NOTA SOBRE HISTORIA AMBIENTAL Y DESARROLLO SOSTENIBLE

Nota sobre historia ambiental y desarrollo sostenible

Guillermo Castro H.
Centro Internacional de Desarrollo Sostenible
Ciudad del Saber, Panamá
 
A Patricia Clare, en Costa Rica
 
El desarrollo de la historia ambiental, como ocurre en todo campo de conocimiento en  formación, se nutre de un constante debate sobre su contenido, sus propósitos y sus métodos. En este debate, por ejemplo, ha tenido especial fortuna la definición propuesta por Elinor Melville, que concibe a la historia ambiental como el estudio de las interacciones entre los sistemas sociales y los sistemas naturales. En él, también, ocupa un importante papel la atención a los vínculos entre la historia ambiental y la historia ecológica, y entre ambas y la historia natural, una categoría más antigua, con clara referencia al mundo que produjo figuras de la talla de Linneo y Humboldt, y abrió el camino que eventualmente recorrería Darwin para proponer un lugar para la especie humana en la historia de la naturaleza.
Así, en su forma más sencilla, el concepto de historia natural hace referencia en nuestra cultura a la historia de las especies, como el de historia ecológica lo hace a la formación y las transformaciones de los ecosistemas. En ambos casos, la historia de que se trate puede incluir a la especie humana, o no hacerlo, si los problemas y períodos sometidos a estudio son anteriores a la formación de nuestros antecesores directos. Ese no es, sin embargo, el caso de la historia ambiental.
Si nos atenemos a la definición propuesta por Elinor Melville, y encaramos a un tiempo el estudio de las interacciones entre los sistemas sociales y los sistemas naturales y el de las consecuencias de esas interacciones para ambas partes a lo largo del tiempo nos encontraremos, de hecho, ante la historia natural de la especie humana o, si se quiere, ante la historia ecológica de la sociedad como nicho específico de la especie humana. Con ello, la historia ambiental vendría a ser una nueva Historia general de la Humanidad, con tiempos y espacios correspondientes a la vastedad de su objeto.
 
En esa historia, el proceso clave  sería el de la producción de su propio nicho por nuestra especie, mediante la transformación de los elementos naturales en recursos a través del trabajo socialmente organizado
. Esas formas de organización social de la producción guardan a su vez relaciones contradictorias con las tecnologías que utilizan para intervenir en los ecosistemas. Algunas formas de organización del trabajo, como la esclavitud, tienden a inhibir el desarrollo de esas tecnologías, mientras que otras – como el trabajo asalariado – tienden a estimular ese desarrollo. No en balde dijo alguien que nunca se había inventado nada para que la gente trabajara menos, porque todo invento tenía el propósito de que los trabajadores  produjeran  más.
            Esas contradicciones internas de los sistemas sociales determinan en una importante medida sus relaciones con los sistemas naturales, las cuales contribuyen a su vez a impulsar la transformación de las relaciones sociales. Así ocurre, por ejemplo, en el caso de los conflictos que genera el choque de intereses entre grupos sociales que aspiran a hacer usos excluyentes de un mismo conjunto de ecosistemas, sea a la escala de sociedades específicas, sea a la del sistema mundial. De estos procesos de tan singular complejidad resultan, finalmente, tanto los paisajes que característicos del ambiente creado por cada sociedad en cada etapa de su desarrollo, como las formas de valoración cultural y de gestión social de esos paisajes. Baste ver, por ejemplo, el contraste entre la valoración del bosque tropical húmedo por parte de la oligarquía ganadera o de las corporaciones transnacionales vinculadas a la agricultura de plantación en Mesoamérica, y el de las comunidades indígenas y campesinas vinculadas a tradiciones de agrosilvicultura, y las formas en que la legislación y la práctica política tienden a promover u obstaculizar los intereses de cada una de esas partes enfrentadas.
Este tipo de conflicto, por otra parte, subyace a los conceptos que de una u otra manera han procurado legitimar en el imaginario colectivo la solución de esos conflictos en términos correspondientes a los intereses de los grupos dominantes en cada sociedad. Ese carácter legitimador, por otra parte, incluye siempre una referencia des legitimadora a aquellos factores que ofrecen resistencia al tipo de cambio que esos intereses demandan. Así, por ejemplo, del siglo XVIII a nuestros días tres formas de ese imaginario colectivo han tenido un destacado papel en la formación y las transformaciones del moderno sistema mundial.
La primera contrapuso la civilización a la barbarie, entre 1750 y 1850. A ella debe nuestra cultura uno de sus textos más vigorosos, el Facundo. Civilización y Barbarie, del argentino Domingo Faustino Sarmiento, publicado en Santiago de Chile en 1845, apenas tres años antes de que Marx y Engels publicaran en Londres su Manifiesto Comunista. De mediados del siglo XIX hasta la década de 1950, pasó a predominar entre nosotros la dicotomía progreso – atraso, que tuvo en Herbert Spencer uno de sus promotores más y mejor conocido en la América Latina del Estado Liberal Oligárquico, como en la crítica a ese Estado por parte de autores como José Martí, que en 1889 – en un discurso a los delegados de los gobiernos latinoamericanos a una Conferencia Internacional Americana convocada por los Estados Unidos – planteó que “ nuestra América de hoy, heroica y trabajadora a la vez, y franca y vigilante, con Bolívar de un brazo y Herbert Spencer del otro; una América sin suspicacias pueriles, ni confianzas cándidas, que convida sin miedo a la fortuna de su hogar a las razas todas […]”[1]
Para la década de 1950, por último, el mito fundamental del imaginario colectivo pasó a expresarse en la dicotomía desarrollo – subdesarrollo, a partir de una metáfora importada al campo de las ciencias sociales desde el de las ciencias naturales. En su medio de origen, en efecto, el concepto de desarrollo expresa el proceso de formación, maduración y muerte de un organismo, en interdependencia con sus semejantes y las demás especies de su ecosistema. Su apropiación por las ciencias sociales excluyó este último componente, y generalizó además una forma específica de desarrollo – la de las sociedades capitalistas maduras, que hegemonizan el moderno sistema mundial – a todas las sociedades que forman parte de ese sistema.
Esto incluyó relegar a un segundo plano, en el mejor de los casos, las relaciones de interdependencia asimétrica entre las sociedades que integran dicho sistema – y que se expresan en lo ambiental, por ejemplo, a través de conceptos como el de huella ecológica -, para optar en cambio por la búsqueda de definiciones y soluciones para el desarrollo utilizando como unidad fundamental de análisis el Estado – nación y, en las formas más complejas de planteamiento del tema – sobre todo desde América Latina – las relaciones de intercambio desigual entre economías nacionales. Por esta vía, el planteamiento del desarrollo progresó desde su definición más sencilla como “el progreso técnico y sus frutos”, utilizada por Raúl Prebisch a principios de la década de 1950, hasta la más rica y compleja que, en 1980, lo concebía como
[…] un proceso de transformación de la sociedad caracterizado por una expansión de su capacidad productiva, la elevación de los promedios de productividad por trabajador y de ingresos por persona, cambios en la estructura de clases y grupos y en la organización social, transformaciones culturales y de valores, y cambios en las estructuras políticas y de poder, todo lo cual conduce a una elevación de los niveles medios de vida.[2]
 
Esta definición tiene otro mérito: ella forma parte de un primer y formidable esfuerzo latinoamericano por poner en relación los vínculos entre el desarrollo así concebido y los sistemas naturales de América Latina, siete años antes de que fuera presentado el Informe Brundland, y doce antes de la Cumbre Mundial sobre Ambiente y Desarrollo celebrada en Rio de Janeiro en 1992. En efecto, los dos tomos de Estilos de Desarrollo y Medio Ambiente en América Latina sintetizan un estado de conocimiento y reflexión sobre el tema que hoy podría resultar sorprendente para quien no conozca al menos en líneas generales la historia ambiental latinoamericana, que tiene allí uno de sus textos fundadores: las “Notas sobre la historia ecológica de América Latina”, de Nicolo Gligo y Jorge Morello.
Lo que aquí nos importa, en todo caso, es que de entonces acá el mito del desarrollo ha venido a des-integrarse en múltiples direcciones. Hoy, sobrevive sobre todo – en forma por demás vergonzante, si lo juzgamos en el marco de la retórica de las relaciones internacionales – en su versión de desarrollo sostenible, que en lo más usual puede ser definido como la vieja
 Teoría del Desarrollo con las preocupaciones ambientales necesarias para garantizar la sostenibilidad de la sociedad que le dio origen. Y, sin embargo, si observamos este fenómeno cultural desde la perspectiva de la historia ambiental, podremos comprobar una vez más el viejo adagio que nos dice que lo falso no se define como lo opuesto a lo cierto, sino como el resultado de la exageración unilateral de uno de los aspectos de la verdad.
            En este sentido, el concepto de desarrollo sostenible no designa una solución capaz de legitimar las formas dominantes de relación entre nuestra especie y su entorno, sino un problema: el de la incapacidad del mito del desarrollo para dar cuenta de la crisis en que han venido a desembocar esas relaciones. De este modo, se hace evidente que tras la discusión sobre el desarrollo sostenible subyace en realidad el problema de forjar y legitimar las nuevas formas  de gestión de las relaciones entre sistemas naturales y sociales que demanda la supervivencia de la especie humana ante la crisis de sus relaciones con el mundo natural en que ha venido a desembocar el desarrollo del moderno sistema mundial. De su capacidad para contribuir a la solución de este problema decisivo dependerá que la historia ambiental se constituya en la gran conquista cultural que puede llegar a ser, o permanezca como la mera crónica del desastre que bien puede conducirnos a nuestra extinción.
 
Panamá, 28 de octubre de 2007
 
 


[1] Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. Tomo VI, 138 – 139: “Discurso pronunciado en la velada artístico – literaria de la Sociedad Literaria Hispanoamericana, el 19 de diciembre de 1889, a la que asistieron los delegados a la Conferencia Internacional Americana”. Cursiva: gch
[2] Sunkel, Osvaldo: “Introducción. La interacción entre los estilos de desarrollo y el medio ambiente en la América Latina”. Estilos de Desarrollo y Medio Ambiente en la América Latina. El Trimestre Económico, número 36, 2 tomos. Fondo de Cultura Económica, México, 1980. Selección de Osvaldo Sunkel y Nicolo Gligo. Cursiva: gch. Hemos destacado en negrita aquellos componentes de la definición que resaltan su carácter dinámico, expansivo y sobre todo, sistémico.
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NATURALEZA, TRABAJO, HISTORIA.

Naturaleza, trabajo, historia.

Nota sobre la historia ambiental como historia natural de la especie humana
Guillermo Castro H.
 
La historia ambiental se ocupa de las relaciones entre nuestra especie y su(s) entorno(s) a lo largo del tiempo, incluyendo en ello, por supuesto, las consecuencias de esas relaciones para cada una de las partes involucradas. El mérito mérito principal de esta definición, como sabemos, corresponde a Elinor Melville. Desde ella, interesa resaltar aquí que esas relaciones operan a partir de procesos de trabajo socialmente organizados y que, por ello, el trabajo – en cuanto acción racional con arreglo a fines, que demanda procesos de cooperación entre múltiples individuos – constituye el factor fundamental que nos define como especie en nuestra relación con la naturaleza de la que somos parte.
Somos, en efecto, la única especie que trabaja en el sentido indicado, y el ambiente es uno de los productos de ese trabajo en lo que hace a sus efectos sobre la naturaleza en la que habitamos, y de la cual vivimos. Esta idea ha sido expresada de múltiples maneras a lo largo del desarrollo de la civilización que hoy está en crisis. Vladimir Vernadsky y Teilhard de Chardin, por ejemplo, la elaboraron en el plano teórico en la década de 1920, al vincular entre sí los conceptos de biosfera y noosfera (que, en el caso del jesuita Teilhard, fue ampliado incluso en dirección al de Cristosfera como culminación del proceso de encuentro entre las criaturas y su creador).
Así, el objeto de estudio de la historia ambiental es un producto de nuestra especie, obtenido mediante el trabajo, entendido – por ejemplo – como “un proceso entre la naturaleza y el hombre, proceso en que éste realiza, regula y controla mediante su propia acción su intercambio de materias con la naturaleza”, al decir de Carlos Marx en 1867, en el segmento que dedica a esa forma peculiar de la actividad humana en el Tomo I de El Capital.[1] Ese proceso, añade Marx, “es la actividad racional encaminada a la producción de valores de uso, la asimilación de las materias naturales al servicio de las necesidades humanas, la condición general del intercambio de materias entre la naturaleza y el hombre, la condición natural eterna de la vida humana, y por tanto, independiente de las formas y modalidades de esta vida y común a todas las formas sociales por igual.”[2] Para agregar enseguida que lo que distingue “a las épocas económicas unas de otras no es lo que se hace, sino el cómo se hace”.[3]
Vista así, la historia ambiental es la historia, precisamente en cuanto es la historia natural de nuestra especie. Como tal, necesita apropiarse de todo el legado cultural anterior y someterlo a crítica en la perspectiva que demanda al problema mayor de nuestro tiempo, que es el de sobrevivir como especie al tipo de ambiente global que como especie hemos creado – sobre todo a lo largo de los últimos dos siglos de nuestros cien mil años de existencia y desarrollo.  Y esto no sólo un sentido físico, sino y sobre todo enfrentando la generalización de las formas más bárbaras de organización de nuestra convivencia, que retornan a la vida diaria de millones de seres humanos en todos los rincones de una biosfera a la que hemos llevado al límite de sus capacidades para sostenerse, y sostenernos.
Allí está, en lo más abstracto, una de las claves del problema del problema más concreto a cuya solución debe contribuir la historia ambiental: el de caracterizar, en su origen como en sus consecuencias, los fines a los que responde la racionalidad de nuestras acciones de relacionamiento con el entorno que nos sostiene, que ha venido a ser (¿no lo fue siempre?) el planeta entero. Y si esto nos lleva una vez más a entender que si el ambiente es el producto de la intervención de nuestras sociedades en su entorno natural, la necesidad de un crear un ambiente distinto nos llevará una y otra vez a la de establecer una sociedad diferente, bienvenido sea. Aquí, como nunca antes, la crítica ha de ser el ejercicio del criterio, si es que aspira a ser fecunda.
 
Panamá, 13 de noviembre de 2012
 


[1] Y agrega: “En este proceso, el hombre se enfrenta como un poder natural con la materia prima de la naturaleza. Pone en acción las fuerzas naturales que forman su corporeidad, los brazos y las piernas, la cabeza y la mano, para de ese modo asimilarse, bajo una forma útil para su propia vida, las materias que la naturaleza le brinda. Y a la par que de ese modo actúa sobre la naturaleza exterior a él y la transforma, transforma su propia naturaleza, desarrollando las potencias que dormitan en él y sometiendo el juego de sus fuerzas a su propia disciplina.”
Todas las citas corresponden a Marx, Carlos: El Capital. Crítica de la economía política. Traducción de Wenceslao Roces. Fondo de Cultura Económica, México, 2010. Tres tomos. Sección Tercera. La producción de la plusvalía absoluta. Capítulo V. Proceso de trabajo y proceso de valorización. Tomo I (1867). P. 130.
 
[2] Ibid., 136.  En esta perspectiva, dice, “Los animales y las plantas que solemos considerar como productos naturales, no son solamente productos del año anterior, supongamos, sino que son, bajo su forma actual, el fruto de un proceso de transformación desarrollado a lo largo de las generaciones, controlado por le hombre y encauzado por el trabajo humano.”
 
[3] Ibid., 132. Y añade: “Los instrumentos de trabajo no son solamente el barómetro indicador del desarrollo de la fuerza de trabajo del hombre, sino también el exponente de las condiciones sociales en que se trabaja.”

NATURALEZA, TRABAJO, HISTORIA. NOTA A MIS COLEGAS DE LA SOLCHA

Naturaleza, trabajo, historia.

Nota a mis colegas de la Sociedad Latinoamericana y Caribeña de Historia Ambiental.
 
Panamá, 11 de noviembre de 2012.
 
Colegas:
Como saben, he sostenido a lo largo del tiempo la necesidad de encarar a la historia ambiental como la de las relaciones entre nuestra especie y su(s) entorno(s) a lo largo del tiempo, incluyendo en ello, por supuesto, las consecuencias de esas relaciones para cada una de las partes involucradas. La idea básica no es mía, ciertamente. Fue Elinor Melville, hasta donde recuerdo, quien abordó nuestro campo desde esa perspectiva, definiéndolo como el estudio de la historia las interacciones entre los sistemas naturales y los sistemas sociales, en el sentido indicado.
 
Aquello en lo he intentado hacer énfasis consiste en que esas interacciones ocurren a partir del procesos de trabajo socialmente organizados y que, por lo mismo, el trabajo – en el sentido de acción racional con arreglo a fines, que demanda procesos de cooperación entre múltiples individuos – constituye, desde el punto de vista histórico, el factor realmente fundamental de esta relación. Somos, en efecto, la única especie que trabaja, en el sentido indicado, y el ambiente es justamente el producto de ese trabajo en lo que hace a sus efectos sobre la naturaleza en la que habitamos, y de la cual vivimos.
 
Esta idea tampoco es original (¿hay alguna que realmente lo sea?). Vladimir Vernadsky y Teilhard de Chardin la elaboraron en el plano teórico ya en la década de 1920, al vincular entre sí los conceptos de biosfera y noosfera (que, en el caso del jesuíta Teilhard, fue ampliado incluso en dirección al de Cristosfera como culminación del proceso de encuentro entre las criaturas y su creador). Lo esencial en todo caso es que nuestro objeto de estudio es un producto de nuestra especie, obtenido mediante el trabajo, entendido justamente como “un proceso entre la naturaleza y el hombre, proceso en que éste realiza, regula y controla mediante su propia acción su intercambio de materias con la naturaleza”, al decir de Carlos Marx en el segmento que dedica a esa forma peculiar de la actividad humana en el Tomo I de El Capital.
 
Hoy quisiera invitar a la discusión del planteamiento que hiciera Marx del tema ya en 1867. Con ese propósito, me permito compartir con ustedes mis notas de lectura de aquel acápite, en ese texto. Estoy convencido de que la historia ambiental es la historia. Como tal, está en la necesidad de apropiarse de todo el legado cultural anterior y someterlo a crítica en la perspectiva que demanda al problema mayor de nuestro tiempo, que es el de sobrevivir como especie al tipo de ambiente global que como especie hemos creado – sobre todo a lo largo de los últimos dos siglos de nuestros cien mil años de existencia y desarrollo.
 
Sobrevivir, en este caso, no tiene tan sólo un sentido físico. Además, implica evitar la generalización de las formas más bárbaras y brutales de organización de nuestra convivencia, que retornan a la vida diaria de millones de seres humanos en los más diversos rincones de una biosfera a la que hemos llevado al límite de sus capacidades para sostenerse, y sostenernos.
 
“Lo que distingue a las épocas económicas unas de otras”, plantea Marx en estas notas, “no es lo que se hace, sino el cómo se hace”. Allí está, en lo más abstracto, una de las claves del problema a cuya solución aspiramos a contribuir: el de los fines a los que responde la racionalidad de nuestras acciones de relacionamiento con el entorno que nos sostiene, que ha venido a ser (¿no lo fue siempre?) el planeta entero. Que es como decir, una vez más, que si el ambiente es el producto de la intervención de nuestras sociedades en su entorno natural, la necesidad de un crear un ambiente distinto nos llevará una y otra vez a la de establecer una sociedad diferente.
Y me despido, con un saludo cordial desde este rincón del neotrópico,
Guillermo Castro H.
 
Marx, Carlos: El Capital. Crítica de la economía política. Traducción de Wenceslao Roces. Fondo de Cultura Económica, México, 2010. Tres tomos.
 
Sección Tercera. La producción de la plusvalía absoluta. Capítulo V. Proceso de trabajo y proceso de valorización. Tomo I (1867).
 
1.El proceso de trabajo
 
Trabajo
“El trabajo es, en primer término, un proceso entre la naturaleza y el hombre, proceso en que éste realiza, regula y controla mediante su propia acción su intercambio de materias con la naturaleza. En este proceso, el hombre se enfrenta como un poder natural con la materia prima de la naturaleza. Pone en acción las fuerzas naturales que forman su corporeidad, los brazos y las piernas, la cabeza y la mano, para de ese modo asimilarse, bajo una forma útil para su propia vida, las materias que la naturaleza le brinda. Y a la par que de ese modo actúa sobre la naturaleza exterior a él y la transforma, transforma su propia naturaleza, desarrollando las potencias que dormitan en él y sometiendo el juego de sus fuerzas a su propia disciplina.” / 130
 
El trabajo como acción racional con arreglo a fines
“Detrás de la fase en que el obrero se presenta en el mercado de mercancías como vendedor de su propia fuerza de trabajo, aparece, en un fondo prehistórico, la fase en que el trabajo humano no se ha desprendido aún de su primera forma instintiva. Aquí, partimos del supuesto del trabajo plasmado ya bajo una forma que le pertenece exclusivamente al hombre. Una araña ejecuta operaciones que asemejan a las manipulaciones del tejedor, y la construcción de los panales de las abejas podría avergonzar, por su perfección, a más de un maestro de obras. Pero, hay algo en que el peor maestro de obras aventaja, desde luego, a la mejor abeja, y es el hecho de que, antes de ejecutar la construcción, la proyecta en su propio cerebro. Al final del proceso de trabajo, brota un resultado que antes de comenzar el proceso existía ya en la mente del obrero; es decir, un resultado que tenía ya existencia idealEl obrero no se limita a cambiar de forma la materia que le brinda la naturaleza, sino que, al mismo tiempo, realiza en ella su fin, fin que él sabe que rige como una ley las modalidades de su actuación y al que tiene necesariamente que supeditar su voluntad. Y esta supeditación no constituye un acto aislado. Mientras permanezca trabajando, además de esforzar los órganos que trabajan, el obrero ha de aportar esa voluntad consciente del fin a que llamamos atención, atención que deberá ser tanto más reconcentrada cuanto menos atractivo sea el trabajo, por su carácter o por su ejecución, para quien lo realiza, es decir, cuanto menos disfrute de él el obrero como de un juego de sus fuerzas físicas y espirituales.” / 130 – 131
 
Factores del proceso de trabajo
Los factores simples que intervienen en el proceso de trabajo son: la actividad adecuada a un fin, o sea, el propio trabajo, su objeto y sus medios.” / 131
 
Objeto de trabajo
“El hombre se encuentra, sin que él intervenga para nada en ello, con la tierra (concepto que incluye también, económicamente, el del agua) […], como el objeto general sobre el que versa el trabajo humano. Todas aquellas cosas que el trabajo no hace más que desprender de su contacto directo con la tierra son objetos de trabajo que la naturaleza brinda al hombre.” /131
 
Materia prima
“[…] cuando el objeto sobre que versa el trabajo ha sido ya […] filtrado por un trabajo anterior, lo llamamos materia prima. Es el caso, por ejemplo, del cobre ya arrancado del filón para ser lavado. Toda materia prima es objeto de trabajo, pero no todo objeto de trabajo es materia prima. Para ello es necesario que haya experimentado, por medio del trabajo, una cierta transformación.” / 131
 
Medio de trabajo
El medio de trabajo es aquel objeto o conjunto de objetos que el obrero interpone entre él y el objeto que trabaja y que le sirve para encauzar su actividad sobre este objeto. El hombre se sirve de las cualidades mecánicas, físicas y químicas de las cosas para utilizarlas, conforme al fin perseguido, como instrumentos de actuación sobre otras cosas. El objeto que el obrero empuña directamente […] no es el objeto sobre el que trabaja, sino el instrumento de trabajo. De este modo, los productos de la naturaleza se convierten directamente en órganos de la actividad del obrero, órganos que él incorpora a sus propios órganos corporales, prolongando así, a pesar de la Biblia, su estatura natural. La tierra es su despensa primitiva y es, al mismo tiempo, su primitivo arsenal de medios de trabajo”. / 131 – 132
 
Herramientas, instrumentos
“Tan pronto como el proceso de trabajo se desarrolla un poco, reclama instrumentos de trabajo fabricados. En las cuevas humanas más antiguas se descubren instrumentos y armas de piedra. Y en los orígenes de la historia humana, los animales domesticados, es decir, adaptados, transformados ya por el trabajo, desempeñan un papel primordial como instrumentos de trabajo, al lado de la piedra y la maderatalladas, los huesos y las conchas. El uso y la fabricación de medios de trabajo de trabajo, aunque en germen se presenten ya en ciertas especies, caracterizan el proceso de trabajo específicamente humano,razón por la cual Franklin define al hombre como “a toolmaking animal”, o sea, como un animal que fabrica instrumentos. Y así como la estructura y armazón de los restos de huesos tienen una gran importancia para reconstituir la organización de especies animales desaparecidas, los vestigios de instrumentos de trabajo nos sirven para apreciar antiguas formaciones económicas de la sociedad ya sepultadas.” / 132
 
Modo de producir, modo de producción
Lo que distingue a las épocas económicas unas de otras no es lo que se hace, sino el cómo se hace. Los instrumentos de trabajo no son solamente el barómetro indicador del desarrollo de la fuerza de trabajo del hombre, sino también el exponente de las condiciones sociales en que se trabaja. Y, dentro de la categoría de los instrumentos de trabajo, los instrumentos mecánicos, cuyo conjunto forma lo que podríamos llamar el sistema óseo y muscular de la producción, acusan las características esenciales de una época social de la producción de un modo mucho más definido que esos instrumentos cuya función se limita a servir de receptáculos de los objetos de trabajo y a los que en conjunto podríamos designar, de un modo muy genérico, como el sistema vascular de la producción […].” / 132
 
 
Condiciones materiales de producción
“Entre los objetos que sirven de medios para el proceso de trabajo cuéntanse […] todas aquellascondiciones materiales que han de concurrir para que el proceso de trabajo se efectúe. Trátase de condiciones que no se identifican directamente con dicho proceso, pero sin las cuales éste no podría ejecutarse, o sólo podría ejecutarse de un modo imperfecto. Y aquí, volvemos a encontrarnos, como medio general de trabajo de esta especie, con la tierra misma, que es la que brinda al obrero el locus standi y a su actividad el campo de acción […]. Otros medios de trabajo de este género, pero debidos ya al trabajo del hombre, son, por ejemplo, los locales en que se trabaja, los canales, las calles, etc.” / 133
 
Trabajo, producción, producto
“[…] en el proceso de trabajo la actividad del hombre consigue, valiéndose del instrumento correspondiente, transformar el objeto sobre el que versa el trabajo con arreglo al fin perseguido. Este proceso desemboca y se extingue en el producto. Su producto es un valor de uso, una materia dispuesta por la naturaleza y adaptada a las necesidades humanas mediante un cambio de forma. El trabajo se compenetra y confunde con su objeto. Se materializa en el objeto, al paso que éste se elabora. Y lo que en el trabajador era dinamismo, es ahora en el producto, plasmado en lo que es, quietud. El obrero es el tejedor, y el producto el tejido.” / 133
 
Trabajo productivo
“Si analizamos todo este proceso desde el punto de vista de su resultado, del producto, vemos que ambos factores, los medios de trabajo y el objeto sobre el que éste recae, son los medios de producción y el trabajo un trabajo productivo.” / 133
 
Producto, producción, trabajo
“Para engendrar un valor de uso como producto, el proceso de trabajo absorbe, en concepto de medios de producción, otros valores de uso, producto a su vez de procesos de trabajo anteriores. Y el mismo valor de uso que forma el producto de este trabajo, constituye el medio de producción de aquel. Es decir, que los productos no son solamente el resultado, sino que son, al mismo tiempo, la condición del proceso de trabajo.” / 133
 
Producción, producto, materias primas [historia ambiental]
“Excepción hecha de la industria extractiva, aquella a la que la naturaleza brinda el objeto sobre que trabaja, v. gr. la minería, la caza, la pesca, etc. (la agricultura sólo entra en esta categoría cuando se trata de la roturación y cultivo de tierras vírgenes), todas las ramas industriales recaen sobre objetos que tienen el carácter de materias primas, es decir, sobre materiales ya filtrados por un trabajo anterior, sobre objetos que son ya, a su vez, productos del trabajo. Tal ocurre, por ejemplo, con la simiente, en la agricultura. Los animales y las plantas que solemos considerar como productos naturales, no son solamente productos del año anterior, supongamos, sino que son, bajo su forma actual, el fruto de un proceso de transformación desarrollado a lo largo de las generaciones, controlado por le hombre y encauzado por el trabajo humano. Por lo que se refiere a los instrumentos de trabajo, la inmensa mayoría de éstos muestran aún a la mirada superficial las huellas de un trabajo anterior.” / 133 – 134
 
 
 
Valor de uso y proceso de trabajo
“[…] el que un valor de uso represente el papel de materia prima, medio de trabajo o producto, depende única y exclusivamente de las funciones concretas que ese valor de uso desempeña en el proceso de trabajo, del lugar que en él ocupa; al cambiar este lugar, cambian su destino y su función.” / 135
 
Calidad
“En el producto bien elaborado se borran las huellas del trabajo anterior al que debe sus cualidades útiles.” / 135
 
Producto y producción, proceso
“Una máquina que no presta servicio en el proceso de trabajo es una máquina inútil. Y no sólo es inútil, sino que además cae bajo la acción destructora del intercambio natural de materias. El hierro se oxida, la madera se pudre. La hebra no tejida o devanada es algodón echado a perder. El trabajo vivo tiene que hacerse cargo de estas cosas, resucitarlas de entre los muertos, convertirlas en valores de uso potenciales en valores de uso reales y activos. Lamidos por el fuego del trabajo, devorados por éste como cuerpos suyos, fecundados en el proceso de trabajo con arreglos a sus funciones profesionales y a su destino, estos valores de uso son absorbidos de un modo provechoso y racional, como elementos de creación de nuevos valores de uso, de nuevos productos, aptos para ser absorbidos a su vez como medios de vida por el consumo individual o por otro nuevo proceso de trabajo, si se trata de medios de producción. / Por tanto, los productos existentes no son solamente resultados del proceso de trabajo, sino también condiciones de existencia de este; además, su incorporación al proceso de trabajo, es decir, su contacto con el trabajo vivo es el único medio de conservar y realizar como valores de uso estos productos de un trabajo anterior.” / 135
 
Consumo productivo, consumo individual
“El trabajo devora sus elementos naturales, su objeto y sus instrumentos, se alimenta de ellos; es, por tanto, su proceso de consumo. Este consumo productivo se distingue del consumo individual en que éste devora los productos como medios de vida del ser viviente, mientras que aquél los absorbe como medios de vida del trabajo, de la fuerza de trabajo del individuo, puesta en acción. El producto del consumo individual, es, por tanto, el consumidor mismo; el fruto del consumo productivo es un producto distinto del consumidor.” / 135-136
 
Proceso de trabajo, producto, naturaleza
“En todos aquellos casos en que recae sobre productos y se ejecuta por medio de ellos, el trabajo devora productos para crear productos, o desgasta productos como medios de producción de otros nuevosPero, si en un principio el proceso de trabajo se entablaba solamente entre el hombre y la tierra, es decir, entre el hombre y algo que existía sin su cooperación, hoy intervienen todavía en él medios de producción creados directamente por la naturaleza y que no presentan la menor huella de trabajo humano.” / 136
 
Trabajo, proceso de trabajo, sociedad
“El proceso de trabajo, tal como lo hemos estudiado, fijándonos solamente en sus elementos simples yabstractos, es la actividad racional encaminada a la producción de valores de uso, la asimilación de las materias naturales al servicio de las necesidades humanas, la condición general del intercambio de materias entre la naturaleza y el hombre, la condición natural eterna de la vida humana, y por tanto, independiente de las formas y modalidades de esta vida y común a todas las formas sociales por igual. Por eso, para exponerla, no hemos tenido necesidad de presentar al trabajador en su relación con otros. Nos bastaba con presentar al hombre y su trabajo de una parte, y de otra la naturaleza y sus materias. Del mismo modo que el sabor del pan no nos dice quién ha cultivado el trigo, este proceso no nos revela tampoco las condiciones bajo las cuales se ejecutó, no nos descubre si se ha desarrollado bajo el látigo brutal del capataz de esclavos o bajo la mirada medrosa del capitalista, si ha sido Cincinato quien lo ha ejecutado, labrando su par de jugera, o ha sido el salvaje que derriba a una bestia de una pedrada.” / 136
 
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ELOGIO DE LA METÁFORA. CRÍTICA DEL DESARROLLO SOSTENIBLE

Elogio de la metáfora.

Guillermo Castro H.
 
Cuando de una concepción se pasa a otra, el lenguaje precedente permanece,
pero se usa metafóricamente. Todo el lenguaje se ha convertido en una metáfora
y la historia de la semántica es también un aspecto de la historia de la cultura:
el lenguaje es una cosa viva y al mismo tiempo un museo de fósiles de una vida pasada.
Antonio Gramsci, Cuadernos de la Cárcel, 2 (1930 – 1932), p. 150.
Ediciones ERA, México, 1984.
 
Poco se dice del desarrollo sostenible que vaya mucho más allá de la necesidad de encontrar alguna solución duradera a los graves conflictos que hoy aquejan a las relaciones de las sociedades humanas entre sí, con sus propios integrantes, y con su entorno natural. Y es que, en efecto, el mayor de los desafíos que encara el desarrollo sostenible sigue siendo de orden conceptual. En este terreno, las Humanidades nos ayudan a comprender mejor el lugar que ocupa este desafío en el proceso mayor que algunos han llamado “la historia natural de la especie humana”, a partir del importante papel que desempeñan las metáforas en la formación del conocimiento científico.
La metáfora, en efecto, posee la capacidad de combinar simultáneamente a múltiples significados no excluyentes entre sí, como lo hace José Martí al decir de su verso que es “como un puñal / que por el puño echa flor” y al mismo tiempo “un surtidor / que da un agua de coral”. Esto permite a la metáfora aludir a aquellos factores de incertidumbre que nutren las situaciones de malestar en la cultura, facilitando así el paso de la intuición a la certeza, y de ésta a la acción humana. 
En esta tarea, la metáfora suele operar mediante intercambios de muy diverso orden entre campos distintos de la cultura y el conocimiento. Así, por ejemplo, la comprensión básica de nuestras relaciones de el mundo natural se ve facilitada cuando tomamos en préstamo una relación sociocultural para aludir a la naturaleza como una madre generosa que trabaja para sostener a sus hijos, pero que puede también someterlos a duro castigo si éstos abusan de ella. Y, a la inversa, la noción de desarrollo – heredera de las de civilización y progreso, y de los fósiles correspondientes a la vida pasada de la que surgieron – opera a partir de una apropiación metafórica, por parte de las ciencias sociales, de un concepto proveniente de la biología, que designa el proceso de formación, maduración y muerte de los organismos vivientes.
La metáfora, sin embargo, alude y elude a un tiempo el sentido más profundo de aquello que señala. Así, al atribuir a la naturaleza en su conjunto la capacidad de trabajar que caracteriza nuestra especie puede distorsionar nuestro conocimiento del mundo natural. Igualmente, al excluir del desarrollo como categoría social y económica la muerte del organismo que se desarrolla, puede llevarnos a atribuir un carácter natural a hechos que en realidad corresponden a creaciones culturales, limitando la posibilidad de comprender las contradicciones que los animan. De igual modo, el desarrollo sostenible alude al agotamiento de aquella visión del mundo que, entre las década de 1950 y 1970, sintetizó en el desarrollo (sin adjetivos) la esperanza de que el progreso técnico y sus frutos llegaran a toda la Humanidad, de modo que el crecimiento económico sostenido garantizara bienestar social y participación política crecientes para todos, pero elude al mismo tiempo referir ese concepto particular a las condiciones históricas específicas que le dieron forma.
En verdad, el desarrollo del que se trata es el de nuestra especie a lo largo de los últimos cien mil años en su doble y simultánea dimensión biológica y sociocultural. Sus problemas incluyen, por supuesto, aquellos que se derivan de las condiciones creadas por ese proceso en el curso de los últimos cinco siglos – y del XX en particular –, desde el extraordinario crecimiento de nuestro número hasta la formación de una primera comunidad mundial de los humanos, el despliegue de formas de intervención en la naturaleza y de niveles de producción material y contaminación sin precedentes, y el hecho de que las formas de relación social y de organizaciónde la cultura que hicieron posible todo esto han venido a entrar en contradicción creciente con las necesidades que se derivan de esos resultados.
Lo ilegítimo aquí – esto es, lo eludido en la metáfora – consiste en confundir ese proceso general con cualquiera de las formas históricas puntuales que han contribuido a su despliegue, o han terminado por distorsionarlo y aun bloquearlo. Visto así, todo apunta al problema político de decidir si aún cabe subordinar el desarrollo humano a la preservación de una forma histórica de organización de las relaciones sociales que ya conspira incluso contra sus bases naturales de sustentación, o si por el contrario ha llegado la hora de encarar de la manera más decidida la construcción de aquellas formas nuevas de socialidad que mejor se correspondan con el pleno aprovechamiento de las enormes conquistas que ha logrado nuestra especie en materia de ciencia y tecnología.
Asumir esta disyuntiva obliga a trascender la metáfora del desarrollo sostenible, para pasar del problema sin solución de hacer sostenible una forma histórica particular del desarrollo humano, a encarar la necesidad de encontrar y construir las formas nuevas que hagan sostenible ese desarrollo en el futuro. Hoy, en suma, ya resulta evidente que nuestro desarrollo será sostenible por lo humano que sea, o no será, y que ese carácter tiene y tendrá su expresión más clara en nuestras capacidades para la cooperación solidaria. Haber llegado a esta disyuntiva constituye quizás el mayor de nuestros logros como especie. La forma en que la encaremos definirá no solo nuestro destino, sino además el del Planeta en que ha tenido lugar nuestra existencia.
 
Panamá, 21-25 de julio de 2004