La educación ambiental, y la otra educación

La educación ambiental, y la otra educación

Guillermo Castro Herrera

 En su momento, el educador ambiental panameño Kleber De Lora lo expresó con la mayor de las claridades: la educación ambiental, dijo, es la educación. Y al escucharlo, se oía en el fondo el ruido, pequeño pero constante, de los guijarros que iban cayendo del muro de la modernidad.

De eso se trata, a fin de cuentas: de que no vivimos en una época de cambios, en la que se puede añadir lo ambiental como una materia más a la educación existente, sino en un cambio de épocas, donde la incorporación de lo ambiental como problema fundamental para el desarrollo de nuestra especie pone en cuestión a toda la educación que ha contribuido – y contribuye – a la creación de ese problema.

De la cristiandad acá – o de la Conquista acá, que es lo mismo si el asunto lo vemos desde nuestra América – hemos vivido otros cambios de época, y de la educación que había ayudado a crear aquellas épocas. En la Edad Media, por ejemplo, toda la cultura y buena parte de la vida se organizaba en torno a los problemas de la salvación del alma, en sociedades que tenían más fe en la llegada del Juicio Final de la que algunos tienen hoy en la existencia del cambio climático. En esas sociedades, por lo mismo, toda la educación se organizaba en torno a la disciplina que se ocupa del problema de la salvación, que es la teología. Aquella educación, como se recuerda, se estructuró en dos componentes fundamentales: el trívium – integrado por las ciencias de la razón: gramática, dialéctica y retórica -, y el quatrivium, que reunía a las ciencias que hacía uso de la razón así educada: aritmética, geometría, astronomía y música.

Entre 1450 y 1650 – el siglo XVI “largo” de que hablara Fernand Braudel -, se produjo un cambio de época, en el que el problema de la salvación fue desplazado por el de la ganancia como objetivo fundamental de la existencia y de la vida en sociedad. En el mismo proceso, la teología fue siendo desplazada de su lugar central en la organización de la cultura por otra disciplina, la economía, que se ocupa de los problemas de la ganancia a través de la promoción del crecimiento económico sostenido. Al ocurrir esto, fue la idea de que se vivía en la naturaleza, como parte de una misma Creación – y de la observación y reflexión sobre la naturaleza en el intento de comprender nuestro lugar y nuestras funciones en esa Creación-, fue desplazada por otra: la de que era justo y necesario vivir de la naturaleza, como lo era prosperar a cuenta del trabajo de otros seres humanos.

            Y en el mismo proceso, también, se produjo una vasta reorganización de los campos y las formas del saber, que para mediados del siglo XIX daba lugar a la creación de un trívium positivista, integrado por las ciencias naturales, las sociales y las Humanidad, que se convirtió rápidamente en quatrivium con la adición de las ingenierías. A lo largo de esa reorganización, la naturaleza resultó expulsada de los ámbitos de las ciencias sociales y las Humanidades, para quedar constreñida al de las ciencias naturales, donde se la estudiaba para conocerla de un modo que permitirá a las ingenierías dominarla de manera cada vez más completa y productiva.

Desde sus orígenes, por otra parte, ese proceso ha tenido lugar a través del diálogo y la interacción entre los ámbitos del Estado – incluyendo el sistema interestatal -, de la empresa capitalista, y de los trabajadores intelectuales directa e indirectamente ligados al quehacer educativo. La comunidad – sea lo que se entienda por tal – nunca ha tenido un papel relevante en ese diálogo, ni una interacción relevante con ninguna de sus partes en materia educativa, salvo en lo que hace al derecho de recibir servicios de la educación así concebida y organizada desde arriba, cuando no desde afuera, a través de las agencias internacionales de financiamiento del desarrollo.

El orden mundial que generó para sí ese sistema educativo es el que está en crisis en el marco del cambio de épocas que atravesamos hoy. El destino a que nos conduce ese cambio aún es sin duda incierto, pero el problema fundamental que nos plantea se define con claridad cada vez mayor. Ese problema es el de la sostenibilidad del desarrollo de la especie humana, ante los riesgos evidentes que se derivan de las modalidades de organización de ese proceso que han sido dominantes del siglo XVI acá, y que ha llegado a extremos particularmente destructivos en la transición del XX al XXI.

Aquí es necesaria una precisión. Los problemas ambientales que padece hoy nuestra especie no son de origen natural, sino cultural. Ellos resultan de las modalidades de relación con el mundo natural que han caracterizado y caracterizan a las modalidades de desarrollo adoptadas por nuestra especie del siglo XVI a nuestros días. Esas modalidades, en efecto, conducen inevitablemente a una combinación de crecimiento económico con deterioro social y degradación ambiental que alcanza grados extremos en la crisis actual, sociedad por sociedad, región por región, cada una en sus propios términos, pero sin excepciones en un sistema mundial que vincula inexorablemente el destino de todas.

La lección que se deriva de esto no puede ser más sencilla: siendo el ambiente el resultado de las modalidades de interacción entre los sistemas sociales y los sistemas naturales que caracterizan a una determinada época histórica, si deseamos un ambiente distinto debemos crear una sociedad diferente. Desde esa disyuntiva se definen todo el potencial y todos los desafíos que encara la educación ambiental en todas sus expresiones.

En efecto, sólo merecerá su nombre en la medida en que sea una educación para la sostenibilidad del desarrollo de la especie humana, organizada a partir de una visión integrada de las relaciones entre los sistemas sociales y los sistemas naturales, mediante formas de interacción entre ambos correspondientes al potencial de armonía de cada uno. Pero deberá ganarse ese derecho actuando en el marco de sistemas educativos que no están diseñados para cambiar el mundo, sino para conservarlo organizado como está. Para decirlo con palabras del Papa Francisco, se trata de un conflicto entre el tiempo que anuncia la educación ambiental, y el espacio que modela la otra educación.

En una situación así, la idea de vincular la educación ambiental a los procesos de formación y desarrollo de comunidades humanas – vecinales, laborales, sociales, culturales – conscientes de sí mismas y del interés general de sus integrantes, y capaces de ejercerse como interlocutores del Estado y de las comunidades que expresan los intereses de los sectores dominantes tiene la mayor importancia. La educación ambiental, en efecto, tiene un importante papel que cumplir en la tarea de dotar a las comunidades del conocimiento necesario para comprender mucho mejor sus propios entornos, y ganar el control sobre esos entornos el control del que hoy carecen.

Por otra parte, el cumplimiento de esa tarea, desde adentro y desde abajo, permitirá a la educación ambiental renovarse y forjarse en el diálogo con los protagonistas de la realidad que ella debe contribuir a transformar. De ella ha de resultar que se acelere el avance en la creación de formas nuevas de organización del saber y de la cultura, que sinteticen y trasciendan lo que el trívium y el quatrivium positivistas fragmentaron.

En esta labor, los latinoamericanos hemos venido aportes de importancia cada vez mayor desde fines del siglo XX. La conciencia de la necesidad de un abordaje interdisciplinario de los problemas de nuestra realidad, tal como la expresara Rolando García, se traduce en logros de creciente relevancia en el fomento de campos nuevos del saber como la historia ambiental, la ecología política y la economía ecológica que, a la luz de los aportes de Paulo Freire y la Teología de la Liberación, facilitan el encuentro y el diálogo entre los trabajadores manuales e intelectuales de nuestra América, que entienden que no hay ya entre nosotros batalla entre la civilización y la barbarie sino “entre la falsa erudición y la naturaleza”, como lo advirtiera José Martí en 1891.

Es en el marco de esa batalla, en efecto, donde se aprecia mejor el vínculo mayor entre la educación ambiental y el contexto de crisis en que ella encuentra su razón de ser en nuestra América Latina a comienzos del siglo XXI. En ese vínculo encuentra la educación ambiental, también, los medios de que dispone para ejercer esa razón, y enriquecerla. Porque no estamos a fin de cuentas ante un problema técnico, sino ante uno claramente político, como es el de encontrar los medios y los modos de avanzar con los cambios de la época, para guiarlos hacia objetivos superiores de desarrollo humano y alejar y neutralizar los riesgos terribles que esos cambios, librados a la espontaneidad de la crisis que expresan, pueden plantear a la sobrevivencia misma de nuestra especie.

 

América Latina: cultura, ambiente y sociedad en una época de transición

América Latina: cultura, sociedad y ambiente en una época de transición

Guillermo Castro H.

Fundación Ciudad del Saber, Panamá.

Conferencia ofrecida en el Congreso Anual 2014 de la Asociación Alemana de Investigación sobre América Latina, 2014, dedicada al tema Naturalezas Globalizadas – perspectivas latinoamericanas.

Berlín, 26 al 28 de junio de 2014

 

Quisiera expresar en primer término mi aprecio a la Fundación Konrad Adenauer y a ADLAF por la oportunidad que me ofrecen de participar en este encuentro, que aborda un tema de tanta importancia como es la valoración de la naturaleza de nuestra América en el marco de la crisis ambiental que hoy aqueja al sistema mundial. Quisiera, también, agradecer a Susanne Klengel por la paciente y oportuna orientación que supo brindarme para el planteamiento que quiero compartir con ustedes hoy.

En lo más esencial, deseo referirme al papel que desempeña en la crisis ambiental aquello que en nuestra América llamamos la cultura de la naturaleza, esto es, las formas en que los conflictos y las afinidades que definen la identidad de nuestras sociedades se expresan en la valoración que hacemos de nuestro entorno natural, en los modos de conocerlo, y en el papel del mismo en nuestra historia y nuestras vidas. Deseo hacerlo, además, desde la perspectiva de la historia ambiental, que se dedica al estudio de las interacciones entre los sistemas sociales y los sistemas naturales a lo largo del tiempo, mediante procesos de trabajo socialmente organizados, y de las consecuencias que esa interacción tiene para ambos.

La historia ambiental aborda esas interacciones a partir detres niveles de análisis interdependientes entre sí. El primero se refiere a los procesos de formación y las transformaciones del medio biogeofísico; el segundo, a la tecnología productiva y sus condiciones sociales de uso para la reorganización de ese medio, y el tercero, al papel de la cultura y las instituciones en la definición de nuestras formas de relación con la naturaleza.

Este abordaje, en apariencia sencillo si su objeto de análisis es una comunidad campesina, plantea singulares problemas cuando se trata es de una región de 22 millones de kilómetros cuadrados, poblados por unos 600 millones de habitantes, de los cuales cerca del 80% reside en áreas urbanas – que incluyen megaciudades como México, Sao Paulo, Buenos Aires y Rio de Janeiro -, y que desde mediados de la década de 1990 se ha constituido en la más importante frontera de recursos en la economía global. En esa región coinciden hoy una circunstancia perversa de crecimiento económico con degradación ambiental y una persistente inequidad social, junto al vigoroso desarrollo de un pensamiento ambiental nuevo, vinculado a tres fuentes principales: la tradición de reflexión sobre los problemas económicos y sociales de la región, en desarrollo desde fines del siglo XVIII, que anima hoy a entidades como la Comisión Económica para América Latina y el Caribe; la presencia de una intelectualidad estrechamente vinculada a la trama cada vez más densa del ambientalismo global, y los nuevos movimientos sociales del campo y de las periferias urbanas, que despliegan una lucha tenaz en la defensa de sus derechos de acceso a recursos naturales y a un ambiente sano y digno, que les permita vivir bien.

La historia ecológica de América se remonta a la formación del istmo de Panamá hace unos cuatro millones de años, que vinculó físicamente a las grandes masas que hoy conocemos como Norte y Suramérica, separadas de Pangea 200 millones de años antes. Ese espacio alberga una vasta y compleja diversidad de ecosistemas, que van desde desiertos extremadamente secos hasta bosques tropicales muy húmedos, y desde humedales marino – costeros hasta altiplanos de cuatro mil metros de altura, que albergan enormes reservas de recursos hídricos, minerales, energéticos, forestales, de biodiversidad y de tierra cultivable.

Dentro de ese tiempo mayor y esos espacios mayores, nuestra historia ambiental opera a partir de la presencia humana en el espacio americano, a lo largo de tres tiempos distintos, que se subsumen el uno en el otro hasta conformar el proceso mayor que nos ocupa. El primero corresponde a la larga duración de la presencia humana en el espacio americano, que se remonta a entre 30 y 15000 años, en cuyo marco, antes de la Conquista europea del siglo XVI, nuestra especie conoció un proceso de desarrollo aislado del resto de sus semejantes en Eurasia y África, que dio lugar a una amplia diversidad de experiencia culturales, desde las formas más elementales de organización social primitiva hasta la creación de complejos núcleos civilizatorios en Mesoamérica y el Altiplano andino.

El segundo tiempo, de mediana duración, corresponde al período de desarrollo integrado con el del resto de la especie humana, que se inicia con el control europeo del espacio latinoamericano a partir del siglo XVI. Ese control operó hasta mediados del siglo XIX a partir de la creación de sociedades tributarias sustentadas en formas de organización económica no capitalistas – como la comuna indígena, el mayorazgo feudal y la gran propiedad eclesiástica -, para desintegrarse entre 1750 y 1850, a partir de los conflictos generados por el interés de las Monarquías española y portuguesa en incrementar la renta colonial de sus posesiones americanas, primero, y después por el de los grupos dominantes en esas posesiones por asumir esa tarea en su propio beneficio mediante la Reforma Liberal, que creó los mercados de tierra y de trabajo necesarios para abrir paso a formas capitalistas de organización de las relaciones de las nuevas sociedades nacionales con su entorno natural.

El tercer tiempo, finalmente – de duración menor pero intensidad mucho mayor en lo que hace a sus consecuencias ambientales-, se extiende entre 1870 – 1970, y corresponde al proceso de plena integración de la región al moderno mercado mundial. Ese proceso tuvo una expansión sostenida a lo largo de la mayor parte del siglo XX, bajo formas de organización muy diversas, desde el peonaje semi servil de las explotaciones oligárquicas hasta la creación de enclaves de capital extranjero y de mercados protegidos para empresas estatales, hasta desembocar en el agotamiento de lo que el geógrafo chileno Pedro Cunill llamó ”la ilusión colectiva de preservar a Latinoamérica como un conjunto territorial con extensos paisajes virtualmente vírgenes y recursos naturales ilimitados”.

Ninguno de estos procesos se agota en sí mismo.Por el contrario, cada uno aporta premisas y consecuencias que contribuyen a definir el desarrollo del siguiente. Así, la interacción entre el tiempo anterior a la Conquista europea y el tiempo creado por ésta a partir de su vasto impacto demográfico, social, político – cultural y ambiental, dio lugar a la formación de cuatro cuatros grandes áreas etnoculturales, de significativa importancia en la crisis actual.

Una de ellas tiene un claro carácter indoamericano, al que contribuyeron tanto la feudalidad de la cultura de los conquistadores como aquellos rasgos de la organización política prehispánica en las áreas nucleares de Mesoamérica y los Andes que facilitaron la dominación colonial.La importación de esclavos africanos para el desarrollo de economías de plantación en el espacio caribeño y el Nordeste brasileño , por su parte, dio lugar a la formación de un espacio afroamericano con rasgos socioculturales y productivos característicos. Y a este se agregaron un espacio mestizo de fuerte presencia europea, en las zonas agroganaderas de la cuenca baja del Plata y del centro de Chile, y un vasto conjunto de regiones interiores que sirvieron como zonas de refugio de población indígena, mestiza y afroamericana que se desligaba del control colonial y retornaba a formas de producción y consumo no mercantiles.

 

La cultura

La crisis que hoy enfrentan las sociedades latinoamericanas en sus relaciones con el mundo natural incluye, también, la de sus visiones acerca de ese mundo y esas relaciones. Aquí, el rasgo dominante en la cultura latinoamericana de la naturaleza ha sido, y en gran medida sigue siendo, el de la fractura entre las visiones de quienes dominan y quienes padecen las formas de organización de las relaciones entre las sociedades de la región y su entorno natural.

Esta contradicción se expresa en la coexistencia usualmente pasiva, a veces antagónica, entre una cultura dominante que ha evolucionado en torno a ideales como la lucha de la civilización contra la barbarie, primero; del progreso contra el atraso, después, y finalmente del desarrollo contra el subdesarrollo, y un conjunto de culturas subordinadas que coinciden en una visión animista del mundo natural, y se han desarrollado en lucha constante contra esas visiones dominantes. Así, en las grandes obras de la narrativa culta que expresan el proceso de formación de las modernas identidades nacionales – desde La Vorágine y Doña Bárbara, hasta Cien Años de Soledad y La Casa Verde -, la naturaleza figura como un elemento amenazante, que finalmente escapa a todo control racional. Por contraste, la cultura popular tiende a encarar las relaciones con la naturaleza desde un tono de celebración, de gran delicadeza en la música de autores como el dominicano Juan Luis Guerra, o de comunión con ella en escritores como el peruano José María Arguedas.

La gran excepción en este panorama escindido se encuentra, sin duda alguna, en la obra de José Martí, en cuyas expresiones más acabadas – sobre todo en el ensayo Nuestra América, de 1891, verdadera acta de nacimiento de nuestra contemporaneidad – la naturaleza adquiere un claro carácter de categoría cultural y política, a ser construida desde la realidad que expresa. Aun así, la obra de Martí está estrechamente asociada a su diálogo con la cultura norteamericana de la naturaleza, expresada en autores como Ralph Waldo Emerson y Walt Whitman, durante su exilio en Nueva York entre 1881 y 1895.

Al respecto, aquí ha desempeñado un importante papel el hecho de que las estructuras fundamentales de organización cultural en las sociedades latinoamericanas hasta comienzos del siglo XX fueron las correspondientes a la Contrarreforma y el militarismo español y portugués de los siglos XVI y XVII, cuyas categorías de intelectuales dominantes fueron las del clero, el ejército y los letrados vinculados al servicio de la administración estatal y la gran propiedad terrateniente. Así, durante los siglos XVIII y XIX resalta en nuestra América la ausencia de una intelectualidad de capas medias vigorosa y bien educada, capaz de expresar el interés general de sus sociedades, del tipo de la que conocieran las sociedades Noratlánticas, y que permitiera a a científicos de extracción modesta como Alfred Russell Wallace actuar por derecho propio como interlocutores con pares de origen social más elevado, como Charles Darwin.

La moderna intelectualidad latinoamericana viene a conformarse con la expansión industrial y el desarrollo urbano característicos de la segunda mitad del siglo XX. Para la década de 1980, su visión del mundo no reconocía ya el mero crecimiento económico como evidencia de los frutos del progreso y del avance hacia la civilización a través del desarrollo, y expresaba una creciente inquietud por el carácter a todas luces insostenible de ese desarrollo basado en la ampliación constante de la exportación de materias primas para otras economías.

Este proceso de maduración cultural ha experimentado un creciente impulso en el siglo XXI. Desde arriba, la región ha conocido un notorio crecimiento de la institucionalidad ambiental, que ha trasladado al interior de los Estados – sin resolverlo – el conflicto entre crecimiento económico extractivista y sostenibilidad del desarrollo humano. Desde abajo, la resistencia indígena y campesina a la expropiación de su patrimonio natural y la lucha por sus derechos políticos se combina con la de los sectores urbanos medios y pobres por sus derechos ambientales básicos.

En ese marco, ha ido tomando cuerpo en América Latina una corriente de actividad intelectual que, desde las Humanidades como desde las ciencias y las artes, expresa lo que Enrique Leff ha llamado el “nuevo pensamiento ambiental” de la región. Formada en lo mejor de la tradición académica Occidental, y en estrecho contacto con los nuevos movimientos sociales de la región, esa intelectualidad ha conseguido articular el ambientalismo latinoamericano con el ambientalismo global, y con los procesos de transformación política, social, cultural, ambiental y económico que están en curso en toda la región.

Uno de sus voceros más característicos, el teólogo brasileño Leonardo Boff, ha expresado así la sustancia fundamental de esa relación:

“Hasta el momento presente, el sueño del hombre occidental y blanco, universalizado por la globalización, era dominar la Tierra y someter a todos los demás seres para así obtener beneficios de forma ilimitada. Ese sueño, cuatro siglos después, se ha transformado en una pesadilla.[…]Por eso, se impone reconstruir nuestra humanidad y nuestra civilización mediante otro tipo de relación con la Tierra […] para conseguir que perduren las condiciones de mantenimiento y de reproducción que sustentan la vida en el planeta. Eso solo ocurrirá si rehacemos el pacto natural con la Tierra y si consideramos que todos los seres vivos, portadores del mismo código genético de base, forman la gran comunidad de vida. Todos ellos tienen valor intrínseco y son por eso sujetos de derechos.”

Y añade enseguida la siguiente enumeración de lo que llama “los derechos de la Madre Tierra”:

“el derecho de regeneración de la biocapacidad de la Madre Tierra;el derecho a la vida de todos los seres vivos, especialmente de aquellos amenazados de extinción; el derecho a una vida pura, porque la Madre Tierra tiene el derecho de vivir libre de contaminación y de polución; el derecho al vivir bien de todos los ciudadanos; el derecho a la armonía y al equilibrio con todas las cosas; el derecho a la conexión con el Todo del que somos parte.”

 Esta intelectualidad participa hoy en el desarrollo de campos nuevos del conocimiento – como la historia ambiental, la ecología política y la economía ecológica -, y su producción en todos ellos constituye, ya, parte integrante de la cultura ambiental que surge de la crisis global.

 Crecer con el mundo, para ayudarlo a cambiar

La crisis ambiental hace parte de una circunstancia inédita en el desarrollo del moderno sistema mundial, que expresa un cambio de época antes que una época de cambios. En nuestra América, esto da lugar a un período de transición en el que emergen nuevamente viejos conflictos no resueltos, en el marco de situaciones enteramente nuevas, y emerge una cultura de la naturaleza que combina reivindicaciones democráticas de orden general con valores y visiones provenientes de las culturas indígenas, afroamericanas y mestizas, y de una intelectualidad de capas medias cada vez más estrechamente vinculada al ambientalismo global.

Esa cultura toma forma tanto desde el diálogo y la confrontación entre sus propios componentes, como en su contraposición a políticas estatales a menudo estrechamente asociadas a los intereses de organismos financieros internacionales, y a complejos procesos de búsqueda de acuerdos sobre temas ambientales en el sistema interestatal. En este proceso de transición, todo el pasado actúa en todos los momentos del presente, de modo que la legitimidad técnica que alegan las políticas estatales se enfrenta a la legitimidad histórica y cultural de los movimientos que las confrontan, dando lugar a un proceso de creación de opciones de desarrollo de gran vigor y diversidad.

En esta perspectiva, la dimensión cultural de la crisis no es un mero añadido a sus dimensiones ecológica, económica, tecnológica, social y política, sino la expresión más acabada de las interacciones entre todas ellas. De esas interacciones aflora ya en nuestra cultura de la naturaleza una conclusión que puede ser tan estimulante para unos como inquietante para otros, pero que es ineludible para todos: que siendo el ambiente el resultado de las interacciones entre la sociedad y su entorno natural a lo largo del tiempo, si se desea un ambiente distinto es necesario crear sociedades diferentes.

Identificar esa diferencia, y los modos de ejercerla, es el desafío fundamental que nos plantea la crisis ambiental, en América Latina como en cada una de las sociedades del planeta. Precisamente por eso, las transformaciones, conflictos, rupturas y opciones de salida que emergen en el ordenamiento socio-ambiental latinoamericano en la transición del siglo XX al XXI definen también los términos de la participación de nuestra América en la crisis ambiental global, y plantean problemas que deben ser resueltos desde la región, en diálogo y concertación con el resto de las sociedades del Planeta.

Crecemos con el mundo, para ayudarlo a cambiar en dirección a la utopía de Boff, que nos define.

 

Muchas gracias

 

América Latina: una crisis en tres tiempos

América Latina: una crisis en tres tiempos

Guillermo Castro H.

A primera vista, la crisis ambiental que encara hoy América Latina recuerda a la que conoció la Europa Noratlántica a comienzos del siglo XIX, como consecuencia de la primera Revolución Industrial: una combinación de crecimiento económico con deterioro social y degradación ambiental, expresada en la sobrexplotación de recursos naturales, la expansión urbana desordenada y la contaminación masiva del aire, el agua y los suelos. Hay, sin embargo, diferencias evidentes de escala, tiempo, cultura y función en el desarrollo del moderno sistema mundial que desbordan esta comparación.

Aquella Europa tenía en su núcleo fundamental – conformado por Inglaterra, Francia y Alemania – una población de unos 60 millones de personas, que habitaban un territorio de algo más de un millón y cuarto de kilómetros cuadrados. Esa Revolución Industrial, además, se concentraba en aquel núcleo europeo – desde donde se expandiría a la América Noratlántica -, y desde allí contribuía a acelerar el proceso de organización del primer mercado de escala mundial en la historia de la especie humana, estructurado en una relación de centro – periferia con respecto a la América Latina, África y Asia. Nuestra región cuenta hoy con casi 600 millones he habitantes – de los cuales cerca del 80% reside en áreas rurales -, distribuidos en una superficie de algo más de 21 millones de kilómetros cuadrados.

Aun así, existen vinculaciones de origen y destino entre aquel ayer y nuestro presente, en cuanto ambos forman parte del camino que condujo a la creación del primer mercado mundial en el historia de nuestra especie, y a la primera crisis ambiental global, directamente asociada a las formas de organización de los intercambios de los seres humanos entre sí y con su entorno natural común, en el marco de ese mercado. En lo que respecta a la América Latina, esa vinculación está asociada a un presente en el que interactúan los aporte de tres procesos históricos distintos, interdependientes entre sí:

 

  • Uno, de muy larga duración, que expresa las modalidades de interacción con el medio natural desarrolladas a lo largo de la ocupación humana del espacio americano – en particular en Mesoamérica, el Altiplano andino y la Amazonía – a lo largo de al menos 15,500 años de desarrollo anterior a la Conquista europea de 1500 – 1550.
  • Otro, de mediana duración, corresponde al período de control europeo del espacio latinoamericano, que opera hasta el siglo XVIII a partir de la creación de sociedades tributarias sustentadas en formas de organización económica no capitalistas – como la comuna indígena, el mayorazgo feudal y la gran propiedad eclesiástica -, que se descompone a lo largo del período 1750 – 1850.
  • El tercer período, de corta duración, se extiende a lo largo del período 1870 – 1970, y corresponde al desarrollo de formas capitalistas de relación entre los sistemas sociales y los sistemas naturales de la región, hasta ingresar de 1980 en adelante en un proceso de crisis y transición aún en curso.

 

En esta transición emergen nuevamente viejos conflictos no resueltos, en el marco de situaciones enteramente nuevas. Tal es el caso, por ejemplo, de la resistencia indígena y campesina a la incorporación a la economía de mercado del enorme patrimonio natural existente en las regiones interiores que sólo conocieron en forma nominal el control europeo de la región, y que hoy albergan enormes reservas de recursos minerales, forestales, hídricos, energéticos y de tierras aptas para la agricultura. Tal es también, el de la lucha constante de los nuevos habitantes urbanos – sobre todo de origen indígena y campesino – por el acceso a condiciones ambientales básicas para la vida, como el agua potable, la disposición de desechos y el aire libre de contaminación.

En este panorama, a su vez, va tomando forma una cultura de la naturaleza que combina reivindicaciones democráticas de orden general con valores y visiones provenientes de las culturas indígenas, las afroamericanas, y de una intelectualidad de capas medias cada vez más estrechamente vinculada al ambientalismo global. Esa cultura toma forma tanto desde el diálogo y la confrontación entre sus propios componentes, como en su enfrentamiento con políticas estatales a menudo estrechamente asociadas a los intereses de organismos financieros internacionales, y de complejos procesos de búsqueda de acuerdos sobre temas ambientales en el sistema interestatal.

En este doble proceso de transición, todo el pasado actúa en todos los momentos del presente. La legitimidad técnica que alegan las políticas estatales se enfrenta a la legitimidad histórica y cultural de los movimientos que las confrontan, dando lugar a un proceso de creación de opciones de desarrollo de extraordinario vigor y diversidad. La mejor conclusión que se puede adelantar en este momento consiste en lo siguiente: en la medida en que el ambiente es el resultado de las interacciones entre la sociedad y su entorno natural a lo largo del tiempo, si se desea un ambiente distinto es necesario crear sociedades diferentes. Este es el desafío fundamental que nos plantea la crisis ambiental, en América Latina como en cada una de las sociedades del planeta.

 

 

Ayer desde mañana: José Martí para una cultura latinoamericana de la naturaleza

Ayer desde mañana:

José Martí para una cultura latinoamericana de la naturaleza

Guillermo Castro H.

 Para Patricia Pinheiro de Melo, en Recife.

 

Ayer desde mañana

La trascendencia de la obra de José Martí en la formación y las transformaciones de nuestra América a lo largo de nuestro siglo XX – de cuyo nacimiento da fe su ensayo Nuestra América, publicado en enero de 1891-, no puede ni debe ser juzgada mediante la sola referencia a su tiempo y su circunstancia. Martí, en efecto, debe ser juzgado en primer término por su pertinencia para la construcción de nuestras opciones de futuro.

Al presente, los problemas que nos presenta esa tarea de construcción están cada vez más determinados, en lo general, por las amenazas a nuestra especie que se derivan de la crisis ambiental global en que ha venido a desembocar el desarrollo del capitalismo a escala mundial. Al propio tiempo, en lo particular, esos problemas se expresan en el papel que desempeña nuestra América en el desarrollo de esa crisis, a partir de tres tendencias dominantes en la historia ambiental inmediata de nuestra región.

La primera de esas tendencias consiste en la creciente importancia de la región como última gran reserva de recursos naturales (hídricos, bióticos, minerales, forestales, agropecuarios) del mercado global, derivada del hecho de que nuestra América sólo vino a ingresar a la Edad de los Metales a partir del siglo XVI, junto con su ingreso a la condición de región periférica del moderno sistema mundial, hoy en crisis.[1] La segunda tendencia está asociada al hecho de que esa transformación opera a través de procesos de acumulación mediante la expropiación de quienes han venido ocupando los territorios donde se ubica lo fundamental de ese patrimonio: así, por ejemplo, se estima que un tercio de esa enorme frontera interior está habitada por pueblos originarios, y el resto por poblaciones mestizas y afroamericanas de economía campesina.

A lo anterior se agrega, en tercer lugar, la tendencia a la urbanización que ha llevado a nuestra América a convertirse, en el curso de apenas dos generaciones, en una región en la que el 70% de la población reside ya en áreas urbanas, superando el promedio mundial, de 50%. En nuestro caso, además, ese desarrollo urbano ha tenido un carácter desordenado, especulativo y predatorio, y genera una huella ecológica tan extensa como nociva, que se combina con la del extractivismo como forma dominante de explotación de los recursos naturales para generar procesos de deterioro ambiental de alcance y complejidad cada vez mayores.

Y, finalmente, está el hecho en curso de que estos procesos han generado importantes movimientos sociales de una creciente impronta ambiental que, si en las fronteras de recursos se resisten a la acumulación por expropiación, en las áreas urbanas demandan condiciones básicas de vida, en particular aquellas relacionadas con el acceso al agua, la energía y la recolección de desechos. Estos movimientos, a su vez, tienden a converger con una tradición intelectual de crítica a las consecuencias ambientales del desarrollo en la región, la cual – con altibajos – se remonta en su forma contemporánea a la década de 1980. De esa convergencia emerge un ambientalismo de base social cada vez más amplia, y de gran fecundidad cultural.

Es en ese marco donde cabe ubicar la renovación de una cultura latinoamericana de la naturaleza, entendida como aquella que expresa los valores y las normas que definen la interacción entre los sistemas sociales y los sistemas naturales en una sociedad determinada. En ese sentido, a su vez, la cultura de la naturaleza expresa también la naturaleza social de la cultura de la que ella hace parte, sobre todo en lo que hace al lugar que ocupan las relaciones con el entorno natural en la visión del mundo dominante en cada sociedad, y en los hábitos de conducta y pensamiento correspondientes a la misma. En nuestro caso, los orígenes de esa cultura se remontan a la Reforma Borbónica de mediados del siglo XVIII, para adquirir su primera madurez crítica a finales del siglo XIX y principios del XX, al calor de los debates sobre la necesidad de superar los límites de la Reforma Liberal de 1850 – 1875, que había venido a desembocar en el Estado Liberal Oligárquico.

Aquellos debates tuvieron por objeto la transformación del Estado Liberal Oligárquico en otro de carácter Liberal Democrático, capaz de representar el interés general de sus habitantes en su propio territorio, y en el mercado mundial. Los de nuestro tiempo buscan trascender los límites políticos del Estado neoliberal productivista, en busca de formas nuevas de organización social y política que hagan viable una vida buena para nuestra gente, sin poner peligro las posibilidades de desarrollo futuro de la especie que somos.

La formación y desarrollo de una historia ambiental latinoamericana hace parte de ese proceso mayor. Si bien ella hace de su propia región su ámbito de estudio inmediato, no se limita a ser una historia ambiental de América Latina, sino que le ofrece voz propia a la participación de los historiadores latinoamericanos en el estudio del ámbito mayor de su campo, que es el proceso de formación y crisis del ambiente global formado por el desarrollo del moderno sistema mundial. Es en ese marco, también, donde adquiere pleno sentido la discusión del aporte de José Martí a la formación y desarrollo de la cultura de la naturaleza característica de las sociedades de nuestra América.

 

Primus inter pares

De José Martí cabe decir fue, al mismo tiempo, el más universal de los cubanos y el primero entre sus pares hispanoamericanos. Sus ideas sobre la naturaleza, en efecto, forman parte del universo más amplio de preocupaciones, intereses y lecturas que compartió con un amplio número de jóvenes intelectuales de la región, que se percibían a sí mismos como modernos en la medida en que se ejercían como liberales en lo ideológico, demócratas en lo político, y patriotas en lo cultural, y aspiraban desde allí a representar con voz propia a sus sociedades en lo que entonces era llamado “el concierto de las naciones”. En esta perspectiva, Martí ofrece al menos tres aportes de especial interés para una historia de lo ambiental como problema en nuestra cultura.

El primero consiste en sus observaciones dispersas acerca de las interacciones entre la historia humana y la historia natural, sintetizadas en la idea de que “Cuando se estudia un acto histórico, o un acto individual, se ve que la intervención humana en la naturaleza acelera, cambia o detiene la obra de ésta, y que toda la historia es solamente la narración del trabajo de ajuste, y los combates, entre la Naturaleza extrahumana y la Naturaleza humana…” El segundo, en su lectura –entre 1881 y 1895 y siempre en la perspectiva de su interés en la construcción de naciones modernas en las antiguas colonias de España en América–, de autores que iban sentando las bases de lo que llegaría a ser la moderna cultura ambiental anglosajona, desde Henry David Thoreau hasta Charles Darwin. Y el tercero, en su incorporación de lo natural al campo de lo político, ya a principios de la década de 1890.

Estas fechas son por demás relevantes. Los Estados Unidos en que residiera Martí iniciaban la formidable transición que medio siglo después los llevaría a una posición hegemónica entre las potencias Noratlánticas. El desarrollo de los grandes monopolios que surgían de la fusión del capital financiero y el capital industrial constituía ya el rasgo más visible de esa transición, y Martí fue de los primeros latinoamericanos cultos de su tiempo en captar las implicaciones sociales que se derivaban de la traducción, en poderío político, del poder económico así acumulado por esa nueva forma de organización del capitalismo norteamericano.

En lo que hace a la dimensión ambiental de ese proceso, la clausura oficial de la frontera interior de los Estados Unidos en 1890, daría lugar al despliegue de dos tendencias que vendrían a ser características de la relación de los norteamericanos con el mundo natural. Por un lado, la expansión hacia el exterior en nombre de la lucha por el control de recursos naturales estratégicos en ultramar, y de los mercados asociados a las mismas; por otro, la lucha por la conservación de los recursos naturales en su propio territorio.

La primera de esas tendencias se vinculaba directamente al expansionismo militar y económico, y vendría a figurar con especial relevancia en el proceso de construcción y administración del Canal de Panamá, por ejemplo. La segunda, en cambio, tendió a vincularse con aquella corriente democrática de la cultura norteamericana que, a partir de Tom Paine y Thomas Jefferson, se prolongaría en la obra de pensadores como Henry David Thoreau, Ralph Waldo Emerson, Walt Whitman y Henry George, hacia los que Martí demostraría desde temprano una clara afinidad.

En esta perspectiva, la afinidad de Martí con la vertiente democrática de la cultura Noratlántica de su tiempo sólo puede ser comprendida tomando en cuenta su constante crítica a aquella otra vertiente que buscaba, en la experiencia de la conquista de la frontera interior –la de aquellos bosques donde “el aventurero taciturno caza hombres y lobos, y no duerme bien sino cuando tiene de almohada un tronco recién caído o un indio muerto”–, y en filósofos como Herbert Spencer, bases ideológicas que justificaran el renovado expansionismo norteamericano.

Esa postura puede ser apreciada en la forma en que la obra de Martí aborda un conjunto de figuras clave en las ciencias naturales y humanas del mundo Noratlántico de su tiempo, como Charles Darwin, el propio Spencer, y Henry David Thoreau. Darwin, en particular, constituye un importante referente de seriedad y dedicación en el trabajo científico, y los rasgos más generales de su obra son objeto de comentario bien informado, sobre todo en relación al problema de la universalidad del conocimiento en un mundo signado por la inequidad entre los hombres como entre sus naciones.

En ese comentario, Martí destaca a un tiempo las importancia de las ideas de Darwin para sostener la existencia de una identidad fundamental en el género humano, y el papel desempeñado por la naturaleza americana en el surgimiento y desarrollo de esas ideas. “El genio de este hombre”, dice en 1882, “dio flor en América; nuestro suelo incubó; nuestras maravillas lo avivaron; lo crearon nuestros bosques suntuosos; lo sacudió y puso en pie nuestra naturaleza potentísima”. Y, como para darle aliento aun mayor a lo que propone, el artículo que dedica a la muerte del sabio inglés incluye algunas de las descripciones más ricas del mundo natural americano –las selvas de Brasil, las pampas argentinas, la Patagonia y la Tierra del Fuego, el centro y el Norte Chico chilenos– creadas por nuestra literatura.

Y es también desde esa perspectiva americana que juzga Martí la obra de Darwin en su doble dimensión, científica y filosófica. “Cargada así la mente”, dice, “volvió el sabio de América a Europa” y, ya en su patria, echaba “con los ojos mentales, a andar a la par los animales de las diversas partes del globo”, pero también recordaba “más con desdén de inglés que con perspicacia de penetrador, al bárbaro fueguino, al africano rudo, al ágil zelandés, al hombre nuevo de las islas del Pacífico”. De ello resultaba, para Martí, que Darwin –“como no ve el ser humano en lo que tiene de compuesto, ni pone mientes cabales en que importa tanto saber de dónde viene el efecto que le agita y el juicio que le dirige, como las duelas de su pecho o las murallas de su cráneo”– diera en pensar “que había poco del fueguino a los simios, y no más del simio al fueguino que de éste a él”.

Con todo, el modo y los propósitos conque acudía a dialogar Martí resaltan en el párrafo con el que concluye el artículo que dedica a la memoria del naturalista inglés. “Bien vio”, dice allí, “a pesar de sus yerros, que le vinieron de ver, en la mitad del ser, y no en todo el ser, quien vio esto; y quien preguntó a la piedra muda, y la oyó hablar; y penetró en los palacios del insecto, y en las alcobas de la planta, y en el vientre de la tierra, y en los talleres de los mares. Reposa bien donde reposa: en la abadía de Westminster, al lado de héroes”.

Otro es el caso del aprecio de Martí por Henry David Thoreau. Ya en 1881 lo llamaba “el trascendentalista, el místico, el filósofo natural de Massachussets”, resaltando aquel íntimo nexo en que lo ético y lo estético convergen en una misma relación simultánea del individuo con sus semejantes y con su mundo natural. Hay aquí una huella romántica, por supuesto, pero hay, sobre todo, la valoración de una actitud que –en su aparente retiro del mundo– expresa un triple compromiso de índole muy cercana a las más íntimas convicciones del propio Martí: el de la armonía de la naturaleza ante las pasiones desordenadas de la sociedad capitalista norteamericana en ascenso; el del papel de la síntesis intuitiva en el proceso del conocer y, por último, el de una vocación libertaria enemiga de todo prejuicio y de toda restricción externa al ejercicio de la propia creatividad.

En efecto, tanto la lectura de Walden, su libro clásico, como la de textos de tono militante como Civil Desobedience nos revelan en aquel “filósofo natural” a un crítico temprano, severo y consistente del impacto del capitalismo sobre la vida y la cultura de sus conciudadanos, al punto de afirmar en 1861 que

 

Este mundo es un lugar de negocios… Si un hombre que ama los bosques camina por ellos durante la mitad de cada día, se arriesga a ser visto como un vago; pero si dedica todo su día a la especulación, destrozando esos bosques y dejando pelada a la tierra antes de que haya llegado su hora, es estimado como un ciudadano industrioso y emprendedor. ¡Como si un pueblo no tuviese más interés en sus bosques que derribarlos!

 

De este modo, el diálogo entre culturas que emprende Martí a partir de 1880, y que prolonga hasta el fin de sus días, sólo requiere atender a dos condiciones. Por un lado, la de no suponer “por antipatía de aldea, una maldad ingénita y fatal al pueblo rubio del continente, porque no habla nuestro idioma, ni ve la casa como nosotros la vemos, ni se nos parece en sus lacras políticas, que son diferentes de las nuestras”; por el otro, la de que la América nuestra se de a conocer –“una en alma e intento”–, de modo que el vecino “no la desdeñe”, ni agregue con ello nuevos elementos de peligro al período “de desorden interno o de precipitación del carácter acumulado del país” al que entonces ingresaban los Estados Unidos.

A esas advertencias, en todo caso, llega Martí a lo largo de dos grandes etapas en su tratamiento del tema. En la primera, centrada en sus colaboraciones para el periódico La América, de Nueva York, y La Opinión Nacional, de Caracas, entre 1881 y 1884, su atención se concentra en las relaciones entre el desarrollo de la ciencia y la tecnología, la economía y la naturaleza, en busca de alternativas para una inserción más productiva y justa de América Latina en el mercado mundial, en creciente conflicto con el modelo de crecimiento hacia fuera impulsado por el Estado Liberal Oligárquico.

Lo propuesto por Martí, en efecto, incluye una producción diversificada que evite los riesgos de la especialización excesiva; adecuada al potencial ecológico de cada país; centrada primordialmente en una agricultura tecnificada, bien articulada a la industria, y capaz de garantizar la integración social a través de la promoción del bienestar de las mayorías ciudadanas mediante el acceso a la tierra, a una educación adecuada a la lucha por el progreso en sus propias circunstancias, y a empleos productivos.

Pero, y sobre todo, entre 1889 y 1891 –en lo que va de sus reportajes a La Nación, de Buenos Aires, sobre la Conferencia Internacional Americana y la Conferencia Monetaria de las Repúblicas de América, a la publicación en Nueva York y México de su ensayo Nuestra América– el tema ambiental aparece en Martí cada vez más vinculado al problema de la autodeterminación nacional, hasta que ambos se fusionan virtualmente, y la naturaleza se ve convertida en una categoría central de su discurso político.

De Nuestra América podría decirse, en esa perspectiva, que es el acta de nacimiento de nuestra contemporaneidad. Allí, el que fuera un joven liberal radical en el México de Lerdo de Tejada, y admirador entusiasta de los primeros momentos del gobierno de Justo Rufino Barrios en Guatemala, rompe con el liberalismo triunfante de su tiempo, y plantea de modo abierto los que serían grandes temas de la política y la cultura latinoamericanas a partir de la revolución mexicana de 1910-1917. Y resulta notable que esa ruptura se produzca, además, mediante un vigoroso esfuerzo por trascender el paradigma oligárquico sintetizado de manera tan admirable en 1845 por Domingo Faustino Sarmiento.

En ese esfuerzo, Martí empieza por definir en su ensayo al “buen gobernante en América” como:  “el que sabe con qué elementos está hecho su país, y cómo puede ir guiándolos en junto, para llegar, por métodos e instituciones nacidos del país mismo, a aquel estado apetecible donde cada hombre se conoce y se ejerce, y disfrutan todos de la abundancia que la Naturaleza puso para todos en el pueblo que fecundan con su trabajo y defienden con sus vidas”.

Para que ello sea posible, agrega, el gobierno debe “nacer del país”; su “espíritu” debe ser “el del país”, y su forma debe “avenirse a la constitución propia del país”, de modo que –en suma– no sea más que “el equilibrio de los elementos naturales del país”. Y a esa definición la sigue el corolario famoso en que Martí, tras señalar que la inestabilidad recurrente de la región sólo prueba que “el libro importado ha sido vencido en América por el hombre natural”, desafía al sentido común de su tiempo –y para muchos aun, del nuestro – para afirmar: “No hay batalla entre la civilización y la barbarie, sino entre la falsa erudición y la naturaleza”.

El propio planteamiento es inquietante: estamos ante un discurso nuevo, en el que lo social y lo político, lo natural y lo cultural, se fusionan en un todo indesligable, y la naturaleza misma es reformulada como categoría política, directamente asociada a la reivindicación de los sectores no capitalistas como actores legítimos del proceso político. Y al situar así la discusión, abre paso al rescate de la cultura de la naturaleza de los sectores populares como elemento legítimo en la definición de la identidad cultural de la región.

 

Lo natural como social, y la naturaleza como categoría política

Poner en movimiento una reforma cultural y moral de un alcance así, por supuesto, es un problema más fácil de plantear que de resolver. De sus años de juventud en México, por ejemplo, databan las dudas de Martí sobre el lugar de los indígenas en el proceso de construcción de los nuevos Estados latinoamericanos. “¿Quién despierta a este pueblo sin ventura?”, se pregunta, “¿Quién reanima este espíritu aletargado?”. Porque, afirma: “No está muerto: está dormido. No rehúye, espera. El tomará la mano que le tiendan; él se ennoblece con el conocimiento de sí mismo, y esa raza, llena de sentimientos primitivos, de natural bondad, de entendimiento fácil, traerá a un pueblo nuevo una existencia nueva, con todo el adelanto que ofrece la moderna vida, con la pureza de afectos y de miras, el vigoroso empuje, la aplicación creadora de los que conservan el hombre verdadero en la satisfacción de sus apetitos, el cumplimiento de sus necesidades, y la soledad de una existencia escondida y tranquila”.

En esta perspectiva, la síntesis de lo natural y lo cultural –que hace de la “Naturaleza” un concepto central en el discurso político martiano – vincula el tema del progreso al problema de la construcción de una autodeterminación nacional sustentada en la construcción de sociedades democráticas en América Latina. Con ello, además, la “Naturaleza” pasa, de la función de expresar un orden de factores extrahumanos, a designar la especificidad de los problemas y las potencialidades de las nuevas sociedades latinoamericanas, particularmente en lo relativo a la necesidad de trascender el discurso liberal dominante para abrir paso a la tarea de concebir un modelo de sociedad distinto al dominante ya en toda la región.

El curso de los acontecimientos, sin embargo, convirtió las esperanzas de la modernidad en la condena a la dependencia, sin que estas sociedades llegaran a superar de manera clara y suficiente los males del legado colonial. La vieja economía de rapiña se diversificó y se intensificó, sin dejar de ser en ningún momento la forma fundamental de nuestra inserción en el mercado mundial. En el Estado Liberal Oligárquico, hegemónico en la región entre 1880 y 1930, la colonia siguió “viviendo en la República”, confirmando así que el problema de la independencia “no era el cambio de forma, sino el cambio de espíritu”. De este modo, la visión “imperial” de las relaciones entre el mundo social y el natural siguió vigente incluso cuando su promesa aparente empezaba a presentarse como una fatalidad, como la percibió en 1905 Euclides Da Cunha, al ver a los brasileños “condenados a la civilización”, y preguntarse:

 

¿Cómo obtener una combinación armoniosa, una síntesis entre lo que fue aprendido en los libros y en la convivencia urbana, con esos extraños peligrosos, tan brasileños como nosotros? ¿Cómo comprenderlos, cómo entenderlos, cómo confraternizar con ellos, si son tan diferentes a nosotros, si no aceptan nuestra ciencia, si no aceptan nuestra revolución? ¿Cómo pueden no admitir que nosotros estamos en lo cierto y ellos están equivocados? ¿Por qué nos odian?

 De este modo, la obra de José Martí, al señalar con pasión y claridad tan singulares la persistencia de la falla geológica que llevaba al choque recurrente entre “el mestizo autóctono” y el “criollo exótico”, dejó establecida –como un desafío que a la larga resultaría imposible de salvar para la hegemonía de sus adversarios–, aquella máxima sencilla que planteara en Nuestra América, en torno a la cual se decide hoy buena parte del futuro de la región toda: “Conocer es resolver. Conocer el país, y gobernarlo conforme al conocimiento, es el único modo de librarlo de tiranías”. (1975: VI, 18).

Las dos vías del diálogo martiano, pues, están abiertas a todas las manifestaciones de las culturas que dialogan. Hoy enfrentamos la crisis ambiental más compleja que ha conocido la Humanidad en su historia. Y en esta circunstancia, si en su tiempo pudo aspirar Martí a que nuestra naciones caminaran “con Spencer de un brazo, y con Bolívar del otro”, en el de hoy su legado estimula a forjar nuestra cultura ambiental desde nosotros mismos, con el propio Martí de un brazo, y Eric Hobsbawm del otro. Podemos, ahora, crecer con el mundo, para ayudarlo a cambiar.

 

México, DF, 1992 – Recife, Pernambuco, 2013


[1] Así, por ejemplo, según el Fondo de las Naciones Unidas para Actividades de Población, nuestra América cuenta con 576 millones de hectáreas en reservas cultivables; el 25% de las áreas boscosas del mundo, “el 92% localizadas en Brasil y Perú”; una megadiversidad biológica concentrada sobre todo en “Brasil, Colombia, Ecuador, México, Perú y Venezuela”, que albergan entre 60 y 70% de todas las formas de vida del planeta; “el 29% de la precipitación [pluvial] mundial” y “una tercera parte de los recursos hídricos renovables del mundo.” A esto se agrega el bono demográfico que representa una población activa de entre 20 y 59 años de edad, que actualmente “es más numerosa que sus dependientes, proporcionando una gran oportunidad para el crecimiento económico”.

http://lac.unfpa.org/public/cache/offonce/pid/2023