Nota sobre el ambientalismo panameño

Nota sobre el ambientalismo panameño en el segundo decenio del siglo XXI

Guillermo Castro Herrera

Para Francisco Herrera, que entiende de estas cosas, y las dice

El movimiento ambientalista panameño inició su proceso de formación a mediados de la década de 1980, asociado tanto a la formación de una agenda ambiental global – que tendría su primera expresión en el Informe Brundlandt y su demanda de un desarrollo que fuera sostenible, en 1987 – como a las responsabilidades ambientales que se derivaban del Tratado Torrijos Carter, sobre todo en lo relativo a la gestión de la cuenca del Canal. En lo más general, ese movimiento ha tenido una diversidad de virtudes en nuestro país: ha insistido en llamar la atención sobre cosas realmente importantes, que van más allá del mezquino interés cotidiano propio de nuestra vida política; ha logrado conectar nuestros problemas locales con los que afectan a la Humanidad entera; ha contribuido a enriquecer nuestra identidad nacional, resaltando la importancia de nuestros ecosistemas para nosotros mismos y para la biosfera; ha enriquecido la agenda social, resaltando el componente ambiental de las luchas reivindicativas de los pobres del campo y de la ciudad, y ha ido dando forma, así sea primaria, a una cultura ambiental nacional.

Con todo ello, también, nuestro ambientalismo ha aportado un importante respaldo cultural y moral a la formación de una institucionalidad ambiental, y a la demanda de que los responsables de la misma rindan cuenta a la sociedad sobre el desempeño de sus funciones. Por otra parte, ese movimiento ha tenido algunas limitaciones propias de la sociedad de la que emergió. Así, por ejemplo, ha tendido a ser legalista, en correspondencia con el carácter leguleyo de nuestra cultura; ha tendido a ser cientificista, en correspondencia con el legado positivista del liberalismo criollo, y ha tendido a buscar legitimidad y amparo en acuerdos y organizaciones internacionales, en correspondencia con la debilidad de su incidencia en la cultura política nacional. Todo esto se expresa en algunos rasgos característicos de nuestros debates sobre problemas ambientales, que suelen carecer de profundidad histórica y de una base

científica realmente sólida – tanto en lo que hace a las ciencias naturales como, sobre todo, a las que se ocupan del papel de la naturaleza en el desarrollo económico. Así, mientras tienden con frecuencia a idealizar un pasado inmóvil, no les resulta sencillo proponer futuros alternativos viables.

Con todo, esta caracterización se refiere a una fase inicial – que quizás, por cierto, culminó ya, sin que nos hallamos percatado de ello -. En efecto, el ambientalismo que describimos tomó forma a lo largo del proceso de incorporación del Canal de Panamá a la economía interna del país. Ese proceso tuvo dos consecuencias mayores. Por un lado, catapultó al país en la economía global, sobre todo en su función de plataforma de servicios para la circulación del capital en el mercado mundial. Por el otro, aceleró y diversificó de manera casi súbita el desarrollo del capitalismo en Panamá, generando una creciente contradicción entre un crecimiento económico depredador y un mercado emergente de servicios ambientales – en particular aquellos relacionados con el agua, la biodiversidad y la provisión de energía.

Esa contradicción, a su vez, adquirió una primera expresión política en la resistencia de las comunidades indígenas y campesinas a la incorporación forzada de sus área de patrimonio natural a las demandas del crecimiento depredador, así como en las crecientes demandas de condiciones ambientales indispensables para una vida digna – como el acceso al agua y al saneamiento – por parte de las comunidades urbanas pobres, con lo cual las luchas sociales pasaron a incorporar demandas ambientales, y a traducirse en conflictos socio-ambientales.

El programa original del Estado para organizar y ordenar el mercado de servicios ambientales mediante la creación de una Autoridad Nacional del Ambiente y la elaboración de las dos primeras Estrategias Nacionales Ambientales, durante las Administraciones de Ernesto Pérez Balladares, Mireya Moscoso y Martín Torrijos, se vio paralizado por el predominio del crecimiento depredador como política de Estado durante la Administración de Ricardo Martinelli.

El intento de recuperar aquella iniciativa mediante un esfuerzo renovado de institucionalización y profesionalización de la Autoridad Nacional de Ambiente ocurre, sin embargo, en una circunstancia en la que los conflictos socio – ambientales tienden a agudizarse y generalizarse cada vez más, ganando en complejidad y desbordando los marcos de referencia para su manejo diseñados a lo largo de la primera década del siglo XXI.

En el plano global, por su parte, el incremento de los problemas ambientales a escala planetaria coincide con la decreciente capacidad del sistema internacional para la construcción de consensos útiles, al tiempo que los nuevos movimientos sociales estimulan con sus luchas una renovación del pensamiento y la política ambientales, que cuestiona en la teoría como en la práctica lo que ese sistema representa y postula. En esta compleja circunstancia, nuestro ambientalismo original de capas medias deberá encarar – debe hacerlo, lo está haciendo – los desafíos de su propia politización, incluyendo el de los límites de sus tradiciones legalista y cientificista. No le queda otra opción, pues tiene tanto el deber de preservar sus logros y sus aportes de ayer, como el de crecer con los nuevos movimientos sociales, para ayudarlos a crecer en su capacidad para conocerse y ejercerse en los marcos más amplios de su sociedad, y del mundo.

Se ha repetido mucho ya que no estamos en una época de cambios, sino en un cambio de épocas. En una circunstancia así, es bueno tener presente que, siendo el ambiente el resultado de las intervenciones de las sociedades humanas en la naturaleza, si deseamos un ambiente distinto tendremos que construir una sociedad diferente. Comprender, asumir y ejercer las responsabilidades que un problema así planteado implica es, hoy por hoy, la tarea mayor del ambientalismo panameño.

 

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Panamá. Escogiendo entre inconvenientes: naturaleza, mercado y servicios ambientales.

Guillermo Castro H.
I
La naturaleza no es en sí misma capital natural. Su aprovechamiento por parte de los humanos sólo ha estado dedicado a la producción de ganancias y la acumulación de capital en un sistema histórico específico: aquel creado a lo largo de los últimos cinco siglos, a partir del desarrollo del capitalismo como sistema de escala planetaria, mediante la formación del primer y único mercado mundial que ha conocido la Humanidad. En esta perspectiva, iniciativas como el Pago por Servicios Ambientales constituyen herramientas que la sociedad capitalista contemporánea – esto es, aquella que enfrenta hoy en la crisis ambiental las consecuencias de sus intervenciones en los ecosistemas de ayer – utiliza para culminar el proceso de transformar el patrimonio natural de la Humanidad en capital natural mediante la organización de mercados de bienes y servicios ambientales, que pasan a constituirse a su vez en un subsistema del mercado mundial.
El subsistema ambiental del mercado mundial, sin embargo, se distingue de todos los demás – extractivo, agrícola, industrial, comercial y financiero – en cuanto su función fundamental consiste en poner a la disposición de aquellos otros condiciones que son imprescindibles para su funcionamiento. Esas condiciones de producción – para designarlas como lo hiciera el antropólogo Karl Polanyi en su obra clásica La Gran Transformación – incluyen, además del acceso a los elementos naturales imprescindibles para cualquier actividad productiva – agua, aire, tierra y energía -, la producción de la fuerza de trabajo capaz de transformar esos elementos en recursos para otras actividades productivas, y la organización del espacio en que esas actividades tienen lugar – esto es, la gestión integrada del ambiente y el territorio.
La organización de los procesos necesarios para la producción de esas condiciones de producción es una responsabilidad fundamental del Estado, y la forma en que cada uno la ejerce expresa con especial claridad el carácter social de ese Estado, esto es, los intereses y valores que rigen sus relaciones con su propia sociedad. La organización de tales procesos, en efecto, abre todo un abanico de opciones. En un extremo de ese abanico, el Estado puede asumir el monopolio de todas las funciones relacionadas con la producción de esas condiciones y con el acceso a las mismas de otros productores. Tal fue el caso del Estado soviético. En el otro extremo, el Estado puede transferir la mayor parte de esas funciones a operadores privados, reteniendo para sí algunas tareas de regulación y control del cumplimiento de las mismas. Tal ha sido, hasta ahora, el caso de la gestión de esos servicios en el caso de los Estados neoliberales.
Entre ambos extremos, naturalmente, hay múltiples combinaciones intermedias. En todas ellas, sin embargo, el Estado conserva una función de intermediación política entre todas las partes involucradas, la cual puede ir desde la gestión de conflictos por vía de la negociación, hasta la represión de expresiones de descontento asociadas a tales conflictos. Lo esencial, en todo caso, es que el éxito o el fracaso del Estado en el cumplimiento de esa función dependerá de la relación general de fuerzas – o debilidades – que se derive del grado de desarrollo cultural y organizativo de cada una de las partes involucradas, incluyendo por supuesto a las agencias gubernamentales directamente implicadas. Dado que todos estos elementos son el producto de complejos procesos de formación y transformación a lo largo del tiempo, su análisis en perspectiva histórica puede aportar valiosos elementos de juicio respecto a la viabilidad y la eficacia de las diversas opciones para la creación de mercados de bienes y servicios ambientales en nuestros países.
II
Aquí conviene empezar con una precisión. Mientras en el resto de Occidente las abreviaturas AC y DC sirven para ordenar el tiempo en un antes y un después del nacimiento de Cristo, entre nosotros sirven además para ordenar nuestra propia historia en sus dos momentos fundamentales: antes y después de la Conquista europea. Así, la extraordinaria complejidad ecosistémica, social y cultural de América Latina tiene su origen en el período 1500 – 1550, cuando la región se vio incorporada – mediante la violencia ejercida por los últimos grandes enclaves de poder feudal en Europa -, al proceso de formación del moderno sistema mundial, como proveedora de alimentos y materias primas y como espacio de reserva de recursos. Esa modalidad de inserción definió, a su vez, una estructura de larga duración que opera con tiempos y modalidades distintas en tres sub regiones diferentes – que a menudo se sobreimponen a las estructuras político – administrativas de los Estados de la región – , y en todos los planos de la interacción entre los sistemas sociales y naturales presentes en cada una de ellas.
Las subregiones a que hacemos referencia se despliegan entre los siglos XVI y XIX, de acuerdo a la forma fundamental de organización de las interacciones entre los sistemas sociales y naturales en el espacio americano. Una se articula a partir del trabajo esclavo, asociado sobre todo – pero no exclusivamente – a actividades de plantación. Otra se constituye a partir de distintas modalidades de trabajo servil – desde la encomienda al peonaje -, destinado sobre todo a la producción de alimentos y a la explotación minera. Y otra más toma forma a partir de  una amplia modalidad de actividades de subsistencia en los inmensos espacios de la región que escapan a la articulación directa en el mercado mundial durante un período más o menos prolongado, como la Amazonía, la Orinoquia y el litoral Caribe mesoamericano.
La primera de esas regiones tiene, así, un claro carácter afroamericano, asociado con frecuencia a una gran debilidad organizativa de los sectores más pobres. La segunda tiene un carácter indoamericano, en el que persisten a menudo importantes tradiciones de organización campesina y comunitaria. La última, de carácter indígena y mestizo, sin tradiciones relevantes de producción para un mercado que en el mejor de los casos sólo ha tenido una importancia complementaria, nunca central, en sus actividades económicas y sociales, pasó a constituirse así en una frontera interior de recursos sometida a una constante presión por parte de las otras dos.
Esas regiones, ciertamente, constituyen una realidad en constante transformación. Así, el tránsito del siglo XIX al XX es testigo de la formación de mercados de trabajo y de tierra constituidos mediante procesos masivos de expropiación de territorios sometidos a formas no capitalistas de producción, para  crear las premisas indispensables a la apertura de la región a la inversión directa extranjera y la creación de economías de enclave en el marco del llamado Estado Liberal Oligárquico. Los ciclos posteriores – populista, desarrollista y neoliberal – marcarán el camino hacia el siglo XXI entre las décadas de 1930 y 1990.
Hoy, asistimos a lo que bien podría ser la incorporación de las últimas fronteras de recursos a la economía global. Esto explica la creciente importancia que adquieren en nuestras sociedades los conflictos de origen ambiental – esto es, aquellos que surgen del interés de grupos sociales distintos en hacer usos excluyentes de los ecosistemas que comparten –.  Y esto hace necesario, también, entender que esos conflictos no se reducen al enfrentamiento entre ricos y pobres, mestizos e indígenas, grupos rurales y urbanos, o capitalistas nacionales y extranjeros, sino que expresan todo eso y mucho más.
La transformación de las fronteras de exclusión de anteayer en las últimas fronteras de recursos de hoy, asociada a menudo a la inversión masiva en megaproyectos de infraestructura, no es tanto el resultado del desarrollo interno de nuestras propias sociedades sino, y sobre todo, del fomento de procesos de producción de condiciones de producción de alcance global con apoyo técnico, financiero y político de instituciones financieras internacionales. Dicho proceso – que incluye la formación de una fracción “verde” del capital transnacional y nacional – opera a menudo en contradicción, y a veces en conflicto, con las fracciones extractiva, agraria, industrial y financiera, más tradicionales en nuestros países.
III
El panorama descrito se expresa con especial claridad en el caso de Panamá. Aquí, a lo largo de diez mil años, la gestión del ambiente y el territorio ha concedido una importancia de primer orden al tránsito interoceánico como elemento articulador de la actividad humana en el Istmo. Así, en el momento de la Conquista europea el territorio panameño estaba organizado en cacicazgos asociados al control de corredores interoceánicos de orientación Sur – Norte. Esos corredores definían territorios estrcuturados a lo largo de grandes cuencas – como las de los ríos Santa María, Coclé, Bayano y el sistema Chucunaque – Tuira – que facilitaban en su parte alta el tránsito interoceánico, y ofrecían tanto el acceso tanto a una multiplicidad de ecosistemas y recursos – desde los manglares de las zonas de grandes mareas del Pacífico, hasta el bosque tropical húmedo y los yacimientos de oro aluvial del Atlántico -, como a rutas de intercambio comercial entre los mundos chibcha y maya, por las que circulaba una abundante riqueza.
Tras la Conquista, en cambio, fue establecido un eje central de organización orientado en dirección Este – Oeste, a partir de un corredor agroganadero a lo largo de las sabanas antrópicas ya existentes entre Chepo y Natá, con prolongaciones posteriores en dirección a la Península de Azuero y a Centroamérica, en la región Sur – Occidental del país. Al propio tiempo, el establecimiento del monopolio del tránsito por el valle del Chagres llevó a la clausura de las demás rutas anteriormente en uso, y a la creación de una extensa frontera interior que segregó la mayor parte del litoral Atlántico y del Darién del territorio considerado “útil” en el nuevo ordenamiento creado por la Conquista. Esa utilidad, por otra parte, era percibida a partir de una nueva cultura de la naturaleza, que privilegiaba la sabana ganadera por sobre el manglar y el bosque húmedo, promovía la explotación extensiva de un número mucho más reducido de recursos específicos por sobre el manejo de ecosistemas complejos, y valoraba esos recursos por su demanda en la zona de tránsito y en el mercado exterior.
El principal centro de población pasó a estar ubicado en la zona articulada por la ciudad de Panamá, conectada al Este y el Oeste con su nuevo hinterland. La población indígena que sobrevivió a la Conquista o que migró al Istmo después fue desplazada a tierras marginales, o contenida más allá de la frontera interior, y la fuerza de trabajo fundamental pasó a estar constituida por esclavos africanos, primero, y por sus descendientes y la población mestiza del siglo XVIII en adelante. De este modo, el contraste contemporáneo entre los paisajes sociales y naturales del corredor interoceánico y los del interior del país no se debe a que haya en el Istmo varios países en uno. Se trata, por el contrario, de la expresión territorial de una de una misma sociedad integrada por grupos sociales que organizan sus relaciones con la naturaleza en el marco de una estructura de poder tan contradictoria y conflictiva como para generar y sostener el proceso de crecimiento económico con deterioro social y degradación ambiental que hoy conoce el país.  Estamos, en suma, ante un extraordinario ejemplo de una estructura que genera procesos de larga duración.
Para comienzos del siglo XXI, sin embargo, la creciente escasez relativa de tierra y agua en Panamá genera tensiones sociales que tienden a encarecer los costos económicos, sociales, políticos y ambientales de la actividad de tránsito, bloquean el fomento de nuevas ventajas competitivas, e impiden un aprovechamiento integral y sostenido de los recursos humanos y naturales del país. En ese marco, la operación sostenida del Canal demanda hoy el desarrollo sostenible del país. Y esto, a su vez, supone la necesidad de encarar las dificultades inherentes al hecho de que solo puede ser sostenible una sociedad democrática; que solo puede ser democrática una sociedad culta, y que solo puede llegar a ser plenamente culta y democrática una sociedad que sea a la vez próspera y equitativa.
Hoy, una mirada al país desde el futuro que deseamos para nuestra gente revela ya posibilidades y capacidades para construir una sociedad así mediante el fomento de los recursos humanos y naturales que la sociedad insostenible que tenemos ha  despilfarrado por más de cuatro siglos. Nuestra propia gente, el agua y la biodiversidad de los ecosistemas que garantizan su presencia en el Istmo son los principales recursos de Panamá. Y la unidad fundamental de interacción de esos recursos está constituida por cada una de las 52 cuencas hidrográficas que organizan desde sí mismo el territorio de la nación.
La resistencia al cambio, en este plano, hunde sus raíces tanto en las estructuras de relación con la naturaleza gestadas por la orgaización del tránsito interoceánico vigente desde el siglo XVI, y sustentadas por las estructuras de gestión pública asociadas a esa relación. Así, por ejemplo, la estructura político – administrativa vigente en el país da lugar a que en la Cuenca del Canal – la de más urgente necesidad de una gestión territorial y ambiental integrada – coincidan 3 provincias (Coclé, Panamá y Colón), una decena de Distritos y unos 48 Corregimientos. Y a ello se agrega que todos los Distritos y corregimientos ubicados en el perímetro de la Cuenca incluyan territorio situado fuera de ésta. Las dificultades que esto supone son fáciles de imaginar.
Todo esto nos dice que ha llegado ya la hora de empezar a discutir la transformación del Estado panameño, para ponerlo en condiciones de contribuir realmente a la transformación de la sociedad a la que debe servir. Si quiere ser eficaz, esa transformación deberá encarar las afinidades y contradicciones entre las estructuras naturales del país y la de las regiones geo económicas presentes en el territorio nacional. Y esto, en lo más esencial, supone que ambas estructuras – las naturales y las históricas – pueden converger o divergir en el proceso de reordenamiento del territorio para su gestión integrada, pero que en última instancia serán las naturales las que predominen. El país que emerja de una transformación semejante será sin duda muy distinto al que nos legara la Conquista, pero sin duda será también mucho más semejante a sí mismo y mucho más capaz, por eso, de conocerse, ejercerse y crecer desde sí.
Es bajo esa luz que cabe considerar el papel que viene desempeñando el Estado panameños en la gestión del proceso de organización del mercado de bienes y servicios ambientales en nuestro país. Aquí no sólo se trata de que el Estado apenas ha iniciado el esfuerzo de deslinde de la trama – cada vez más complicada – de sus propias estructuras de administración en la materia, incluyendo la creación de las capacidades técnicas y culturales necesarias para una gestión integrada del territorio y el ambiente. Se trata, sobre todo, de que esas tareas son más importantes y complejas que nunca, dado el hecho de que las principales áreas de provisión de los servicios ambientales de los que depende la sostenibilidad del desarrollo en Panamá se ubican en las regiones de menor nivel de desarrollo del país, en las que la pobreza afecta a entre el 60 y el 90 por ciento de la población, y coinciden los más altos niveles de incultura con los más bajos niveles de organización social.
Precisamente por esto, la comprensión de los riesgos y las oportunidades que se abren ante nosotros en esta circunstancia exige pasar de un enfoque estructural, referido a modelos de gestión más o menos bien definidos a priori, a otro de carácter sistémico, referido a relaciones de interdependencia entre factores múltiples en cambio constante, en el análisis de los problemas ambientales. Y dado que toda nuestra educación ha tendido a formarnos en torno a una concepción estructural y funcionalista de la realidad, el hecho de reconocer y enfrentar esta necesidad representa ya un importante logro cultural y político. Cultural, porque dispondremos de mejores respuestas en la medida en que seamos capaces de producir mejores preguntas. Y político, porque empezamos a entender que si queremos un ambiente distinto necesitamos crear una sociedad diferente.
En política, a fin de cuentas, sólo podemos escoger entre inconvenientes. En este caso, se trata de optar entre los problemas que origina la ausencia de un mercado de bienes y servicios ambientales bien regulado y equitativo, y los que inevitablemente acarreará la organización de ese mercado. A fin de cuentas, la libertad consiste en poder decidir con qué problemas queremos vivir, y con cuáles no estamos dispuestos a hacerlo, y en atenernos a las consecuencias de lo que decidamos al respecto.
Fundación Ciudad del Saber, Panamá
Julio 2008 – agosto 2013

Ambiente: aprender educando

Guillermo Castro H.
Un colectivo de ONGs de Panamá ha emprendido, con el apoyo de la Fundación Friedrich Ebert, la tarea de elaborar – una vez más – una agenda que contribuya a orientar la discusión pública en torno a los graves problemas ambientales que enfrenta nuestro país. Esta iniciativa renueva el esfuerzo de promoción del diálogo y la colaboración en torno a estos problemas en los términos propuestos por la Carta de la Tierraemitida una generación atrás por las organizaciones sociales que participaron en la Cumbre de la Tierra realizada en Rio de Janeiro en 1992.
El abordaje del problema por las ONGs panameñas, además, no se reduce al plano técnico y de propuestas de política pública. Por el contrario, además y más allá de esa importante dimensión del problema, los ambientalistas del Istmo procuran relevar la dimensión ética del problema, que renueva el dilema de origen de toda la tradición ética judeocristiana: aquel expresado por Caín cuando Jehová le pregunta por su hermano Abel.
La respuesta evasiva de Caín – “¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?” -, en efecto, resalta la dificultad ética que plantea la pregunta de Jehová, la cual demanda un sí o un no, aunque pueda admitir la consideración de circunstancias específicas en casos puntuales. Porque, en efecto, si de lo que se trata es de la sostenibilidad del desarrollo de nuestra especie, quien no se considera a sí mismo guardián de su hermano no puede ser tampoco guardián de los ecosistemas de los que depende la vida de toda la familia humana.
El tiempo transcurrido desde Rio 92, por otra parte, ha sido uno de conflicto y renovación constantes. Lo que empezó pareciendo ser un problema de los ambientalistas, antes que del ambiente, se transformó para fines de la década de 1990 en un problema de tecnócratas y organismos financieros internacionales, para convertirse ahora en uno de ecología política, en la medida en que se amplía sin cesar la dimensión ambiental de las luchas de los nuevos movimientos sociales. En el proceso, la relación entre esas partes ha ganado se ha tornado cada vez más compleja. Lo que parecía ser una voluntad de armonía en Rio 92 se convirtió en una confrontación abierta en los debates sobre cambio climático en Copenhague, y discurre desde entonces por cauces distintos, que parecen divergir cada vez más.
Pero esto es apenas una reflexión de orden general. Las ONGs ambientalistas panameñas aún deben encarar la tarea de referir su iniciativa a nuestra circunstancia nacional, que tiene sus propias complejidades. Aquí, en efecto, está ocurriendo un proceso de formación de una economía, una sociedad y un Estado nuevos, marcado por toda suerte de contradicciones y conflictos, al calor de debates fragmentarios y a menudo poco informados. Esta circunstancia exige sobre todo concreción, precisión, concisión y fundamentación en datos y hechos comprobables en todo planteamiento que se haga. Y esto es tanto más difícil, cuanto
venimos de una cultura de la denuncia inmediata, y debemos pasar a una del análisis crítico basado en tendencias de largo plazo.
En este sentido, la iniciativa misma de formular una agenda colectiva puede y debe ser asumida como un proceso de aprendizaje y desarrollo para las propias ONGs, en el paso a una fase superior y más compleja en la historia de la ecología política en Panamá. De ese aprendizaje forma parte la presentación de la agenda a los políticos en campaña – aunque lo que podamos aprender aquí sea realmente poco, considerando las experiencias de toda la primera década del siglo XXI. Pero, y sobre todo, ese aprendizaje resultará ser de gran riqueza en cuanto incluya lo que resulte de la presentación de la agenda a los movimientos sociales, en particular indígenas, pobres de la ciudad y del campo, y organizaciones obreras y empresariales.
Si la elaboración de la agenda contribuye a hacer del ambiente y sus problemas un tema de interés general para todos los sectores de la sociedad, se habrá obtenido un logro de enorme trascendencia, por pobres que puedan parecer sus frutos inmediatos. Porque, en el fondo, resaltará cada vez más que, siendo el ambiente el producto de la acción social sobre el mundo natural, si deseamos un ambiente distinto será necesario crear una sociedad diferente.
Todo fluye, de todos modos, en esa dirección. Lo que empieza a faltar es tiempo para culminar la tarea antes de que se empiecen a sentir, en toda su inexorabilidad irreversible, las consecuencias del colapso en curso de los sistemas vitales del Planeta, y emerjan con ellas la degradación de la vida que conocemos, primero, y el riesgo cierto de nuestra extinción como especie, después.

Con Eric Hobsbawm, en Labana

Con Eric Hobsbawm, en Labana

 
Guillermo Castro H.
Ponencia presentada en el I Coloquio Internacional en Homenaje a Eric Hobsbawm / Cambiar la Historia, Transformar el Mundo. Instituto de Investigación Cultural Juan Marinello, La Habana, 20 y 21 de marzo de 2013.
 
La historia ambiental, 1970 acá
La historia ambiental constituye una entre las muchas expresiones de la crisis en curso en el moderno sistema mundial. Empieza a tomar cuerpo en el mundo Noratlántico, al calor de las movimientos sociales y culturales que acompañaron al ciclo revolucionario de 1968 – 1972.
El objeto de estudio de la historia ambiental está constituido por los procesos de interacción entre sistemas naturales y sistemas sociales, mediante el trabajo socialmente organizado, y sus consecuencias para ambos a lo largo del tiempo. En este sentido, la historia ambiental distingue a la naturaleza, en tanto objeto de trabajo, del ambiente, en tanto que entorno resultante de ese trabajo.
En esta perspectiva, la historia ambiental se vincula por un lado con la historia natural – en su sentido tradicional de historia de las especies -, y la historia ecológica – o historia de los ecosistemas, con o sin presencia humana en ellos -, para venir a ser una historia de las relaciones de la especie humana con los ecosistemas de cuya transformación depende su existencia. Pero, además – como lo señalara James O’Connor[1] – la historia ambiental culmina, sintetiza y trasciende el ciclo de desarrollo de la historia misma como práctica cultural en nuestra civilización, que previamente ha tenido sus áreas de énfasis en lo político, primero; lo económico, después, y lo sociocultural.
 
La historia ambiental en América Latina
En Nuestramérica, el origen formal de la historia ambiental puede ser ubicado en 1980, en un artículo dedicado al tema en la antología Medio Ambiente y Estilos de Desarrollo en América, coordinado por Osvaldo Sunkel y Nicolo Gligo[2]. Esto es relevante, porque esa antología recoge lo mejor del pensamiento ambiental latinoamericano siete años antes de la publicación del Informe Brundland – con su conocida definición del desarrollo sostenible como aquel que permite resolver los problemas del presente sin comprometer la solución de los problemas futuros, etc. -, y doce antes de la Cumbre Mundial sobre Ambiente y Desarrollo Rio 92, en la que Fidel Castro planteó como problema de primer orden del presente el riesgo de extinción de la especie humana.
En ese proceso de ampliación y fortalecimiento de la cultura ambiental latinoamericana tuvo lugar la formación – en 2003, en Santiago de Chile -, de la Sociedad Latinoamericana y Caribeña de Historia Ambiental, que hoy cuenta con unos 300 integrantes, y se prepara a realizar su Séptimo Simposio en la Universidad de Quilmes, Argentina, en 2014.[3]
El desarrollo de la historia ambiental latinoamericana – esto es, correspondiente a nuestra cultura, y distinta a la de América Latina, construida en un diálogo entre culturas – ha permitido definir una agenda común, que abarca desde la construcción del campo de estudio hasta establecer su propia periodización, y correlacionarla en su fundamento y sus duraciones con las de otros campos más maduros (historia política, historia económica, historia social), hasta definir sus modalidades de interacción con otros campos emergentes (ecología política, economía ambiental, economía ecológica, estudios de género, etc.), negando y recuperando así, en un mismo movimiento, los aportes de otros campos del saber.
En lo que hace al marxismo – en el que el vínculo entre la especie humana y la naturaleza mediante el trabajo, y la escala planetaria que alcanza esa relación con el desarrollo del mercado mundial desempeñan un papel de primer orden-, esa tarea de negación y recuperación ha encontrado y encuentra las dificultades inherentes al desconocimiento de la obra de Marx entre los académicos de la región, asociado en primer término al descrédito del marxismo soviético, y generalizado como prejuicio, sobre todo a partir del derrumbe del campo socialista en Europa Oriental. Tales son las referencias desde las que cabe juzgar el aporte de Hobsbawn al pensamiento ambiental contemporáneo de Nuestramérica en lo general, y a la historia ambiental latinoamericana en particular.
 
Hobsbawm: 3 aportes al desarrollo de la historia ambiental
Lo ambiental como objeto de estudio no tiene una presencia relevante en la obra de Hobsbawn, aunque sin duda se encuentran en ella referencias a la crisis global ambiental desde fines de la década de 1990. De ese período parecen datar, también, sus referencias más ricas al papel de la ciencia en el desarrollo de las sociedades humanas.
Estas preocupaciones alcanzan una síntesis de especial riqueza en su discurso de cierre del coloquio de la Academia británica sobre historiografía marxista, pronunciado el 13 de noviembre de 2004 y difundido con el título El desafío de la razón. Manifiesto para la renovación de la historia[4]. Esa síntesis, a su vez, se compagina de manera especialmente estimulante con las reflexiones sobre las historia de las ciencias naturales que nos ofrece en su Era de los Extremos,[5][FALTA REFERENCIA BIBILIOGRÁFICA] dedicada a la historia del siglo XX, y aquella sobre el marxismo que nos presenta en su obra póstuma Cómo Cambiar el Mundo.[6]
Encarados esos textos desde las necesidades de desarrollo de nuestro campo, cabe decir que Hobsbawn nos ofrece tres aportes de la mayor importancia. El primero consiste en la demostración de la viabilidad y la necesidad de una lectura no canónica ni eurocéntrica de la obra de Marx. Ese carácter canónico y eurocéntrico – presente ya en la obra de Aníbal Ponce a principios del siglo XX, por ejemplo -, contribuyó a un prolongado hábito de lectura de América Latina desde la obra de Marx, derivada a menudo en la búsqueda de formaciones socioeconómicas, sujetos históricos y hábitos de pensamiento de equivalencia imposible entre ambas regiones del sistema mundial. La perspectiva que nos ofrece Hobsbawm confirma, en cambio, la viabilidad y la utilidad de una lectura de Marx desde América Latina, confirmada ya en la década de 1920 por la obra de José Carlos Mariátegui, como en la de 1970 por la de nuestros teóricos de la dependencia.
Con ello, la obra de Hobsbawm confirma además aquella advertencia que – en Nuestra América, el acta de nacimiento de nuestra contemporaneidad – hiciera José Martí al decirnos que emergía entre nosotros una intelectualidad nueva, que se definía como tal al entender
 
que las formas de gobierno de un país han de acomodarse a sus elementos naturales;que las ideas absolutas, para no caer por un yerro de forma, han de ponerse en formas relativas; que la libertad, para ser viable, tiene que ser sincera y plena; que si la república no abre los brazos a todos y adelanta con todos, muere la república.”[7]
 
            En segundo lugar, Hobsbawm confirma, desde la vastedad de su obra y su experiencia, la necesidad de encarar la historia como “una investigación racional sobre el curso de las transformaciones humanas, indagando acerca del conflicto entre “las fuerzas responsables de la transformación del homo sapiens” y aquella otras – sociales también – “que mantienen inmutables la reproducción y la estabilidad de las colectividades humanas… y que durante la mayor parte de la historia … han contrarrestado eficazmente a las primeras.” Esto tiene especial importancia – por ejemplo – con respecto a los procesos que en el pasado llevaron a tantos pueblos originarios a desarrollar múltiples estrategias de adaptación y resistencia para sobrevivir tanto a los desastres de la Conquista como a los de la Reforma Liberal, preservando al propio tiempo un patrimonio cultural y de relacionamiento con la naturaleza cuya importancia crece en la búsqueda de opciones para encarar la crisis ambiental. Para un futuro inmediato, esto facilita por ejemplo la tarea de plantear en una perspectiva distinta a la de civilización o barbarie – bajo sus formas trasmutadas de progreso o atraso, de desarrollo o subdesarrollo, o de globalización o suicidio -, los conflictos que emergen ya del proceso de transformación del patrimonio natural remanente en la región en capital natural para el crecimiento sostenido, y que amenazan con reproducir la tragedia de los bienes comunes a escala de la Amazonía entera.
            En tercer lugar, Hobsbawm nos ofrece la posibilidad – y confirma la necesidad – de llevar a cabo esta indagación racional de nuestro pasado desde una visión integrada del devenir humano, a partir de nuevas posibilidades de interacción entre múltiples campos del saber, más allá del trívium positivista de las ciencias naturales, las ciencias sociales y las Humanidades, y del quadrivium resultante de la adición a éstas de las ingenierías. Este abordaje integrado nos permite entender a la historia como “la continuación de la evolución biológica del homo sapiens por otros medios”, a partir de tres aportes provenientes de las ciencias naturales – y en particular de la genética – cuya importancia resalta Hobsbawn.
El primero de esos aportes consiste en la posibilidad de hacer una historia “que considere al planeta en toda su complejidad como unidad de los estudios históricos, y no un entorno particular o una región determinada”. El segundo, en la posibilidad de trascender “la estricta diferenciación entre historia y ciencias naturales”, historizando – por decirlo así – el proceso de integración iniciado en la década de 1920 por el geoquímico ruso Konstantin Vernadsky y el antropólogo jesuita francés Pierre Teilhard de Chardin, que llevó a la elaboración de los conceptos de biosfera y noosfera, o biosfera transformada por la acción racional con arreglo a fines característica de nuestra especie. Y el tercero facilita la ampliación de la base de conocimiento y comprensión que sustenta el estudio de “los modos de interacción entre nuestra especie y su medio ambiente, y el creciente control que ejerce sobre el mismo”, recuperando así para la historia ambiental, también, el hecho de que
 
las fuerzas materiales y culturales y las relaciones de producción son inseparables; son las actividades de los hombres y mujeres que construyen su propia historia, pero no en el “vacío”, no afuera de la vida material, ni afuera de su pasado histórico.
 
Hobsbawm y nosotros
La visión del quehacer de la historia que nos aportara Hobsbawm facilita y sustenta, como hemos visto, el desarrollo de la historia ambiental en el marco del proceso mayor de creación de aquella “historia total”, que él no entendía ciertamente como “la historia de todo”, sino como la historia humana encarada “como un tejido indivisible donde se interconectan todas las actividades humanas.” Esto es especialmente importante en una circunstancia de crisis de civilización, que no demanda de nosotros estudiar el pasado con el propósito de demostrar que estamos condenados a la salvación o a la perdición, sino indagar sobre nuestras opciones de futuro – en sí mismas y en lo que cada una demanda, y entraña – para proporcionarnos un marco de referencia bien informado que nos facilite asumir y ejercer las responsabilidades que nos corresponden como miembros de la especie que somos.
Como nos lo ha advertido con insistencia Immanuel Wallerstein, nos encontramos en un momento de bifurcación en el desarrollo histórico del sistema mundial en el que nos hemos formado y forjado a lo largo de cinco siglos. Esto tiene una clara relevancia política (y no meramente teórica), en cuanto nos remite a optar por una u otra de las múltiples alternativas que emergen en el momento en que la crisis de ese sistema se va tornando revolucionaria. En lo que hace a la dimensión ambiental de esa crisis – esto es, al factor que la hace irreversible – no cabe ya la demanda imposible de hacer sostenibles las modalidades de relación con la naturaleza que están en el origen de la crisis misma, ni diluir el problema en un universo potencialmente infinito de opciones de cultura y auto marginación.
Aquí, lo único que cabe es entender que el ambiente que tenemos es el producto de la forma en que la sociedad que somos interactúa con la naturaleza y que, por lo mismo, si deseamos un ambiente distinto debemos construir una sociedad diferente. Establecer esta diferencia, caracterizarla, y plantear su construcción como un problema práctico, tiene ya la mayor importancia para la supervivencia de nuestra especie. Esto demanda plantear ese problema no sólo como el producto de un proceso de desarrollo previo de cinco siglos de duración, sino además en su circunstancia específica: aquella en que, por un lado, Nuestramérica emerge como la portadora de las ventajas invaluables de una población joven y una dotación abundante de recursos naturales, mientras por otro consolida su identidad cultural y política mientras se agota la hegemonía de la geocultura liberal en el sistema mundial.
Dicho con Hobsbawm, y desde él, la crisis del moderno sistema mundial coincide con la culminación del siglo XX largo de América Latina, que se inicia en 1891 con la publicación deNuestra América, donde Martí sintetiza la nueva agenda regional que empezaría a desplegarse a partir de la Revolución Mexicana de 1910 – 1917, como empieza a concluir en 2012, cuando Cuba se hace cargo de la presidencia Pro Témpore de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños. Ahora sí, sin duda alguna, ha llegado para nosotros la hora de crear.
 
La Habana, Centro Juan Marinello de Investigaciones Culturales, 21 de marzo de 2013.
Panamá, 19 de abril de 2013.
 


[1] “¿Qué es la historia ambiental?¿Por qué historia ambiental?”, en Causas Naturales. Ensayos de marxismo ecológico. Siglo XXI, México, 2001.
 
[2] Gligo, Nicolo y Morello,  Jorge: “Notas sobre la historia ecológica de América Latina”. Estilos de Desarrollo y Medio Ambiente en América Latina. Fondo de Cultura Económica, México. Dos tomos.
[3] Los anteriores tuvieron lugar, después de Santiago de Chile, en La Habana, Sevilla, Belho Horizonte, La Paz (Baja California Sur, México), y Villa de Leyva (Colombia).
[5] Historia del siglo XX,  Capítulo XVIII, “Brujos y aprendices: las ciencias naturales”. Crítica. Grijalbo Mondadori, Buenos Aires, 1998.
[6] Cómo Cambiar el Mundo. Marx y el marxismo 1840 – 2011. Traducción de Silvia Furió. Crítica, Barcelona, 2011.
[7] “Nuestra América”. El Partido Liberal, México, 30 de enero de 1891. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. VI, 20 – 21.

Cultura de la naturaleza y naturaleza de la cultura.

Cultura de la naturaleza y naturaleza de la cultura.
Una aproximación a la crisis ambiental desde José Martí
Guillermo Castro H.
 
Para Lupe y Antonio Núñez Jiménez – Velis,
con nosotros.
 
“[…] el buen gobernante en América[…] sabe con qué elementos está hecho su país, y cómo puede ir guiándolos en junto, para llegar, por métodos e instituciones nacidas del país mismo, a aquel estado apetecible donde cada hombre se conoce y ejerce, y disfrutan todos de la abundancia que la Naturaleza puso para todos en el pueblo que fecundan con su trabajo y defienden con sus vidas.
El gobierno ha de nacer del país.
El espíritu del gobierno ha de ser el del país.
La forma del gobierno ha de avenirse a la constitución propia del país.
El gobierno no es más que el equilibrio de los elementos naturales del país.”
 
José Martí, Nuestra América, 1891
 
La expresión cultura de la naturaleza fue utilizada originalmente para designar en lo general aquel conocimiento de nuestro entorno que fomentara su comprensión, su valoración y su conservación. Con el tiempo, ha venido a expresar, además, los valores y las normas que definen la interacción entre los sistemas sociales y los sistemas naturales en una sociedad determinada.En ese sentido, a su vez, la cultura de la naturaleza expresa también la naturaleza de la culturade la que ella hace parte, sobre todo en lo que hace al lugar que ocupan las relaciones con el entorno natural en la visión del mundo dominante en esa sociedad, y en los hábitos de conducta y pensamiento correspondientes a la misma.
En el José Martí de la década de 1880, por ejemplo, la naturaleza es percibida como un entorno que nos transforma en la medida en que lo transformamos. La “intervención humana en la Naturaleza”, dice, “acelera, cambia o detiene la obra de ésta, y […] toda la Historia es solamente la narración del trabajo de ajuste, y los combates, entre la Naturaleza extrahumana y la Naturaleza humana”. Esa no era, sin embargo, la naturaleza de la cultura dominante en su tiempo en la América que él llamaría “nuestra”, y que convocaría a crear en nombre de su generación, de jóvenes intelectuales liberales de vocación radicalmente democrática.
La naturaleza de la cultura dominante entonces – y aun hoy – correspondía a un liberalismo autoritario que, por el contrario, llamaba a re – crear en la América que consideraba suya un mundo a imagen y semejanza del que se consolidaba lo que era entonces el centro Nor Atlántico del moderno sistema mundial. Aquel liberalismo oligárquico, triunfante y en vías de construir su Estado, tuvo – y en importante medida tiene – su vocero más carácterístico en el argentino Domingo Faustino Sarmiento, que en 1845 definió de la más precisa manera posible su proyecto histórico
“De eso se trata” dijo Sarmiento en su obra más conocida y trascendente – el Facundo. Civilización o barbarie -: “de ser o no ser salvajes.” Desde esa perspectiva, la naturaleza era percibida como una frontera de recursos para el crecimiento económico y el acceso a la civilización. Desde ella, también, era inevitable la exclusión de visiones de relación entre la sociedad y la naturaleza que no correspondieran al objetivo mayor de establecer en nuestra América aquella civilización Noratlántica “que es el nombre vulgar con que corre el estado actual del hombre europeo,” al que se atribuye el “derecho natural de apoderarse de la tierra ajena perteneciente a la barbarie, que es el nombre que los que desean la tierra ajena dan al estado actual de todo hombre que no es de Europa o de la América europea.”[1]
Tanto la cultura de la naturaleza de Martí, como la naturaleza de su cultura, vendrían a encontrar su más plena expresión en el ensayo Nuestra América, publicado por primera vez en México, en enero de 1891, y que constituye en verdad el actas de nacimiento de nuestra contemporaneidad. Allí planteó Martí que no había entre nosotros “entre la civilización y la barbarie, sino entre la falsa erudición y la naturaleza”, y que debía sin duda injertarse “en nuestra repúblicas el mundo, pero que el tronco sea el de nuestras repúblicas.”[2]
La cultura de la naturaleza en nuestra América empezó a cambiar hacia 1980, tras el agotamiento del ciclo oligárquico de 1870 – 1930, y la crisis del desarrollismo liberal dominante en la región entre 1950 y 1980. Ambos había compartido una visión semejante del mundo natural como una reserva inagotable de recursos para el crecimiento sostenido, complementada con otra vasta reserva de mano de obra barata, proveniente de la descomposición de la agricultura indígena y campesina. Esas dos premisas se vieron cuestionadas por el propio desarrollo del modelo de sociedad que sustentaban.
Hacia fines de la década de 1970 se inicia un giro en la cultura de la naturaleza en nuestra América, que expresa – justamente – las consecuencias de un cambio en la naturaleza de esa cultura. Sarmiento entra en retirada, y Martí emerge de nuevo con un ímpetu singular. El injerto del mundo que descubría su propia crisis ambiental en el tronco de nuestras repúblicas tiene una primera gran expresión en la antología en dos tomos Medio Ambiente y Estilos de Desarrollo en América Latina, publicada en 1980 por el Fondo de Cultura Económica y la CEPAL.
Allí, sus editores – Osvaldo Sunkel y Nicolo Gligo – supieron reunir a una cohorte de científicos de lo natural y de lo social, que se adelantaron a sentar las bases de lo que, para fines de la década, vendría a ser el debate sobre la sostenibilidad del desarrollo realmente existente. Allí, también, cabe encontrar una parte sustancial de la simiente de capacidades que, de la década de 1990 acá, ha llevado a la cultura de la naturaleza de nuestra América a fundirse con la de otras regiones del planeta en la tarea de formar y desarrollar un pensamiento ambiental nuevo, que se expresa en nuevos saberes que desbordan las fronteras disciplinarias de la vieja cultura, en campos como la ecología política, la historia ambiental, y la economía ecológica
            Esa cultura latinoamericana de la naturaleza encara hoy nuevos desafíos. Nuestra América, en efecto, participa hoy de la crisis ambiental global a partir de dos grandes ventajas estratégicas: una de orden ecosistémico – que constituyen a la región en la última gran reserva de recursos naturales en el Planeta -, y otra de orden demográfico. Así, por ejemplo, de acuerdo a datos proporcionados por el Fondo de las Naciones Unidas para Actividades de Población, nuestra América cuenta con 576 millones de hectáreas en reservas cultivables; el 25% de las áreas boscosas del mundo, “el 92% localizadas en Brasil y Perú”; una megadiversidad biológica concentrada sobre todo en “Brasil, Colombia, Ecuador, México, Perú y Venezuela”, que albergan entre 60 y 70% de todas las formas de vida del planeta; “el 29% de la precipitación [pluvial] mundial” y “una tercera parte de los recursos hídricos renovables del mundo.”
            La segunda gran ventaja consiste en el bono demográfico que representa una población activa de entre 20 y 59 años de edad, que actualmente “es más numerosa que sus dependientes, proporcionando una gran oportunidad para el crecimiento económico”. Al respecto, incluso, cabría decir que aun cuando es población joven dispone de una educación deficiente, cuenta con servicios educativos que los disponibles en la mayor parte de las sociedades asiáticas – exceptuando aquellas que hoy constituyen economías emergentes – y africanas, y puede mejorar significativamente con mayor rapidez, sobre todo si esa mejora es encarada mediante un vínculo mucho rico y estrecho entre los procesos de formación y los de producción, a todos los niveles y en todos los ámbitos del sistema educativo. [3] 
Al propio tiempo, nuestra América encara complejos desafíos ambientales en su ingreso al siglo XXI. El 70% de su población reside en áreas urbanas, con graves desigualdades sociales y vasta huella ecológica. Los bosques y tierras agrícolas enfrentan graves problemas de deforestación, degradación de suelos, deterioro hídrico y pérdida de biodiversidad. Se agudizan cada vez más las contradicciones entre la organización natural del territorio en cuencas y bio regiones, que constituye el marco de una gestión sostenible del desarrollo, y la organización territorial del Estado, gestada a partir de las necesidades y consecuencias de un desarrollo depredador.
            Estos desafíos ambientales, por su parte, están íntimamente vinculados con otros procesos de orden económico y social en curso en nuestra América, con claras expresiones políticas. De entre ellos destaca, en particular, la transformación masiva del patrimonio natural en capital natural mediante procesos de expropiación de facto o de jure, que fomentan sin cesar los conflictos entre grupos sociales distintos que aspiran a hacer usos excluyentes de una misma biorregión. Y todo ello se complica, además, por el incremento en la demanda de servicios ambientales – sobre todo aquellos relativos a la dotación de agua y energía, y la recolección de desechos-, generadas por áreas urbanas cada vez más pobladas y más de mayor desigualdad social.
Todo esto hace evidente la bancarrota cultural y moral del crecimiento económico sustentado en el despilfarro de recursos humanos y naturales de nuestra América. De allí la tanto la creciente presencia política de lo ambiental en las demandas sociales, como la creciente relevancia cultural del aporte de sectores antes excluidos del imaginario del desarrollo, visible por ejemplo en la demanda de un crecimiento que sustente una vida buena para todos antes que una vida cada vez mejor para pocos.
La naturaleza de la cultura nueva se define, así, a partir de tres lecciones que nos deja el análisis del desarrollo de la cultura de la naturaleza entre nosotros. En primer lugar, que el ambiente es el resultado de las intervenciones humanas en la naturaleza, mediante procesos de trabajo socialmente organizados. En segundo, y por lo mismo, que quien desea un ambiente distinto debe contribuir a la creación de una sociedad diferente. Y, finalmente, que la cultura de la naturaleza constituye una fuerza cada vez más poderosa en ese proceso de construcción que, si tiene éxito, culminará en un mundo en el que quepan todos los mundos, creado con todos y para el bien de todos los que entienden que su patria es la Humanidad.
 
Tercera Conferencia Internacional Por el Equilibrio del Mundo.
La Habana, Cuba, 30 de enero de 2013.
 
 


[1] Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. VIII, 442: “Una distribución de diplomas en un colegio de los Estados Unidos”. La América, Nueva York, junio de 1884.
 
[2] 1975, cit. VI, 17, 18
 

LAS CUENCAS, LA GENTE Y EL PAÍS QUE SOMOS

Panamá: nota sobre las cuencas, la gente y el país que somos

Guillermo Castro H.
 
Hace poco, el Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales informó del hallazgo de un pequeño alijo de instrumentos rituales de uso chamánico en el sitio conocido como Casita de Piedra, en las tierras altas de la provincia de Chiriquí, cerca de nuestra frontera con Costa Rica. El alijo, con una antigüedad estimada en 4 mil años, venía a sumarse a descubrimientos anteriores, que remontaban a 9 mil años la presencia humana en el sitio, un punto de descanso en una vieja ruta de tránsito a lo largo de las cuencas de ríos que vierten sus aguas en los océanos Pacífico y Atlántico.
La noticia podrá parecer a algunos un hecho de mera curiosidad, con algún interés turístico, ahora que las tierras altas de Chiriquí se han convertido en sitio preferido de retiro para adultos mayores provenientes de Norteamérica y Europa. Sin embargo, y sobre todo, el hallazgo vuelve a poner en el tapete la calidad de la educación que se ofrece en nuestro país, medida por dos preguntas sencillas que muy pocos panameños están en capacidad de responder: ¿desde cuándo hay presencia humana en nuestra tierra?, y ¿en qué cuenca reside usted?
            La necesidad de saber estas cosas debería ser evidente en un país cuyo mayor y más importante recurso natural es el agua – asociada a los ecosistemas que la proveen-, y en el que la posibilidad del aprovechamiento sostenido de ese recurso depende cada vez más del desarrollo sostenible del conjunto del territorio nacional. El problema, aquí, consiste en que la cultura y la educación que realmente tenemos no son de gran ayuda ni para ver lo evidente, ni para entender lo que esa evidencia implica.
Sin duda, hay individuos y pequeñas organizaciones sociales y estatales donde esa capacidad existe. Sin embargo, enfrentamos problemas que se agravan sin cesar debido a la actividad de grandes masas humanas, y sólo podrán ser resueltos con la participación de esas mismas masas en actividades – y con actitudes – muy distintas a las que llevan a cabo en la actualidad.
Esa participación y esas actitudes, por supuesto, no podrán ser establecidas por decreto. Sólo podrán ser el producto de una educación capaz de expresarse en una transformación de nuestras estructuras de organización social, en el marco de un Estado nacional nuevo. Así que, una vez más, nos encontramos con el hecho de que la transformación de la educación que tenemos tendrá que ser parte de la transformación de la sociedad en que nos hemos formado, o no será.
Así, por ejemplo, al hablar de desarrollo sostenible nos referimos – aun sin saberlo – a los problemas que plantea la necesidad de preservar la viabilidad del desarrollo de la especie humana a escala global y glocal. Para entender y encarar esa necesidad, es necesario comprender que nuestra especie no habita en la naturaleza, sino en el ambiente que ella misma crea en su interacción con los ecosistemas de los que depende su vida, mediante el trabajo socialmente organizado.
Los resultados de esa interacción, por otra parte, se acumulan en el tiempo, de manera que la naturaleza nunca regresa a su condición anterior a la presencia humana. Así, por ejemplo, la selva del Darién no es “natural” en el sentido usual del término, pues una parte sustancial de la actual provincia de ese nombre estaba ya deforestada al momento de la Conquista europea – por no mencionar que en aquella época esa región sostenía, con la tecnología productiva del neolítico, una población mayor que la de nuestros tiempos de revolución verde.
Aquella presencia humana, por otra parte, se organizaba en correspondencia con la organización natural del territorio. Las cuencas constituyen, en efecto, la unidad básica de organización natural de cualquier territorio y, por eso mismo, constituyen también la unidad básica de organización de las relaciones entre los seres humanos y la naturaleza en ese espacio. Así, por ejemplo, si en el Perú prehispánico eran utilizadas para establecer “aldeas verticales” que permitían a una misma tribu utilizar ecosistemas de muy diferentes alturas, desde la costa a los Andes, en Panamá permitieron establecer “aldeas interoceánicas” para aprovechar tanto los recursos de un Atlántico muy húmedo como los de una Pacífico con una estación seca relativamente prolongada.
El reciente descubrimiento arqueológico en Casita de Piedra, Boquete, sólo manifiesta su verdadera importancia en este contexto. Por un lado, indica que ya entonces existía tránsito interoceánico entre lo que hoy llamamos Chiriquí y Bocas del Toro. Por otro, la nueva evidencia está asociada a la minería de oro aluvial, que a su vez se vincula al desarrollo de la metalurgia en las zonas litorales de la vertiente Pacífica del Istmo, las más pobladas en el momento de la Conquista.
De este modo, con respecto a la primera pregunta podemos decir que, hasta donde sabemos, hay presencia humana en el Istmo desde hace unos 12 mil años; que esa presencia ya incluía el intercambio interoceánico hace al menos 9 mil años, y que ese intercambio ya incluía el oro hace al menos 4 mil. La cuenca en que cada uno reside, cada quien deberá averiguarlo.

NOTA SOBRE HISTORIA AMBIENTAL Y DESARROLLO SOSTENIBLE

Nota sobre historia ambiental y desarrollo sostenible

Guillermo Castro H.
Centro Internacional de Desarrollo Sostenible
Ciudad del Saber, Panamá
 
A Patricia Clare, en Costa Rica
 
El desarrollo de la historia ambiental, como ocurre en todo campo de conocimiento en  formación, se nutre de un constante debate sobre su contenido, sus propósitos y sus métodos. En este debate, por ejemplo, ha tenido especial fortuna la definición propuesta por Elinor Melville, que concibe a la historia ambiental como el estudio de las interacciones entre los sistemas sociales y los sistemas naturales. En él, también, ocupa un importante papel la atención a los vínculos entre la historia ambiental y la historia ecológica, y entre ambas y la historia natural, una categoría más antigua, con clara referencia al mundo que produjo figuras de la talla de Linneo y Humboldt, y abrió el camino que eventualmente recorrería Darwin para proponer un lugar para la especie humana en la historia de la naturaleza.
Así, en su forma más sencilla, el concepto de historia natural hace referencia en nuestra cultura a la historia de las especies, como el de historia ecológica lo hace a la formación y las transformaciones de los ecosistemas. En ambos casos, la historia de que se trate puede incluir a la especie humana, o no hacerlo, si los problemas y períodos sometidos a estudio son anteriores a la formación de nuestros antecesores directos. Ese no es, sin embargo, el caso de la historia ambiental.
Si nos atenemos a la definición propuesta por Elinor Melville, y encaramos a un tiempo el estudio de las interacciones entre los sistemas sociales y los sistemas naturales y el de las consecuencias de esas interacciones para ambas partes a lo largo del tiempo nos encontraremos, de hecho, ante la historia natural de la especie humana o, si se quiere, ante la historia ecológica de la sociedad como nicho específico de la especie humana. Con ello, la historia ambiental vendría a ser una nueva Historia general de la Humanidad, con tiempos y espacios correspondientes a la vastedad de su objeto.
 
En esa historia, el proceso clave  sería el de la producción de su propio nicho por nuestra especie, mediante la transformación de los elementos naturales en recursos a través del trabajo socialmente organizado
. Esas formas de organización social de la producción guardan a su vez relaciones contradictorias con las tecnologías que utilizan para intervenir en los ecosistemas. Algunas formas de organización del trabajo, como la esclavitud, tienden a inhibir el desarrollo de esas tecnologías, mientras que otras – como el trabajo asalariado – tienden a estimular ese desarrollo. No en balde dijo alguien que nunca se había inventado nada para que la gente trabajara menos, porque todo invento tenía el propósito de que los trabajadores  produjeran  más.
            Esas contradicciones internas de los sistemas sociales determinan en una importante medida sus relaciones con los sistemas naturales, las cuales contribuyen a su vez a impulsar la transformación de las relaciones sociales. Así ocurre, por ejemplo, en el caso de los conflictos que genera el choque de intereses entre grupos sociales que aspiran a hacer usos excluyentes de un mismo conjunto de ecosistemas, sea a la escala de sociedades específicas, sea a la del sistema mundial. De estos procesos de tan singular complejidad resultan, finalmente, tanto los paisajes que característicos del ambiente creado por cada sociedad en cada etapa de su desarrollo, como las formas de valoración cultural y de gestión social de esos paisajes. Baste ver, por ejemplo, el contraste entre la valoración del bosque tropical húmedo por parte de la oligarquía ganadera o de las corporaciones transnacionales vinculadas a la agricultura de plantación en Mesoamérica, y el de las comunidades indígenas y campesinas vinculadas a tradiciones de agrosilvicultura, y las formas en que la legislación y la práctica política tienden a promover u obstaculizar los intereses de cada una de esas partes enfrentadas.
Este tipo de conflicto, por otra parte, subyace a los conceptos que de una u otra manera han procurado legitimar en el imaginario colectivo la solución de esos conflictos en términos correspondientes a los intereses de los grupos dominantes en cada sociedad. Ese carácter legitimador, por otra parte, incluye siempre una referencia des legitimadora a aquellos factores que ofrecen resistencia al tipo de cambio que esos intereses demandan. Así, por ejemplo, del siglo XVIII a nuestros días tres formas de ese imaginario colectivo han tenido un destacado papel en la formación y las transformaciones del moderno sistema mundial.
La primera contrapuso la civilización a la barbarie, entre 1750 y 1850. A ella debe nuestra cultura uno de sus textos más vigorosos, el Facundo. Civilización y Barbarie, del argentino Domingo Faustino Sarmiento, publicado en Santiago de Chile en 1845, apenas tres años antes de que Marx y Engels publicaran en Londres su Manifiesto Comunista. De mediados del siglo XIX hasta la década de 1950, pasó a predominar entre nosotros la dicotomía progreso – atraso, que tuvo en Herbert Spencer uno de sus promotores más y mejor conocido en la América Latina del Estado Liberal Oligárquico, como en la crítica a ese Estado por parte de autores como José Martí, que en 1889 – en un discurso a los delegados de los gobiernos latinoamericanos a una Conferencia Internacional Americana convocada por los Estados Unidos – planteó que “ nuestra América de hoy, heroica y trabajadora a la vez, y franca y vigilante, con Bolívar de un brazo y Herbert Spencer del otro; una América sin suspicacias pueriles, ni confianzas cándidas, que convida sin miedo a la fortuna de su hogar a las razas todas […]”[1]
Para la década de 1950, por último, el mito fundamental del imaginario colectivo pasó a expresarse en la dicotomía desarrollo – subdesarrollo, a partir de una metáfora importada al campo de las ciencias sociales desde el de las ciencias naturales. En su medio de origen, en efecto, el concepto de desarrollo expresa el proceso de formación, maduración y muerte de un organismo, en interdependencia con sus semejantes y las demás especies de su ecosistema. Su apropiación por las ciencias sociales excluyó este último componente, y generalizó además una forma específica de desarrollo – la de las sociedades capitalistas maduras, que hegemonizan el moderno sistema mundial – a todas las sociedades que forman parte de ese sistema.
Esto incluyó relegar a un segundo plano, en el mejor de los casos, las relaciones de interdependencia asimétrica entre las sociedades que integran dicho sistema – y que se expresan en lo ambiental, por ejemplo, a través de conceptos como el de huella ecológica -, para optar en cambio por la búsqueda de definiciones y soluciones para el desarrollo utilizando como unidad fundamental de análisis el Estado – nación y, en las formas más complejas de planteamiento del tema – sobre todo desde América Latina – las relaciones de intercambio desigual entre economías nacionales. Por esta vía, el planteamiento del desarrollo progresó desde su definición más sencilla como “el progreso técnico y sus frutos”, utilizada por Raúl Prebisch a principios de la década de 1950, hasta la más rica y compleja que, en 1980, lo concebía como
[…] un proceso de transformación de la sociedad caracterizado por una expansión de su capacidad productiva, la elevación de los promedios de productividad por trabajador y de ingresos por persona, cambios en la estructura de clases y grupos y en la organización social, transformaciones culturales y de valores, y cambios en las estructuras políticas y de poder, todo lo cual conduce a una elevación de los niveles medios de vida.[2]
 
Esta definición tiene otro mérito: ella forma parte de un primer y formidable esfuerzo latinoamericano por poner en relación los vínculos entre el desarrollo así concebido y los sistemas naturales de América Latina, siete años antes de que fuera presentado el Informe Brundland, y doce antes de la Cumbre Mundial sobre Ambiente y Desarrollo celebrada en Rio de Janeiro en 1992. En efecto, los dos tomos de Estilos de Desarrollo y Medio Ambiente en América Latina sintetizan un estado de conocimiento y reflexión sobre el tema que hoy podría resultar sorprendente para quien no conozca al menos en líneas generales la historia ambiental latinoamericana, que tiene allí uno de sus textos fundadores: las “Notas sobre la historia ecológica de América Latina”, de Nicolo Gligo y Jorge Morello.
Lo que aquí nos importa, en todo caso, es que de entonces acá el mito del desarrollo ha venido a des-integrarse en múltiples direcciones. Hoy, sobrevive sobre todo – en forma por demás vergonzante, si lo juzgamos en el marco de la retórica de las relaciones internacionales – en su versión de desarrollo sostenible, que en lo más usual puede ser definido como la vieja
 Teoría del Desarrollo con las preocupaciones ambientales necesarias para garantizar la sostenibilidad de la sociedad que le dio origen. Y, sin embargo, si observamos este fenómeno cultural desde la perspectiva de la historia ambiental, podremos comprobar una vez más el viejo adagio que nos dice que lo falso no se define como lo opuesto a lo cierto, sino como el resultado de la exageración unilateral de uno de los aspectos de la verdad.
            En este sentido, el concepto de desarrollo sostenible no designa una solución capaz de legitimar las formas dominantes de relación entre nuestra especie y su entorno, sino un problema: el de la incapacidad del mito del desarrollo para dar cuenta de la crisis en que han venido a desembocar esas relaciones. De este modo, se hace evidente que tras la discusión sobre el desarrollo sostenible subyace en realidad el problema de forjar y legitimar las nuevas formas  de gestión de las relaciones entre sistemas naturales y sociales que demanda la supervivencia de la especie humana ante la crisis de sus relaciones con el mundo natural en que ha venido a desembocar el desarrollo del moderno sistema mundial. De su capacidad para contribuir a la solución de este problema decisivo dependerá que la historia ambiental se constituya en la gran conquista cultural que puede llegar a ser, o permanezca como la mera crónica del desastre que bien puede conducirnos a nuestra extinción.
 
Panamá, 28 de octubre de 2007
 
 


[1] Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. Tomo VI, 138 – 139: “Discurso pronunciado en la velada artístico – literaria de la Sociedad Literaria Hispanoamericana, el 19 de diciembre de 1889, a la que asistieron los delegados a la Conferencia Internacional Americana”. Cursiva: gch
[2] Sunkel, Osvaldo: “Introducción. La interacción entre los estilos de desarrollo y el medio ambiente en la América Latina”. Estilos de Desarrollo y Medio Ambiente en la América Latina. El Trimestre Económico, número 36, 2 tomos. Fondo de Cultura Económica, México, 1980. Selección de Osvaldo Sunkel y Nicolo Gligo. Cursiva: gch. Hemos destacado en negrita aquellos componentes de la definición que resaltan su carácter dinámico, expansivo y sobre todo, sistémico.