la sociedad y la naturaleza mediante el trabajo está admirablemente sintetizada en el primer tomo del Capital, publicado en 1867. Allí dice Marx que el trabajo “es, en primer lugar, un proceso entre el hombre y la naturaleza, un proceso en que el hombre media, regula y controla su metabolismo con la naturaleza.” En ese proceso, añade, el hombre “se enfrenta a la materia natural misma como un poder natural” con el fin de “apoderarse de los materiales de la naturaleza bajo una forma útil para su propia vida” mediante el ejercicio de sus capacidades físicas, mentales y sociales, de un modo en el que, al transformar la naturaleza exterior a él, “transforma a la vez su propia naturaleza”, esto es, se produce a sí mismo como como ser humano.[2]

En la década siguiente, el tema emerge con especial vigor en su Crítica del Programa de Gotha (1875). Allí, ante la declaración del partido socialdemócrata alemán de que el trabajo es la fuente de toda la riqueza, Marx riposta los siguiente:

 

El trabajo no es la fuente de toda riqueza. La naturaleza es la fuente de los valores de uso (¡que son los que verdaderamente integran la riqueza material!), ni más ni menos que el trabajo, que no es más que la manifestación de una fuerza natural, de la fuerza de trabajo del hombre.[…] En la medida en que el hombre se sitúa de antemano como propietario frente a la naturaleza, primera fuente de todos los medios y objetos de trabajo, y la trata como posesión suya, su trabajo se convierte en fuente de valores de uso, y, por tanto, en fuente de riqueza.[3]

 

La perspectiva aportada por Marx nos ofrece tres verdades elementales. Una, que el ambiente hace parte de la naturaleza pero no es idéntico a ella, en cuanto es el resultado de las intervenciones humanas en el medio natural mediante procesos de trabajo socialmente organizados. Otra, que a lo largo de la historia de nuestra especie, la forma en que cada sociedad ha organizado esas intervenciones en el medio natural ha dado lugar a ambientes característicos. Y, por último, que si deseamos un ambiente distinto tendremos que crear una sociedad diferente, que se relacione con su propio entorno con fines distintos a los que determinan los procesos de trabajo dominantes en el mundo que conocemos.

El estudio de los procesos de formación y de las transformaciones de estos ambientes sucesivos, en su relaciones con las sociedades de los que han sido y son expresión, es uno de los grandes temas de la historia ambiental. Al respecto, Marx nos ofrece en El Capital múltiples referencias sobre el origen de la crisis ambiental de nuestro tiempo o, lo que es igual, de la dimensión ambiental de la crisis del capital.

De entre esas referencias, una de las más conocidas es aquella en que describe las consecuencias para la naturaleza y los trabajadores del paso de la producción de bienes para la satisfacción de necesidades humanas, a la de mercancías destinadas a satisfacer la acumulación incesante de capital. Allí nos dice que la consolidación del capitalismo “crea las condiciones materiales para una nueva y más alta síntesis o coordinación de la agricultura y la industria, sobre la base de sus formas desarrolladas en un sentido antagónico”, con lo cual

 

Al crecer de un modo incesante el predominio de la población urbana, aglutinada por ella en grandes centros, la producción capitalista acumula, de una parte, la fuerza histórica motriz de la sociedad, mientras que de otra parte perturba el metabolismo entre el hombre y la tierra; es decir, el retorno a la tierra de los elementos de ésta consumidos por el hombre en la forma de alimento y de vestido, que constituye la condición natural eterna de la fertilidad permanente del suelo. Al mismo tiempo, destruye la salud física de los obreros.

 

Esa transformación capitalista del proceso de producción, que destruye “las bases primitivas y naturales de aquel metabolismo”, ocasiona que tanto en la industria urbana como en la moderna agricultura ”todo progreso, realizado en la agricultura capitalista no es solamente un progreso en el arte de esquilmar al obrero, sino también en el arte de esquilmar la tierra”. De allí resulta que “la producción capitalista sólo sabe desarrollar la técnica y la combinación del proceso social de producción socavando al mismo tiempo las dos fuentes originales de toda riqueza: la tierra y el hombre.”[4]

Las luchas de los ambientalistas de nuestro tiempo en defensa de la agricultura indígena y campesina, de la preservación de su patrimonio natural frente a la presión por convertirlo en capital natural al servicio de la inversión pública y privada, y del acceso de los trabajadores del campo y de la ciudad a condiciones dignas de vida y de trabajo, son también luchas por la preservación de esas “dos fuentes originales de toda riqueza: la tierra y el hombre.” Vivimos en el ambiente creado por un sistema mundial que solo puede garantizar su reproducción en la medida en que socava, en cada una de sus sociedades, las condiciones fundamentales de vida y desarrollo de la especie que somos. Trascender la lógica inmanente de ese sistema, para transformarlo, es ya el mayor desafío político del movimiento ambientalista mundial, y sólo podrá contribuir a hacerlo en la medida en que se vincule de manera cada vez más rica con todos los movimientos sociales y todas las corrientes políticas que, desde muy diversos puntos de origen, se orientan en la misma dirección.

 

Panamá, 29 de diciembre de 2017

 

[1] Marx, Karl y Engels, Friedrich (2005, 35-36): La Ideología Alemana y Otros Escritos Filosóficos. Editorial Losada, Buenos Aires, 2005.

 

[2] Capital. Sección Tercera. Producción del plusvalor absoluto. Capítulo V. Proceso de trabajo y proceso de valorización.

 

[3] Glosas marginales al programa de Partido Obrero Alemán (1875). https://www.marxists.org/espanol/m-e/1870s/gotha/gothai.htm

 

 

[4] Marx, Karl: El Capital, I. Sección Cuarta. La producción de la plusvalía relativa. Capítulo XIII. Maquinaria y gran industria. 10. La gran industria y la agricultura. Fondo de Cultura Económica, México, 2010, p. 422 – 424.

Del saber ambiental, y de nuestra historia ambiental

Del saber ambiental, y de nuestra historia ambiental

Guillermo Castro H.

 

En la naturaleza nada ocurre en forma aislada. Cada fenómeno afecta a otro y es, a su vez, influenciado por éste; y es generalmente el olvido de este movimiento y de ésta interacción universal lo que impide a nuestros naturalistas percibir con claridad las cosas más simples.

Federico Engels[1]

 

Nuestra América ha tenido y tiene una participación de especial relevancia en la formación de un saber ambiental en el que confluyen, entre otros, campos como la ecología política, la economía ecológica y la historia ambiental. Ese saber ambiental se desarrolla en el marco de la crisis general de la civilización creada por el capital. En ese marco, el saber ambiental expresa una contradicción de fondo entre la cultura liberal aún dominante en el sistema mundial, organizada para el crecimiento sostenido de la acumulación de capital, y otra, aún emergente, que busca organizarse para el desarrollo sostenible de la especie humana.

Esa contradicción subyace, por ejemplo, tras el debate sobre el carácter de la historia ambiental: ¿es una subdisciplina de otra más amplia – como lo son las historias política, económica, social y cultural-,  o es una forma original de comprender y encarar el desarrollo de la especie que somos? Para James O’Connor, aquellas otras subdisciplinas fueron tomando forma, e interactuando entre sí, a partir de necesidades sucesivas generada por el desarrollo del capitalismo en el mundo Noratlántico. La primera fue la de legitimar el Estado nacional como forma de organización política de la nueva economía y sus sociedades; la segunda, la de legitimar la economía misma en su fase de transición a formas monopólicas; y las últimas dos, para procesar los conflictos sociales e identitarios derivados de la maduración de los dos primeros procesos.[2] Al propio tiempo, en el desarrollo de la historia como disciplina académica del siglo XVIII acá, cada una de aquellas formas sucesivas cuestiona e integra, en un mismo movimiento, a las formas precedentes. Esto da lugar, así, a un campo del saber cada vez más amplio y más complejo, en el que son producidos conocimientos de una gran diversidad, cada vez más difíciles de integrar en verdaderas visiones de conjunto.

En esta lógica, la historia ambiental toma forma para ocuparse de los problemas derivados de las modalidades de interacción entre la especie humana y su entorno, que en esta fase de su desarrollo han pasado a convertirse en el principal factor de riesgo en nuestro futuro. Esta no es una tarea sencilla: por el contrario, supone trascender aquella barrera entre las ciencias naturales y las otras formas del saber, para asumir en cambio la perspectiva planteada ya en 1846 por Carlos Marx y Federico Engels, cuando dijeron conocer

 

sólo una ciencia, la ciencia de la historia. Se puede enfocar la historia desde dos ángulos, se puede dividirla en historia de la naturaleza e historia de los hombres. Sin embargo, las dos son inseparables: mientras existan los hombres, la historia de la naturaleza y la historia de los hombres se condicionan mutuamente.

 

Y añadían enseguida: “La propia ideología” – que en este caso correspondería a la visión de la historia promovida por la organización liberal de la cultura y sus organizaciones a lo largo de los siglos XIX y XX– “no es más que uno de tantos aspectos de esta historia.”[3]

Esta última frase ayuda a comprender las dificultades que encara el liberalismo para ofrecerle un lugar adecuado a la historia ambiental en su organización de la cultura en un ámbito académico estructurado en un trivium positivista, de ciencias naturales, sociales y humanidades, convertido en quatrivium al agregar las ingenierías. Esa estructura enfrenta hoy un proceso de desintegración de sus propias premisas de organización y dirección, que se expresa en dos direcciones. Una, la de una búsqueda incesante de soluciones multidisciplinarias, interdisciplinarias y transdisciplinarias en el abordaje de problemas que ya desbordaron por entero aquellas premisas; otra, el culto a la cienciometría y los controles burocráticos de todo tipo, que finalmente conducen a excluir en medida creciente a las Humanidades y a los estudios histórico – cualitativos de las ciencias sociales del campo del trabajo científico que se estima como realmente productivo.[4]

Todo esto genera un creciente formalismo, que impide apreciar en sus verdaderos términos la interdependencia universal de los fenómenos a que se refiere Engels, en cuanto ve en los objetos de estudio hechos o conjuntos de hechos aislados, antes que síntesis de relaciones multidimensionales que caracterizan a distintos momentos en el desarrollo de procesos a lo largo del tiempo.[5] De tales procesos, ninguno tiene hoy tanta importancia como el de las interacciones entre los sistemas sociales y los sistemas naturales – cuyo desarrollo en el tiempo es el objeto de estudio de la historia ambiental -, que dan lugar tanto a la formación de esa estructura que hemos venido a llamar el ambiente, como a la de nuestra propia especie.

Únicamente en la medida en que reconocemos el carácter interdependiente de esta relación podemos dar cuenta de su desarrollo histórico a cabalidad. Todo intento de eludir esa interdependencia a partir de la supuesta primacía de cualquiera de sus partes – o dicho en otros términos, de eludir el carácter dialéctico de esa relación – transfiere los resultados del estudio histórico fuera del campo de la historia. Tal fue el caso, por ejemplo, del enorme y complejo esfuerzo desplegado por Vladimir Vernadsky para incorporar una dimensión humana a la formación y evolución de la biosfera, a la que llamó noosfera, creada por la aplicación de la ciencia y la técnica para adaptar la naturaleza a nuestras necesidades, sin considerar en su plenitud las transformaciones sociales y culturales que tal proceso entraña, y que finalmente lo hacen posible.

Desde nuestra América, este proceso cultural tiene sus propias equivalencias, sugeridas por José Martí de diveras maneras entre 1875 y 1895, sintetizadas con especial claridad en 1891 al señalar que no había entre nosotros “batalla entre la civilización y la barbarie, sino entre la falsa erudición y la naturaleza”.[6] Desde esa perspectiva, se entiende mejor el alcance que ha de tener para nosotros, hoy, lo que planteara en una fecha indeterminada de sus años de exilio en Nueva York:

 

Cuando se estudia un acto histórico, o un acto individual, cuando se los descomponen en antecedentes, agrupaciones, accesiones, incidentes coadyuvantes e incidentes decisivos, cuando se observa como la idea más simple, o el acto más elemental, se componen de número no menor de elementos, y con no menor lentitud se forman, que una montaña, hecha de partículas de piedra, o un músculo hecho de tejidos menudísimos: cuando se ve que la intervención humana en la Naturaleza acelera, cambia o detiene la obra de ésta, y que toda la Historia es solamente la narración del trabajo de ajuste, y los combates, entre la Naturaleza extrahumana y la Naturaleza humana, parecen pueriles esas generalizaciones pretenciosas, derivadas de leyes absolutas naturales, cuya aplicación soporta constantemente la influencia de agentes inesperados y relativos.[7]

 

Al juzgar esto, importa recordar que Martí sólo fue excepcional en la medida en que fue el primero entre sus pares en la generación de jóvenes liberales radicalmente democráticos que abrieron a cuestión el Estado Liberal Oligárquico dominante en nuestra América a partir de la década de 1875, y con eso abrieron camino, también, al ciclo de rebeliones populares y de capas medias que barrieron de nuestra historia aquel Estado entre la Revolución Mexicana de 1910, y la Boliviana de 1952. De esa tradición viene lo mejor de nuestra cultura: desde ella nos viene también la posibilidad de hacer una historia ambiental latinoamericana, que integre a nuestra América y a la otra, y a Asia, Africa y Europa, en una historia general de la Humanidad elaborada en conjunto con nuestros colegas de esas otras regiones. Ya lo dijo alguien en los años sin cuenta: sólo seremos universales cuando seamos auténticos.

 

Panamá, 1 de marzo de 2017.

 

 

 

[1] El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre. Escrito por Engels en 1876. Publicado por primera vez en la revista “Die Neue Zeit”, Bd. 2, Nº 44, 1895-1896.  Traducido del alemán. https://www.marxists.org/espanol/m-e/1870s/1876trab.htm

 

[2] http://revista.ecaminos.org/article/que-es-la-historia-ambiental-por-que-historia-ambi/

[3] “Feuerbach. Oposición entre las concepciones materialista e idealista.” Primer Capitulo de La Ideología Alemana,1846 (fragmento)

http://www.marxists.org/espanol/m-e/1840s/feuerbach/index.htm. Y lo reiteraría, ya como un problema de ecología política, en su Crítica al Programa de Gotha, donde afirmara: “El trabajo no es la fuente de toda riqueza. La naturaleza es la fuente de los valores de uso (¡que son los que verdaderamente integran la riqueza material!), ni más ni menos que el trabajo, que no es más que la manifestación de una fuerza natural, de la fuerza de trabajo del hombre.” Y añade: “En la medida en que el hombre se sitúa de antemano como propietario frente a la naturaleza, primera fuente de todos los medios y objetos de trabajo, y la trata como posesión suya, su trabajo se convierte en fuente de valores de uso, y, por tanto, en fuente de riqueza.” https://www.marxists.org/espanol/m-e/1870s/gotha/gothai.htm.

 

 

[4] Esto, a partir de supuestos como el de que la llamada “comunidad científica” constituye un grupo anacional, cuyos miembros se vinculan entre sí antes que con sus propias sociedades, y cuya labor más válida es aquella que se traduce en innovaciones tecnológicas que incrementen la productividad del trabajo y contribuyan a acelerar el ciclo de circulación del capital.

[5] Al respecto, por ejemplo: Mészaros, Iván: “El poder de la ideología”. Revista Dialéctica. Escualea de Filosofía y Letras. Universidad Autónoma de Puebla, México. http://www.forocomunista.com/t23393-el-poder-de-la-ideologia-texto-de-istvan-meszaros-publicado-en-la-revista-dialectica-de-puebla-mexico

[6] “Nuestra América”. El Partido Liberal, México, 30 de enero de 1891. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. 1975, VI, 17.

[7] “Serie de artículos para La América”. “Artículos varios”, s.f.. Obras Completas, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975, tomo 23, p. 44.