La educación ambiental, y la otra educación

La educación ambiental, y la otra educación

Guillermo Castro Herrera

 En su momento, el educador ambiental panameño Kleber De Lora lo expresó con la mayor de las claridades: la educación ambiental, dijo, es la educación. Y al escucharlo, se oía en el fondo el ruido, pequeño pero constante, de los guijarros que iban cayendo del muro de la modernidad.

De eso se trata, a fin de cuentas: de que no vivimos en una época de cambios, en la que se puede añadir lo ambiental como una materia más a la educación existente, sino en un cambio de épocas, donde la incorporación de lo ambiental como problema fundamental para el desarrollo de nuestra especie pone en cuestión a toda la educación que ha contribuido – y contribuye – a la creación de ese problema.

De la cristiandad acá – o de la Conquista acá, que es lo mismo si el asunto lo vemos desde nuestra América – hemos vivido otros cambios de época, y de la educación que había ayudado a crear aquellas épocas. En la Edad Media, por ejemplo, toda la cultura y buena parte de la vida se organizaba en torno a los problemas de la salvación del alma, en sociedades que tenían más fe en la llegada del Juicio Final de la que algunos tienen hoy en la existencia del cambio climático. En esas sociedades, por lo mismo, toda la educación se organizaba en torno a la disciplina que se ocupa del problema de la salvación, que es la teología. Aquella educación, como se recuerda, se estructuró en dos componentes fundamentales: el trívium – integrado por las ciencias de la razón: gramática, dialéctica y retórica -, y el quatrivium, que reunía a las ciencias que hacía uso de la razón así educada: aritmética, geometría, astronomía y música.

Entre 1450 y 1650 – el siglo XVI “largo” de que hablara Fernand Braudel -, se produjo un cambio de época, en el que el problema de la salvación fue desplazado por el de la ganancia como objetivo fundamental de la existencia y de la vida en sociedad. En el mismo proceso, la teología fue siendo desplazada de su lugar central en la organización de la cultura por otra disciplina, la economía, que se ocupa de los problemas de la ganancia a través de la promoción del crecimiento económico sostenido. Al ocurrir esto, fue la idea de que se vivía en la naturaleza, como parte de una misma Creación – y de la observación y reflexión sobre la naturaleza en el intento de comprender nuestro lugar y nuestras funciones en esa Creación-, fue desplazada por otra: la de que era justo y necesario vivir de la naturaleza, como lo era prosperar a cuenta del trabajo de otros seres humanos.

            Y en el mismo proceso, también, se produjo una vasta reorganización de los campos y las formas del saber, que para mediados del siglo XIX daba lugar a la creación de un trívium positivista, integrado por las ciencias naturales, las sociales y las Humanidad, que se convirtió rápidamente en quatrivium con la adición de las ingenierías. A lo largo de esa reorganización, la naturaleza resultó expulsada de los ámbitos de las ciencias sociales y las Humanidades, para quedar constreñida al de las ciencias naturales, donde se la estudiaba para conocerla de un modo que permitirá a las ingenierías dominarla de manera cada vez más completa y productiva.

Desde sus orígenes, por otra parte, ese proceso ha tenido lugar a través del diálogo y la interacción entre los ámbitos del Estado – incluyendo el sistema interestatal -, de la empresa capitalista, y de los trabajadores intelectuales directa e indirectamente ligados al quehacer educativo. La comunidad – sea lo que se entienda por tal – nunca ha tenido un papel relevante en ese diálogo, ni una interacción relevante con ninguna de sus partes en materia educativa, salvo en lo que hace al derecho de recibir servicios de la educación así concebida y organizada desde arriba, cuando no desde afuera, a través de las agencias internacionales de financiamiento del desarrollo.

El orden mundial que generó para sí ese sistema educativo es el que está en crisis en el marco del cambio de épocas que atravesamos hoy. El destino a que nos conduce ese cambio aún es sin duda incierto, pero el problema fundamental que nos plantea se define con claridad cada vez mayor. Ese problema es el de la sostenibilidad del desarrollo de la especie humana, ante los riesgos evidentes que se derivan de las modalidades de organización de ese proceso que han sido dominantes del siglo XVI acá, y que ha llegado a extremos particularmente destructivos en la transición del XX al XXI.

Aquí es necesaria una precisión. Los problemas ambientales que padece hoy nuestra especie no son de origen natural, sino cultural. Ellos resultan de las modalidades de relación con el mundo natural que han caracterizado y caracterizan a las modalidades de desarrollo adoptadas por nuestra especie del siglo XVI a nuestros días. Esas modalidades, en efecto, conducen inevitablemente a una combinación de crecimiento económico con deterioro social y degradación ambiental que alcanza grados extremos en la crisis actual, sociedad por sociedad, región por región, cada una en sus propios términos, pero sin excepciones en un sistema mundial que vincula inexorablemente el destino de todas.

La lección que se deriva de esto no puede ser más sencilla: siendo el ambiente el resultado de las modalidades de interacción entre los sistemas sociales y los sistemas naturales que caracterizan a una determinada época histórica, si deseamos un ambiente distinto debemos crear una sociedad diferente. Desde esa disyuntiva se definen todo el potencial y todos los desafíos que encara la educación ambiental en todas sus expresiones.

En efecto, sólo merecerá su nombre en la medida en que sea una educación para la sostenibilidad del desarrollo de la especie humana, organizada a partir de una visión integrada de las relaciones entre los sistemas sociales y los sistemas naturales, mediante formas de interacción entre ambos correspondientes al potencial de armonía de cada uno. Pero deberá ganarse ese derecho actuando en el marco de sistemas educativos que no están diseñados para cambiar el mundo, sino para conservarlo organizado como está. Para decirlo con palabras del Papa Francisco, se trata de un conflicto entre el tiempo que anuncia la educación ambiental, y el espacio que modela la otra educación.

En una situación así, la idea de vincular la educación ambiental a los procesos de formación y desarrollo de comunidades humanas – vecinales, laborales, sociales, culturales – conscientes de sí mismas y del interés general de sus integrantes, y capaces de ejercerse como interlocutores del Estado y de las comunidades que expresan los intereses de los sectores dominantes tiene la mayor importancia. La educación ambiental, en efecto, tiene un importante papel que cumplir en la tarea de dotar a las comunidades del conocimiento necesario para comprender mucho mejor sus propios entornos, y ganar el control sobre esos entornos el control del que hoy carecen.

Por otra parte, el cumplimiento de esa tarea, desde adentro y desde abajo, permitirá a la educación ambiental renovarse y forjarse en el diálogo con los protagonistas de la realidad que ella debe contribuir a transformar. De ella ha de resultar que se acelere el avance en la creación de formas nuevas de organización del saber y de la cultura, que sinteticen y trasciendan lo que el trívium y el quatrivium positivistas fragmentaron.

En esta labor, los latinoamericanos hemos venido aportes de importancia cada vez mayor desde fines del siglo XX. La conciencia de la necesidad de un abordaje interdisciplinario de los problemas de nuestra realidad, tal como la expresara Rolando García, se traduce en logros de creciente relevancia en el fomento de campos nuevos del saber como la historia ambiental, la ecología política y la economía ecológica que, a la luz de los aportes de Paulo Freire y la Teología de la Liberación, facilitan el encuentro y el diálogo entre los trabajadores manuales e intelectuales de nuestra América, que entienden que no hay ya entre nosotros batalla entre la civilización y la barbarie sino “entre la falsa erudición y la naturaleza”, como lo advirtiera José Martí en 1891.

Es en el marco de esa batalla, en efecto, donde se aprecia mejor el vínculo mayor entre la educación ambiental y el contexto de crisis en que ella encuentra su razón de ser en nuestra América Latina a comienzos del siglo XXI. En ese vínculo encuentra la educación ambiental, también, los medios de que dispone para ejercer esa razón, y enriquecerla. Porque no estamos a fin de cuentas ante un problema técnico, sino ante uno claramente político, como es el de encontrar los medios y los modos de avanzar con los cambios de la época, para guiarlos hacia objetivos superiores de desarrollo humano y alejar y neutralizar los riesgos terribles que esos cambios, librados a la espontaneidad de la crisis que expresan, pueden plantear a la sobrevivencia misma de nuestra especie.

 

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América Latina: cultura, ambiente y sociedad en una época de transición

América Latina: cultura, sociedad y ambiente en una época de transición

Guillermo Castro H.

Fundación Ciudad del Saber, Panamá.

Conferencia ofrecida en el Congreso Anual 2014 de la Asociación Alemana de Investigación sobre América Latina, 2014, dedicada al tema Naturalezas Globalizadas – perspectivas latinoamericanas.

Berlín, 26 al 28 de junio de 2014

 

Quisiera expresar en primer término mi aprecio a la Fundación Konrad Adenauer y a ADLAF por la oportunidad que me ofrecen de participar en este encuentro, que aborda un tema de tanta importancia como es la valoración de la naturaleza de nuestra América en el marco de la crisis ambiental que hoy aqueja al sistema mundial. Quisiera, también, agradecer a Susanne Klengel por la paciente y oportuna orientación que supo brindarme para el planteamiento que quiero compartir con ustedes hoy.

En lo más esencial, deseo referirme al papel que desempeña en la crisis ambiental aquello que en nuestra América llamamos la cultura de la naturaleza, esto es, las formas en que los conflictos y las afinidades que definen la identidad de nuestras sociedades se expresan en la valoración que hacemos de nuestro entorno natural, en los modos de conocerlo, y en el papel del mismo en nuestra historia y nuestras vidas. Deseo hacerlo, además, desde la perspectiva de la historia ambiental, que se dedica al estudio de las interacciones entre los sistemas sociales y los sistemas naturales a lo largo del tiempo, mediante procesos de trabajo socialmente organizados, y de las consecuencias que esa interacción tiene para ambos.

La historia ambiental aborda esas interacciones a partir detres niveles de análisis interdependientes entre sí. El primero se refiere a los procesos de formación y las transformaciones del medio biogeofísico; el segundo, a la tecnología productiva y sus condiciones sociales de uso para la reorganización de ese medio, y el tercero, al papel de la cultura y las instituciones en la definición de nuestras formas de relación con la naturaleza.

Este abordaje, en apariencia sencillo si su objeto de análisis es una comunidad campesina, plantea singulares problemas cuando se trata es de una región de 22 millones de kilómetros cuadrados, poblados por unos 600 millones de habitantes, de los cuales cerca del 80% reside en áreas urbanas – que incluyen megaciudades como México, Sao Paulo, Buenos Aires y Rio de Janeiro -, y que desde mediados de la década de 1990 se ha constituido en la más importante frontera de recursos en la economía global. En esa región coinciden hoy una circunstancia perversa de crecimiento económico con degradación ambiental y una persistente inequidad social, junto al vigoroso desarrollo de un pensamiento ambiental nuevo, vinculado a tres fuentes principales: la tradición de reflexión sobre los problemas económicos y sociales de la región, en desarrollo desde fines del siglo XVIII, que anima hoy a entidades como la Comisión Económica para América Latina y el Caribe; la presencia de una intelectualidad estrechamente vinculada a la trama cada vez más densa del ambientalismo global, y los nuevos movimientos sociales del campo y de las periferias urbanas, que despliegan una lucha tenaz en la defensa de sus derechos de acceso a recursos naturales y a un ambiente sano y digno, que les permita vivir bien.

La historia ecológica de América se remonta a la formación del istmo de Panamá hace unos cuatro millones de años, que vinculó físicamente a las grandes masas que hoy conocemos como Norte y Suramérica, separadas de Pangea 200 millones de años antes. Ese espacio alberga una vasta y compleja diversidad de ecosistemas, que van desde desiertos extremadamente secos hasta bosques tropicales muy húmedos, y desde humedales marino – costeros hasta altiplanos de cuatro mil metros de altura, que albergan enormes reservas de recursos hídricos, minerales, energéticos, forestales, de biodiversidad y de tierra cultivable.

Dentro de ese tiempo mayor y esos espacios mayores, nuestra historia ambiental opera a partir de la presencia humana en el espacio americano, a lo largo de tres tiempos distintos, que se subsumen el uno en el otro hasta conformar el proceso mayor que nos ocupa. El primero corresponde a la larga duración de la presencia humana en el espacio americano, que se remonta a entre 30 y 15000 años, en cuyo marco, antes de la Conquista europea del siglo XVI, nuestra especie conoció un proceso de desarrollo aislado del resto de sus semejantes en Eurasia y África, que dio lugar a una amplia diversidad de experiencia culturales, desde las formas más elementales de organización social primitiva hasta la creación de complejos núcleos civilizatorios en Mesoamérica y el Altiplano andino.

El segundo tiempo, de mediana duración, corresponde al período de desarrollo integrado con el del resto de la especie humana, que se inicia con el control europeo del espacio latinoamericano a partir del siglo XVI. Ese control operó hasta mediados del siglo XIX a partir de la creación de sociedades tributarias sustentadas en formas de organización económica no capitalistas – como la comuna indígena, el mayorazgo feudal y la gran propiedad eclesiástica -, para desintegrarse entre 1750 y 1850, a partir de los conflictos generados por el interés de las Monarquías española y portuguesa en incrementar la renta colonial de sus posesiones americanas, primero, y después por el de los grupos dominantes en esas posesiones por asumir esa tarea en su propio beneficio mediante la Reforma Liberal, que creó los mercados de tierra y de trabajo necesarios para abrir paso a formas capitalistas de organización de las relaciones de las nuevas sociedades nacionales con su entorno natural.

El tercer tiempo, finalmente – de duración menor pero intensidad mucho mayor en lo que hace a sus consecuencias ambientales-, se extiende entre 1870 – 1970, y corresponde al proceso de plena integración de la región al moderno mercado mundial. Ese proceso tuvo una expansión sostenida a lo largo de la mayor parte del siglo XX, bajo formas de organización muy diversas, desde el peonaje semi servil de las explotaciones oligárquicas hasta la creación de enclaves de capital extranjero y de mercados protegidos para empresas estatales, hasta desembocar en el agotamiento de lo que el geógrafo chileno Pedro Cunill llamó ”la ilusión colectiva de preservar a Latinoamérica como un conjunto territorial con extensos paisajes virtualmente vírgenes y recursos naturales ilimitados”.

Ninguno de estos procesos se agota en sí mismo.Por el contrario, cada uno aporta premisas y consecuencias que contribuyen a definir el desarrollo del siguiente. Así, la interacción entre el tiempo anterior a la Conquista europea y el tiempo creado por ésta a partir de su vasto impacto demográfico, social, político – cultural y ambiental, dio lugar a la formación de cuatro cuatros grandes áreas etnoculturales, de significativa importancia en la crisis actual.

Una de ellas tiene un claro carácter indoamericano, al que contribuyeron tanto la feudalidad de la cultura de los conquistadores como aquellos rasgos de la organización política prehispánica en las áreas nucleares de Mesoamérica y los Andes que facilitaron la dominación colonial.La importación de esclavos africanos para el desarrollo de economías de plantación en el espacio caribeño y el Nordeste brasileño , por su parte, dio lugar a la formación de un espacio afroamericano con rasgos socioculturales y productivos característicos. Y a este se agregaron un espacio mestizo de fuerte presencia europea, en las zonas agroganaderas de la cuenca baja del Plata y del centro de Chile, y un vasto conjunto de regiones interiores que sirvieron como zonas de refugio de población indígena, mestiza y afroamericana que se desligaba del control colonial y retornaba a formas de producción y consumo no mercantiles.

 

La cultura

La crisis que hoy enfrentan las sociedades latinoamericanas en sus relaciones con el mundo natural incluye, también, la de sus visiones acerca de ese mundo y esas relaciones. Aquí, el rasgo dominante en la cultura latinoamericana de la naturaleza ha sido, y en gran medida sigue siendo, el de la fractura entre las visiones de quienes dominan y quienes padecen las formas de organización de las relaciones entre las sociedades de la región y su entorno natural.

Esta contradicción se expresa en la coexistencia usualmente pasiva, a veces antagónica, entre una cultura dominante que ha evolucionado en torno a ideales como la lucha de la civilización contra la barbarie, primero; del progreso contra el atraso, después, y finalmente del desarrollo contra el subdesarrollo, y un conjunto de culturas subordinadas que coinciden en una visión animista del mundo natural, y se han desarrollado en lucha constante contra esas visiones dominantes. Así, en las grandes obras de la narrativa culta que expresan el proceso de formación de las modernas identidades nacionales – desde La Vorágine y Doña Bárbara, hasta Cien Años de Soledad y La Casa Verde -, la naturaleza figura como un elemento amenazante, que finalmente escapa a todo control racional. Por contraste, la cultura popular tiende a encarar las relaciones con la naturaleza desde un tono de celebración, de gran delicadeza en la música de autores como el dominicano Juan Luis Guerra, o de comunión con ella en escritores como el peruano José María Arguedas.

La gran excepción en este panorama escindido se encuentra, sin duda alguna, en la obra de José Martí, en cuyas expresiones más acabadas – sobre todo en el ensayo Nuestra América, de 1891, verdadera acta de nacimiento de nuestra contemporaneidad – la naturaleza adquiere un claro carácter de categoría cultural y política, a ser construida desde la realidad que expresa. Aun así, la obra de Martí está estrechamente asociada a su diálogo con la cultura norteamericana de la naturaleza, expresada en autores como Ralph Waldo Emerson y Walt Whitman, durante su exilio en Nueva York entre 1881 y 1895.

Al respecto, aquí ha desempeñado un importante papel el hecho de que las estructuras fundamentales de organización cultural en las sociedades latinoamericanas hasta comienzos del siglo XX fueron las correspondientes a la Contrarreforma y el militarismo español y portugués de los siglos XVI y XVII, cuyas categorías de intelectuales dominantes fueron las del clero, el ejército y los letrados vinculados al servicio de la administración estatal y la gran propiedad terrateniente. Así, durante los siglos XVIII y XIX resalta en nuestra América la ausencia de una intelectualidad de capas medias vigorosa y bien educada, capaz de expresar el interés general de sus sociedades, del tipo de la que conocieran las sociedades Noratlánticas, y que permitiera a a científicos de extracción modesta como Alfred Russell Wallace actuar por derecho propio como interlocutores con pares de origen social más elevado, como Charles Darwin.

La moderna intelectualidad latinoamericana viene a conformarse con la expansión industrial y el desarrollo urbano característicos de la segunda mitad del siglo XX. Para la década de 1980, su visión del mundo no reconocía ya el mero crecimiento económico como evidencia de los frutos del progreso y del avance hacia la civilización a través del desarrollo, y expresaba una creciente inquietud por el carácter a todas luces insostenible de ese desarrollo basado en la ampliación constante de la exportación de materias primas para otras economías.

Este proceso de maduración cultural ha experimentado un creciente impulso en el siglo XXI. Desde arriba, la región ha conocido un notorio crecimiento de la institucionalidad ambiental, que ha trasladado al interior de los Estados – sin resolverlo – el conflicto entre crecimiento económico extractivista y sostenibilidad del desarrollo humano. Desde abajo, la resistencia indígena y campesina a la expropiación de su patrimonio natural y la lucha por sus derechos políticos se combina con la de los sectores urbanos medios y pobres por sus derechos ambientales básicos.

En ese marco, ha ido tomando cuerpo en América Latina una corriente de actividad intelectual que, desde las Humanidades como desde las ciencias y las artes, expresa lo que Enrique Leff ha llamado el “nuevo pensamiento ambiental” de la región. Formada en lo mejor de la tradición académica Occidental, y en estrecho contacto con los nuevos movimientos sociales de la región, esa intelectualidad ha conseguido articular el ambientalismo latinoamericano con el ambientalismo global, y con los procesos de transformación política, social, cultural, ambiental y económico que están en curso en toda la región.

Uno de sus voceros más característicos, el teólogo brasileño Leonardo Boff, ha expresado así la sustancia fundamental de esa relación:

“Hasta el momento presente, el sueño del hombre occidental y blanco, universalizado por la globalización, era dominar la Tierra y someter a todos los demás seres para así obtener beneficios de forma ilimitada. Ese sueño, cuatro siglos después, se ha transformado en una pesadilla.[…]Por eso, se impone reconstruir nuestra humanidad y nuestra civilización mediante otro tipo de relación con la Tierra […] para conseguir que perduren las condiciones de mantenimiento y de reproducción que sustentan la vida en el planeta. Eso solo ocurrirá si rehacemos el pacto natural con la Tierra y si consideramos que todos los seres vivos, portadores del mismo código genético de base, forman la gran comunidad de vida. Todos ellos tienen valor intrínseco y son por eso sujetos de derechos.”

Y añade enseguida la siguiente enumeración de lo que llama “los derechos de la Madre Tierra”:

“el derecho de regeneración de la biocapacidad de la Madre Tierra;el derecho a la vida de todos los seres vivos, especialmente de aquellos amenazados de extinción; el derecho a una vida pura, porque la Madre Tierra tiene el derecho de vivir libre de contaminación y de polución; el derecho al vivir bien de todos los ciudadanos; el derecho a la armonía y al equilibrio con todas las cosas; el derecho a la conexión con el Todo del que somos parte.”

 Esta intelectualidad participa hoy en el desarrollo de campos nuevos del conocimiento – como la historia ambiental, la ecología política y la economía ecológica -, y su producción en todos ellos constituye, ya, parte integrante de la cultura ambiental que surge de la crisis global.

 Crecer con el mundo, para ayudarlo a cambiar

La crisis ambiental hace parte de una circunstancia inédita en el desarrollo del moderno sistema mundial, que expresa un cambio de época antes que una época de cambios. En nuestra América, esto da lugar a un período de transición en el que emergen nuevamente viejos conflictos no resueltos, en el marco de situaciones enteramente nuevas, y emerge una cultura de la naturaleza que combina reivindicaciones democráticas de orden general con valores y visiones provenientes de las culturas indígenas, afroamericanas y mestizas, y de una intelectualidad de capas medias cada vez más estrechamente vinculada al ambientalismo global.

Esa cultura toma forma tanto desde el diálogo y la confrontación entre sus propios componentes, como en su contraposición a políticas estatales a menudo estrechamente asociadas a los intereses de organismos financieros internacionales, y a complejos procesos de búsqueda de acuerdos sobre temas ambientales en el sistema interestatal. En este proceso de transición, todo el pasado actúa en todos los momentos del presente, de modo que la legitimidad técnica que alegan las políticas estatales se enfrenta a la legitimidad histórica y cultural de los movimientos que las confrontan, dando lugar a un proceso de creación de opciones de desarrollo de gran vigor y diversidad.

En esta perspectiva, la dimensión cultural de la crisis no es un mero añadido a sus dimensiones ecológica, económica, tecnológica, social y política, sino la expresión más acabada de las interacciones entre todas ellas. De esas interacciones aflora ya en nuestra cultura de la naturaleza una conclusión que puede ser tan estimulante para unos como inquietante para otros, pero que es ineludible para todos: que siendo el ambiente el resultado de las interacciones entre la sociedad y su entorno natural a lo largo del tiempo, si se desea un ambiente distinto es necesario crear sociedades diferentes.

Identificar esa diferencia, y los modos de ejercerla, es el desafío fundamental que nos plantea la crisis ambiental, en América Latina como en cada una de las sociedades del planeta. Precisamente por eso, las transformaciones, conflictos, rupturas y opciones de salida que emergen en el ordenamiento socio-ambiental latinoamericano en la transición del siglo XX al XXI definen también los términos de la participación de nuestra América en la crisis ambiental global, y plantean problemas que deben ser resueltos desde la región, en diálogo y concertación con el resto de las sociedades del Planeta.

Crecemos con el mundo, para ayudarlo a cambiar en dirección a la utopía de Boff, que nos define.

 

Muchas gracias

 

Del desarrollo como metáfora, y la sostenibilidad como problema.

Del desarrollo como metáfora, y la sostenibilidad como problema.

Guillermo Castro H.

 

Cuando de una concepción se pasa a otra, el lenguaje precedente permanece,

pero se usa metafóricamente. Todo el lenguaje se ha convertido en una metáfora

y la historia de la semántica es también un aspecto de la historia de la cultura:

el lenguaje es una cosa viva y al mismo tiempo un museo de fósiles de una vida pasada.

Antonio Gramsci, Cuadernos de la Cárcel, 2 (1930 – 1932), p. 150.

Ediciones ERA, México, 1984.

 

Poco se dice del desarrollo sostenible que vaya mucho más allá de la necesidad de encontrar alguna solución duradera a los graves conflictos que hoy aquejan a las relaciones de las sociedades humanas entre sí, con sus propios integrantes, y con su entorno natural. Y es que, en efecto, el mayor de los desafíos que encara el desarrollo sostenible sigue siendo de orden conceptual. En este terreno, las Humanidades nos ayudan a comprender mejor el lugar que ocupa este desafío en el proceso mayor que algunos han llamado “la historia natural de la especie humana”, a partir del importante papel que desempeñan las metáforas en la formación del conocimiento científico.

La metáfora, en efecto, posee la capacidad de combinar simultáneamente a múltiples significados no excluyentes entre sí, como lo hace José Martí al decir de su verso que es “como un puñal / que por el puño echa flor” y al mismo tiempo “un surtidor / que da un agua de coral”. Esto permite a la metáfora aludir a aquellos factores de incertidumbre que nutren las situaciones de malestar en la cultura, facilitando así el paso de la intuición a la certeza, y de ésta a la acción humana. 

En esta tarea, la metáfora suele operar mediante intercambios de muy diverso orden entre campos distintos de la cultura y el conocimiento. Así, por ejemplo, la comprensión básica de nuestras relaciones de el mundo natural se ve facilitada cuando tomamos en préstamo una relación sociocultural para aludir a la naturaleza como una madre generosa que trabaja para sostener a sus hijos, pero que puede también someterlos a duro castigo si éstos abusan de ella. Y, a la inversa, la noción de desarrollo – heredera de las de civilización y progreso, y de los fósiles correspondientes a la vida pasada de la que surgieron – opera a partir de una apropiación metafórica, por parte de las ciencias sociales, de un concepto proveniente de la biología, que designa el proceso de formación, maduración y muerte de los organismos vivientes.

La metáfora, sin embargo, alude y elude a un tiempo el sentido más profundo de aquello que señala. Así, al atribuir a la naturaleza en su conjunto la capacidad de trabajar que caracteriza nuestra especie puede distorsionar nuestro conocimiento del mundo natural. Igualmente, al excluir del desarrollo como categoría social y económica la muerte del organismo que se desarrolla, puede llevarnos a atribuir un carácter natural a hechos que en realidad corresponden a creaciones culturales, limitando la posibilidad de comprender las contradicciones que los animan. De hecho, el desarrollo sostenible alude al agotamiento de aquella visión del mundo que, entre las década de 1950 y 1970, sintetizó en el desarrollo (sin adjetivos) la esperanza de que el progreso técnico y sus frutos llegaran a toda la Humanidad, de modo que el crecimiento económico sostenido garantizara bienestar social y participación política crecientes para todos, pero elude al mismo tiempo referir ese concepto particular a las condiciones históricas específicas que le dieron forma.

En verdad, el desarrollo del que se trata es el de nuestra especie a lo largo de los últimos cien mil años en su doble y simultánea dimensión biológica y sociocultural. Sus problemas incluyen, por supuesto, aquellos que se derivan de las condiciones creadas por ese proceso en el curso de los últimos cinco siglos – y del XX en particular –, desde el extraordinario crecimiento de nuestro número hasta la formación de una primera comunidad mundial de los humanos, el despliegue de formas masivas de intervención en la naturaleza y de niveles de producción material y contaminación sin precedentes, y el hecho de que las modalidades de relación social y de organización de la cultura que hicieron posible todo esto han venido a entrar en contradicción creciente con las necesidades y demandas – humanas justamente – que se derivan de esos resultados.

Lo ilegítimo aquí – esto es, lo eludido en la metáfora – consiste en confundir ese proceso general con cualquiera de las formas históricas puntuales que han contribuido a su despliegue, o han terminado por distorsionarlo y aun bloquearlo. Visto así, todo apunta al problema político de decidir si aún cabe subordinar el desarrollo humano a la preservación del capitalismo – una forma histórica de organización de las relaciones sociales que ya conspira incluso contra sus bases naturales de sustentación -, o si por el contrario ha llegado la hora de encarar de la manera más decidida la construcción de aquellas formas nuevas de socialidad que mejor se correspondan con el pleno aprovechamiento de las enormes conquistas que ha logrado nuestra especie en materia de ciencia y tecnología.

Asumir esta disyuntiva obliga a trascender la metáfora del desarrollo sostenible, para pasar del problema sin solución de preservar una forma histórica particular del desarrollo humano, a encarar la necesidad de encontrar y construir las formas nuevas que hagan viable ese desarrollo en el futuro. Hoy, en suma, ya resulta evidente que nuestro desarrollo será sostenible por lo humano que sea, o no será, y que ese carácter tiene y tendrá su expresión más clara en nuestras capacidades para la cooperación solidaria. Haber llegado a esta disyuntiva constituye quizás el mayor de nuestros logros como especie. La forma en que la encaremos definirá no solo nuestro destino, sino además el del Planeta en que ha tenido lugar nuestra existencia.

 

Panamá, noviembre 2014

Para una historia ambiental de la salud

Para una historia ambiental de la salud

Guillermo Castro Herrera*

 

“Desde que el lenguaje permitió que la evolución cultural humana incidiera sobre procesos antiquísimos de evolución biológica, la humanidad ha estado en condiciones de alterar los más antiguos equilibrios de la naturaleza de la misma manera que la enfermedad altera el equilibrio natural en el cuerpo de un huésped.[…] Desde el punto de vista de otros organismos, la humanidad se asemeja así a una grave enfermedad epidémica, cuyas recaídas ocasionales en formas de conducta menos virulentas nunca le han bastado para entablar una relación estable y crónica”.

William McNeill, Plagas y Pueblos, 1976

 

Cada fenómeno afecta a otro y es, a su vez, influenciado por éste; y es generalmente el olvido de este movimiento y de ésta interacción universal lo que impide a nuestros naturalistas percibir con claridad las cosas más simples.

Federico Engels, El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre, 1876

 

 

El problema

El ambiente constituye un tema de creciente importancia en el debate sobre la salud pública en nuestro tiempo. Aun cuando las expresiones más visibles de ese interés tienden a ubicarse en torno a problemas como el de las enfermedades infecciosas emergentes, también empiezan a manifestarse con respecto a otros riesgos de malestar, enfermedad y muerte que desbordan la concentración tradicional en los temas de agua, saneamiento, y disposición de deshechos. Esto obliga a considerar los problemas de la salud en el marco de un proceso de desarrollo desigual y combinado que opera a escala planetaria desde hace al menos doscientos años, y que en los albores del siglo XXI ha venido a desembocar en una crisis civilizatoria, cuya expresión más visible se encuentra en la combinación de crecimiento económico sostenido con deterioro social y degradación ambiental constantes.

              Hoy, en efecto, esa degradación ambiental global se despliega a partir del efecto combinado y sinérgico de factores como la intensificación de la variabilidad climática; la rápida erosión de la biodiversidad – expresada sobre todo en la extinción de especies, tanto silvestres como domésticas; la pérdida generalizada de ecosistemas vitales, una contaminación sin precedentes – que incluye además una inmensa variedad de contaminantes artificiales; un incremento de la población humana que nos ha llevado de un billón a más de siete billones de personas en apenas dos siglos, y un proceso de urbanización que, en el mismo período, a elevado de 5% a más del 50% – 70% en América Latina – el porcentaje de los humanos que residen en áreas urbanas, y un incremento también sin precedentes del consumo y los desechos.[1]

            En esta perspectiva, si se entiende a la salud como aquella situación deseable de bienestar físico, mental y social a que se refiere la conocida definición de la OMS, y se acepta además que ese bienestar humano se logra – o no – en el seno del ambiente forjado y transformado por nuestra especie en su interacción incesante con su entorno, resulta evidente que el estado de la salud es un indicador de la calidad de las relaciones que mantiene la especie con el medio natural del que depende su existencia. El ambiente, además, constituye el ámbito por excelencia de interacción entre la salud, en tanto producto del desarrollo humano, y la enfermedad y la muerte como hechos naturales. Así, por ejemplo, Paul Epstein – uno destacado pioneros en este campo – ha podido afirmar que:

 

En cualquier tiempo y en cualquier época, la salud humana tiende a seguir tendencias tanto en los sistemas sociales como en el ambiente natural. En períodos de relativa estabilidad – medida a través del número y la distribución de las personas, el uso que hacen de los recursos naturales, y los desechos que producen – los controles naturales, biológicos, sobre las plagas y los organismos patógenos pueden funcionar de manera eficiente. En tiempos de cambio acelerado – a menudo asociado a inestabilidad política o social, desastres naturales, o guerra – las enfermedades infecciosas pueden difundirse. Hoy, un clima cada vez más inestable, la acelerada pérdida de especies, y crecientes inequidades económicas plantean un desafío a la tolerancia y la resistencia de los sistemas naturales. Actuando en conjunto, estos elementos de cambio contribuyen al surgimiento, resurgimiento y redistribución de enfermedades infecciosas a escala global.[2]

 

La adecuada comprensión de estos vínculos, sin embargo, sólo es posible en perspectiva histórica. Cada sociedad tiene en efecto un ambiente y una salud que le son característicos, y que resultan de una trayectoria en el desarrollo – siempre conflictivo – tanto de las relaciones que guardan entre sí los grupos que la integran, como de las que mantiene con el mundo natural. El examen de esas trayectorias en el pasado, y de sus expresiones más características en el presente, constituye una valiosa fuente de experiencias para el análisis de los problemas de la salud pública en un mundo en crisis.

Dicho examen, sin embargo, demanda marcos de referencia que van más allá de los esquemas de periodización y análisis propios de la sola historia de lo humano – lo social, lo cultural, lo político y lo económico –, al uso en la mayor parte de nuestros centros académicos. El problema planteado, en efecto, no pertenece por entero ni al campo de las ciencias naturales, ni al de las humanas, sino que debe ser construido a partir de un diálogo entre ambos en torno al problema común de las consecuencias para la salud y el desarrollo de nuestra especie que se han derivado de las intervenciones humanas en el mundo natural, y las enseñanzas que cabe desprender de ello.

            En una importante medida, este abordaje implica extender al campo de la salud el aporte de una historia ambiental – en formación de 1980 acá – , que concibe el pasado “como una serie de intercambios ecológicos que han tenido lugar entre las comunidades humanas y sus entornos – el mundo, y real, de objetos que no hemos inventado, pero que inciden constantemente sobre nuestra vida cultural”, y define su tema central como “un pensamiento que ubica a la gente en su plena complejidad orgánica, y enseña a ser responsable con respecto a todos nuestros asociados en la Tierra”.[3] En la medida en que una parte sustancial de esa complejidad orgánica se refiere a aquellos intercambios ecológicos directamente vinculados a nuestras formas de vivir, enfermar y morir, la construcción de una historia ambiental de la salud tiene importantes antecedentes ya en una trayectoria de investigación y reflexión sobre la trayectoria de las condiciones sociales y ecológicas vinculadas a las relaciones entre los humanos y los microparásitos responsables por las enfermedades infecciosas. nnn

Este es, por ejemplo, el tema central de Plagas y Pueblos, un texto clásico en este campo, del historiador norteamericano William H. McNeill.[4] Allí, el autor, – tras señalar que, sin duda, “una comprensión más plena sobre el sitio en perpetuo cambio de la humanidad en el equilibrio de la naturaleza debería ser parte de nuestra comprensión de la historia”[5] – se propone

 

dejar al descubierto una dimensión de la historia humana que hasta ahora no ha sido reconocida por los historiadores: la de los encuentros de la humanidad con las enfermedades infecciosas y las consecuencias de largo alcance que se produjeron cada vez que los contactos a través de la frontera de una enfermedad distinta permitieron que una infección invadiera una población carente de toda inmunidad contra sus estragos.[6]

 

Desde allí, y a partir del hecho de que los humanos pudieron poblar el planeta entero “porque aprendieron a crear micromedios idóneos para la supervivencia de una criatura tropical en condiciones muy diversas”, McNeill examina las relaciones de conflicto y coevolución entre nuestra especie y sus microparásitos a lo largo de un proceso de expansión en el cual “la adaptación y la invención culturales disminuyeron la necesidad de un ajuste biológico a medios diversos, introduciendo así un factor fundamentalmente perturbador y continuamente cambiante en los equilibrios ecológicos que existían en todas las partes de la tierra”.

En esa perspectiva, el autor aborda además, la interacción entre ese microparasitismo natural, y el macroparasitismo social que se expresa en las relaciones de opresión y explotación de unos grupos humanos por otros a lo largo del proceso de surgimiento y desarrollo de las civilizaciones humanas.

La civilización, en efecto, – con sus características de sedentarismo y aumento del número de los humanos y de la densidad de sus asentamientos, sostenido por la ampliación selectiva de su familia ecológica, animal y vegetal; el incremento del macroparasitismo, y el intercambio constante entre grupos humanos distantes – crea condiciones que favorecen la inserción permanente de agentes de enfermedad infecciosa en las sociedades humanas, y la coevolución de ambas.[7]

A lo largo del proceso emerge, así, un panorama en el que el estado general de salud de poblaciones enteras contribuye a modelar sus alternativas de relación y acción, tanto frente al mundo natural como ante otras sociedades, y en lo que toca a su propio desarrollo social y material. En este sentido, Plagas y Pueblos se inscribe en aquel campo de reflexión a que se refería Federico Engels cuando afirmaba que, si habían sido necesarios miles de años “para que el hombre aprendiera en cierto grado a prever las remotas consecuencias naturales de sus actos dirigidos a la producción, mucho más le costó aprender a calcular las consecuencias sociales de esos mismos actos”. [8] Y lo hace además de un modo en el que, a más de veinte años de su primera edición, mantiene abierto el desafío de llegar a entender en toda la complejidad de sus vinculaciones la relación entre la sociedad, la salud y el medio ambiente en el mundo contemporáneo.

En lo inmediato, por ejemplo, aún está pendiente una comprensión más clara de los vínculos entre nuestra civilización y las enfermedades degenerativas asociadas a la contaminación y el deterioro ambiental masivo, o aquellos otros entre el deterioro social y el incremento de males como la depresión, las dependencias, la violencia como medio de relación social o la desesperanza aprendida a escala de grupos sociales completos. Pero, en un  tiempo más largo, y de mayor densidad sustantiva, sigue pendiente también la tarea de comprender en qué medida, y por qué vías, los problemas de salud de nuestra civilización pueden ser vinculados a las consecuencias de los “actos dirigidos a la producción” que caracterizaron nuestro pasado mediato, y que seguirán operando mientras no se modifiquen las condiciones sociales y ecológicas que las sustentan.

Lo que hoy puede parecer relativamente sencillo en relación al estudio del papel desempeñado por las enfermedades infecciosas en nuestra historia ambiental fue muy complejo en su momento. Hoy, esa complejidad se expresa en la comprensión del papel del deterioro social y la degradación ambiental en la salud de la enorme multitud que hemos venido a ser. Esto nos obliga, una vez más, a trascender las tentaciones de la especialización tecnocrática, tan característica de nuestra cultura, para acercarnos en cambio a una visión nuevamente ecuménica, que faciliten el enfoque sistémico y el estilo de trabajo interdisciplinario que demanda la comprensión y el manejo de  los problemas de salud de nuestro tiempo.

La historia, en particular, puede enseñarnos a preguntar, más que a responder. Y, en este caso, las verdaderas preguntas a plantear no son tanto las que se refieren a las tareas de reorganización de la naturaleza que deben ser cumplidas para garantizar la salud de los como aquellas otras que tienen que ver con la reorganización de sus relaciones sociales de un modo que permita enfrentar con éxito la tarea urgente de hacer sustentables nuestras relaciones con el mundo natural.

 

Un programa de trabajo

Un programa de trabajo adecuado para abordar a la salud en su historicidad – esto es, en su carácter de producto de la acción humana -, y para promover la formación de la sensibilidad nueva que facilite la apropiación social de este modo de conocimiento, debería atender a tres objetivos fundamentales. En primer lugar, necesitamos conocer mucho mejor las experiencias históricas de interacción entre las sociedades, el ambiente que producen y la salud de la población, sobre todo mediante el estudio de casos particulares que permita fundamentar mucho mejor el marco de referencia general para el abordaje de los problemas inherentes a estos vínculos en sociedades como la de Panamá, donde – y sobre todo a lo largo del siglo XX – el complejo militar – industrial que fuera conocido como Zona del Canal articuló en torno a sí, y a los intereses de la potencia que lo administraba, modalidades de desarrollo humano que iban desde los linderos del neolítico hasta los de la economía de plantación y la sociedad de consumo, con consecuencias sanitarias que aún están pendiente de estudio.

Disponer de marcos de referencia mejor fundamentados, a su vez, nos permitirá encarar de manera más precisa el segundo objetivo: comprender las formas y mecanismos fundamentales del desarrollo histórico de esos procesos de interacción y sus principales expresiones en el mundo contemporáneo, entendiendo por tal aquél que se articula en torno al mercado mundial en desarrollo desde fines del siglo XVIII, y que ha venido a funcionar como una unidad en tiempo real – esto es, como un mercado global – desde fines del XX. Se trata, en efecto, de un período caracterizado por

 

La exploración de la Tierra en todas las direcciones, para descubrir tanto nuevos objetos utilizables como nuevas propiedades de uso de los antiguos, al igual que nuevas propiedades de los mismos en cuanto materias primas, etc.; por consiguiente el desarrollo al máximo de las ciencias naturales; igualmente el descubrimiento, creación y satisfacción de nuevas necesidades provenientes de la sociedad misma; el cultivo de todas las propiedades del hombre social y la producción del mismo como un individuo cuyas necesidades se hayan desarrollado lo más posible, por tener numerosas cualidades y relaciones. [9]

 

Este proceso de expansión incesante, a su vez, conlleva el desarrollo de “un sistema múltiple, y en ampliación constante, de tipos de trabajo, tipos de producción, a los cuales corresponde un sistema de necesidades cada vez más amplio y copioso”[10], directamente vinculado a los problemas de contaminación masiva y la alteración constante de los ecosistemas antes mencionados. Y esos problemas alcanzan sus expresiones más dañinas en las consecuencias – tanto más peligrosas cuanto menos y peor conocidas – derivadas de la situación de guerra sin fin que ha acompañado aquel proceso de expansión.[11] Esa situación de guerra incesante, en efecto, acelera y multiplica todos los problemas antes indicados, sea como consecuencia de su efecto destructivo; debido a la acumulación de desechos de tal actividad – incluidos los que resultan de la producción de medios de destrucción -, o como resultado de las transformaciones económicas que se abren paso a través de las victorias así obtenidas, desde la creación de un mercado en China para el opio producido por empresas inglesas en la India a mediados del siglo XIX, hasta la apertura de nuevos espacios para actividades contaminantes de gran escala y la acentuación del carácter desigual y combinado del desarrollo a escala planetaria.

La comprensión del proceso de globalización en perspectiva histórica es una condición indispensable para encarar, como tercer objetivo, la tarea de identificar, analizar y aprovechar a favor del desarrollo humano las oportunidades que se derivan de ese proceso general para comprender y encarar las situaciones particulares que, en campos como el de las relaciones entre la salud y el cambio ambiental, van emergiendo de dicho proceso. Aquí, la historia ambiental puede y debe aportar premisas y perspectivas de análisis que ya han probado su valor en el estudio de otros aspectos de la relación entre el desarrollo humano y el mundo natural. Así, por ejemplo, en lo que hace a la relación entre la sociedad y su entorno natural, la historia ambiental nos permite entender tres verdades de importancia para este programa de trabajo. En primer término, que la naturaleza que nos rodea es en una importante medida el resultado de prolongadas intervenciones humanas en los ecosistemas que la integran; en segundo, que nuestras ideas acerca de esa naturaleza y su utilidad están socialmente determinadas de múltiples maneras y, por último, que nuestros problemas ambientales se originan en el uso que las sociedades humanas han hecho de los ecosistemas en el pasado.

La historia ambiental facilita, así, la construcción de un marco conceptual adecuado para abordar la relación salud – ambiente – desarrollo en su doble dimensión de estructura (espacial) y proceso (temporal), incorporando los aportes de otras disciplinas – como la historia médica, o la epidemiología histórica, por ejemplo – en la tarea de transformar el tiempo cronológico en tiempo histórico, esto es, en tiempo útil por su capacidad para permitirnos comprender mejor la experiencia humana en materia de producción de salud, y aprender de ella. Este marco común tiene una evidente utilidad para comprender la historicidad de la relación entre la salud como hecho social, y la enfermedad y la muerte como hechos naturales, y facilitar el abordaje interdisciplinario de problemas característicos de nuestro presente, y de nuestro futuro previsible, como los relativos a las enfermedades infecciosas emergentes, al incremento de la indicencia de las enfermedades degenerativas, y a la gestión de la salud en las condiciones de deterioro social y ambiental, y de urbanización masiva,.

Nos encontramos, en efecto, en el punto de partida en la creación de las estructuras de larga duración en torno a las cuales se articularán las relaciones entre la salud, el ambiente y el desarrollo futuros, y las dificultades que enfrentamos se expresan con especial sutileza en la decisión de cambiar el objetivo de lograr salud para todos en el año 2000 – establecido por la Organización Mundial de la Salud en un cuarto de siglo atrás, en un momento de mayores motivos para el optimismo – por el de lograr esa meta “en el siglo XXI”. Y en un momento así, debe ser evidente la necesidad de examinar de manera más prolija y productiva las vías por las que hemos llegado a los riesgos y las oportunidades que nos presenta nuestra circunstancia.

 

(Algunos) problemas y perspectivas

La historia aborda el pasado a la luz – o a las sombras – de las preocupaciones que nos inspira el futuro. Por lo mismo, la mayor contribución de la historia ambiental en este terreno consiste en enriquecer el conocimiento y debate de la situación y las tendencias de salud en las primeras décadas del siglo XXI, y de las opciones previsibles en su desarrollo futuro. Aquí, la historia ambiental puede aportar nueva evidencia sobre los riesgos inherentes a una visión de la salud centrada en las posibilidades de control que ofrece la tecnología médica y sanitaria, antes que en las oportunidades (y los riesgos) de una participación social amplia, activa y bien informada en la producción de las condiciones fundamentales que demanda el bienestar de nuestra sociedad en un mundo en proceso de transformación.

En esa perspectiva, el predominio de una visión de la salud como un estado de ausencia de enfermedad en el individuo limita la demanda de un estudio de la salud como creación colectiva. Por lo mismo, un programa de trabajo para la adecuada comprensión de los vínculos entre la producción social del ambiente y la de la salud debe contribuir tanto a crear esa demanda como a formar a los futuros investigadores que le darán respuesta. Pero, sobre todo, este programa será viable en la medida en que sea útil, esto es, en la medida en que contribuya a plantear en nuevos términos la aspiración irrenunciable de lograr, en Panamá como en toda la América nuestra, un desarrollo humano capaz de ofrecer salud para todos, con todos y para el bien de todos, en los términos en que lo exige el mundo que emerge con el siglo nuevo.

 

Ciudad del Saber, Panamá, 2001 – 2013

 

 

 


* Panamá, 1950. Doctor en Estudios Latinoamericanos, UNAM, 1995. Vice Presdiente de Investigación y Formación, Fundación Ciudad del Saber, Panamá, gcastro@cdspanama.org. Conferencia ofrecida en el Foro Cáncer, Salud y Ambiente en Panamá, organizado por el Centro de Incidencia Ambiental. Centro Topper, Panamá, 25 de enero de 2º14.

 

[1] http://mahb.stanford.edu/ . Traducción de Guillermo Castro H.

 

[2] Epstein, Paul, 1997: “Climate, ecology, and human health”. Consequences: Volume 3, Number 1, 1997, 1.

 

[3] Worster, Donald, 1996: “The two cultures revisited. Environmental history and the environmental sciences”, en Environment and History, Volume 2, Number 1, February 1996. Traducción. GCH.

[4] McNeill, William, 1984 (1977): Plagas y Pueblos. Siglo XXI de España, 1984.

 

[5] Op. Cit., p. 5

[6] Ibid., p. 3

[7] De este modo, civilización y enfermedad promueven y sostienen un incesante proceso que apunta a la unificación microbiana de Eurasia, primero – sobre todo entre el 500 a.c. y el 1400 d.c. -, y del mundo, después, en una fase que se inicia con la conquista europea de América, se amplía con el intercambio de esclavos y microparásitos entre África y el Nuevo Mundo, después, y culmina con la expansión de esas relaciones de coevolución y conflicto a escala del sistema mundial. Con ello, se llega a la situación de que las enfermedades de la civilización pasen a ser “las enfermedades familiares a casi toda la humanidad contemporánea como las comunes a la infancia: sarampión, paperas, tos ferina, viruela, etc.” Ibid., p. 52

[8] “El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre”, en Marx, Carlos y Engels, Federico: Obras Escogidas, Editorial Progreso, Moscú, 1969, p.388.

[9] Marx, Carlos: Elementos Fundamentales para la Crítica de la Economía Política (Grundrisse) 1857 – 1858. Siglo XXI, Editores, 2007. I, 361.

[10] Idem.

[11]  Al respecto, cabe además recordar que “La guerra se ha desarrollado antes que la paz: mostrar la manera en que ciertas relaciones económicas tales como el trabajo asalariado, el maquinismo, etc., han sido desarrolladas por la guerra y en los ejércitos antes que en el interior de la sociedad burguesa. Del mismo modo, la relación entre fuerzas productivas y relaciones de tráfico, particularmente visibles en el ejército.” Marx, Carlos: Grundrisse, cit., I, 30.

 

La noosfera y los cuatro jinetes del Apocalipsis: conocimiento, sociedad y crisis ambiental

La noosfera y los cuatro jinetes del Apocalipsis: conocimiento, sociedad y crisis ambiental

Guillermo Castro Herrera[1]

 

El conocimiento es un producto del trabajo humano, al menos en cuatro sentidos. Primero, en cuanto es necesario trabajar para producir conocimientos; segundo, en cuanto la materia prima fundamental para esa labor proviene de la experiencia acumulada por nuestra especie en su incesante transformación del mundo en que habitamos; tercero, en cuanto que – como todo proceso de trabajo – la producción de conocimiento es una acción racional determinada en sus métodos y procedimientos por los fines que persigue. Y, finalmente, porque la práctica es el criterio de la verdad o, si se quiere, porque la calidad del conocimiento está íntimamente relacionada con su capacidad para ayudarnos a comprender el mundo, y transformarlo de manera adecuada a nuestras necesidades, tal como las entendemos en cada etapa de nuestro desarrollo como la especie que somos.

Esto permite entender que el conocimiento  puede y debe ser objeto de una gestión encaminada a organizar y orientar su producción, y a optimizar el aprovechamiento de sus frutos. Esa gestión del conocimiento, como se la denomina hoy, ha venido a emerger como un área específica de actividad social en el marco más amplio del proceso de globalización, esto es, de transformación del mercado mundial en una unidad que funciona en tiempo real.

Esto no equivale a decir, de ninguna manera, que la gestión del conocimiento sea un producto de la globalización. En lo más esencial, la labor de organización y dirección de los procesos de producción, aplicación y difusión del conocimiento ha estado presente en toda sociedad, desde las más primitivas a las más modernas, y determinada en cada una de ellas por sus formas de vida y propósito.

Así, por ejemplo, en la Grecia clásica coexistieron formas extraordinariamente refinadas de producción de conocimiento con otras particularmente toscas de aplicación del conocimiento a la producción material, y una difusión limitada a las formas más abstractas del conocimiento restringida a los estratos superiores de aquella sociedad. El paso de la Academia clásica al monasterio de la Alta Edad Media y a la Universidad del otoño del feudalismo constituye un proceso relativamente bien conocido de sucesión de estructuras de gestión del conocimiento correspondientes a sociedades rurales, rígidamente estratificadas y organizadas en lo esencial – al decir de Immanuel Wallerstein – como economías mundo, mas no como elementos de una economía mundial.

El período que va de 1450 a 1550 fue, a un tiempo, el del nacimiento de lo que vendría a ser la moderna sociedad capitalista – cuya primera madurez se ubica hacia 1850 -, y el de la desintegración de las estructuras de gestión del conocimiento precedentes, y la formación de las premisas sobre las que llegarían a integrarse estructuras nuevas. Ambos procesos están íntimamente vinculados entre sí, y se asocian  por ejemplo en el desarrollo y difusión de lenguas nacionales cultas, distintas al latín clerical hasta entonces dominante en la difusión del conocimiento. Ese proceso alcanza su primer momento climático entre 1534 y 1611, en lo que va de la publicación de la Biblia traducida al alemán por Martín Lutero a la de la traducida a lengua inglesa por iniciativa de la casa reinante en Inglaterra.

Ese período es, también, el de la formación de una cultura laica, en cuyo marco se desarrollan actividades de investigación que hoy llamaríamos “científica”; surgen demandas de un tipo nuevo de producción de conocimiento para la producción material – en casos como los del control de la energía hidráulica, de la agricultura y de la minería – y empiezan a formarse especialistas laicos en la aplicación del conocimiento a las actividades productivas. Al propio tiempo, las viejas estructuras de gestión del conocimiento se van viendo marginadas de ese proceso de transformación de los vínculos entre el conocimiento, la producción material y la vida espiritual, para especializarse en la formación de los tres tipos básicos de la intelectualidad bajo medieval: el teólogo, el abogado y el médico.

Esta transformación se hace evidente, por ejemplo, en hechos como la escasa – si alguna – participación de las viejas universidades en la revolución industrial de fines del XVIII y principios del XIX, y el florecimiento – paralelo a esa revolución – de organizaciones laicas estatales de promoción del conocimiento científico que adoptaron el nombre de Academias o Colegios Reales. La importancia de estas entidades se expresa, por ejemplo, en que ni Adam Smith estudiara economía ni Charles Darwin biología en el sentido en que entendemos hoy esas disciplinas, ni en el tipo de entidades en que vino a practicarse ese estudio de mediados del XIX en adelante. Ninguno de ellos, por otra parte, desempeñó su labor de investigación en entidades universitarias

Aquel proceso de transición vino a culminar cuando el cascarón de la vieja universidad medieval, con su carga de añejo prestigio, fue convertido en el andamio adecuado para crear una entidad de nuevo tipo, destinada a vincularse de manera cada vez más estrecha a la producción material y espiritual de una sociedad que entonces alcanzaba su primera madurez. Así, el viejo trívium medieval cedió lugar al positivista – ciencias naturales, ciencias sociales, Humanidades -, y al nuevo quadrivium tecnológico, con la incorporación de las ingenierías a la tríada anterior.[2]

Con todo, lo fundamental consistió aquí en un cambio en la función a cumplir por la gestión del conocimiento. En efecto, si en el medioevo esa gestión se organizaba en torno al problema de la salvación del alma – y de la Teología como disciplina especializada en el tema -, en el mundo moderno esa organización pasó a girar en torno al problema de la ganancia, a la luz de la economía como disciplina dominante.

Aquella transición vino a culminar hacia fines del siglo XIX y comienzos del XX. El desarrollo de las nuevas estructuras de gestión del conocimiento, acelerado por las demandas siempre crecientes del Estado y del nuevo sector empresarial dominante – industrial primero, financiero después -, vino a generar contradicciones cada vez más agudas desde mediados del siglo XX. Es en ese marco, desde fines del siglo XX y a lo largo del XXI se ha iniciado un nuevo proceso de transición en cuyo marco ha emergido, como se dijo, la gestión del conocimiento como campo específico del saber.

Para comienzos del siglo XXI la gestión del conocimiento tiende a organizarse en torno al problema de la sustentabilidad del desarrollo de la especie humana, y asume como su eje de racionalidad a la ecología. Esta transición surge del proceso de desarrollo y maduración de la primera cultura universal en la historia humana – aquella creada por la generalización de los intercambios entre todos los pueblos y todas las economías del planeta, de mediados del siglo XVIII en adelante -, y de la crisis ecológica global surgida asociada a la organización de dichos intercambios en torno al propósito de la acumulación incesante de ganancias.

En el plano del conocimiento, este proceso está asociado a dos fenómenos de especial importancia. Uno consistió en el extraordinario volumen y diversidad de la información generada por dichos intercambios. Así, para 1876 ya era posible afirmar que en la naturaleza

 

nada ocurre en forma aislada. Cada fenómeno afecta a otro y es, a su vez, influenciado por éste; y es generalmente el olvido de este movimiento y de esta interacción universal lo que impide a nuestros naturalistas percibir con claridad las cosas más simples.[3]

 

La percepción de esa interrelación universal de los fenómenos naturales y sociales se vio favorecida, además, por el extraordinario desarrollo de las tecnologías de la información y las comunicaciones desde fines del siglo XIX y, sobre todo, desde fines del XX. De allí ha resultado que la gestión del conocimiento disponga hoy de capacidades tecnológicas que le permiten operar con enormes volúmenes de datos de las procedencias y calidades más diversas. Y de allí ha resultado, también, el riesgo de disponer cada vez más de mayor información y menor conocimiento.

Esas posibilidades, y ese riesgo, resaltan la importancia de construir marcos de referencia para la gestión del conocimiento que hagan explícita la concepción del mundo y la racionalidad que la animan, y que permitan cumplir con tres propósitos básicos. Uno, preservar la capacidad de convertir experiencias diversas en un conocimiento que pueda ser compartido por actores muy diferentes; otro, facilitar a cada uno de esos actores la tarea de adecuar ese conocimiento a sus propios intereses y, en particular, fomentar y facilitar la interacción entre esos actores para encarar riesgos y aprovechar oportunidades de interés común.

Esos problemas hacen parte de los desafíos que ha venido a plantearnos la sostenibilidad del desarrollo de nuestra especie desde fines del siglo XX, cuando el volumen y complejidad de nuestras intervenciones en el medio natural han venido a crear una circunstancia que algunos designan como el antropoceno, entendiendo por tal un periodo en la historia del planeta en el que esas intervenciones han adquirido una dimensión geomorfológica.

De esos desafíos, los más visibles son, sin duda, de orden científico, tecnológico y cultural. Otros, no menos importantes y probablemente decisivos a mediano y largo plazo, son de orden cultural, y se expresan con particular claridad en las diferencias de percepción de la crisis que encaramos. Así, por ejemplo, el sistema interestatal tiende a privilegiar en su abordaje de la crisis el tratamiento de los problemas asociados al cambio climático, reduciéndolos – en una serie de aproximaciones sucesivas – a problemas de adaptación y mitigación, de tecnología adecuada al tratamiento de esos problemas y, finalmente, al acceso a los fondos necesarios para abordar esos problemas con esa tecnología conservando al propio tiempo el orden vigente en nuestras relaciones con la naturaleza, y de las sociedades entre sí.

Por contraste, organizaciones como la Alianza del Milenio por la Humanidad y la Biosfera, en su documento Consenso de los científicos sobre la necesidad de Conservar los Sistemas Vitales de la Humanidad en el Siglo XXI[4], resalta que el estudio de “la interacción de la gente con el resto de la biosfera desde una amplia gama de perspectivas”, indica “que la evidencia de que los humanos están dañando sus sistemas ecológicos vitales es abrumadora” y que “la calidad de la vida humana sufrirá un deterioro sustancial hacia el año 2050, si persistimos en seguir por la senda que venimos recorriendo.”

Para la Alianza, la crisis ambiental global se expresa – en el plano de las relaciones entre la especie humana y la naturaleza – en cinco órdenes de problemas principales, estrechamente relacionados entre sí: la alteración del clima, las extinciones, la pérdida generalizada de diversos ecosistemas, la contaminación y el crecimiento de la población humana y de los patrones de consumo. Por contraste, el sistema interestatal tiende a un enfoque reduccionista que concentra la atención en el cambio climático, en la dimensión tecnológica – incluyendo aquí las técnicas de encuadramiento social, así sea en forma subordinada -, y en el acceso a financiamiento.[5]

Atendiendo a este tipo de situaciones, se hace evidente que la construcción de nuevos marcos de referencia destinados a facilitar el entendimiento y la colaboración entre organizaciones de tipo muy diverso no puede limitarse a ejercicios de reordenamiento en el marco del trívium y el quadrivium positivistas. En ese marco, por ejemplo, se asume que existe una diferencia – antes que una relación – entre lo social y lo natural, y se da por supuesto que corresponde a las ciencias naturales explicar los procesos, y a las sociales describir las estructuras de acción colectiva y proponer las modificaciones que puedan ser necesarias para que las mismas permitan enfrentar problemas de nuevo tipo en la relación entre la sociedad y la naturaleza. De ese esquema básico de acción cognitiva quedan excluidas, así, las Humanidades por un lado, mientras se privilegia por el otro el vínculo entre ciencias naturales y tecnología en el marco de sociedades que cambian, pero no se transforman.

Aquí, el desafío que encaramos es el de pasar, de la racionalidad del productivismo, con su énfasis en el crecimiento sostenido que demanda la acumulación incesante de capital, a una racionalidad ambiental, que nos permita entender que el desarrollo del que se trata es el de nuestra especie, que depende de una interacción sostenible con los ecosistemas de los que depende nuestra existencia. Un marco nuevo de referencia tendría que trascender, así, la mayor parte de los supuestos que sustentan la gestión del conocimiento para el desarrollo sostenible en la vieja perspectiva positivista – progresista, para encarar el hecho de que una parte sustancial de las premisas que sustentan nuestro pensar y nuestro actuar frente al conocimiento provienen del período histórico anterior a la crisis ambiental global.

Nos encontramos, en suma, en una situación de desencuentro entre la cultura de ayer y los cambios que van definiendo nuestras opciones ante la crisis ambiental global se expresa de múltiples maneras. Una, por ejemplo, se hace sentir en la formación de campos de estudio nuevos, como los de la ecología política, la economía ecológica y la historia ambiental. Otra emerge en la revaloración de los saberes populares, y la búsqueda de mecanismos de diálogo entre éstos y los de tipo técnico y universitario, todos ellos vinculados entre sí por su común origen en el trabajo humano. Y otra manera más emerge en la revaloración de que vienen siendo objeto las Humanidades en su capacidad de aportar tanto a la mejor comprensión de los procesos de larga y mediana duración, como a la de los lenguajes – y en particular las metáforas – que nos permiten construir el conocimiento común que vamos adquiriendo a partir de la infinita diversidad de la actividad humana.

Ese aporte de las Humanidades, en interacción cada vez más fecunda con el conocimiento de lo natural y de lo social, nos permite entender hoy un pequeño conjunto de verdades fundamentales. La primera consiste en entender que el ambiente es el producto de las interacciones entre cada sociedad y el medio natural que la sustenta. La segunda, que el ambiente viene a ser así – como lo dijera Donald Worster – un espejo que la naturaleza pone ante nuestros ojos, para permitirnos ver el verdadero rostro nuestra sociedad. La tercera, que cada sociedad, a lo largo de la historia, ha creado un ambiente que le ha sido característico.

La cuarta y última verdad de este conjunto sintetiza a todas las demás. Ella nos advierte que si deseamos un ambiente distinto, tendremos que crear una sociedad diferente, o atenernos a las consecuencias de no hacerlo. Tenemos, pues, una opción. Podemos culminar el proceso de transformación de la biosfera en la noosfera fecunda que imaginaron Vladimir Vernadsky y Pierre Teilhard de Chardin, en la que finalmente ocurra el paso del reino de la necesidad al de la libertad, o podemos retroceder ante esa posibilidad, y emprender el viaje de retorno a la barbarie, a la zaga – otra vez – de los cuatro jinetes del Apocalipsis.

Ciudad del Saber, Panamá, noviembre de 2013

 


[1] Panamá, 1950. Comunicación preparada para el V Encuentro Científico de la Universidad Autónoma de Chiriquí. David, Chiriquí, 14 de noviembre de 2013

[2] Es bueno recordar que en la universidad medieval el trívium incluía el aprendizaje de la gramática, la lógica y la retórica, complementadas por el quadrivium de la aritmética, la geometría, la astronomía y la música, antes de pasar a estudios más especializados.

[3] Engels, Federico: “El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre”. Marx, Carlos y Engels, Federico: Obras Escogidas en tres tomos. Editorial Progreso, Moscú, 1976. III, 74.

[5] Con ello, todo el proceso conduce de vuelta a la puerta de las agencias que tienen a su cargo financiar la acumulación incesante de ganancias a escala mundial y, ahora, proveer servicios financieros para encarar algunos de los problemas generados por esa acumulación en campos como el de la variabilidad climática.